domingo, 18 de mayo de 2014

Madera & Hueso — 15 — Dalia


Mi descanso estuvo repleto de visiones fugaces, luces que iban y venían como mezclas de mis sueños y lo que el Oráculo quería que viera. ¿Se trataba de la magia de Wendagon estableciéndose en mi cuerpo? ¿Debía ser un proceso doloroso? Aunque no sentía dolor. Era como una negación a que mi cuerpo descansara luego de que había cerrado mis ojos. Había tenido una primera visión sobre una iglesia, pero fue demasiado nebulosa. Y en cuanto estaba por aparecer algo más, Wendagon tocó mi hombro.
El anciano estaba junto a mi cama, sacudiéndome para que abriera los ojos. De alguna manera estuve despierta al instante.
—Ah, ¿qué pasa? —pregunté, mientras estiraba mi mano hacía la espada negra a un lado de la cama. Siempre quería sentirla cerca.
El cuarto se encontraba en la penumbra. Recordé las brillantes mañanas de mi habitación, y mi hogar en Lignus, y la oscuridad me hizo sentir perdida, pero apreté el mango negro y todo tuvo sentido. Wendagon era casi una silueta.
—Vamos —susurró—, los otros ya están listos.
La poca ensoñación que me quedaba desapareció al instante. Me incorporé fuera de la cama, mientras sostenía la espada con una mano y apretaba el puño de Wendagon con la otra.
El anciano inclinó su cabeza desnuda ante esto, y lo solté al instante. Me había sobrepasado. Pero él solo permaneció tranquilo. Me guió fuera del cuarto sin decir nada.
Bajamos a una cocina, donde conocí al resto. Cuatro personas nos estaban esperando alrededor de una mesa, y un sirviente nos observaba parado. Wendagon se sentó en la punta.
—Llegue a esta ciudad hace pocos años —comenzó, como hablándole a ninguno a particular—. Mi dinero me hizo posible asentarme y convertirme en un señor de tierras muy pronto, pero decidí llevar mi propio estilo de vida. No salía mucho, y prefería hacer mis propias tareas en lugar de pedírselas a mi fiel Evelio. Siempre preferí abrir mi puerta a mis invitados yo mismo —rió—. Decidí ser reservado, y no mucha gente me conocía. Había una razón para esto. No solo soy un señor de tierras, sino también un Oráculo. Poseo la capacidad de ver hacia adelante en la corriente del tiempo, y de sumergirme en el mundo de los sueños. En esta actividad consumo la mayor parte de mi tiempo. Planeando, preparándome. La razón por la que los llame a ustedes cinco… un grupo de personas que nunca se habían visto antes, que nunca habían llamado la atención.
Mis manos estaban temblando un poco. Miré a las personas junto a mí, pero no parecía pasarles lo mismo. Evelio nos miraba sereno.
—Hace doscientos años nuestro reino avanzo hasta descubrir las tierras que rodean Veringrad. Esa fue la primera vez que descubrimos los bichos… las primeras especies inteligentes que podían comunicarse con nosotros. Entonces sucedió la gran guerra, la tragedia en la que tuvimos que empujar a los bichos atacantes de vuelta hasta su otro continente. El continente vecino del Oeste. Pero la guerra nunca termino. Los bichos nunca aceptaron vivir bajo nosotros… Especialmente en el Oeste, los bichos nunca dejaron de conspirar contra nosotros. Y eso va a llegar a su clímax muy pronto. Por eso los llamé a todos ustedes.
El anciano empezó a pasar su mirada sobre nosotros.
—Ítalo, noble de la capital. Ana del exterior. Cregh del norte. Aldara de Alera. Dalia de Lignus. Mis visiones me llevaron hasta ustedes, me mostraron que ustedes eran los indicados. Un líder para los bichos está surgiendo en el Oeste… y si no lo detenemos ahora, antes de que crezca, podría consumir todo lo que conocemos.
—¿Por eso dijiste que esto era una misión de captura? —dijo uno de los hombres, uno que llevaba un gato. Wendagon asintió.
