domingo, 18 de mayo de 2014

Madera & Hueso — 12 — Li


Al final llegó la noche de la cita, y llegué a la capital. Tras comprar balas y subsistir hasta entonces, me quedaban veintiún cobres, pero esperaba que Wendagon me recibiera con un gran banquete. Por otro lado, “la noche del doce de abril” era un poco ambigua. ¿Era la noche del once al doce o la del doce al trece? Quizá estaba tarde y me había perdido el banquete.
Ah, sí, y la reja estaba baja, bloqueando el paso. Cerrado. Empecé a llamar a algún guardia, y cuando eso no resulto, a golpear la reja con una piedra. Del otro lado alguien balbuceó algo y dejé de golpear. Pronto, vi una luz de antorcha y un guardia con cara de sueño se acercó del otro lado.
—Ey, ¿tenés idea de qué hora es? —me saludó.
—No, pero se supone que ustedes trabajan de noche —dije—. Quiero pasar.
—¿Para qué mierda querés pasar a estas horas? Volvé en la mañana.
—¿Qué pasa, Mel? —dijo otro guardia que se venía acercando.
—Este tipo quiere entrar ahora mismo.
El otro guardia le quitó la antorcha a Mel, y se acercó a mirarme de pies a cabeza.
—Solo es un vagabundo. Volve mañana, chico, cuando levantemos la reja.
—No, insisto en pasar de inmediato —reclamé—. El señor Wendagon requiere de mi presencia. 
—¿Wendagon? ¿ presencia? ¿Para qué querría verte a vos?
—Tengo una carta pidiendo mi presencia. Vine desde Craster para verlo —dije, agitando la carta en el aire.
—Ey, pensalo —dijo el primer guardia—. Antes del cambio de turno paso una mujer con la misma historia.
—Ya lo sé, Mel, no tenés que recordármelo. —Los guardias acercaron la antorcha a mí—. Parece solo un vagabundo, pero si Wendagon está juntando gente rara será por algo. Podes pasar, vos. Mel, levanta la puerta.
—¿Que la levante?
—¡Sí! ¡Que la levantes! Dejá de perder el tiempo.
Al poco tiempo, la puerta se empezó a levantar muy lentamente, y cuando estuvo a unos centímetros, me arrastré por el suelo para pasar. Malo pasó caminando. Mel hizo una seña y bajaron la puerta.
—Una cosa más —dije—. ¿Dónde vive Wendagon? —Los guardias rieron.
—Anda por ese camino grande hasta la plaza. Seguí el arco y vas a llegar al distrito privado. La casa está justo al final. Aunque no sé si vaya a recibirte a estas horas de la mañana.
Miré al cielo. El sol se había ocultado hace algunas horas, así que quizás sí era un poco tarde. Decidí apurarme y empecé a trotar.
La capital nunca dormía realmente, pero la plaza era el único lugar que se mantenía iluminado, aunque no hubiese gente alrededor. Por sobre los edificios se alzaba el palacio real; en todas las ciudades los templos religiosos eran el punto más alto, pero la capital recibía al rey, así que era la excepción.
Todo el viaje me había dejado exhausto y el distrito privado estaba subiendo una colina. Gruñendo, camine apoyándome en mi vara. Malo caminaba adelante mío, sin cansancio alguno.
Al final llegué hasta el final de la calle principal. No podía distinguir la casa muy bien en la oscuridad, pero se notaba que era grande y de piedra. Tropecé con una escalera que no vi y caí de cara al suelo. Tras limpiarme el polvo, subí hasta llegar a la puerta de entrada. Empecé a golpear contra la madera, hasta que me di cuenta de que tenía uno de aquellos aros de metal para golpear.
Di dos golpes. Di cuatro golpes. Di seis golpes. Cuando estaba juntando piedritas para tirar a las ventanas, la puerta se abrió y las deje caer todas. Un anciano calvo me saludó.
—Hola, viejo —dije—. ¿Está por acá el señor Wendagon? 
—Soy yo —respondió.
—Oh… ¡Hola! —pensé en disculparme, pero una reflexión era más poderosa. Su carta sabía demasiadas cosas. No confiaba en esa persona—. Usted estaba buscando a Li… Tengo que confesarle que había un error en esa carta. Yo soy el hombre que busca, pero resulta que ese no es mi nombre. Me llamo, eh, Ana. Ana María. —Venía de lejos del reino, así que no sabía mucho sobre nombres. Aun no sabía la broma que me había jugado—. Y este es mi gato, Malo —dije, mientras lo levantaba para que lo viera—. Ajá. —Y lo dejé caer al suelo—. Usted me envió una carta. Sí. Vengo por eso. Sí. 
Wendagon se refregó la cara y me hizo pasar a la sala sin decir nada más. Me limpié los pies y entre, parándome junto a un caballo que descansaba ahí mismo.
—Tomé asiento y espéreme un momento… Ana —dijo, mientras subía las escaleras con cansancio.
Me acerqué a una de las sillas y me senté al lado del caballo. Este me miró e hizo un sonido con la garganta.
—Buenas noches —lo saludé. El caballo siguió tranquilamente en lo suyo.
Poco después llegó Wendagon y me indicó que lo acompañara hasta las habitaciones; ya me reuniría con el resto al día siguiente. Luego de todo ese tiempo, ya me había olvidado completamente de lo del gorila.




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