domingo, 18 de mayo de 2014

Madera & Hueso — 17 — Cregh




La criatura tenía unos cuatro metros de largo, y un rostro de humano adulto. Genial. Justamente eso era lo que necesitábamos. ¿Cómo es que mi hechizo había salido tan mal? Ahora estábamos atascados en el bosque de Veringrad, que se extendía por más de treinta kilómetros. Llevaba al menos media década sin hacer un hechizo de transportación, pero siempre había sido bueno en ellos. Recordé mis estudios en la universidad de Silis; no nos dejaban salir entre los estudios, por lo que un hechizo era la única manera de conseguir algo de alcohol.
Pero lo más desconcertante es que una araña se encontrase allí. No se suponía que avanzar tan cerca de la capital. Dalia preparó su espada, pero le tiré del brazo para alejarnos.
—No podemos dejarla vivir, Cregh —me dijo.
—Si son tan peligrosas como decís, va a ser al revés —respondí.
—¿No podés quemarla?
—En mi estado, con suerte podría encender una vela. Y dudo que tu cuchillito pueda con ella.
Dalia no respondió. Estaba mirando la araña. Un gato negro había salido de un arbusto y saltado sobre el pecho del bicho, mirándonos con toda la tranquilidad del mundo.
—¿Ese no es el gato de Joseph? —susurré, tragándome un grito.
—Sí —dijo Dalia—. Él debe estar cerca.
Tenía razón. Los demás también debían estarlo; debíamos haber llegado juntos.
Joseph apareció por los arbustos delante de la criatura. Viendo a su gato, lo llamó con un movimiento de la mano. Dalia saltó hacia adelante.
—¡No! —exclamó, pero era muy tarde. El gato saltó de la araña, y esta se despertó con una sacudida.
Dalia estaba más cerca que ninguno otro. La araña se irguió frente a ella, y con una tenaza la mandó a estrellarse contra un tronco. Dalia cayó inmóvil. No podía ser. ¿Acaso ya había fallado como guardaespaldas?
La araña empezó a dirigirse hacia Joseph, que no hizo más que lanzarse al suelo. Cuando la araña estuvo más cerca, usó su bastón para sacudir una de sus patas y hacerla tambalear. Era mi oportunidad. Tenía que lanzarle una llamarada.
Intenté formar una bola de fuego… una chispita… pero no logré crear ni humo. Seguía afectado por la barrera mágica de Veringrad. Mi suerte nunca me abandonaba. Cuando parecía que la araña se iba a lanzar sobre Joseph, una flecha cruzó el aire junto a mí y se incrustó en la espalda del bicho. Ítalo estaba cerca. Pero ahora la araña venia hacia mí.
Corrí hacia atrás para encontrarme con Ítalo y Aldara, cuyas ropas nuevas estaban cubiertas de barro. Ítalo estaba preparando otra flecha, que logró dar en una de las patas del monstruo y hacerla caer al suelo. Antes de que pudiese levantarse, apareció Dalia, saltando encima del bicho como si su golpe no le hubiese hecho nada. Uso su espada para atravesar la criatura, quien emitió un gemido extrañamente humano. El bicho se levantó de todas maneras, haciendo caer a Dalia y dejando a su espada incrustada en la espalda de la araña.
Dalia empezó a correr, pero cayó a la hierba y empezó a arrastrarse. La araña estaba cada vez más cerca. Ítalo no podía preparar una flecha lo suficientemente rápido. De pronto, sonaron dos explosiones y el bosque se iluminó. La araña soltó otro grito, y empezó a brotar sangre de su cabeza.
Joseph dio un paso al frente, cargando con un revolver en mano. La araña cayó al suelo. Le dio unos golpecitos con su bastón para comprobar que estaba muerta, pero empezó a sacudirse. Joseph soltó una exclamación y cayó hacia atrás, pero apareció Dalia, tomó su espada y cortó la cabeza de la criatura. No se movió más.
Confirmamos la muerte de la araña, y el gato se puso a descansar sobre su cadáver. Decidimos ponernos en marcha. Dalia les contó a los demás sobre la visión que había tenido: Destino parecía querer que nos dirijamos a Laertes.
Caminamos unas dos horas por el bosque. Encontramos nuestros caballos, pero habían muerto cuando el hechizo de transportación había salido mal, pobres e inocentes caballos. Sin toparnos con más bichos, salimos del bosque al camino principal, y lo seguimos por otro par de horas. Pronto pasamos por una posada. Joseph dijo que ya había hecho ese camino, y Laertes estaba a tres días de distancia. Me di cuenta de que Joseph parecía el más razonable en el grupo. Al menos era el más adulto; algo de experiencia debía tener. Todavía recordaba a Vidali, un raksho que venía del norte. Cada noche que estábamos juntos terminaba ebrio, abrazándome y diciéndome como un día se cortaría todo el pelo y revelaría su verdadero yo, como un humano oculto. Era bueno saber que Joseph no usaba nombre de mujer, así que no iba a repetir esas ilusiones con respecto a su cuerpo como Vidali.
—Hay otra posada a medio día y aún es temprano —dijo—. Va a ser mejor seguir.
—¡Estoy de acuerdo! —dije—. Sigamos.
—Un momento —me paró—. Caímos en el bosque por tu culpa. Sabé que me debés dos balas.
Suspiré, mientras el resto avanzaba, pero entonces me di cuenta de algo. Nos había llevado hasta el bosque. Aunque el hechizo había salido mal, había logrado superar mi récord de distancia. Quizá mi suerte podía cambiar.



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