—Es más que una captura. Mis visiones no muestran a un simple bicho… Tiene el potencial para convertirse en un monstruo. Las tensiones entre los del Oeste están creciendo. No solo en el Oeste, sino también en nuestra capital… Puedo sentir su alzamiento, así como sus efectos en todo lo que nos rodea. Los bichos se están volviendo agresivos.
—Como… ¿la araña que vi? —dije—. Me encontré con una mientras viajaba… Se suponía que no abandonaban los bosques, pero yo me encontrado una en las montañas. Nunca se habían acercado tanto.
—Así es —respondió. Ese es el mayor problema. Si este monstruo despierta y aviva al resto de su gente, las arañas podrían avanzar finalmente y atacar la capital.
—Esperen —dijo otro de los hombres, uno que llevaba una capucha bajo techo—. ¿Estamos hablando de las arañas? No se mueven hace años, no creo que ataquen.
—Es innegable que cada día se vuelven más atrevidas, que avanzan más —dijo Wendagon—. Esta señorita es la prueba de que así es.
—¿Y deberíamos creer la palabra de una mujer común? Y la capital no es como Unciæ. Podemos resistir las arañas —respondió aquel hombre.
—¡Esa mujer común va a viajar con vos! —exclamó Wendagon—. Y la capital no es tan fuerte. Las arañas han tardado años en migrar, por lo que el rey cree que no son una amenaza, que nunca va a pasar. Pero se equivoca. Nuestro rey es decadente, no entiende que los reyes del norte no van a ayudarnos. Ellos no tuvieron nada que ver con las conquistas y creen que los bichos solo van a querer tomar lo que era suyo; que no es su problema.
Recordé a las siluetas que había visto mientras cabalgaba por la ciudad. Los bichos estaban en cada ciudad, si decidieran juntarse y expulsar a los humanos…
—Creo que lo entiendo —dijo el del gato—. Cuando dijiste que es más que una misión de captura. Tenemos que asesinarlo, ¿no?
Wendagon se quedó callado.
—Escuchen—dijo al fin—. Mis visiones fueron claras. Cada uno de ustedes fue elegido por una razón. Es importante que se conozcan… Empecé a soñar con todos ustedes desde el momento en que llegué a esta ciudad. Podía sentir un peso gigante sobre ustedes, podía sentir a Destino obrando, tejiendo hilos dorados sobre ustedes, entre ustedes, entre muchos otros. —El anciano giró su cabeza hacia mí, mirándome a los ojos—. ¿Entendes, Dalia? Ustedes están unidos al futuro de todo el reino, de varios reinos, no solo de las pequeñas ciudades de las que vienen.
—Entiendo —musité. Estudié a los que serían mis acompañantes en el viaje, y todos se veían más capaces, más curtidos. Podía ver armas entre sus posesiones... Levanté mi pequeña espada y me vi en el reflejo. Debía esforzarme para no quedar atrás. La otra mujer me devolvió la mirada. Incluso ella se veía experimentada, se veía que había pasado por mucho. La saludé agitando la mano.
—Ana —continuó Wendagon—. Esta tarea va a ser peligrosa, pero sos el único que tiene experiencia en esto. Sé que estas muy lejos de casa, y lo has estado hace mucho... Pero este viaje te va a llevar incluso más lejos. Creo que todos saben que voy a pagar una gran suma de dinero por este encargo, pero creo que tenés otras razones para aceptar el encargo.
—Sabes muchas cosas sobre mí. Más que la mayoría, y no sé si me gusta eso. Entonces sabes que no tengo otras opciones. Pero creo que realmente me necesitas. ¿Qué tenés acá? Un chico rico, un desempleado, dos mujeres...
—Hablas mucho para tener nombre de mujer —dijo el desempleado, levantándose.
—¿Cómo? —respondió Ana.
—Silencio —dijo Wendagon—. Ya fue suficiente. Estas dos mujeres que van a viajar con vos podrían ser el elemento más vital de su compañía. Dalia, esta joven junto a mí, va a ser su brújula. Su guía. Sus sueños van a indicarles su camino a seguir. Y esa espada que lleva… Es especial, como ella. Es importante que se mantenga a salvo. Por eso te invite, Cregh.
—¿Yo? —dijo el desempleado.
