martes, 17 de junio de 2014

Madera & Hueso — 27 — Cregh

Un desastre; esa era la única forma de describir lo que había sucedido el día anterior. Les dije al resto que los diablos habían creado un sello mágico cuando cargaron todo con magia al incendiar la mansión. Pero la verdad era que simplemente no había logrado crear los hechizos en el momento crítico. El cuervo me causó… miedo puro.
Le había fallado a la ciudad. Lo último que supe es que la población iba a formar un grupo de vigilancia. Los últimos guardias no habían tenido mucha suerte, pero las cosas debían ser mejores ahora que ese monstruo había abandonado el pueblo.
El camino al sur de Laertes era relativamente plano. Nos giramos hacía atrás y casi parecía que no había pasado nada. Que Laertes no era una ciudad donde todos los señores de tierra habían muerto.
Eventualmente, la caminata nos llevó a un desvío.

Sur: Camino de Serena
Oeste: Camino Real — Valle Hondo — Craster

—¿Y ahora? —dijo Dalia.
—Al oeste, claro está —dije—. Todo es sobre el Oeste, ¿no? El camino de Serena nos haría volver hacia atrás. Si llegamos a Craster vamos a poder reabastecernos y atravesar las montañas para llegar al puerto.
—El Oeste, entonces—dijo Joseph, que ahora decía llamarse Lang. Ya no sabía qué creer.
Dalia no parecía muy animada.
—Saben… Podríamos seguir el camino de Serena. Volver a la capital y decirle a Wendagon que no podemos hacerlo. —Dalia levantó la cabeza, mirándonos a todos.
—No vamos a rendirnos tan temprano… —murmuré, sin estar convencido. Todavía recordaba la frustración que sentí frente al cuervo. Por un momento, no habíamos podido decidir sobre nuestra vida o muerte—. Podríamos… llegar hasta Craster antes de rendirnos, por respeto al viejo.
—¿De qué serviría, Cregh? —Dalia no estaba convencida—. Se suponía que habíamos ido a Laertes para acabar con el huginn y ayudar a la ciudad. ¿Y que conseguimos? Nada. Elderan murió, toda su gente ardió en llamas y el cuervo se fue.
—Ey, no sabíamos que íbamos a encontrar—dijo Lang—. La ciudad ya estaba condenada antes de que lleguemos.
—¿Que no sabíamos? ¡Esa fue la razón por la que fuimos ahí! Sabíamos que el cuervo estaba ahí, que era la razón de la crisis y que debíamos llegar a él para acercarnos al Oeste.
—Estuvo fuera de nuestro control, ¿qué querés que hagamos? —hablé—. Sí, es cierto que solo estás viva a causa de tu espadita mágica…—Me detuve. Me mordí los labios, y bajé el tono—. Solo estamos vivos porque el cuervo lo quiso. Sí, es cierto que fracasamos, fallamos. Pero podemos quedarnos a llorar acá, o podemos ponernos…
—En realidad no fallamos —dijo Ítalo, de repente. Trabé mi discurso a la mitad.
—¿Eh?
—Fuimos a Laertes por las visiones de Dalia; nos dijo que había un cuervo y debíamos encontrarlo, y lo hicimos. Ahora sabemos que las visiones de Dalia son certeras y sabemos más sobre el Oeste, sobre nuestra misión. No buscábamos salvar a los señores de tierras.
Dalia suspiró. No creía que esas fueran las palabras que estaba buscando oír. Pero no dijo nada más, y empezó a caminar por el camino del oeste.

Caminamos todo el día bajo un ambiente denso. Solo seguíamos el camino de tierra, y nos unimos al camino real después del mediodía. Las montañas se acercaban lentamente. Luego del atardecer encontramos un río; el camino continuaba por un puente enorme.
—Podríamos acampar ahora —sugirió Lang—. Avancemos río arriba para alejarnos del camino, y continuamos en la mañana.
Mientras caminábamos, Dalia intentó iniciar conversación. Parecía estar de mejor humor.
—Ey, Cregh. ¿No podés transportarnos como hiciste para llegar a Laertes?
—No sé —admití—. Ningún otro hechizo requiere tanta energía, y podríamos terminar en cualquier parte mientras estemos tan cerca de las montañas. Aún no.
Montamos campamento cerca del río, y vimos como el sol se escondía entre las montañas. Mañana en la noche estaríamos iniciando camino a través de ellas.

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