miércoles, 9 de julio de 2014

R.O.L. Beta — 28: Li



Cuando desperté, no recordaba muchas cosas.
Recordaba que habíamos conocido a un primo de Ítalo, y recordaba haber comido algunos bocadillos en su casa.
Recordaba haberme separado de Dalia y Aldara para ir a juntar dinero. Y unas peleas y disparos… Sé que hice varias cosas, estuve en muchos lados…
De hecho… en realidad lo recordaba todo, pero el dolor de cabeza no me dejaba pensar. ¿Ya era de día? Había dormido… No, estuve consciente toda la noche… Pero no lo suficiente para darme cuenta de que estaba consciente… ¿Ahora estaba consciente?
Ni idea, me respondí.
¿Y dónde estaba? Oía gente, olía alcohol. Por favor, pensé, ya nada más de alcohol. Esta es la última vez que bebo. Hice memoria. ¿Cuánto había bebido?
Una taza.
Puta madre.
Sentí al sol en la cabeza, lo que llamo mi poca atención porque si de algo estaba seguro era de que estaba boca abajo; mi cara descansando sobre una piedra. Abrí los ojos, teniendo que usar toda mi fuerza de voluntad para mantenerlos así. Quería dormir, o morir… que dejara de dolerme la cabeza… y el estómago.
El estómago. ¿Acaso estaba encima de algo? Metí mi mano floja bajo la pansa. Estaba durmiendo sobre el revólver, pero eso solo añadía al dolor interno. ¿Que había hecho para merecer eso?
Mire adelante… un charco con agua. Se reflejaba el sol en él… Tanta sed. ¿Debía beber de ahí?
"No, no lo hagas"
Me arrastre hasta el charco hasta quedar encima, y saque la lengua.
Pronto escupí. Orina. Me gire y quede tendido de espaldas, sufriendo mi desgracia. Más gente pasaba, más gente hablaba. Pero ninguno cerca de mí… Y la cabeza me palpitaba al ritmo de los pasos.
¿Y dónde estaba?
Mire alrededor. Veía naranja. ¿Había dormido hasta la tarde? Ojala hubiera sido así; estaba amaneciendo. Dos murallas, la derecha con una ventana, se extendían hasta el cielo. Debía estar en un callejón.
Escuche caballos corriendo, y más gente pasando. ¿Dónde estarían los demás? Malo se había ido luego de que le diera la cerveza.
Recordaba a Dalia y Aldara… y a Marco. Sí. Había hablado con ellos. Y recordaba fuego… había visto algo quemándose. ¿Porque había recordado al fuego antes que a Cregh? Él se había quedado bebiendo algo... E Ítalo se había quedado en la mansión de Marco… pero Marco andaba sin él.
Caí en la cuenta de que en realidad si estaba consciente.
Bueno, duh.
Note que sentía una sed aun mayor que mi dolor. Necesitaba agua, mucha agua. Apoye mis brazos flojos y temblorosos en el suelo para levantarme, y con ayuda de mis pies aún más flojos lo logre. Y estuve erguido por un momento, pero pronto el suelo se giró noventa grados y mi cara lo recibió con toda su fuerza.
Mas adolorido, mas nauseado y más mareado que hace un momento, volví a levantarme poco a poco contra la muralla. Estaba cansado, sentía ganas de vomitar pero no tenía nada en el estómago. ¿Entonces ya había vomitado los bocadillos? Eso parecía.
Me acerque a la calle, lentamente y con cuidado, mirando hacia el suelo. El brillo del sol me estaba partiendo la cabeza.
Y allí me quede, esperando quizás a que el dolor se calmara un poco. Veía formas indefinidas, gente de un lado a otro, y caballos. Los puestos del carnaval estaban desarmados; las decoraciones en el suelo. Y nadie celebraba. ¿Por qué nadie celebraba? Siempre había gente que seguía hasta el día siguiente.
¿Y por qué tanta gente uniformada como policía? ¿Había un desfile?
¿O… había pasado algo?
Esta posibilidad fue tan alarmante que me despertó. El cuervo. ¿Él había provocado el fuego? Quizás el incendio se había expandido y todavía seguía vivo. ¿Dónde estaban los demás, entonces? Debía buscarlos. Debía salir de mi pozo de borrachez y vergüenza. Con mi pie firme di un paso, y con esfuerzo levante el otro. Ahora estaba de cara al suelo de nuevo. Ya ni siquiera era gracioso.
