viernes, 13 de junio de 2014

Madera & Hueso — 25 — Dalia

—El cuervo esta acá —dijo Ítalo—. Encontralo, y a los demás también. Tené cuidado.
Parecía que las predicciones del señor de tierras eran correctas. Bien; el huginn era nuestra mejor opción para saber más del Oeste, y no podíamos irnos sin él. Además, las dos noches anteriores mis sueños habían sido nublados… Todo lo que había visto eran cuerpos, pilas de personas removiéndose y sufriendo. Y había una sombra sobre todos ellos… El huginn.
¿Por qué hacía lo que hacía? ¿Qué lo movía a… tomar gente de esa manera, y usarla para matar a incluso más personas? No había ninguna ganancia detrás de sus acciones. Solo había vidas destruidas, hogares que no volverían a ser lo mismo. La misma ciudad ya estaba arruinada, desmoronada por la desconfianza entre su propia gente. Mientras corría por los pasillos de la mansión, apretaba el mango de mi espada con fuerza y sentía un gran deseo de ver al cuervo morir.
Destino nos había llevado hasta ahí, y él parecía pedir por Justicia.  No había otra explicación; cazar al mal del Oeste era traer justicia, al fin y al cabo. Los bichos no son como las personas, no era lo mismo acabar con su existencia. No había pecado en ello. Yo traería justicia, pensaba mientras corría por la multitud de guardias que pasaban junto a mí. Corrían en dirección contraria, hacia la entrada por donde surgían diablos. Ítalo parecía conocer a la especie; él podría contenerlos mientras buscaba al resto. Sí, él podría; tenía plena confianza en que cada uno seguía expresamente su rol.
El resto, el resto… ¿Dónde estaban? Aldara y Cregh habían pasado el día en otra de las habitaciones, y no los había visto en un par de horas. Me había separado de Joseph hace poco, pero sus disparos resonaban por todo el lugar. Había estruendo por todos lados.
Salí al patio trasero, en la otra punta de la planta. Ahí habíamos contemplado como un guardia se convertía en diablo, mientras todo su cuerpo cambiaba para aceptar esa existencia de fuego… Todo había sido una distracción. El cuervo había estado entre nosotros, había entrado a la mansión para convertir al guardia frente a nuestras narices, y solo había sido una distracción para que destruyeran la entrada principal. Y mientras todos los guardias se congregaban allá, no podía evitar preguntarme si eso no era solo otra distracción; si el huginn no estaría corriendo por los pasillos y acercándose al señor de tierras.
Todo el cuerpo me temblaba, tenso de energía que quería ser liberada. Transpiraba, pero no sentía calor; no mientras sostenía el mango de mi espada negra. Me aferraba a él, y pensaba en mis padres. Me centré en sus rostros… Y estuve un poco más sosegada. Me revolví el pelo colorado, y miré distraídamente por encima de las paredes del patio. Eso daba a la ciudad… y había volutas de humo sobresaliendo por ellas. Había diablos intentando escalar. No había llegado a reaccionar cuando aparecieron manos por encima, y los salvajes empezaron a saltar adentro. Era la única ahí, además del cadáver; miré a mí alrededor, sin poder organizar mis pensamientos, buscando algún apoyo. Solo estaba la fuente de agua, y, y… Aldara llegó desde adentro.
Iba a gritarle algo, pero me volví para enfrentarme con un diablo que ya estaba junto a mí. Se movían demasiado rápido… Sus cuerpos parecían humanos, pero la falta de consciencia hacía que se movieran más allá de sus límites, sin pensar en sus cuerpos. Levanté mi espada, y apunté a su rostro. El impacto contra la roca rojiza apenas lo movió, y el monstruo saltó sobre mí. Me tiró al piso, donde apenas pude seguir sosteniendo la espada, y él cubrió mi rostro con sus manos. Empezó a surgir un calor… y pronto se hizo fuego.
Quería gritar, quería sacudirme, pero no podía oponer resistencia. Y entonces ocurrió algo. No sentía dolor alguno. Abrí los ojos como platos, mientras miraba el fuego fluir alrededor de mi visión como un rio de agua roja. Y mientras estaba hipnotizada con la imagen, Aldara quitó al diablo de una patada.
