domingo, 18 de mayo de 2014

Madera & Hueso — 4 — Aldara


Odiaba todo eso, pero lo tenía que hacer igual.

Me llamo Aldara. Tengo veintitrés años, nací en Alera y me mudé a Cordinal hace poco. Trabajó en la panadería contigua a su bar; quería saber si podría practicar con ustedes en las mañanas. Tengo experiencia en el trato con el público.
Mi antiguo trabajo me envía con recomendaciones, es simplemente que el salario ya no es suficiente para la situación en que me…

—¡Lali!
—¿Ah?
Levanté la cabeza. Esa voz debía venir, sin lugar a dudas, de Rodrigo.
—Acá estás; mi linda. —Me abrazó fuerte por detrás, y me corrió el pelo de la cara—. Con ese moreno siempre tan hermoso. Ey, me gusta tu vincha, preciosa.
—Sí… Decime, ¿dónde estuviste?
—¿Eh? No empecemos con los reproches, mi linda… —Rodrigo agarró uno de mis brazos, como si su mano fueran unos dientes. Comenzaba a dolerme—. Sabés que vos sos mía lo quieras o no, así que no nos compliques las cosas.
Tenía un aliento horrible y pasaba los cuarenta años, pero había sido el mejor amigo de mi padre y él le había dado su aprobación. Llevábamos unos dos años juntos, pero ya habían parecido una década.
—Soltame, ¿querés? —dije.
—No vuelvas a hacer la misma escena que el otro día. ¡Nenita caprichosa! —Cada vez me abrazaba más fuerte contra su cuerpo, mientras yo intentaba zafarme—. ¿Por qué estás tan negativa últimamente?
—Tenés olor a mujer —enfrenté, con la voz flaqueando.
—¿…Y qué? Vení acá.
Intentaba besarme, pero yo corría la cara. Logré soltarme de sus brazos, pero me tomó por las muñecas y me retuvo en mi lugar. Me hizo mirarlo a los ojos.
—Escúchame, pendeja. Ya tenés que acostumbrarte; estoy harto de estos jueguitos.
Sin poder evitarlo, mis cejas se juntaron en una mirada de odio profundo.
—Vos sos mía lo quieras o no, y nos vamos a casar dentro de unos meses. Es tu decisión si querés que te haga imposible la vida o no… Así que tranquilita, ¿sí?
Puso una sonrisa socarrona, y sentí el deseo de borrársela de una trompada. Pero casarme había sido la última voluntad de papá.
—Sos escoria —susurré.
—¿Y qué vas a hacer? ¿Decirle a mamá? Si está tan borracha que ni sabe qué día es.
Enfermo, pensé.
—A ver, dejame ver esa carta que escribías.
Me levantó y me empujó contra una pared, poniendo su antebrazo contra mi cuello. Mi respiración se entrecortaba, y sólo podía mirar de reojo.
—“Me llamo Aldara…”
—¡Dámela! ¡Devolvémela, hijo de puta, eso no te pertenece!
Apretó más fuerte. Aunque seguí estirando las manos, no lograba llegar al papel.
—¿Buscando trabajo…? Ah, no querés que te mantenga, ¿no? ¿Es eso? Es eso, ¿no?
Me dio una bofetada que me hizo girar la cabeza. 
Siguió hablando, pero todo se me hizo muy confuso. Cada vez apretaba más mi cuello, y su rostro se notaba enojado. Finalmente logré comprender algunas palabras.
—…Y no sos más que una rata estúpida que no se merece nada de esto. Malagradecida…
Me agarró del pelo. Me escupió en la cara.
—¡Dejá de hacer pelotudeces! Porque cobrás, ¿me entendiste?
No dije nada.
—¡Hablame!
Mantuve el silencio.
—¡Contestame!
Volvió a escupirme. Y eso hizo que la ira me sobrepasase. Le di un puntapié, mientras empezaba a gritar cosas ininteligibles y me refregaba la cara.
Rodrigo se asustó y dio un paso atrás, pero ya era tarde. Volvió a pasar. La misma sensación de frenesí de hace tantos años. Me llegaron todos los recuerdos…