—Esa va a ser tu tarea, Cregh… mantenerla a salvo. ¿Crees estar a la altura?
—A decir verdad…
Cregh se levantó de su asiento del todo y se acercó al anciano. Se agachó como para hablarle con confidencialidad, pero su tono de voz no hizo más que subir.
—Creo que cometiste un error. ¡Yo no estoy capacitado para esto! No tengo el anillo de ninguna universidad, no puedo tolerar la bebida… Sería un obstáculo para el grupo. Voy a terminar prendiendo fuego todo, de alguna manera u otra.
Wendagon no perdió la calma.
—Sentate, mago. La compañía no estaría completa sin su Hechicero.
Mis ojos se agrandaron mientras miraba a aquel hombre alto. Esa figura imponente era un mago, ¿y aun así se mostraba tan inseguro? ¿Es que no entendía que yo no era mejor?
—Cuando crucen el continente van a estar en tierras hostiles —dijo Wendagon, sonriendo—. Solo van a tenerse el uno al otro. Esta compañía no te va a abandonar como los mercenarios, Cregh.
El mago se sentó a regañadientes, manteniendo la cabeza baja.
—Pero la paga es segura, ¿no? —dijo entonces.
—Efectivamente —respondió Wendagon.
Así que ese hombre debía cubrirme la espalda… Un mago de verdad. Realmente había tomado la decisión correcta al aceptar esa invitación.
—Ítalo, he visto tu desempeño en las competiciones de arco —dijo Wendagon—. Estoy seguro de que vas a estar a la altura de la tarea.
—Sí, señor —dijo el arquero—. Pero espero que la otra parte de la carta también sea cierta.
—Sí. En este viaje vas a encontrar aquello que estás buscando.
Durante todo momento, la chica del otro lado de la mesa todavía no había dicho palabra. Wendagon se giró hacia ella, y hubo un instante de silencio.
—Aldara —dijo el anciano—. ¿Tus heridas siguen punzando? ¿Las ropas nuevas son de tu agrado? ¿Todo está bien?
—Sí, Wendagon —respondió la chica, débilmente.
—Muy bien. —El señor de tierras parecía complacido—. Me gustaría enviar un grupo más grande, pero necesitan ser pequeños, pasar desapercibidos. Ya escucharon hasta este punto. Aceptaron la invitación de mis cartas. Sabiendo lo que ya saben, ya forman parte de un grupo. El grupo que sabe lo que realmente está ocurriendo en el mundo. Y no van a poder dejar esta casa y volver a su normalidad anterior.
—Lo entendemos —dijo Ana—. Si seguimos en este cuarto es porque aceptamos el trabajo.
—¿Qué especie de bicho es este… líder al que tenemos que encontrar? —pregunté, diciendo lo que venía pensando hace rato.
—No lo tengo claro —dijo Wendagon—. Mis visiones son nebulosas… Se vuelven dificultosas con la edad. Me gustaría poder dormir por algunas noches para conseguir algo más concreto, pero no hay tiempo que perder. La amenaza debe ser detenida tan prontamente como sea posible. Cada día podría marcar la diferencia.
—Alto ahí —dijo Cregh—. ¿No vamos a conseguir la recompensa hasta que volvamos?
—Voy a darles un adelanto antes de partir, está claro —dijo Wendagon—. Y provisiones para el viaje. Mi prioridad es que logren llegar.
—Si queremos cruzar el mar, tenemos que ir al puerto de Havenstad —dijo Ana, pensativo.
—Entonces hay que seguir la ruta real —dijo Cregh—. Pero eso nos toparía con Laertes.
—Así es —dijo el anciano—. La ciudad está cerrada a los visitantes. No van a poder pasar.
Me sobresalte.
—¿Laertes? ¿La ciudad que está a solo unos kilómetros?
Wendagon asintió.
—Los señores de tierra empezaron a aparecer muertos, y se esparció el pánico y las acusaciones. La ciudad decidió que eso era un asunto interno, y no aceptaron ninguna ayuda. Las puertas se cerraron y la gente empezó a enfrentarse entre sí por el poder.
—Podríamos rodear la ciudad, pero extendería el viaje varios días —dijo Ana.