Aaah…
Debía levantarme como fuera y buscar a los demás. No había tiempo que perder. Apoye las manos en el suelo y lo intente de nuevo.
Aaan…
Mi padre siempre decía que la voluntad hacia ocurrir las cosas. La voluntad movía al cosmos.
Laaang…
Santas putas ¿quién me llamaba? ¡Quería silencio!
—¡LANG! –Grito una voz dolorosamente aguda al frente mío—. ¿Lang? Arriba, ¿estás bien?
Trate de taparme los oídos para que dejaran de pitar, pero Dalia empezó a tirarme del brazo para levantarme. Pero me volví a caer.
—¿Me escuchás, Lang…?
—Sí… –Intente decir, llevándome la mano a la cabeza.
—Lang, respondeme.
—Que sí, te dije... –Balbuceaba en susurros, y Dalia no me escuchaba. Se me acercó al oído.
—¿Me entendes, Lang? –Exclamo una vez más. Eso ya era casi una tortura.
—¡Deja de chillar! –Solté, inesperadamente fuerte y claro. Dalia se alejó sorprendida, y empezó a tirarme del brazo una vez más, y siguió chillando.
—¡El huggin nos atacó, Lang! Y Marco está herido. Hay que ir a la mansión y encontrar a Cregh, rápido.
Algo había ocurrido, efectivamente. Con ayuda de Dalia logre levantarme de verdad. Me apoye en su hombro para no perder el equilibrio, y cuando levante la cabeza vi a Ítalo y a Aldara. Estaban sujetando a Marco, que parecía abatido. Todos se veían muy heridos, en pero Marco y Aldara estaban cubiertos de sangre. ¿Qué demonios había pasado?
—Quedate acá. –Me dijo Dalia, dejándome apoyado contra la pared. Fue a cambiar de lugar con Aldara; Marco no debía ser muy liviano…
Aldara se acercó a mí lentamente, pero antes de que llegara me impulse contra la pared y avancé para recibirla con un gran abrazo. La chica se quedó paralizada.
—Eh... ¿Lang? –Murmuro, riendo nerviosamente; los demás solo nos miraban. Pronto logre alcanzar una de sus alforjas—. Hey…
Empecé a beber desesperadamente el agua que traía hasta acabarla toda, y luego la solté, volviendo a apoyarme en la pared.
—Gracias. –Le dije, mientras me secaba la boca con la manga y le devolvía la alforja. Aldara no comento nada más.
—¿Que te paso, Lang? ¿Tomaste mucho? –Pregunto Dalia. Recordé que solo había sido una taza, una taza…
—Tres botellas… –Mi boca hablo por sí sola.
—No oles a alcohol. –Dijo Ítalo. Dalia, aun cargando con Marco, se impaciento.
—Bueno, no importa. Ya vámonos. –Rechace la ayuda de Aldara, y empecé a caminar apoyado en la pared. Al menos después de un rato ya podía cruzar la calle sin sentir que me balanceaba sobre una cuerda.

Podía jurar que la mansión de Marco había estado más cerca la noche anterior. En el camino nos detuvimos a descansar un par de veces y en más de una ocasión caí de nuevo al suelo, pero ya podía ponerme de pie solo. En la entrada nos encontramos a Malo. El gato caminaba con soberbia y una clara sonrisa burlesca; estaba riéndose de mi desgracia.
—¿Y vos dónde estabas? –Le pregunte. Malo se sentó en el suelo, ignorándome, y trato de rascarse la oreja, pero se detuvo a la fuerza—. ¿Qué te paso? ¿Estas herido? –Me agache para verlo mejor, pero retrocedió gruñéndome. Y note que tenía la cola quemada. ¿Había estado en el incendio que recordaba?—. Malo, ¿Viste al cuervo?
El felino se levantó y se dio la vuelta para irse. Debía haberlo visto; no era fácil herir a Malo. Y se fue al jardín a descansar bajo un árbol. Mientras tanto, los demás habían entrado a Marco. Me levante rápido y...
Uoah...
Me estaba… Mareando.