Nenita…—Me llamó el cliente.
¿Sí, señor?
Este café está frío. Yo vengo acá con la esperanza de relajarme después de un día de recolección, y vos me das el café frío.
Señor… perdone, pero esta es la temperatura con la que siempre servimos.
No me prepotees. ¿Cuántos años tenés vos?
Once —titubeé.
¿Ponen a una nenita de once años al mando de esto? Pero si sos una estúpida. Andá a llamar a tu mamá, dale.
No… no está, señor.
¡Pero qué lugar espantoso! —Empezó a levantar la voz—. ¿Escucharon todos? ¡Esta nenita me da café frío y no me lo quiere cambiar!
—S-Señor; pero…
Esto es demasiado. ¡Yo me voy, en el bar de en frente dan whiskey! ¡Si vine acá es porque me disté lástima! Pero se ve que sólo te merecés eso.
Una lágrima me corrió por la mejilla, mientras miraba anonadada a todos los clientes que se reían. Si no ganaba más de un rorintio mamá no me iba a dar de comer.
Seguí llorando, mirando fijo al café frio del hombre. 
Chau, linda. Suerte.
Se acercó a acariciarme la mejilla. Nunca me había sentido así. Miré al tipo directo a los ojos, levantando una mirada llena de odio que género un gesto de sorpresa de su parte. Pero no duró mucho; pronto volvió la sonrisa socarrona.
No pude tolerarlo. Sentí algo subiéndome por las piernas y llenándome el espíritu, y pensé que se trataba del odio. Volví a mirarlo a los ojos, dispuesta a arrancarle todos los pelos de la cabeza… Pero el hombre ya no estaba fijándose en mí. Tenía una expresión de terror en los ojos, y se enfocaba en la mesa detrás de nosotros.
El café salía a borbotones de su taza: estaba hirviendo.
El hombre me volvió a mirar, con los ojos como platos y una mueca de disgusto en sus labios, y se dio la vuelta para salir corriendo, llevándose una silla por delante.
Volví a mirar el café, con la mente ciega por la emoción. Tenía la vista borrosa, y los sonidos de toda la gente hacían que todo diera vueltas.
Caí inconsciente.
Cuando me encontraron, la taza de café se había volcado, cayendo en mí. La marca de las quemaduras persistía en mi brazo hasta ese día.

Miré a Rodrigo directo a los ojos. Estaba a tres pasos de mí. Yo estaba en cuclillas, agarrándome de la cabeza. Tenía un gusto metálico en la boca.
—¿…No ves que sos una inútil? —dijo, retomando la compostura.
Ahí fue cuando lo noté: la botella de leche detrás de Rodrigo estaba agitándose sobre la mesa. Justo como ese día.
—Ahora, a ver. ¿Cómo les explicamos a tus hermanos la marca que tenés en la cara?
Fijé mi vista en la botella. Sabía que iba a lograrlo. Tenía que lograrlo.
—…Pudrite —balbuceé, y fue demasiado para él.
—¡Mocosa!
Se abalanzó sobre mí. Tomó mis hombros y me golpeó contra la pared. Ahí fue cuando lo oí. Un sonido agudo, penetrante, inconfundible. El estallar de un vidrio.
Rodrigo cayó mudo sobre mi cuerpo, un peso muerto.
Abrí los ojos como platos. Mientras él caía, noté la leche esparcida por el piso, en un festín con el vidrio. Había fragmentos resbalándose por todos lados.
Lo importante, sin embargo, era el pedazo grande que había cruzado el cuello de Rodrigo por la mitad.
Seguí mirando al frente, aterrada, mientras sentía cómo las manos de Rodrigo se soltaban de mis pantorrillas. No me atrevía a bajar la cabeza, pero cuando sentí un líquido viscoso entre mis dedos tuve que hacerlo.
Allí estaba; el charco rojo de la sangre, mezclándose con el blanco de la leche y los vidrios. Miré mis manos, rojas también.
Pensé en gritar, y me llegó el terror de ser encerrada. No podían encontrarme.
No había tiempo que perder. Me puse de pie, tirando el cuerpo a un lado; no me atreví a revisarlo, temerosa de que respondiera.
Junté todos mis ahorros —unos cincuenta rorintios— y separé cuatro monedas para mí. Dejé el resto en la mesa, pensando en el bien de mis hermanos.
Agarré el saco más grande que teníamos, me calcé con unas sandalias viejas y salí corriendo en dirección al bosque. La noche estaba viniendo.
Tomé un camino de tierra angosto y desgastado, abandonado por años.
Los árboles me cubrían la cabeza y los helechos me pinchaban los pies, pero yo seguía corriendo. Corrí por lo que me pareció una eternidad, y me apoyé contra un árbol, exhausta.
Entonces sentí el pesar, y lloré largamente. Sentí que mi alma se desgarraba, y centré mis pensamientos en mi hermano Muño, quien tanto me había ayudado. No podía traer ningún consuelo esa vez. Luego recordé a mi madre, borracha, y a Rodrigo en el piso, y volví a llenarme de odio y de dolor. Apoyé mi espalda contra el tronco, cubriéndome la cara con las manos, y seguí llorando. De tanto en tanto me atragantaba y tosía con fuerza, como deseando escupir mi pena. No tenía punto.
Me deslicé hacia abajo con el tronco, y me senté en el barro.