—Sí, pero no es asunto nuestro —dijo Cregh—. Deberíamos rodearla.
Wendagon no dijo nada, pero sus palabras todavía resonaban en mi cabeza. No podíamos perder tiempo. Cada día contaba. Evitar Laertes no se sentía correcto.
La reunión termino después de eso. Comenzaron los preparativos para salir; pero yo solo espere en mi cuarto; con mi espada a mi lado no sentía que necesitara nada más. Mis zapatos se habían destrozado en el viaje, y Wendagon me había ofrecido ropas nuevas, pero no las necesitaba. La calle no le hacía nada a mis pies mientras me mantuviera en contacto con mi espada. Mi cuerpo estaba protegido.
Tras unas horas Wendagon nos llamó atrás de la casa. Evelio había preparado cinco caballos. Vi que todo el resto ya estaba ahí. Me acerqué corriendo, por encima de un cielo nublado. Wendagon me explicó que mi caballo no era malo, pero parecía asustado y débil. No era un animal entrenado, y usar los suyos facilitaría nuestro viaje. No quería separarme de mi amigo, pero me consolaba saber que lo mandarían de vuelta con mis padres.
Yendo adelante, Ítalo espoleó a su caballo y nos pusimos en marcha. Junto a su sirviente, Wendagon nos miraba desde la escalinata. Me pregunté cuando sería la próxima vez que lo vería. Y pronto el viejo quedo atrás, y supe que mi hogar estaba más y más lejos.

Ítalo y Aldara iban por delante, silenciosos. Ana iba detrás, y Cregh cabalgaba junto a mí. Acercó su caballo.
—Ey, estaba pensando. ¿Quién asesinaría a los señores de tierra en Laertes?
—¿Crees que fueron bichos? —sugerí. Cregh frunció su ceño.
—Los bichos no lo causan todo. Mi hermano es un bicho, ¿sabés?
 —Pero el viejo dijo que este monstruo en el Oeste podría incitar a los bichos a actuar —dijo Ana, que estaba escuchando—. A atacarnos.
—Tengo que admitir que vi algo en mis sueños —dije—. Algo sobre lo que podríamos estar por encontrar. Vi… un cuervo.
—¿Cuervos…? —dijo Ana—. Pensé que solo existía un puñado, y que todos estaban acá en la capital. Este es el único lugar donde no se permite agredirlos.
—No sé, no se —dijo Cregh, molesto—. Ya lo decidiremos más tarde. ¿A dónde vamos ahora? Las puertas del estese encuentras cerradas, ¿no?
—Sí —dijo Ana—. Si seguimos el camino más adelante vamos a poder rodear la ciudad hasta la puerta frontal.
—¿Volver por toda la ciudad…? —Se quejó Cregh, adelantando su caballo y alzando la voz—. ¡Ey! Podría intentar un hechizo y llevarnos al otro lado de la muralla.
—¿Podés hacer eso? —dijo Ítalo, dándose vuelta.
—Claro, podría intentarlo. Si nos acercamos hasta la muralla no debería ser demasiado complicado.
Ítalo murmuró algo, no muy convencido.
—No estoy seguro de que esto sea una buena idea—dijo Aldara, de pronto—. Hay algo en el aire…
—¿Eh? —Cregh se giró hacía ella.
—Hay algo extraño en el aire. Deberíamos cabalgar el camino.
—Vamos a estar bien, nena. Ya es hora de ponernos en marcha.

Los cinco marchamos hacia la muralla, a través de calles mucho más vacías por la mañana que por la noche.
Ítalo se acercó a Ana, mientras trotábamos. Ítalo lo observó con una mirada grave.
—Ana no es tu verdadero nombre, ¿no? —le preguntó.
Ana suspiró, y lo miró por un momento. Todos se habían girado hacía él.
—No, es verdad. Es nombre de mujer —dijo, mientras paraba a su caballo. Su tono se hizo solemne—. Me llamo… Joseph. Y este es mi gato Malo. —Joseph señaló al felino, agazapado atrás suyo. Sonreí al verlo tan cómodo y estiré mi mano.
—Un placer conocerte, Joseph. Me llamo Dalia. ¿Sos de la capital?