En la mansión había gente andando de un lado a otro, trayendo agua y cosas así mientras Marco yacía tendido en un sillón. Los demás, incluida una mujer que resulto ser la ama de llaves, estaban a su lado. En unos minutos entraron dos personas más. Uno era de escaso pelo blanco, barba larga y bien vestido, y el otro un hombre más joven pero más alto y que cargaba un bolso grande. Se acercaron a Marco. Dalia quiso decir algo, pero el viejo la callo.
—Ya conozco la situación. Javier, encárgate de la damisela.
El medico asistente camino hacía Aldara, y el doctor atendió a Marco en unos minutos. Uso varias hierbas, y en más de una ocasión sus manos parecieron brillar al aplicarlas. Aunque no curo sus heridas, Marco pareció aliviado. ¿Era magia como la que Cregh había usado conmigo?
—Los huesos de sus pies se quebraron. Me temo que no va a poder caminar durante algún tiempo. –Dijo el doctor al fin, mirando a la ama de llaves—. Voy a tener que darle un tratamiento regular antes de que podamos contemplar ningún avance, y voy a prescribirle una dieta para que recupere el humor sanguíneo.
Saco lápiz y papel del bolso, y empezó a escribir a intervalos. El otro hombre trato a Aldara de forma similar, aunque le tomo algo más de tiempo.
—Voy a entregarle la receta a la cocinera y llamar a alguien para que lo lleve a su habitación, señor Marco. –Dijo la ama de llaves. Este hizo un movimiento con la mano.
—Está bien, Estela. Quiero estar acá un poco más. –La ama de llaves hizo un gesto y salió, junto con el resto. Durante unos momentos, los cinco estuvimos sin decir ni una palabra.
—Malo estuvo con el cuervo en el incendio. –Solté, sin saber que más decir. Pero el resto solo se miraron entre ellos, confundidos—. Eh… Si Malo estuvo con él, entonces quizás podamos seguirlo.
—Esperá, ¿qué incendio? –Pregunto Ítalo, mirando a Dalia y Aldara que no dijeron nada.
—El que provoco el cuervo. –Dije. Me miraron aún más confundidos.
—No hubo ningún incendio. Solo nos atacó el huggin y otro sujeto más.
—¿Qué? Pero si yo lo recuerdo. Alguien quemo algo…
—¿No saben dónde está su amigo Cregh? –Dijo Marco. Todo cobro sentido con eso… Entonces, ¿Malo no había visto al cuervo?
—¿Que sucedió exactamente? ¿Vinieron dos cuervos?
—No –Dalia sacudió la cabeza, seria—, era el mismo de antes junto a un hombre, un humano. Llevaba dos pistolas, y tenía…
—¿Una capucha que le cubría la cara…? –Me adelante. Aldara levanto la vista e Ítalo me miro seriamente. Lo recordaba. Sí. Recordaba alguien como él anoche…
—¿Lo conoces? ¿Sabés quién es? –Me pregunto Dalia, chillando de nuevo. Santas putas, mi cabeza…
Pero los recuerdos estaban volviendo. Recordé todo lo que había pasado la noche anterior.


◘◘◘◘◘

Luego de invitarle una cerveza a Dalia, Aldara, y Malo y separarnos, note que solo me quedaba un puñado de cobres. ¿En qué momento había gastado tanto? No sabía; el trago ya me estaba haciendo efecto. Pero de todas formas necesitaba juntar dinero si quería seguir con el viaje. Necesitaba algo más rápido que buscar criminales, y en un festival con tantos puestos era probable que hubiera más de una manera.
Precisamente, no tarde en encontrar uno; pero más bien me llamo a mí.
Me acerque a la fuente de los sonidos por mera curiosidad: pasaba algo extraño si se escuchaban semejantes explosiones sin que hubiera gente gritando. Y tamaña fue mi sorpresa al ver que se trataba de un puesto de juegos, que se extendía a lo largo con varios objetivos de tiro.
Una persona usaba un revolver (encadenado al estante) para tratar de darle a objetivos un poco más pequeños que los que se veían en arquería. Al parecer, el hombre nunca había sostenido un arma en su vida. Aunque era entendible, considerando que los revólveres son muy poco comunes. Solo había visto uno en venta una vez, en una importante feria; el precio era prohibitivamente caro, en el rango del oro. Más de una vez los criminales se habían quedado mirando que diantres era lo que tenía en la mano. Las balas, por otro lado, estaban meramente escondidas entre los negocios, pero cuando uno ha recorrido lo suficiente ya sabe por dónde buscar.
