viernes, 23 de mayo de 2014

Madera & Hueso — 22 — Li

Había decidido llevar mi revólver a la vista para que cualquiera se lo pensara dos veces. Había velas encendidas en las casas, pero no había un alma afuera. Ocasionalmente mirábamos atrás, esperando a alguien que nos estuviera siguiendo. Más de una vez me sobresalté cuando creí ver una sombra que resultó ser Malo en la oscuridad.
Y en medio de la completa oscuridad nos encontramos con luces brillantes al final de la calle. Una entrada resguardada. Varios hombres armados cuidaban un arco algo dañado. Más atrás se encontraba la mansión de las que nos habló Marr. La residencia de Elderan.
Al acercarnos a unos metros de la entrada los guardias desenvainaron sus espadas.
—¡Alto ahí! ¡¿Quién viene?! —gritó uno. Escondí mi revolver y levantamos las manos.
—Venimos a ver al señor Elderan. Es urgente que hablemos con él —le dije al guardia, que me miró igual de serio.
—No.
—Pero, ¿qué…? Ey, es importante para protegerlo.
—No me importa. Váyanse.
—Escuchá, si no nos dejas hablar con el…
—El señor Elderan no espera ninguna visita. —Y apenas dijo esto, otro guardia grande se acercó, levantando su espada.
—Sabemos quién está tras los asesinatos —dije, mientras retrocedía—. Pero necesitamos hablar con Elderan.
Nadie dijo nada. Ni el bruto de la espada ni el otro parecían interesados.
—Buen plan, Joseph —susurró Cregh—. Deciles como los vas a dejar sin trabajo.
—Venimos de parte del señor de tierras Wendagon de Veringrad —dijo Dalia—. Buscamos a un huginn que está detrás de los diablos y los asesinatos.
A nadie pareció importarle. El de la espada dio otro paso adelante y entonces nos alejamos de él y de la mansión.
—Bueno, eso no salió bien... —dije, apenas giramos en una calle. Los demás solo me miraron desanimados.
—¿Y ahora qué? —preguntó Dalia.
—Técnicamente Wendagon nos dio la misión de ir al continente del Oeste —dijo Cregh—. Deberíamos apegarnos a eso y a nada más. Este es asunto de Laertes.
—Pero esto es importante —reclamó Dalia—. Ese cuervo viene del Oeste.
—Si fuera importante Wendagon lo hubiera visto en una visión.
—¡Yo lo vi en una visión!
—Este no es el momento de discutir qué es importante y qué no —dije—. Concentrémonos en ver dónde vamos a dormir esta noche. Con el toque de queda, encuentro difícil que haya algún lado donde nos reciban.
—Puedo discutir y buscar a la vez—insistió Cregh. Lo miré seriamente, y se quedó callado.
Las luces de casi todas las casas estaban apagadas a esa altura, y no había luna ni estrellas que iluminaran. Solo quedaba la luz de nuestra antorcha, así que cualquier persona nos podía ver a la distancia.
—Si los poderes de Dalia vienen de Wendagon, entonces tiene que ser importante —dijo Aldara. Me sorprendió que hablara después de tanto tiempo—. Puede que vean las mismas cosas.
—Mañana vamos a planear algo. Hablar con los guardias que quedan, con la gente, no sé. Quizás mañana nos reciba Elderan.
—Lo dudo —dijo Cregh.
—Bueno, algo hay que hacer. Si mañana en la noche no… —me detuve donde estaba.
Malo estaba en alerta, y me giré en su dirección. Pero no ocurría nada. No parecía haber ningún ruido, ninguna luz. Malo escuchó atentamente, hasta que saltó adelante y gruñó hacia un callejón frente a nosotros.
Aparecieron cuatro sujetos con uniformes de guardia, y recibí un puñetazo en la cara antes de poder reaccionar. Mientras era derribado, una flecha salió disparada, y la antorcha cayó al suelo. Un grito desgarrador se escuchó, y cuando miré, Dalia le había dado a alguien con su espada. No sé qué hacía una nena con una espada, pero era bastante brillante y bonita. La espada, claro. La nena era una nena. De todas maneras, los otros se nos acercaban con cuchillos.
Corrí hacia el que me golpeó, pero este intentó apuñalarme. Mi vara se había caído, pero cuando el tipo se lanzó sobre mí, Malo se le subió a la espalda y empezó a arañarlo.
—Hijo de puta—exclamé, dándole un golpe en el estómago. El guardia retrocedió hasta apoyarse en la muralla. Entonces usé mi otro puño, y lo aplasté contra la muralla. Cuando cayó al suelo, le quité la daga.
Cuando me giré al resto, ya habían retomado el control. Ítalo tenía su arco tensado, manteniendo a los guardias tiesos. Lentamente, retrocedieron y se alejaron en la distancia. Cregh los miró un poco más, con concentración, y de sus ropas aparecieron unas pequeñas llamaradas de fuego.
Dalia suspiró, e Ítalo guardó su flecha. Cregh soltó unas palmadas.
—Si el camino va a ser así no tenemos las de salir vivos.
Me acerqué a él y tomé la antorcha. Me dirigí al callejón donde Malo había escuchado los ruidos. Había varias mantas tiradas en el suelo.
—Acá debían estar quedándose los guardias —dije, devolviendo la antorcha a Cregh—. Supongo que esto es lo que les queda por hacer después de abandonar su trabajo.
Tomé algunas de las mantas, las puse al revés y me recosté en el suelo. Los demás se miraron entre ellos, pero no dijeron nada e hicieron lo mismo que yo. De alguna manera, me recibió el sueño.

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