—¿E…Estas bien? —preguntó.
Me arrodillé, aun algo perdida. Miré la espada corta… y agradecí a mis padres, en silencio. Me levanté.
—Sí… Sí. —Me giré hacía ella—. Gracias. ¿Dónde estabas?
—Estaba con el resto arriba —empezó a explicar Aldara, mientras yo me ponía sobre el diablo derribado, y lo tomaba por la cabeza. Pasé mi espada por su cuello—. Ellos estaban… Estábamos, eh…
Aldara corrió la mirada. Solo estaba acabando con su sufrimiento. El muerto empezó a recobrar forma humana.
—Estaba el cuervo, el cuervo estuvo frente a nosotros en el pasillo.
—¿Qué? —La miré.
—Sí… Fue hace unos minutos; Cregh y el otro corrieron contra él.
—¿Entonces qué haces acá…? —Empecé a preguntar, pero reconocí que ella no tenía ningún arma. Aun así, Aldara bajó la cabeza, avergonzada. No pude evitar preguntarme qué podía hacer.
—Ey, ¡atrás! —gritó, de repente. Antes de que pudiera girarme, una bola de fuego impacto contra mi cara; haciéndome girar en el aire y caer contra el suelo. Ninguna espada mágica pudo evitar ese dolor. Ya había tres diablos en el patio, y seguían trepando desde afuera.
Aldara contaba conmigo. Me levanté, temblorosa, y blandí mi arma por lo alto. Esta vez sabía a dónde dirigir mi filo; sus cuellos se movían demasiado bajo la roca roja, pero el resto de su cuerpo llevaba piel. Así es que apunté a los torsos, y usé mi espada como una lanza. El arma salía y entraba con algo de esfuerzo, cortando a través de la tela y el cuero… pero esos no eran guardias con armadura, eran habitantes del pueblo. La sangre nunca se mantenía sobre el filo, que con sus propiedades mágicas la corría incesantemente y se mantenía limpio; y aunque algunos de esos habitantes transformados eran bichos, ninguno tenía una piel especialmente resistente.
Ya había acabado con cuatro. La temperatura del aire había subido demasiado. Apenas debían haber pasado sesenta segundos, pero se sentían como seis minutos.
Tres diablos se habían agrupado a mí alrededor. Intentaban rasgarme o quemarme; y las sacudidas me hacían daño, aunque ellos no me penetraran. En medio del frenesí, no pude ver al otro diablo que había saltado desde afuera del edificio; solo noté como corría hacia Aldara por el rabillo del ojo, y me di vuelta demasiado tarde.
Aldara empezó a correr y retrocedió hasta la fuente. Y cuando ya no tenía adonde huir, siguió adelante; saltando al agua.
Me saqué al grupo que me rodeaba con un empujón, y corrí hacía Aldara sin pensar. Sin embargo, un empujón no había hecho nada; los diablos detrás de mí expulsaron fuego, y cayó en mis pies. Caí. Mi espada salió rodando.
—¡Ah!
Mi primer instinto fue levantar la mirada hacia Aldara. El diablo le pisó un pie, haciéndola caer en el agua cuando estaba por salir… Le apretó un brazo con la mano.
De la mano empezó a salir humo… Iba a quemarla. Entonces, dos lanzas atravesaron su rostro. Y las lanzas empezaron a girar en sí mismas, como tornados; y el diablo salió despedido por el aire. El impacto contra el suelo terminó con él, quebrándole el cuello. Pero no habían sido lanzas. Estaban hechas de agua.
—¿Eh…?
Me incorporé lentamente. Aldara, con los brazos en alto, estaba dirigiendo los dos brazos de agua. Se encontraba pálida. Pero debía ocuparme del asunto inmediato. Me volteé al grupo de diablos que me había hecho caer; los brazos de todos estaban en llamas. Pero a los pocos pasos, no pude avanzar; estaba demasiado caliente. ¿Qué? Miré mis manos. No estaba sosteniendo la espada. La había perdido.
