martes, 17 de junio de 2014

Madera & Hueso — 26 — Heir


CAPITULO III
CRASTER
 



Ser cazarrecompensas implicaba que no había ninguna seguridad, pero ciertamente nadie me había advertido que iba a estar yendo contra un monstruo en la catedral. Bernard Rhodes estaba convertido en diablo contra su voluntad; me había pedido que lo matara, y me había hablado sobre un cuervo en la ciudad de Laertes justo antes de morir.
Un cuervo. Un cuervo como yo… fuera de la capital. Después de que nuestro pueblo fuera arrasado, nuestra gente se había reducido drásticamente, y el último puñado de huginns se había refugiado en Veringrad, donde la convivencia con humanos era más segura. Iba a tener que indagar sobre ese rumor. Sin embargo, Sil o Dip no sabían nada. Iba a tener que visitar la ciudad por mí mismo y averiguarlo. Ya habían pasado un par de días. Esperaba que eso fuera tiempo suficiente para no levantar sospechas al irme.
Pensé en despedirme de Sil y Dip… pero afronté los hechos, y acepté que detestaba a los cuervos viviendo en Veringrad. Eran habitantes del Este. Estaban entregados a la dominación de los humanos. Si lo que sentía era cierto… Y creía que lo era… iba a encontrar mi verdadero camino en Laertes.
Efectivamente, el destino se puso en marcha ese mismo día. No llegué a salir de la ciudad. Por la mañana, cuando pasé a mi cocina, había alguien ahí.
Me había calzado mi túnica y estaba listo para salir, por lo que tenía mi sable conmigo. Desenvainé en un pestañeó y salté hacía el intruso, pero no le di a nada. Caí sobre mi mesa, dándola vuelta y haciendo un desastre.
Scelus. ¡¿Quién anda ahí?! —grazné, levantándome con un aleteo.
El intruso levantó una mano, pidiendo paz.
—Que la gracia de Deus y su bien nos acompañen. Hasta el día en que la noche nos reciba…
—…Para el sol nunca llegar —terminé, casi sin darme cuenta—. Eso es… un verso del Oeste.
—Saludos, Caballero —dijo el hombre—. Estaba esperando esta conversación.
Mis ojos se abrieron aún más, creyendo reconocer el título. La historia que se contaba entre los pocos habitantes del Oeste en la ciudad, la leyenda sobre el levantamiento de nuestro pueblo encabezado por cinco guerreros.
El extraño vio mi expresión desconfiada y rió. Era un sonido amortiguado y metálico, viniendo detrás de un yelmo.
—Estaba esperando que nos encontráramos. Huginn, la promesa es cierta. El Antiguo Testamento se está cumpliendo, y es el momento de tu llamado. Soy el Hechicero…
Y antes de continuar, movió una mano, y todo se sumió en tinieblas.
Cuando recuperé la vista, estábamos en medio de la calle. Por el tamaño de los edificios, debíamos estar en el distrito privado de la ciudad.
Con un gruñido, me centré en la persona frente a mí. Mi sable volaba mientras caminaba a su alrededor en amenaza.
—¿Qué fue eso, eh? —exigí—. ¿Usaste un hechizo…? —Esas tinieblas debían haber sido un hechizo de transportación.
Pero no pude decir nada más. Bajo la luz de la estancia pude ver al mago frente a mí. Su armadura le quitaba todo rasgo, toda especie; las puntas de su yelmo lo hacían ver como un demonio. Dos orificios negros me miraron, inescrutables, y volvió a hablar.
—Heir. Caballero. ¿Vas a servir a la promesa?
—¿Hablás… de los cinco del Antiguo Testamento? —pregunté, perdiendo el aliento—. ¿La segunda venida del Oeste… la leyenda en la que recuperamos el continente?
—Sí. Los cinco del Este ya aparecieron; nuestro Cazador, Krieg Waltz, va a encontrárselos este mismo día.
Por primera vez en mucho tiempo me había puesto a temblar, y ni siquiera lo notaba.
—Caballero, ¿vas a servir al Oeste? —dijo la voz metálica, una vez más… y formulo la pregunta fatal—-. Caballero. ¿Vas a servir a Deus?
Entendí que esa pregunta tenía más importancia que cualquier decisión de mi vida acomodada. Asentí. Un terror divino, un peso, me aplastaba. No podía hacer nada más. Ninguna otra respuesta era concebible.
El Hechicero se adelantó hasta mí.
—Desearía darte mis anillos ahora mismo, de verdad. Pero primero tenés que probarte, Caballero.
Guardé mi sable y me levanté, solemne.
—En esta casa vive un enemigo; un Oráculo que sirve al Este. Usa el nombre de Wendagon. Blandí tu espada, cazá exitosamente; y vamos a volver a encontrarnos.
—Sí —susurré.
—Este señor de tierras oculta su poder, y solo lo comparte con su único sirviente. Este sirviente va a tener que abandonar la casa tarde o temprano.
El mago sacó un anillo, y empezó a jugar con él entre sus dedos.
—Caballero… encontrémonos en Laertes.
El mago se puso el anillo, y en el instante siguiente ya no estuvo ahí. Dejó la calle vacía, en completo silencio. Por un momento mi mente estuvo en blanco.
Entonces miré por encima de mi hombro, hacia la casa de piedra frente a mí. Empecé a andar, casi sin darme cuenta. Me dispuse a servir al Oeste.



No hay comentarios :

Publicar un comentario