viernes, 6 de junio de 2014

Madera & Hueso — 24 — ítalo

Cuando terminamos de comer me puse a pensar sobre a qué autoridad debíamos acudir. Pero entonces la autoridad llegó a nosotros. Un mercenario se acercó a caballo.
—¿Ustedes son los que preguntaron por el señor Elderan anoche? Él desea verlos.
No hubo más que decir. Empezó a guiarnos hasta la mansión. Mientras caminábamos, me giré para ver a Aldara, a esos ojos de tormenta. Su mirada reflejaba la intensidad que veía en las calles de esa ciudad, pero su mirada estaba viva, mientras que Laertes ya había dejado atrás a su viejo yo.
Empecé a imaginar todo por lo que debía haber pasado esa gente, la población inocente, para llegar a eso. Mirándonos con miedo detrás de las cortinas de sus hogares; miedo, frío, hambre. A pesar de ser un Del Valle entendía esto a la perfección. La sombra me había hecho entender mucho mejor el dolor ajeno, aunque la sangre que heredé decía que yo debía ser lo contrario.
Cuando llegamos, los guardias en la entrada habían cambiado. Nadie nos detuvo. Nos hicieron pasar en la lujosa casa, y el último señor de Laertes nos recibió en una sala del segundo piso. Sus ojos se veían pesados como plomo, rodeados de un aura violácea. Era un tipo fornido, de unos cuarenta años, pero maltratado por la experiencia. Estaba usando una camisa de alta costura, con pantalones y zapatos acordes. Un anillo de zafiro verde en su mano izquierda terminó de aclarar lo obvio acerca de su posición.
—-Ustedes… ¿quiénes son?
Se produjo un breve silencio. Dos guardias abrieron la puerta, y se ubicaron detrás de nosotros. Sin embargo, Dalia no vaciló.
—Venimos de parte del señor Wendagon de Veringrad. Buscamos al huginn que está detrás de los asesinatos en la ciudad, y las personas desaparecidas.
La mirada de Elderan no cambio en absoluto; completamente vacía.
—Wendagon, eh… —susurró, tomándose la cara.
—Señor… —habló Joseph, con su gato encima—. Necesitamos toda la información posible acerca del cuervo para poder hacer algo al respecto.
—No sé por qué, pero siempre sospeché que era cosa de un puto cuervo o algo por el estilo.
Se creó otro silencio.
—Hoy; no puede ser otro día. Va a atacar hoy.
Nos miramos, algo desconcertados.
—Bueno —dijo, tomando más sentido—. Sé que hoy va a ser el día en que venga por mí. Ya se encargó de todo el resto; solo quedo yo. Yo. —El viejo carraspeó. Joseph no parecía estar seguro de si debía decir algo—. Hoy termina la condena… Esta maldita y larga condena.
Pude ver el cansancio de esa situación en su rostro. El hartazgo de la muerte sobre tu cabeza en todo momento, y el agobio solo pensar en ser libre. ¿Acaso me veía a mí mismo en él?
—Todos fueron muriendo, cayendo uno por uno, hasta llegar a mí, hasta llegar a Elderan, pero no va a poder conmigo. Ustedes llegaron en el día justo, justo para ayudarme.
Nos dio la espalda y empezó a pasear por la biblioteca que tenía a su izquierda. Los libros brillaban, y parecían costar una fortuna cada uno.
Revisándolos y tanteándolos para calmarse, se giró hacía nosotros.
—Gasté fortunas manteniendo a la guardia de la ciudad, y no fue suficiente. Se desbandaron y tuve que armar un puto ejército y mantenerlos a ellos. Pero yo sentía que aún no estaba seguro. Faltaban ustedes.
Estaba apareciendo una calidez en su cara. Estaba sonriendo, convencido de que había encontrado el escape de algún destino fatal; se dejaba ver el rostro joven que mantenía detrás de su máscara de ansiedad, nervios y pena. Una persona arruinada solo por ese cuervo.
—Su llegada —dijo, mientras nos invitaba a acércanos a lo que parecían planos de la ciudad—, no puede ser más que buenos augurios. Verán, hoy se termina el ciclo de la cuarta luna. Sus ataques fueron sistemáticos y metódicos; estudié cada uno de sus movimientos.
De pronto, la sonrisa que mostraba parecía rayar la locura. Empecé a cuestionar la salud mental de Elderan; él no tenía la misma información que nosotros, pero ya culpaba de los asesinatos a un ente y no a las otras casas. Me pregunté cuántas teorías tenia, y supuse que debía tener una excusa para pensar que el cuervo lo iba a atacar cada noche.
—Miren, miren, ¿ven? Acá, y acá —dijo, señalando en el mapa—. Él mató a todos los que consideraba amigos y familia, saben… Es… —Su voz empezó a quebrarse, y lágrimas se derramaron por sus mejillas. Sus rodillas cedieron y cayó al piso. Miré a los guardias que estaban atrás nuestro, pero estaban callados y con rostros de piedra.
El silencio solo era interrumpido por el sollozo del señor de tierras. Empezó a volverse más y más incómodo, y nos mirábamos entre nosotros buscando qué hacer. De repente, los sollozos cesaron, y Elderan se incorporó. Estaba mirando hacia mí.
—La… corona… —dijo, mientras acercaba su mano a mi cara y corría mi capucha—. La corona de la gloria… ¡ESTAMOS SALVADOS!
Sus gritos empezaron a fundirse en una risa histérica. Lo aparté, y puse mi capucha en su lugar, ocultando mis marcas. Realmente no sabía cómo sentirme.
—Si usted lo dice… señor —solté, cuando la risa de Elderan pareció tener un final.
Una vez que se secó las lágrimas, y se incorporó, volvió a dar la imagen de un hombre estable. Su riqueza hacía que esperara total cordura de semejante hombre; la imagen funcionaba al instante. A pesar de todo, en sus ojos rojos podía verse toda tensión por la que estaba pasando.

