viernes, 23 de mayo de 2014

Madera & Hueso — 21 — Cregh

Había logrado un hechizo para transportarnos con éxito, me lo había probado a mí mismo, pero habíamos terminado en un lugar oscuro y peligroso. Nos encontrábamos hablando con un guardia llamado Marr.
—¿Y la gente? —preguntó Dalia.
—La mayoría huyeron cuando se abrieron las puertas de la ciudad hace cinco días —dijo Marr.
—Pero, ¿qué están esperando? ¿Por qué la guardia no pone orden? —preguntó Aldara.
—¿Cómo? Los guardias que quedábamos tratamos de poner paz, pero los señores de tierras usaban su dinero para obligarnos a encerrar a cualquiera que consideraran sospechoso. Después del toque de queda todos los líderes se fueron y nos quedamos sin misión alguna.
—¿Y quién dirige la ciudad? —dijo Aldara.
—El señor de la ciudad… fue asesinado el mes anterior. Seguro que eso también fue parte de todo esto. Mientras esperábamos respuesta del reino, se formó un consejo de señores de tierra, comerciantes y generales. Pero desde que se declaró el toque de queda no hemos sabido nada más de ellos.
Marr tomó un trago de su vaso.
—Antes de abandonar la guardia, unos soldados fuimos a la Sala Legal, donde el consejo se reunía para controlar la ciudad. Estaba vacía. Todo el distrito lo estaba; todos los señores de tierra fueron asesinados o huyeron. Excepto por una casa. La residencia de Elderan. Tratamos de acercarnos, pero estaba rodeada de mercenarios, totalmente protegida del mundo exterior.
—¿Y quién este Elderan? —Joseph se estaba impacientando con tanta charla—. Necesitamos información. ¿Quién dirige todo esto? ¿Él?
—Elderan siempre fue extraño. Siempre andaba con varios mercenarios cuando salía, incluso antes de la crisis. Y no formó parte del consejo cuando se creó, a pesar de ser uno de los comerciantes más ricos de la ciudad. Siempre fue precavido, pero debe saber algo.
—Bueno, ¿qué estamos esperando? Busquemos a ese tal Elderan —dijo el pistolero, mientras se levantaba de la mesa.
La lluvia ya estaba empezando a pasar.
—No pueden salir —dijo Marr—. No es seguro cuando oscurece.
—Tenemos que irnos —dijo Ítalo.
—Acá tenemos una habitación; los cinco podrían descansar en la noche.
—No podemos descansar. Debemos salir ya —respondió Ítalo.
—¿No podemos? —murmuré.
—No, no podemos —dijo Ítalo, mirándome como si fuera un idiota.
Y así, sin descanso alguno, dejamos el bar. Pronto se hizo de noche, y andábamos a oscuras tratando de encontrar la casa de Elderan según las direcciones que nos había dado Marr.
—¿No puedes hacer algo de luz con tu magia? —me preguntó Dalia.
—Claro, así cualquiera puede saber a dónde dispararme —me quejé.
El arquero soltó un gruñido, mientras cogía una antorcha apagada y la encendía con algo que sacó de su túnica. Idiota, pensé. Mejor él que yo.

No hay comentarios :

Publicar un comentario