domingo, 18 de mayo de 2014

Madera & Hueso — 7 — Cregh





“En el bar”, decía la carta. Abrí la puerta para toparme con tres bichos que me chocaron mientras salían. Estaba por decirles algo, pero noté que eran cuervos y me callé. Al entrar al bar, vi que una de las mesas estaba destrozada y no tuve dudas de quien debía haberlo causado. Miré alrededor y suspiré. Quería que esta vez fuese él quien tuviese que esperar, así que había llegado quince minutos tarde, pero no. Iba a tener que esperar media hora… Cresso siempre llegaba tarde.
El local se encontraba casi vacío. Mi mesa estaba junto a una ventana; en la otra esquina dos personas comían y conversaban; un encapuchado dormía sobre la barra, con una cola saliendo del final de su túnica. Me puse a ver por la ventana. No había nada en particular, pero era mejor que mirar al cantinero y su mirada de que pidiera algo ya, mierda.
El truco no sirvió por mucho tiempo. El cantinero se aburrió de pulir el mismo vaso y empezó a venir hacia mí. Justo en ese momento, la puerta se abrió y Cresso entró caminando a paso firme. Iba bien vestido; su traje rojo hacia juego con sus escamas moradas y verdes.
—Cresso… —lo saludé.
—¡Cregh! —exclamó, mientras se acercaba a mi mesa—. Cantinero, un par de lagartijas ahogadas para mi hermano y yo.
El cantinero perdió la compostura por un momento, pero se fue a preparar las bebidas. Cresso no desperdiciaba oportunidad para llamarme hermano y disfrutar la cara de confusión de la gente.
—Sabés que no puedo tomar eso, Cresso —le dije.
—Tonterías —dijo—. Solo es un trago.
—Sabés lo que pasa cuando tomo un solo trago. Después viene otro, y luego otro, y terminamos en casa de tu madre llorando y pidiéndole perdón.
—No digas “mi madre”, como si no fuese tuya también.
—Técnicamente…
—Por las escamas de papá, Cregh. Mamá estaría devastada si pudiera escucharte.
—Ya sé, ya sé… Perdón —me disculpé. Cresso recuperó su sonrisa.
—Pero bueno, decime. ¿Qué haces acá? La carta de mamá solo decía que ibas a venir a la ciudad. Tenía que venir a Veringrad de todas maneras, pero adelanté mi viaje una semana para encontrarte. Lo último que supimos de vos es que ibas a trabajar al norte.
—Sí… ¿Te acordás que dije que me había unido a una compañía de mercenarios?
Cresso asintió, mientras el cantinero ponía las bebidas en la mesa.
—Bueno, resulta que se disolvió a mitad de camino. ¿Te acordás que te había hablado de nuestro jefe, todo un líder y guerrero…?
Cresso asintió de nuevo, tomando ambas bebidas para sí. Los lagartos disfrutaban de su tolerancia al alcohol.
—Al parecer también era un borracho y un apostador, y se topó con alguien a quien le debía bastante dinero. Lo arrastraron hasta una carreta y no lo volvimos a ver. Entonces, claro que me postulé como líder, ¿no?
Cresso asintió otra vez.
—Pues todos nos habíamos unido a esa compañía por dinero, y yo no tenía ni un poco. Solo un idiota aceptó seguirme…
—Hermano, ¿conseguiste trabajo o no?
—Pues sí. Encontramos un pequeño pueblo donde podíamos cortar árboles por comida. Hasta que mi compañero conoció al amor de su vida y decidieron vivir en esta ciudad.
Se hizo un silencio. Mi clásica suerte me seguía a donde fuera.
—Y, ¿qué vas a hacer ahora?
—No sé; es difícil conseguir trabajo como mago si no tenés un anillo de ninguna universidad.
—Podría ayudarte…
—No, Cresso, no voy a trabajar con vos. —Mi hermano trabajaba de mercader; un negocio que venía desde sus abuelos. Cresso había tenido su trabajo asegurado desde que era niño, pero yo había querido crear mi propia suerte.
La comida llegó pronto; el cantinero trajo dos sopas a pesar de que no habíamos pedido nada.
—Entonces, ¿por qué quisiste reunirnos? —le pregunté.
—Ah, casi me olvidaba. Te tengo un paquete de Wendagon.
—¿Wendagon? ¿Uno de los señores de acá?
—Un mensajero me dio este paquete cuando llegue a la ciudad. Creí que lo conocías.
—No conozco a nadie acá.
—Bueno, pues alguien te conoce.
Cresso puso el paquete sobre la mesa. Tenía un sello de cera que lo mantenía cerrado y mostraba que no era barato.
—Dale, abrilo ya —dijo Cresso.
Rompí el papel. Una caja de madera quedo al descubierto.
—¿Y si es una trampa? —dudé, pero Cresso volvió a insistir para que lo abriera.
Al final solo había una carta y una bolsita de cuero.
El cantinero pasó y recogió los platos y vasos. Cresso pagó los treinta cobres.
—Bueno, ¿qué dice la carta?
—Dejáme ver… —me puse a leer—. Dice que el señor de tierras Wendagon sabe sobre el fracaso de mi compañía de mercenarios… Pero que él tiene una tarea para mí. Dice que, a pesar de no haber visto mis habilidades en persona, confía en que las historias y rumores sean ciertos... miré a Cresso. Él sabía qué rumores se decían—. Y confía en que pueda cumplir su tarea. —Salteé algunos reglones—. Bla bla bla… Si acepto visitarlo y escuchar lo que tiene para proponerme, podría ganar dosc… ¿doscientos ocatos? Vaya. Y dice que junto con la carta adjunta un adelanto de mi pago. Eso es todo.
—Dioses —dijo Cresso—. ¿Quién es este Wendagon?
—Es un señor de tierras, ¿no? —dije—. O sea que es uno de los dueños de la ciudad.
—Tiene que vivir en el distrito privado. ¿Qué vas a hacer?
—No sé; no sé qué tipo de trabajo es. Pero la cita es para esta noche.
—Tal vez quiere que quemes algo —rió Cresso.
Suspiré, recordando la vez que un hechizo había salido mal y había quemado una posada por accidente. El rumor se había salido de control, y ahora todos creían que había incinerado un pueblo entero.
Noté que Cresso estaba mirando hacia el cantinero. Nos miraba con una expresión desagradable; al parecer no le gustaba que un amante de bichos como yo recibiera un paquete tan importante. Suspiré. Sin embargo, Cresso no había perdido su sonrisa.
—No le prestes atención —dije.
—¿Eh? ¿A qué? —respondió. Cresso nunca perdía su espíritu.
Era duro ser un bicho en el Este, pero Cresso ya se había acostumbrado. No podía evitar envidiarlo.
Revisé el adelanto al pago que incluía el paquete. Traía cien cobres.
—Quizá trabajar para un señor de tierras importante cambie esa reputación tuya —dijo.
—Sí… pero dudo que pueda cambiar mi suerte. Supongo que voy a ir mañana —decidí.
Luego de eso, salimos del local y nos despedimos. Cresso debía salir temprano a Teorani; lo esperaba un barco en el puerto. Le mande saludos a mamá y nos separamos. Cresso tenía razón, mi reputación necesitaba ayuda. Pero si mi reputación era tal, ¿por qué era que a ese señor de tierras se le había ocurrido contactarme?



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