domingo, 18 de mayo de 2014

Madera & Hueso — 16 — Ítalo

Unos arbustos cercanos empezaron a moverse. Escuché una voz quejándose, así que me acerqué y miré por encima. Se trataba de Aldara. Le sonreí, y le ofrecí cargarla.
—No, gracias —me dijo, con una sonrisa fría.
Entonces le ofrecí la mano, y ella aceptó. Mientras se paraba pude ver como sus heridas de la pierna todavía no habían cerrado, y ahora tenía unos nuevos golpes que iban a tardar un buen rato en cicatrizar. Pero ella no se quejaba. Esa sensación de dureza la hacía fascinante y peligrosa. Su pesada respiración parecía estar cargada de un veneno que no podría resistir, y sus ojos te hacían saber que no sería bueno estar en su contra cuándo su tormenta se desatara.
—¿Y los demás? —preguntó, al fin.
—No pueden estar lejos. 
Caminamos sin rumbo unos metros.
—Ey, deberías dejarme revisar tus heridas más tarde —solté, como tirando un tiro al aire—. No tienen buena pinta.
La observé por detrás. Seguía teniendo esa actitud perseverante, como si ese dolor que sentía no fuera nada para ella. Aun así, se giró hacia mí y esta vez sonrió con un poco menos de frialdad.
—Bien.
Esa sonrisa duró solo un instante, y continuamos caminando. Un grito no muy lejano rompió la quietud del bosque, y nos indicó la dirección.

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