domingo, 18 de mayo de 2014

Madera & Hueso — 20 — Dalia


El cielo era gris, por sobre nosotros, y el clima era pesado. Cregh había logrado movernos hasta la ciudad con éxito, y estaba lista para todo. Sus muros grises se encontraban intactos, pequeños, pero sin daño alguno. Afuera de la ciudad era igual; a la distancia podíamos ver granjas y sembradíos intactos. Lo único extraño era la falta de gente. En las puertas no había nadie. No había ningún guardia.
—Wendagon había dicho que no se permitía la entrada, ¿no? —pregunté, girándome al grupo.
—Sí —respondió Joseph, mientras avanzábamos despacio. Pero parecía haber algo más en su mente, y no tardo en volver a hablar—: Pero, Dalia, ¿estás segura de lo que viste? ¿Cómo podés saber que quien este allí viene del Oeste?
—Bueno… —Balbuceé, y mis palabras se atropellaron entre sí, pero no estaba nerviosa. Creía en lo que había visto. El pasto húmedo se sentía bien en mis pies descalzos—. Wendagon dijo que me dio una parte de su ser, la parte relacionada a ver más allá. Sentenció que mis sueños serían ventanas a partir de ahora, ventanas a lugares más lejanos como puede ver él.
—Hizo un hechizo en vos —dijo Ítalo, algo perplejo—. En fin. Entremos de una vez.

Laertes, como ciudad, era grande. No llegaba a ser la capital, por supuesto, pero Lignus no era ni una porción de ese lugar.
No había nadie alrededor, así que simplemente pasamos por la puerta principal. Todo estaba vacío, pero Ítalo pareció tensar su cuerpo y tomó su arco. Todos estábamos atrás de él, y Aldara le pregunto qué ocurría. Joseph le puso una mano en el hombro, gesteando para que se callara, e Ítalo nos miró serio. Movió sus ojos a las casas a nuestro alrededor. Joseph hizo lo mismo. Yo los miré sin entender por un momento, pero pronto noté los movimientos y sonidos. Esas casas estaban habitadas, había mucha gente en ellas, y todos estaban mirándonos. Desenvainé mi espada.
—Dalia —susurró Aldara—. No indiques que queremos pelea.
Sonreí, y nos adentramos en la ciudad. Anduvimos en silencio por unos minutos hasta que empezó a mostrarse gente; personas y bichos que nos evitaban y se alejaban lo más posible de nosotros en la calle. Nadie se veía en buen estado; todas las ropas eran sucias y los niños parecían asustados.
Nos paramos en una esquina, sopesando, y yo me senté en el suelo.
—Deberíamos buscar por un guardia, o por el templo de acá; algún edificio oficial donde podamos informarnos. Por lo que sabemos, ese cuervo es nuestra única conexión con el Demonio; tenemos que llegar hasta él. Aunque si de verdad hay un conflicto acá, quizá los guardias ya no patrullen…
Mientras escuchaba a Joseph hablar, abrí mi bolso y revolví dentro de él. Pronto saqué mi enciclopedia; era el libro que mamá más usaba para dar clases. Pasé mi mano por la portada con respeto, apreciando el relieve de un dibujo que mostraba al bicho dragón. Lo abrí, y empecé a buscar por la entrada sobre los cuervos. No me tomó mucho dar con la página. La enciclopedia los llamaba por sus nombres verdaderos, así que tuve que guiarme por el dibujo para saber que había encontrado lo que buscaba. Los huginn, cuervos, eran criaturas ave; pelaje negro y fino, gran estatura y sin la capacidad física para hacer magia…
—¡Eh, Dalia! —me llamó Cregh—. Vamos, ya seguimos camino.
—Ah, eh, sí.
Estaba levantándome cuando se escuchó un trueno en la lejanía. Inmediatamente lo siguió un rumor; un grupo de gente se acercaba desde la calle de al lado, exclamando, mientras parecían perseguir a alguien, y lo estaban llevando en nuestra dirección.
—¿Qué fue eso? —exclamó Joseph, mientras dejaba ver su vara desde su túnica.
—Un disparo —dijo Ítalo.
El murmullo se acercó, y finalmente dejo ver. La muchedumbre estaba persiguiendo a una mujer cubierta con una especie de mascara. Las personas que estaban con nosotros parecieron mostrarse furiosas. La mujer era muy rápida, y aunque parecía que nadie estaba de su lado, nadie llegaba hasta ella. Pero se detuvo cuando una flecha entro en su hombro.
Pudimos escuchar su exclamación gutural cuando impactó contra el suelo; pronto la gente tras ella y quienes estaban con nosotros en la calle se reunieron alrededor de la mujer.
—¿Y eso por qué? —dijo Joseph. Aldara y yo nos miramos. Ítalo, quién había lanzado la flecha, parecía mortalmente serio.
Mientras nos acercábamos al grupo de gente, Cregh se me acercó.
—La viste, ¿no? —me preguntó.
—No muy bien —dije—. ¿Llevaba una máscara?
—No era una máscara.
La multitud estaba fuera de control. Un par de personas mostraban intenciones de lanzarse contra la mujer, pero eso se estaba haciendo demasiado barbárico para mi gusto. Cregh trató de pararme, pero salté al centro de la gente y me interpuse entre la mujer y el resto.
—¡¿Qué hacen?! —exclamé, levantando mi espada.
—¡Es un monstruo! —gritó una voz entre la multitud, desde donde podía ver miradas de desaprobación por parte de mi grupo.
—¿Q-Qué?
Me giré en seguida. No era un cuervo… Seguía siendo una mujer. Aunque tenía esa mascara roja. Pero, ¿Dónde terminaba? No llegaba a ver que la máscara terminara en ningún lado. ¿Era posible que se tratase de su rostro natural?
Ítalo saltó al frente, tomándome de un brazo con fuerza.
—¿Es… un bicho? —le pregunté, ignorando los abucheos.
—Es un diablo. Salí de ahí; no es asunto nuestro.
—Pero…
—Estas cosas no deberían existir. —Ítalo tensó su arco, y lo apuntó hacia abajo, hacía la mujer. Todos los gritos cesaron. Y soltó la cuerda. Toda la muchedumbre estaba quieta.
—Venimos buscando un cuervo —habló Joseph, de repente, y todas las miradas se posaron en él resto de nuestro grupo—. Venimos en una misión oficial de búsqueda.
—Acá no hay ningún cuervo —dijo un hombre—. Están todos en Veringrad…
—¿Misión de búsqueda? —lo interrumpió otro, y me apresuré en hablar.
—Sí. Queremos parar lo que está pasando acá; parar las muertes en la ciudad. Queremos buscar al responsable.
—Pero… Bueno… —La gente se miraba, insegura, pero al final se nos acercaron—. Vengan.