Elderan llamó a todos los guardias, y ordenó que hicieran guardia toda la noche en esa fecha. Tenía un aspecto mucho más serio cada vez que les gritaba algo, pero se dejaba mostrar más sensible con nuestro grupo.
Nos guió hacía los cuartos, en el otro extremo del segundo piso. Dalia, Joseph y yo entramos en una habitación muy lujosa y bastante amplia. Nos sirvieron un precioso almuerzo, y nos dejó la tarde libre.
Había bastantes cosas con las que distraerse en la habitación. De pronto, Dalia sacó un tema.
—Entonces, ¿cómo vamos a encontrar al huginn? —dijo, mientras hojeaba un libro que había sacado de su bolso.
—Ya está por venir, ¿no oíste? —dijo el pistolero, realmente despreocupado.
Dalia lo miró bastante feo.
—No “está por venir”. Díganme que no fui la única que no se lo compró.
—No, no sos la única —murmuré, con la vista en una ventana. El día estaba nublado, de un gris muy particular. El color y la textura de las nubes me hacían recordar al cuadro de la casa de Wendagon y eso me hizo recordar a la chica de ojos de tormenta, que no estaba en la habitación—. Lo de las lunas, lo de mi corona. Realmente no creo que signifique algo.
—Eh…Por cierto, Ítalo, ¿qué significan las marcas de tu cara? —preguntó Dalia—. Sos un Del Valle, ¿no?
Un escalofrío me recorrió de cabeza a pies, y la sombra dijo presente. Me gire hacía Dalia, y fingí un tono desinteresado.
—Nada especial… simboliza una misión familiar, por decirlo así. Nos pintan estas Anymas. Está en particular muestra lo que la mayoría de la gente conoce como un rito de madurez. En mi familia hay varios de estos ritos, cada uno más complicado. Nos dan un cierto status en la familia… En mi caso, este es el último.
—El ultimo, ¿eh…? ¿Y la de tu ojo? ¿Por qué Elderan se emocionó tanto al verla?
—Esta corona es… Se cuenta que mi familia tiene un origen en el que hay una cierta intervención divina, y supongo que el hecho de que aparezca un Del Valle lo hicieron pensar que sus cálculos astrológicos son acertados. Supongo que es algo así.
Se produjo un silencio en la sala.
—Ey… —Dije, mientras me incorporaba para verlos a los dos—. ¿Ustedes no sentían un olor fuerte en la calle?
Era como si cada vez que el viento soplara en la calle, me hubiera llegado la fragancia de la sangre. Pero nadie más parecía sentirlo. Los dos me miraron sin entender. Apreté el puño, y me forcé a relajarme.
La casa de Elderan estaba perfumada con fragancias muy potentes, y casi podía olvidar lo que pasaba en las calles, afuera.
Por la tarde decidí tomarme una siesta.