El hombre apenas logro darle a tres de los objetivos; uno a los cuales ni siquiera estaba intentando dar. Dejo el arma sobre el estante y se fue, mientras un anciano volvía a poner los objetivos en su lugar. Esa era mi oportunidad.
—Yo quiero intentarlo. –Le dije al hombre tras el estante. Se veía que era viejo, y la barba le llegaba hasta el pecho.
—Son diez cobres, hijo. –Saque los cobres de mi bolso con dolor. Cargo el revólver y me lo entrego—. Tenes que darle a los objetivos.
—Algo así esperaba. –El viejo se hizo a un lado, y apunte al objetivo que estaba más cerca. Pero al disparar paso algo extraño. No sentí la misma fuerza a la que estaba acostumbrado; la bala no golpeo el objetivo, a pesar de apuntar al blanco. Intente una vez más y di en una de las paredes.
—Las balas salen desviadas –Reclame.
—Así son los revólveres reales. –Me respondió el hombre del otro lado del puesto. Él tampoco había conocido un revolver autentico, al parecer.
—Así no se puede hacer nada. –Deje el revólver malo, y saque mi propia arma. En quince segundos gaste sus ocho balas, sin fallar ni un solo tiro. Sonaban más fuertes, con más precisión. Cuando quite los ojos del arma, toda la gente a mí alrededor se había cubierto detrás de algo.
—Ah, hum… Es peligroso usar balas reales. –Dijo el viejo encargado. Y… pensándolo bien era verdad. Decidí dejar el juego; me guarde el revólver, y el hombre me devolvió cinco cobres. Me gire para irme, pero una persona me hizo detenerme.
—Veo que tenes un arma real. ¿Queres hacer una apuesta? –Era un encapuchado, usando una túnica larga. No podía verle la cara bien, pero parecía ser incluso más joven que yo. No me inspiro peligro, sino intriga.
—¿Qué tipo de apuesta? –Mi compañero sonrió bobamente.
—El que le dé a la mayor cantidad de objetivos, gana.
—¿De cuánto estamos hablando?
—Vos dirás –Dijo, al parecer confiado de sí mismo. Eso iba a ser interesante.
—Bueno... un rorintio y el costo del juego. –Ahora yo también sonreía; no parecía que fuera a ser fácil. El tipo asintió y revelo un revolver.
Un ayudante puso los objetivos en su lugar, y fue rápidamente a esconderse junto con el anciano. El encapuchado se puso en posición, apunto por unos momentos y comenzó a disparar en rápida sucesión. Agoto seis disparos en un instante y abrió al revolver para recargar, pero note que lo hacía con un instrumento raro que sostenía seis balas. Las metió todas de una vez, y volvió a disparar. Repitió el proceso, poniendo solo dos balas al final, y termino dando a diecinueve de los veinte objetivos.
—Tu turno. –Me dijo, haciéndose a un lado. Santas putas, ese tipo era bueno.
Espere a que los blancos estuvieran en su lugar y dispare. Mi revolver cargaba ocho balas, pero tenía que cargar cada una a mano. Me demore un poco más en terminar, y frustrantemente falle con el objetivo más lejano. Diecinueve de veinte.
—¿Segunda ronda? –Pregunte.
El encapuchado tomo posición y espero a que los objetivos estuvieran listos. Veinte de veinte, aunque esa vez se había tomado un tiempo para apuntar. Estaba en problemas.
Tome mi revolver, algo nervioso, y decidí que también me tomaría más tiempo para apuntar. Pero esto solo pareció ponerlo todo peor, y di justo en el borde a uno de los objetivos. Y cuando fui a recargar, note que no tenía suficientes balas.
—Uh, me van a faltar ocho.
El encapuchado se metió la mano dentro de la túnica. Esperaba que fuera a darme balas, pero en vez de eso me pasó otro revolver
—¿Tenes dos? –Pregunte impresionado.
—Uno para cada mano.
Ese tipo estaba en otro nivel. Debía ser millonario o algo así, además. Tome su revólver, apunte con cuidado y dispare. Sus balas parecían tener un poco menos de fuerza, pero no era nada que no pudiera compensar.