Los diablos dispararon hacía mí. Salté a un lado, esquivando el fuego, y empecé a correr a la espada. Aldara, desde la fuente, dirigió otra de esas lanzas al grupo, llamando su atención y cortando a uno de ellos.
No tardé en llegar a mi arma, y unirme a la pelea.

Unos momentos después, el patio se encontró libre de diablos. Seguíamos viendo hilos de humo del otro lado del patio, que se elevaban hacía las estrellas, pero no parecían dispuestos a cruzar adentro de la mansión. Se sentía una vibración pequeña, y el rumor era constante.
—Vaya —balbuceé, entre jadeos—. Deben estar buscando quemar la mansión.
—Si… Deberíamos subir —dijo Aldara, junto a mí. Se encontraba empapada de la cintura para abajo, y podía ver que eso no ayudaba a la herida en su pierna. La apoyaba con flaqueza. Aun así, no creía que esa fuera la razón de sus temblores.
—Ey… ¿te duele algo? Cregh no suele ponerse así luego de usar su magia… Lo que usaste era magia, ¿no? —Mi tono intento ser conciliador, pero ella solo reaccionó con un salto.
—No es nada. Deberíamos subir. Arriba está el cuervo.
Mirando el suelo, pensé que no sabía cómo debía actuar fuera de mi pueblo. En todo caso, Aldara tenía razón. Ya habíamos perdido demasiado tiempo. Si el cuervo estaba arriba, no podíamos dejar pasar la oportunidad. Corrimos adentro, donde seguía habiendo movimiento por la entrada, y fuimos hacia las escaleras. No tardamos en subir; el pasillo del segundo piso se encontraba vacío.
—¿Por dónde…? —susurré.
La duda no duró más que unos instantes. Enseguida apareció Cregh, corriendo desde los cuartos con todos nuestros bolsos encima. Aldara y yo nos apuramos en llegar hasta él.
—¿Qué hacés? —preguntó ella, mientras Cregh liberaba aire aliviado y dejaba el equipaje en el suelo.
—Gracias a los dioses… Joseph se perdió por los cuartos más adelante, y yo fui a buscar nuestras cosas.
—¿De qué estás hablando? ¿Por qué necesitaríamos tenerlas encima? —Exclamé, incrédula ante la idea de dejar al cuervo atrás.
—¡Están por quemar todo! —gritó, y me quedé callada—. Eso que hacen los diablos no es fuego normal. Es alquimia con los elementos, un lazo biológico que conecta tus propias energías a las del elemento…
Un lazo de sangre… Pensé en mi propia espada, mientras Aldara miraba sus manos.
—Es largo de explicar. Pero es magia, no es como que están respirando cuando lo emiten. Y, eh, entonces, la tensión mágica se está acumulando en el aire. Puedo sentir que están por liberar muchísimo fuego.
—¿Y fuiste a rescatar nuestras cosas? —dijo Aldara.
Tenía sentido, pero era inevitable pensar que Cregh lo había hecho para escapar del huginn. No dije nada.
—Como sea, hay que ir tras él —dijo Cregh—. Hay que buscarlo, ahora.
Los tres estábamos corriendo por los pasillos. Nos dirigíamos a la otra punta del edificio; la gran oficina de Elderan, donde nos había recibido horas antes. El cuarto más grande del edificio. Según Cregh, Joseph se había perdido en los pasillos que llevaban allí; sin embargo, lo encontramos una esquina antes. Tuve que reprimir una exclamación, y a Cregh casi se le caen los bolsos.
Joseph estaba tirado en el suelo, desangrándose de un corte que cruzaba sus costillas. A unos metros de él se encontraba su bastón, y todo el suelo estaba manchado.
—¡Vagabundo! —gritó Cregh, mientras corría y se agachaba a verlo.
—Dioses. Josh… —dijo Aldara.
—¿Qué pasó? —le pregunté, mientras Aldara y yo nos arrodillábamos.