◘◘◘◘◘

Ella juega con su pelo y me mira. Lo enrolla en su dedo índice izquierdo, sin sacar la vista de mí. Abre la boca como para decir algo, pero se queda callada.
La curva de su sonrisa es perfecta. No hay sombra, solo paz. ¿Qué es este lugar? ¿Dónde estoy…? ¿Quién es ella?
Busco un punto de referencia en esas paredes sepia. No hay olores que pueda reconocer; nada. Pero la música suena increíblemente relajante. Ella sigue ahí, jugando con su pelo. ¿Por qué incluso los colores parecen tan vivos…?

◘◘◘◘◘

—¡Ítalo, Ítalo! ¡Despertate!
Los gritos resonaban por la habitación en completa oscuridad. Había dormido por horas.
—¡ÍTALO! —volvió a gritar Dalia, tirándome del brazo.
Me paré, y la chica de pelo rojo me arrastró hasta el piso de abajo. Ahí pude notar su palidez, y ojos completamente abiertos. Por los pasillos corrían varios guardias, todos con dirección al patio trasero.
—¿Qué pasa? —pregunté.
Llegamos al patio. En la esquina derecha había varios guardias en ronda, observando algo. Se escuchaba una tos fuerte y persistente que venía del centro del círculo.
—¿Qué pasa? —repetí.
Dalia desenfundó su espada, y se acercó a la fuente del centro. Los guardias empezaron a separarse y a gritar órdenes. A medida que la ronda se abrió más y más, pude ver a un guardia arrodillado, tosiendo sangre y con la garganta a un rojo completamente vivo. Ese rojo subía lentamente, tomando su cara; hinchándola y deformándola. Cuando la inflamación llegó a la mitad de su cara, sus prendas se incineraron. No necesitaba saber más.
Corrí de vuelta a nuestra habitación para buscar mi arco. Volví por el pasillo con el arma y mi carcaj en cada mano, tomando una flecha mientras salía al patio.
Los gritos de dolor, envueltos en fuego, ocupaban toda la atención de los presentes. Su cara ya era completamente roja. No se necesitaba ser un genio para saberlo; era un puto diablo.
Me paré frente a él; cubierto de fuego, siendo observado por todos sus antiguos compañeros. Apunté a su ojo izquierdo. Cayó de espaldas, donde siguió incinerándose. En su cuello se había empezado a formar esa piedra negruzca con intervalos rojos que distinguía a los diablos.
Podía escuchar y oler la sangre siendo evaporada.
La escena casi parecía una ceremonia de bárbaros, con un cadáver que todos observábamos en una ronda. Solo faltaba que hubiera música y bailáramos alrededor.
Retiré la flecha de su ojo y la guardé en el carcaj.
Un diablo en esa noche… no podía ser coincidencia. Miré a la luna, la cual estaba terminando su ciclo en ese preciso instante. ¿Elderan no se había equivocado?
La cuarta luna terminaba su ciclo, iluminando una pluma negra a unos metros del guardia-diablo.