Le di a un objetivo dos veces. Recargue con las balas que me dio el encapuchado. Supuse que si nos quedábamos sin balas terminaría como empate... Mientras pensaba en eso, dispare dos veces y empecé a sentirme mareado.
—Uoah… –Me apoye con un brazo en la mesa, y espere un momento. Se pasó un poco. Dispare otra vez; ya solo quedaban tres objetivos.
Dispare una vez más, y falle.
¿Que fue eso?, me pregunte. El alcohol no me estaba haciendo un buen efecto.
Le devolví el revolver al encapuchado. No había nada que decir. Él sonrió como bobo de nuevo mientras le daba cien monedas, y veinte al anciano.
—Fue un buen juego. –Dije cuando le extendí la mano. El encapuchado me miro un momento como extrañado, y la estrecho.
—Supongo que sí.
Se guardó los dos revólveres bajo la túnica, y se fue con rapidez. Que sujeto tan agradable.
Uh… Pero ahora tenía que comprar más balas.

Me dirigí a la plaza de Craster. Allí había una tienda de armas variadas, donde también había balas. Pero estaba cerrado; tendría que volver mañana. ¿Y ahora qué?

—El Gran y Magnifico Cargal—
—-Premio de 50 rorintios—
>———>

¿Qué significaba ese anuncio en una pared? ¿Quién era Cargal? No sabía, pero había un premio. Y eso era suficiente para mí.
Llegue a un puesto grande, con lo que parecía ser una especie de escenario cuadrado en el medio con cuerdas tirantes alrededor. Encima había una bestia bruta, un poco más alta que Ítalo o Cregh, con tanto musculo como pelo encima. ¿El objetivo? Derrotarlo.
Alrededor estaban los cuerpos inconscientes o adoloridos de los que habían intentado semejante tarea… Y el bruto apenas se veía cansado.
Me dirigí a la plataforma e intente subirme, pero me detuvo un sujeto con gran mostacho y traje un tanto más alto que yo.
—Son dos rorintios por la pelea. –Dijo, estirándome la mano y sonriendo. Tenía un pedazo de ensalada entre los dientes.
—¡¿Qué?! ¡No tengo tanto dinero! –El sujeto bajo la mano y cambio de expresión.
—Pues estas sin suerte. Volvé cuando dejes de ser pobre. –El tipo se alejó un poco y empezó a llamar a más gente que se atreviera a tomar el desafío. Saque las monedas que tenía.
—Tengo treinta cobres. Te doy esto y trabajo gratis el resto de la noche si pierdo. –El presentador se giró para verme, y llamo a un chico que estaba limpiando el… vomito de un pobre tipo que había sido masacrado.
—Hey, Nicholas, ¿cuánto te estoy pagando por noche?
—Noventa cobres, señor. –El mostacho me miro.
—Creo que no será suficiente...
—Hare el trabajo de dos personas. –Solté con confianza, y entonces el hombre volvió a sonreír.
—Ah, me gusta tu actitud. Treinta cobres y si perdes sos mi esclavo esta noche. Vas a limpiar los fluidos desagradables de los perdedores, la escupidera y te vas a encargar de los borrachos odiosos. –El hombre me extendió la mano, y se la estreche, pero él no devolvió el gesto—.  No, dame los cobres.
Le entregue hasta mi última moneda y subí a la plataforma, donde la bestia de Cargal se levantó para enfrentarme. Me quite el abrigo y el antifaz y los deje colgando en una de las cuerdas.
—Debería haber pensado en esto antes. ¡Trabajadores gratis todas las noches! –Decía el encargado al joven que limpiaba—. Si pierde, te vas sin paga, y esto probablemente funcione cada noche.
Cargal se acercó al centro de la plataforma, y desde atrás el encargado me empujo para que avanzara yo también. Avancé y me encontré frente a Cargal, que me miraba desde arriba.
—Y… ¡Empiecen!
Y caí al suelo con un golpe en la cabeza.
—¡JA! ¡El peleador más fácil de la noche! ¡Estás despedido, chico! –Dijo el encargado celebrando, y palmeando al trapeador, pero me levante rápidamente. Iba a ganar los cincuenta rorintios sí o sí.
El jefe se quedó callado. El bruto me miro un momento, contemplando que su primer golpe no había logrado mucho, y se acercó a tumbarme una vez más. Empecé a defenderme con los brazos hacía arriba, bloqueando su sucesión de golpes, pero me golpeo con la rodilla en el estómago. Caí una vez más.