Nos llevaron adentro de un bar, donde todos escuchamos toda la historia. Un grupo de personas entraron el cuerpo de ese diablo; era la primera vez que podían atrapar uno, y querían mantenerlo con vida. Mientras nosotros escuchábamos un grupo se esforzó por tratar las heridas del diablo, pero las flechas habían sido demasiado certeras. Y cuando el monstruo perdió la vida, y su rostro falso desapareció, pudimos entender que no se trataba de ningún diablo. Pero antes de eso, escuchamos.

El relato fue breve y crudo. Miembros de las casas de señores de tierras habían empezado a morir; sus cuerpos encontrados siempre en el amanecer. Sucediendo siempre por la noche, no podía adjudicárseles un responsable, ni podían culpar a otros señores de tierra. Y cuando llegaban a verse, los asesinos usaban mascaras rojas, lo que cubría su identidad.
—Pero ahora sabemos que no eran mascaras —dijo Ítalo—, eran diablos.
Miramos por encima de nuestros hombros, hacía la mesa del bar que habían vaciado y sobre la cual estaban tratando al diablo. El ciudadano en nuestra mesa, llamado Marr, siguió hablando.
—Los señores de tierra les pagaron a los guardias, a los altos puestos. Tuvieron a la ciudad sellada, cortaron las transacciones; pronto se declaró un toque de queda. Todavía es de mañana, pero con las nubes que tiene el día… —Marr miro por la ventana junto a nosotros; había empezado a llover y no podía verse demasiado hacía ninguna dirección—. El día es bastante oscuro. Cuando realmente se haga oscuro, cuando el sol se ponga, no va a estar permitido salir a las calles.
—Nosotros vamos a tener que salir —bramé—. Esto no lo está haciendo ningún señor de tierras.
Marr pareció no hacer caso. Su mirada era abatida.
—Pero nosotros pudimos pasar —dijo Aldara—. ¿Dónde están los guardias?
Yo soy los guardias —dijo Marr—. Todos dejamos el servicio el día anterior; gente era arrestada y gente era asesinada, y nada tenía justificaciones. Nadie era culpable. ¿Y ahora ustedes me dicen que ni siquiera era obra de un señor de tierras? —Marr se cubrió la cara—. Si quieren salir por la noche… háganlo. Ya murieron bastantes…
—Tenemos que encontrar a ese cuervo —susurró Joseph.
—Pero no lo entiendo. ¿Cómo puede un cuervo hacer esto? ¿Cómo puede cualquiera? ¿Hace aparecer a los diablos o algo así? —dijo Cregh. Todos permanecimos en silencio unos momentos, aceptando que no teníamos forma de resolver esa cuestión.
—Lo importante —dijo Ítalo— es encontrarlo. Esta noche, encontrar esa capucha negra.
Fue entonces cuando sucedió. Los gritos, los gemidos y el temor que se extendió por todo el local. El diablo no logro sobrevivir; su alma abandono la tierra, y en su lugar yació el cuerpo de un humano. Al morir, su carcasa roja había desaparecido y había mostrado el verdadero rostro debajo.
Nos quedamos mirándolo, perplejos.
—¿Cómo es posible? —dijo Joseph.
—¿El diablo no era un diablo? —murmuró Cregh.
—¡Dioses!  —exclamó una mujer, abalanzándose sobre el cuerpo—. ¡Tim! Tim…
Empezó a sollozar. Ítalo le preguntó a un viejo, y este explicó que Tim era un habitual del bar; solo un joven. Le gustaba tomar algo luego del trabajo. Ni siquiera podía pelear. Y lo habían convertido en un monstruo. De sus manos todavía brotaba un hilo de humo de diablo.
Todos intercambiamos miradas.




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