El sonido de un revólver retumbó en la noche. Un sudor frío recorrió mi cara y mi corazón casi se apagó, para luego empezar latir endemoniadamente. ¿Dónde carajo estaba Elderan?
Corrí hacia adentro temiendo lo peor, pero lejos estaba de imaginar lo que seguía.
Una llamarada iluminó la mansión, mandado por los aires el portón que daba a la calle. Los diablos no tardaron en entrar, aproximándose con su velocidad inhumana, y las flechas de los guardias empezaron a caer.
Salté un cerco y alcancé a Dalia, que atravesaba la casa hacia la entrada.
—El cuervo esta acá —dije—. Encontralo, y al resto del equipo también. —Tomé una flecha, y me pegué contra una columna—. Tené cuidado.
Los diablos se desplazaban a una velocidad asombrosa, con saltos que doblaban a lo que un hombre podía lograr. Como si fuera poco, despedían fuego de sus manos, lo que hacía todo más difícil. La primera batalla frente a los guardias armados duro instantes; todos cayeron contra el fuego. Desde la distancia se los podía combatir mejor, pero los inexpertos arqueros fallaban muchos tiros y terminaban quemados también. Estaban siendo masacrados, y no se podía hacer mucho por cambiarlo. No podía hacer más que seguir esforzando mi puntería.
Los rojos comenzaron a incendiar el frente de la casa. Se hacía difícil tensar con el calor sofocante en la cara, pero logré seguir acertando. Llevaba siete diablos, pero eran cerca de cincuenta. ¿Todos habían sido habitantes de Laertes? Seguí disparando a un ritmo más apurado. Siempre apuntando al pecho, donde aún había carne, sabiendo que una flecha bastaba para matarlos o tumbarlos.
El calor ya era totalmente insoportable, bajo el techo de la entrada de la casa. La madera comenzaba a crujir, dando los primeros síntomas de debilidad. Dentro de la casa, el alivio no duraría mucho más; pero no podíamos hacer otra cosa que aguantar tanto tiempo como fuera posible. Del posible centenar de guardias que se congregaron en la entrada, solo quedaban quince. Tuvimos que retroceder.
Una vez dentro de la casa tomamos posición arriba de las escaleras, esperando el avance de los diablos. Por las ventanas solo podía verse fuego, tomando lentamente la mansión. Los tirantes del techo comenzaban a derretirse y caer sobre nuestras cabezas; los diablos estaban haciendo un trabajo impecable neutralizándonos. Seguimos adentrándonos en la casa, tratando de evitar el fuego.
Sentíamos que se acercaban, que estaban incendiándolo todo, pero no podíamos verlos.
Explosiones del mismo revólver volvieron a sonar en la noche, aunque más disimuladas por el terror que vivíamos.
Dando cada paso con temor a que la madera cediera, nos retiramos a la última habitación del segundo piso. Estaba en nuestro cuarto; no podía ver a ninguno de mis compañeros, y solo quedábamos nueve de nosotros. La oscuridad no iba a durar. Pronto íbamos a ser iluminados por el fuego.
Los diablos no tardaron en entrar, y nuestros números en disminuirse. Las paredes, los cuadros, todo se estaba incendiando. Los diablos se movían en círculos con rapidez, mareándonos. Sabía que esperaban el momento justo para atacar, pero pasaba algo más, algo que no entendía. Juntándonos en una esquina logramos cubrir la mayoría de los ángulos y matar a varios de ellos, pero el calor se ponía insoportable. Uno por uno el grupo cayó, dejando tres arqueros mientras todavía quedaban un gran grupo de diablos. Y mientras tanto, la temperatura seguía subiendo. Nuestros rostros parecían hervir, los ojos se cerraban cada vez más, deseando ver un gran cielo azul.
Pero el fuego solo lograba hacer que esos monstruos condenados se movieran con más facilidad. Hombro con hombro, formando un triángulo, nos dispusimos a luchar contra el infierno. Pero la puntería de un arquero peligra si la situación se degrada. Las flechas no tenían la precisión del comienzo; las flechas comenzaban a escasear. El humo penetraba en nuestros pulmones, y contaminaba todo nuestro cuerpo con su quemante presencia. Entonces observe sin palabras.
Los diablos empezaron a consumirse con el escenario. Sus piernas parecieron volverse fuego. Sus pies se despegaron del suelo. Estaban elevándose, por el amor de los dioses más puros.
El arquero de mi derecha aprovechó el proceso para bajar a varios bastardos. No tardamos en sumarnos, pero no fue suficiente. Como un ave fénix, envueltos en llamas, los últimos tres se acercaron a nosotros a toda velocidad; gritaban y se quejaban con una voz sin ningún rasgo humano. El último arquero reveló una espada y embistió contra uno de ellos. Fue mortal, pero sus prendas se envolvieron en fuego.
Solo quedaba uno, que reconocí como mujer. Volaba encima de mí. Rodeaba mi cabeza. Estaba arrodillado, con la última flecha en mi carcaj y lo sabía muy bien. La última flecha era diferente al resto. Aunque sentí un escalofrío en mi cuerpo cuando me paré, mi fe era ciega.
Corrí hacia la puerta mientras seguía al diablo con el rabillo del ojo. Había mordido el anzuelo. Al verme correr se lanzó sobre mí; y giré sobre mí mismo y clavé mi daga en su cabeza justo antes de saltar a un lado. Su vuelo siguió recto, hasta chocar contra una pared y sentir el piso. Su fuego se extinguió no mucho después. Recuperé mi última flecha, y varias flechas más, y corrí a través de las llamas hasta un lugar seguro en el cuarto.
Esa gente que había sido civilizada poco antes había volado por el aire. Realmente me lamentaba que ese espectáculo hubiera pasado en esa situación; todavía seguía boquiabierto por semejante gracia a la hora de volar.

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