—¿Eso no es contra las reglas? –Escuche a alguien decir desde afuera.
—Si lo hace Cargal es legal. –Respondió el jefe.
Me levante de nuevo, aun sin intención de perder el dinero y mi noche. Al verme, el presentador ya se veía algo preocupado, y Cargal estaba cansándose. Aunque yo estaba peor que ellos.
—¡Acaba con él de una vez, Cargal! ¡Que no se pueda volver a levantar en su vida! –Empezó a gritar el encargado, al parecer olvidando que no podría trabajar para él en esas condiciones.
Tenía que ir yo. Arremetí contra Cargal, y lo golpee en la rodilla derecha al tiempo que me lanzaba otro golpe. Perdí el equilibrio, pero logre caer bien, y de inmediato me encontré de pie. Cargal me envió otro golpe, y salte para atrás. Pero él dio un paso extra, y me dio con la otra mano. Alcance a protegerme del golpe y me apoye en la cuerda para no caer. Entonces corrí hacia él, y con un pequeño salto le di en la misma rodilla a pesar de que intento retroceder. Entonces ya veía un avance.
Pero, aun así, la suerte no estaba de mi lado. Cargal logro agarrarme. Me golpeo contra el suelo, y cargo todo su peso sobre mí.
—¡La regla treinta y cuatro, jefe! –Grito Carnal.
—¿La regla…? ¡Oooh! Claro… –Dijo el presentador, y se quedó quieto un momento mientras parecía recordar—. ¡Diez…! ¡Nueve…!
¿Eso era lo que creía que era? Santa…
Empecé a agitarme, a tratar de sacarme al bruto de encima, pero para mi suerte pesaba más que una mula. Para mi suerte, también, tenía un pie libre, y le di otra patada en la rodilla derecha. Ahora podía notar que le estaba doliendo, y con un segundo golpe logre sacármelo de encima a duras penas. Me puse de pie rápidamente, mientras que a Cargal ahora le costaba levantarse y moverse.
—¡Son cincuenta rorintios! ¡CINCUENTA RORINTIOS! ¡Por favor, matalo de una vez! ¡Te lo ruego!
El jefe ya estaba completamente histérico. Corrí hacia el bruto una vez más, y él reacciono escondiendo el pie derecho. Pero di un salto y me lance para empujarlo, y con el impulso tuvo que apoyarse en el pie malo. Con un grito de dolor, cayó sobre nuestros pesos, y salte para atrás.
—Vamos. Aun no acabamos.
—¡Levantate, mastodonte inútil! ¡Te pago el doble, pero tenes que ganarle! ¡Matalo! ¡¡MATALOO!! –El jefe metía la cabeza entre las cuerdas y golpeaba el suelo con los puños. Cargal se negó.
—No puedo, jefe, no puedo. Mis golpes no le hacen nada…
—¡Levantate!
—Me rindo… Señor, me rindo. -Me dijo Cargal desde el suelo. El jefe empezó a tirarse los pelos del mostacho, lamentando la perdida. Di un suspiro y me puse mi abrigo y mi antifaz. Me acerque a Cargal y le extendí la mano; pronto se bajó de la plataforma cojeando.
Me acerque al jefe, extendiéndole la mano a él también, mientras sonreía.

El jefe conto las monedas gruñendo. Me asegure de que fueran cincuenta rorintios, las metí en una bolsa y me fui con mi premio del lugar. ¿Cuándo había sido la última vez que había ganado tanto? Lo de los dos criminales por el esfuerzo de uno, recordé. La diferencia era que esta vez no iba a perder las monedas cruzando un rio. ¿Me alcanzaría con eso para todo el viaje?
Decidí no tomar riesgos y busque algún otro puesto; algo en lo que pudiera ganar aún más dinero.
Mientras pensaba me dirigía a la mansión de Marco. Ya sentía el deseo de comer algo, y en esa casa quizá podría tomar algunos bocadillos sin pagar nada. Quizá hasta nos invitaría a comer al día siguiente.
En el camino me encontré con Marco, que andaba con Aldara y Dalia. Esta parecía haber estado llorando, pero preferí no tocar el tema. Me despedí de ellos y seguí camino hacía la mansión. Al ver al primo de Ítalo, me pregunte donde estarían él y Cregh, y espere que no me topara con más interrupciones; mi pansa estaba rugiendo.