—El... cuervo. El cuervo de mierda. Esas putas balas le dieron, estoy seguro. —Joseph se mordió los labios—. Estoy seguro de que le di.
Miré hacía el pasillo. No había ningún rastro de sangre.
El techo se sacudió con un pequeño temblor, a la vez que la temperatura crecía. Pedazos de escombros cayeron junto a nosotros.
—Puto Elderan de mierda… Putos diablos, puto cuervo —masculló Cregh. Hubo un momento de silencio, mientras venían gritos y explosiones desde abajo, y suspiró—. Suerte que traje los bolsos.
Se dio vuelta, y empezó a revisar entre su mochila. Luego de unos instantes, sacó un puñado de hojas secas.
—Hagan lugar—dijo.
Aldara y yo retrocedimos unos pasos. Cregh retiró la capa de Joseph, dejando ver su herida con más claridad, y su revólver. Mientras empezaba a poner las hojas por sobre la herida, y el pistolero apretaba los dientes, la visión del revolver me hizo pensar en Ítalo; esperé que estuviera bien ahí abajo. Él estaba conteniendo a todos los diablos; nosotros también teníamos que hacer nuestra parte.
—Cregh —dije—, esas hojas van a curarlo, ¿no?
—Sí. Pero solo van a servir como un apoyo; ahora iba a conjurar algo en la piel.
—¿En serio? —Se sobresaltó Joseph—. Quizá deberías conservar la magia.
—¿De qué estás hablando? —preguntó Cregh.
—Estoy demasiado herido… Es mejor que gastes lo menor posible y enfrentes al cuervo. Aunque me cures un poco, no voy a estar en condiciones de ayudarlos.
—Estas equivocado, Joseph. Te aseguro que puedo curarte. No sabes cuánto puede hacer mi magia.
Cregh se concentró, un zumbido surgió de sus manos y las pasó por el corte de Joseph. Este desenfundo su revólver, y nos miró con una sonrisa débil.
—No se preocupen. No voy a fallar mis tiros. No importan un par de golpes con este bebe. En unos momentos vamos a poder ir todos juntos a ese cuarto.
—Y vamos a necesitar a todos —dijo Cregh mientras trabajaba, tenso.
—Sí… —Joseph rió nerviosamente, y pude notar gotas de sudor cayendo por su frente. Sus siguientes palabras las pronunció en un susurro—. Carajo, que grande era. No esperaba que los cuervos fueran así.
Hubo un instante más de zumbido, y Cregh retiró sus manos. La sangre había dejado de emanar.
Joseph atinó a tocar las hojas, pero Cregh lo detuvo con un chistido.
—¡No! Las hojas de Valma se quedan ahí. No te preocupes; no van a caerse.
—Entonces, ¿me curaste…?
—Solo es temporal. Va a ser mejor que no saltes de ningún techo, por el momento.
Joseph gruñó y cargó su arma.
—No voy a tener que saltar para lo que vamos a hacer. Ese cuervo no va a tener adonde huir.
—Vamos —dije.
Todos nos incorporamos. Intercambiamos miradas tensas; si el huginn realmente estaba al final del pasillo, entonces se había detenido a esperarnos en la oficina. No sería ninguna casualidad; ya serian un buen par de minutos de espera. Tuve que decir lo que pensaba.
—Quizá no sea buen momento… Pero estuve pensando en el diablo que encontramos el día anterior, ese Tim. ¿Por qué estaba correteando en una mañana? Los diablos solo salen a la noche…
—¿Qué estás diciendo? —dijo Cregh.
—Quizá todo había sido armado. Quizá el cuervo nos estaba llevando hacía él.
Las puertas ya estaban frente a nosotros. Pensé en abrirlas despacio… Pero Joseph arremetió de una sacudida, y en cuanto pudimos atisbar adentro, disparó.

Las balas impactaron el pelaje negro. Una mancha rojiza no tardó en aparecer… Pero eso fue todo. El demonio en esa sala era gigantesco; su contextura física era imponente, tanto que esos dos balazos apenas lo hicieron removerse un poco.