—No, vengo de… más lejos.
No parecía querer hablar mucho, así que decidí dejar de intentarlo.
—Gracias a los dioses —dijo Cregh, riendo—. Me sentía algo raro estando junto a alguien que creía haber nacido con el cuerpo equivocado.
Poco a poco, más personas habían comenzado a observarnos: habíamos salido de la casa de un señor de tierras, y solo Ítalo parecía usar ropas apropiadas. Entre las cabezas se asomaban lagartos, gente con piel rocosa o con plumas. Me revolvió el estómago, y corrí la mirada.
Cuando me di cuenta, habíamos llegado hasta la muralla. Cregh se encontraba tenso, con los brazos extendidos y la mirada baja.
—Eh, ¿Cregh…? —dije.
—Dalia… ahora no…
—¿V-Vas a hacer esa cosa de transportarnos ahora mismo? ¿Siempre es tan difícil?
—¡No! ¿Podes… callarte…?
Miré a mis compañeros durante un instante, asustada, y volví la cabeza para ver que aparecía una luz en los dedos de Cregh.
Y todo empezó a sacudirse.
Mis alrededores desaparecieron, en un resplandor blanco; caí de mi caballo y cada parte de mi cuerpo empezó a hormiguear. Podía escuchar gritos a lo lejos. Era la voz de Aldara… los gritos se hicieron distantes.
Algo había salido mal.
Hay algo en el aire…
Eso había dicho Aldara.
Perdí la consciencia.

Me encontraba muy lejos de mi ciudad; había abandonado todo lo que conocía. Ahora abandonaba la capital. Pero cuando perdía la consciencia, mi visión viajaba aún más lejos.
Se trataba de Laertes. Vi casas en llamas, gente huyendo y gente persiguiendo. Pero una criatura se alzaba entre el fuego y la cacofonía. La responsable de todas esas muertes. Sobre su silueta sobresalía un pico negro. Laertes.
Se encontraba en Laertes.

Cuando abrí los ojos, me encontraba sobre hierba. Mi bolso estaba tirado a unos metros, y pude ver mi espada en otra dirección. Me levanté, tambaleando. ¿Así funcionaban todos los hechizos…?
Mi cuerpo aún se sentía extraño. ¿Y dónde estaban los otros? Miré a mí alrededor.
Estaba en medio de un bosque. Los arboles me rodeaban en toda dirección. Busqué por detrás, pero no veía la muralla por ningún lado. Dioses, ¿dónde estaba? El bosque de Veringrad se encontraba a un kilómetro de la ciudad. Estaba sola… los otros… no podía encontrar a los otros.
Una mano tocó mi hombro. Me di vuelta de un salto, con la espada por lo alto.
—¡Dioses! ¡Ah, Dalia! —exclamó Cregh, mientras se cubría la cara y saltaba a un lado—. Cuidado con eso.
—Perdón… Es que… —Bajé el arma, y miré los arboles una vez más—. Es que, ¿qué pasó? ¿Cómo terminamos acá?
—El hechizo salió mal. Algo estaba interfiriendo con la magia en la ciudad. No sé quién pudo poner un bloqueo así, pero alteró todo el hechizo. Debíamos aparecer a unos metros de la muralla, no en… medio del bosque. Esto es un desastre.
Cregh se agarró la cabeza, pero se recompuso.
—Tenemos que encontrar a los otros y volver a la ciudad.
—Alto, yo… Vi algo —dije—. Creo que lo sentí, fue una visión. Fue acerca de… de Laertes. En Laertes hay un agente del Oeste.
—Dalia, ¿estás segura?
—¡Sí! Lo vi en un sueño. Como hace Wendagon.
—Dioses, digo, ¿crees que haya que ir hacia Laertes?
No respondí. Algo había hecho un ruido. Miramos los árboles que nos rodeaban. Había una respiración en el ambiente. Algo estaba cerca.
—Dioses —susurró Cregh, cuando corrimos dos arbustos.
En las montañas yo había acabado con una cría de araña. Lo que yacía ahí, durmiendo entre los árboles, era uno de los demonios que había diezmado Unciæ; una araña adulta.
Cregh y yo nos miramos.


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