domingo, 18 de mayo de 2014

Madera & Hueso — 14: Ítalo

CAPITULO II

LAERTES



Cuando Wendagon empezó a golpear las puertas de las habitaciones, llamándonos, ya me encontraba sentado en el borde de mi cama.
Me tomé la cara con las manos y exhalé una vez. Mi boca tenía gusto a muchos sentimientos juntos; no sabría describirlos, pero podía nombrarlos. Sombra.
Me vestí, solo pensando que quería seguir durmiendo. Vi que en una esquina del amplio cuarto había algo muy parecido a un tocador, con un espejo que se veía realmente caro, incluso para mis estándares. Miré mi reflejo. La capucha tapaba prácticamente todo mi rostro, pintado con las Anymas de la familia. Dos triángulos que ocupaban todo debajo de mis pómulos, tres líneas debajo de cada ojo y la Corona de la Gloria en el derecho, recordando al primer Del Valle.
La pintura significaba que un varón Del Valle estaba cumpliendo un rito de madurez. En el caso de las mujeres las marcas se encontrarían en los costados del vientre, lo que prometía fertilidad y honor para los que van a venir, pero en los varones no era más que un amuleto de la buena suerte y una manera para distinguirnos del resto.
Giré la cabeza. Justo al lado del espejo se encontraba un pequeño retrato. Era una dama, y su rostro me resultaba muy familiar. Se encontraba en algo que se parecía mucho al lago de las afueras de Veringrad; usaba prendas de dormir tan blancas que casi eran transparentes. A pesar del tamaño del dibujo, podía ver claramente la expresión de su rostro, y sus ojos. Esos ojos parecían seguirte.
La pintura era muy buena. Su pose y el pelo trasmitían frío, las nubes grises en el fondo contaban como se acercaba una tormenta. Casi podía sentirme en el lago, viendo a la chica mientras era retratada. Podía sentir las primeras gotas; podía ver cómo se frotaba los brazos para darse calor.
Abajo del cuadro había una frase. Era posible que fuera el título de la obra, pero estaba seguro de que se trataba de un retrato encargado. Estaba escrita en la Lengua Alta: “Y la verdad los hará libres.”
Busqué mi arco y mi carcaj, me dispuse a ir a ver a Wendagon. Al bajar al primer piso, había una mujer esperando también. Era joven, hermosa pero herida. No la saludé. Solo me quedé al lado de ella, en silencio. Era como si ella pudiera estar en camisón al lado de un lago mientras se venía una lluvia. Nos llamaron para comer, y todos nos dirigimos a la mesa.


No hay comentarios :

Publicar un comentario