Las plumas del cuervo eran de un negro hermoso, que reflejaban el fuego de afuera. Solo estaba vestido con una serie de tiras que cubrían sus pies. Dejaba ver su pecho, musculoso y violento. Nos miraba de frente, parado en el centro de la sala sin reserva alguna.
Estaba esperando armas, a una criatura refinada… No a un gigante. Todo lo que tenía encima eran tres bolsas de cuero, que colgaban de sus ropas a través de unas cuerdas.
No podía ver al señor de tierras en la habitación. Note que había dado un paso atrás sin darme cuenta.
El vagabundo saltó adentro, poniéndose detrás de un mueble. Aldara y Cregh también entraron, y Cregh estiró su mano hacía el cuervo a la vez que se movía. Sin embargo, no ocurrió nada; El huginn solo empezó a correr hacía nosotros, con cada pisada haciendo sacudir las maderas.
No puedo recordar si estaba adentro o afuera de la oficina, solo sé que el monstruo estuvo frente a nosotros antes de que pudiera procesar lo que estaba pasando. Me hizo estrellar contra una pared y mi espada salió despedida lejos.
—Esa espada… Sos una mujer, pero sos el Caballero, ¿no? —dijo.
Se giró hacia Cregh, que seguía agitando su mano, intentando hacer un hechizo frenéticamente. Sin preocupación alguna, el huginn levantó su ala para atacar…
Y de pronto, el jarro con flores junto a ellos estalló. El líquido en su interior se elevó por los aires, dejando una estela de humo, y el agua hirviendo cayó en el rostro oscuro.
El graznido fue horrible; un chillido de cuervo a todo volumen. Joseph no pareció flaquear, acercándose al cuervo que se había arrodillado y apoyando su pistola en su cabeza. Sin embargo, pude ver como el cuervo acercaba una garra a sus bolsas de cuero.
—¡Joseph! —exclamé. Joseph saltó hacia atrás.
El cuervo gruñó de rabia al ver a Joseph escapando, y se giró hacia mí.
Entonces, todo pareció perder sentido. El cuervo se desvaneció en el aire, como si su figura fuera un rostro en una carta, y la giraras hasta no verlo más.
—¿Q…Qué…? —balbuceó Aldara.
Cregh tenía los ojos como platos, y estaba pálido.
Me dirigí a juntar mi espada… Y apareció de nuevo. Por detrás. Me tomó de un hombro con fuerza, y antes de que pudiera hacer algo tiro del hilo sujetando una de sus bolsas. Todos los polvos cayeron sobre mí.
Su agarre era firme, pero el dolor que sentí fue tal que me liberé solo por mis sacudidas. Me tiré al suelo, gritando, mientras mi piel se tornaba rojiza y sentía que mi cabeza iba a estallar.
—¡Dioses! —exclamó Cregh.
—¿La está convirtiendo en diablo? —dijo Joseph—. Puta madre…
Joseph corrió hacia el pasillo, mientras volvía a apuntar su arma. Esta vez apuntaba a la cabeza. Pero el cuervo se hizo a un lado y las esquivó. Esta vez el brazo de Cregh sí empezó a resplandecer, y del hocico del huginn surgió una explosión. Cayó contra una pared, aturdido, con sangre cayendo entre sus plumas.
Mientras tanto, yo rodaba y me sacudía… pero había dejado de gritar. El rojo empezó a retroceder. La infección estaba perdiendo…
…Aún estaba sosteniendo mi espada. Papá estaba protegiéndome, y una lágrima rodó por mi rostro.
No podía levantarme. El shock había sido demasiado. Solo permanecí ahí, derrumbada por unos instantes, mientras oía impactos sordos por encima… Cuando pude levantar la mirada, a duras penas, Joseph y Aldara también estaban fuera de combate. El pistolero había caído y su revólver estaba en el otro extremo de la oficina. Aldara solo había retrocedido, paralizada. No había agua cerca que pudiera usar.
Estaba por perder la consciencia, pero la espada no me lo permitió. Me dio nuevas energías, y pude levantarme de alguna manera. Presencié la escena que tuvo lugar a continuación.