Cuando desperté ya era de día. No se filtraba demasiada luz entre los árboles, así que supuse que debía ser mas tarde. Me refregué los ojos y me puse de pie.
Lo primero que noté fueron mis manos, rojas de sangre seca y marrones por el barro mojado. Mi ropa estaba igual. Sentí un escalofrío que me recorrió de los pies a la cabeza, el nudo en el estómago volvió, y mis mejillas enrojecieron febrilmente.
Lo había matado.
No sabía cómo… pero estaba segura de que tanto el incidente del café como el de la leche estaban conectados, y era todo culpa mía. Sabía que de alguna forma había logrado interactuar con esos objetos.
Me puse de pie para buscar un arroyo con el que lavarme, pero sentí un horrible tirón en la pierna. 
—Ay, dioses santísimos…
Levanté la falda del vestido para encontrarme con un pedazo de vidrio clavado en mi pie. Estaba brotando sangre, y los bordes de la herida tenían un color azul oscuro. De alguna manera no sentía dolor, solo frío.
No había tenido en la cabeza de traer un objeto afilado conmigo… Así que me estiré hacia una ramita.
—Bueno, tranquila. No va a doler tanto… Tengo que hacerlo suavemente… —y solté un chillido.
El dolor fue agudo. La herida empezó a sangrar más, pero sabía que sólo iba a empeorar si lo dejaba ahí. Junté paciencia, y fui hurgueteando y escarbando hasta dar con el pedazo de vidrio. Mi pierna reaccionaba por los reflejos y mi visión se enturbiaba con las lágrimas, pero hice presión y lo saqué.
—Ya está, ya está, tranquila.
El pedazo de vidrio era bastante grande. Quería tirarlo, pero lo usé para cortar una tira de mi vestido, y atarla alrededor de mi pierna. Me paré y comencé a andar, lentamente, entre las ramas y las raíces.
Las horas pasaban, y no encontraba ningún puto arroyo. Sin embargo, había logrado hacerme una especie de cuchillo usando el vidrio, una rama y un pedazo de tela; también me había encontrado ramas que podía usar de bastones. Eso sí: tenía el vestido hecho jirones, y mi pierna izquierda seguía doliendo.
No sabía adónde iba. Todos los árboles me parecían idénticos, y no lograba ver ninguna salida. Había varios frutos que pude usar para saciarme, y usé el jugo de un limón como antiséptico para mi herida, mientras maldecía a todos los dioses por el ardor. Sentía la cara hinchada por los golpes que Rodrigo me había dado, y me dolía si me tocaba.
En algún momento me volví a dormir. Seguía deambulando bajo los árboles, solo oyendo el crepitar de las hojas; no entendía qué era sueño y qué era realidad. No sabría describirlo, pero sentí como si algo se hundiese en el barro justo detrás de mí. Sin dudarlo, en medio del sueño, caminé hasta un tronco caído. Me agaché, y observé por el espacio que se formaba…
…Pero no vi nada. Habría jurado que alguien caminaba a mi par. Luego de un rato, me puse de pie, dispuesta a seguir mi rumbo. Sin embargo, cuando di el primer paso oí una voz. Miré hacia atrás, pero no había nadie. La voz siguió hablando en mi cabeza:
Querida Aldara… Mi nombre es Wendagon. Quizás no me conozcas, pero yo te conozco. Si no me equivoco, ya debés estar huyendo. La pregunta es... ¿adónde?
Tenía razón. No tenía rumbo.
Estás perdida, y no veo por qué deberías rechazar mi propuesta. Sé de lo que sos capaz. Se lo que podés hacer con los líquidos. Conmigo no tenés nada que ocultar.
Vení a mi hogar, en la capital, la ciudad de Veringrad. Ahí nadie va a perseguirte por lo que hiciste. Seguí por el Este. Tenés suerte de que en esta parte del reino no haya bichos, así que, por favor, apurate.
Voy a estar esperándote, Lali.

La voz paró, y abrí los ojos. Estaba despierta. ¿Qué?
¿Que había sido esa voz? No dudé que había sido más que un sueño. ¿Cómo era que sabía tantas cosas sobre mí…?
¿Haría bien en ir con él?
Estuve meditándolo un rato, pero luego enfrenté los hechos. No tenía nada más. Iría, al menos para echar un vistazo. No podía quedarme en mi pueblo. No podría soportar nada que me recordase a Rodrigo. No podría encarar a mis hermanos. Incluso si me arrestaban en la capital, quizá sería lo que merecía.

Continuar


No hay comentarios :

Publicar un comentario