Solo quedaban el huginn y Cregh. El cuervo avanzaba con movimientos toscos, caminando lentamente y con obvio fastidio. Su cuello herido le trastornaba la voz, y hacía que su respiración pesada pareciera un montón de vidrio quebrado, que era lo único que sonaba en la habitación. La cara de Cregh mostraba rabia, pero parecía consternado de frustración.
—Sabés, estaba especialmente interesado en vos, Hechicero —dijo el monstruo.
—¿Q-Qué?                               
—Por favor, baja el brazo. Solo quiero hablar, sabés.
—¡¿H-Hablar?! —rió Cregh, fuera de sí. No bajó la guardia, pero se permitió el extender los brazos alrededor de la habitación, pasando por cada uno de nosotros—. ¿¡Esto te parece hablar?! Hijo de puta…
—No, no; solo quería ver si eran como decían. —El tono del huginn parecía divertido. Creí adivinar una sonrisa entre sus rasgos monstruosos.
—¿C…Como decían quiénes?
—El Testamento… —El huginn imito reír, pero su voz quebrada lo redujo a un murmullo—. Sabes, los estábamos esperando…
El cuervo dio un paso adelante. Cregh tensó los hombros, asustado.
—Pero solo me dieron vergüenza. —El cuervo alzo una pata, y embistió a Cregh por el pecho. Este cayó a metros de distancia—. ¿Hechicero? Ni siquiera pudiste conjurar algo en un minuto. —La voz del cuervo crecía, se alzaba en su tono roto y oscuro—. ¿Sabés lo que es mover una montaña con tu voluntad? ¿Doblar todo el espacio?
Hizo una pausa. Cregh no lograba levantarse.
—Eso no… No puede ser natural.
—¿Eh? —El huginn inclinó la cabeza.
—Sí que se de magia, cuervo de mierda…Nadie podría remover una montaña sin destruir sus propios alrededores, no podes pedir tanto del mero aire.
Se hizo un silencio. El cuervo no parecía estar esperando eso. De pronto, rompió a reír.
—B…Basta… —balbuceó Cregh. La risa horrible resonaba más y más alto—. Basta… —de pronto, el cuervo rompió su risotada.
—Vergüenza. —Aleteó sus manos en el aire, elevándose y cayendo junto al mago de un solo salto. Me sobresalté, temiendo que fuera a aplastar a Cregh, y Aldara se cubrió la boca.
Pero no lo agredió. Giró su cabeza por todo el ambiente, deteniéndose en cada uno de nosotros.
—El Pistolero. El Hechicero. El Caballero, la Nereida. —En esta última parte se giró hacía Aldara, que lo miro sin comprensión. Nunca había oído esa palabra—. Y sé que el Cazador está en el edificio. No son como los describía el Testamento, saben. —Hizo una pausa, sosegadamente. Miro a Cregh—. El Hechicero del Oeste. Él puede hacer todas esas cosas, sabés. Incluso nos permitió transportarnos a todos nosotros. Nunca van a sobrevivir si se lo encuentran.
Antes de que pudiéramos reaccionar, buscó entre sus harapos, retiró un anillo, y lo puso en su dedo medio. Volvió a desaparecer.
—¡No! ¡No, no, no! —exclamó Cregh—. ¡No nos haces esto y te vas!
—¿Podes seguirlo…? —susurró Aldara.
—No siento nada. Es como si no hubiera estado acá, no hay rastro alguno… ¿Es posible transportarse sin hacer un hechizo? Ese anillo…
Cregh hablaba frenéticamente, casi mordiéndose la lengua.
—No nos hablan así, no nos dejan así y nos dicen que vamos a morir y se van… Hay…
—Cregh, no nos transportes sin cuidado —logré soltar. Detrás de mí solo había fuego… El centro de la casa estaba en llamas, con un incendio que había subido por la escalera y estaba llegando a los extremos de la casa. Aun podía sentir movimiento entre las llamas, sin embargo… quedaban más diablos.
—Dalia, qué… ¡Ahí! —Saltó, de pronto—. Acaba de aparecer, ¡un residuo mágico!
Y aunque apenas había podido concentrar sus energías antes, en un segundo apareció una luz de sus manos, y la luz se hizo enorme y todos nos desvanecimos. En realidad, el cuarto pareció desvanecerse mientras nosotros seguíamos igual… Nos movimos yo, Cregh, Aldara y Joseph. Nuestro equipaje también estaba ahí.

Caímos en la habitación que nos había dado Elderan. Los extremos de la casa eran los que seguían en pie, como había pensado. El huginn estaba apareciendo en ese mismo instante, e Ítalo también estaba ahí.
La entrada estaba en llamas, y el piso repleto de cuerpos de guardias y de diablos.
Ambos hechizos llegaron a la vez. Ítalo no hizo preguntas, y en un momento estaba apuntando una flecha al cuervo gigante. Todos estábamos listos.
—Bueno, bueno—dijo el cuervo, levantando las manos conciliadoramente.
Por un momento pensé que quería paz, pero enseguida embistió con un brazo y lanzo a Ítalo contra nosotros. Todos caímos al suelo. Estaba por incorporarme, pero me quede mirándolo. El cuervo estaba quieto.
—Los cinco enviados. Es justo como lo dicen las escrituras.
¿Qué estaba diciendo…? ¿Acaso ellos también habían tenido visiones sobre lo que nuestro bando iba a hacer? Recordé que los bichos del Oeste no creían en nuestros dioses. Creían en un solo ser… en su Deus.
—Saben… Incluso estamos nosotros en las escrituras, saben. Estoy yo. —El huginn levantó su cabeza, como si estuviera dejando volar su imaginación—. Todo ocurre… perfectamente.
—¿Qué…Qué están haciendo? —Joseph habló por primera vez desde que se había recuperado.
El cuervo se nos quedó mirando.
—¿No saben? El Antiguo Testamento. Estamos trayendo a la primera especie. Al deus. Es como las escrituras decían que iba a ocurrir, el pueblo del Oeste va a levantarse otra vez. Está despertando, immo. Todo sale perfectamente. Pero, saben, por ahora no me atrevo a hacer más. No creo que este en mi mano el matarlos.
—¿Todo…? —balbuceó Ítalo—. ¿Dónde está Elderan? ¿Dónde está el señor de tierras?
—¿Son idiotas? —rió el gran cuervo, con su voz quebrada, y busco por su anillo una vez más—. El viejo murió antes de que cayera la noche. Nada de esto fue por él. —Se puso el anillo… y desapareció una vez más.
No volvió a aparecer.

Todo había terminado. Con la ayuda de Cregh, pudimos salir del edificio; fue a través de una ventana, y acabamos de contemplar como la mansión del último señor de tierras de Laertes se incendiaba. La casa de Elderan había caído.
Los momentos siguientes se sucedieron en una bruma. Mi cuerpo seguía en shock, dañado por ese polvo extraño… El corte de Joseph no había cerrado bien, e Ítalo había sufrido varias quemaduras. Solo el gato había resultado ileso, habiendo escapado cuando comenzó todo.
Me aferré a mi bolso. Al menos la enciclopedia de mamá seguía bien. Así fue como volvimos a la ciudad, y ayudamos con las consecuencias inmediatas.
Extinguimos el fuego, separamos a los muertos. Dimos testimonio por lo que había pasado; todo cuanto nos atrevimos a contar. Permanecimos en Laertes por las horas siguientes, pero perdí todo mi espíritu cuando el guardia Marr fue reconocido entre los muertos. Como uno de los diablos.
Juntamos todas nuestras cosas, y partimos por la salida en el sur de la ciudad. Esa ciudad muerta, gris, asfixiada por sus propios brazos, que ni siquiera notó nuestra ausencia. Abandonamos en el amanecer.
—En verdad… esa fue una experiencia fuerte. Podría haber muerto, y así es que yo… —Empezó a decir Joseph—. La verdad, es que siento que les debo ser honesto. No les dije toda la verdad. Mi nombre no es Joseph, me llamo L… L…Lang.

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