Pero no iba a ser todo tan fácil. Camino a la casa note que una multitud estaba huyendo de una cuadra; por culpa de mi curiosidad, fui a ver otra vez.
Una calle de puestos se estaba quemando. Hablando del Rey de Craster…
Naturalmente, mi primer pensamiento fue irme, y eso fue exactamente lo que hice. Me aleje junto a una concentración de gente, y choque con una alta mujer con un vestido floreado incómodamente apretado. Entonces caí al suelo, los mareos volviendo una vez más. La mujer se fue sin siquiera ayudarme.
Me levante, pero el mareo no parecía querer pasar y todo se veía algo borroso. Trate de encontrar la casa de Marco, pero para mí desgracia me topé con otra cosa en el camino. Un salón de apuestas.
Estas borracho, Yo, andate a la casa ya.
Entre al salón de todas formas. Olor a tabaco. Varias mesas, mucha gente jugando, una vacía.
¿Qué haces, Yo? Detenete.
—¡Quiero hacer una apuesta! –Exclame. Nadie parecía interesando. Podía mantenerme erguido, pero no veía detalles ni escuchaba mi propia voz.
Yo, detenete.
—¡¿Qué clase de apuesta?! –Dijo un viejo desde una mesa, y empezó a reírse ruidosamente con voz de borracho.
—Para jugar "Azar". ¡Cincuenta rorintios! –Grite. Todos se quedaron callados repentinamente.
Hubo gente que empezó a reír. Hubo gente que quedo mirando, y hubo gente que se interesó y se acercó. Todos estos parecían poseer dinero, mostrando manos bien cuidadas y buenas prendas.
Te lo advertí. Anda a la mierda, te quedas solo.
—Acepto tu apuesta. –Hablo uno. Ya ni siquiera podía distinguirle la cara.
Otras cuatro personas aceptaron también. Pedí una baraja, y los demás pidieron una botella de vino.
Querían ponerme borracho; lo sabía, pero yo era más listo que ellos. Mientras me tomaba un vaso, reía porque no sabían de mi gran tolerancia. No caería en su juego sucio.
Deje la bolsa con monedas sobre la mesa, y los demás igualaron la cantidad. Habían más de trescientos rorintios en total; nunca había vi tanto dinero junto. Mis compañeros se mostraban confiados, se veían sonriendo. Seguro pensaban que podrían sacarle el dinero a un pobre borracho como yo… los idiotas.
Algunas personas curiosas se pararon alrededor de nuestra mesa. Uno logro pasar por entre la multitud, organizo el juego y explico las reglas.
Azar era un riesgoso juego de cartas que podía hacerse con cualquier cantidad de jugadores; solo necesitaba hacerse una apuesta con un monto que todos los jugadores debían igualar. Se repartían cuatro cartas por mano por cinco turnos, y el que juntaba mayor valor se quedaba con la mayor cantidad de dinero. Cada carta tenía un valor distinto: el rey valía un punto, la reina dos, la jota dos, el 10 tres, el 9 cinco, el 8 ocho, el 7 trece, el 6 veintiuno, el 5 treinta y cuatro, el 4 cincuenta y cinco, el 3 ochenta y nueve, el 2 ciento cuarenta y cuatro y el As doscientos treinta y tres. El joker también se incluía en el juego, y tomaba el valor de la carta menos importante en la mano. Al final se sumaban los puntos totales, y todos ganaban una ganancia de dinero proporcional, tomando lo que corresponda del botín, si alcanza; se vuelve a repartir todo en el caso de que aun sobre luego de que todos tomaron. Era distinto si los resultados eran mayores a los ochocientos puntos; entonces se debía compensar para que alcanzara, teniendo que pagar más el que tuviera menor puntaje. Si el segundo alcanzaba más de ochocientos puntos también se le sumaba, con un tope máximo equivalente a su apuesta individual. Finalmente, los bonus eran del doble de lo apostado si el primero lograba más de mil puntos, el triple con mil doscientos y así sucesivamente.
Más que un juego era una apuesta; una vez iniciado debía terminar. Pero esas simples reglas me decían, en definitiva, que podía hacer mucho dinero. Si obtenía más de ochocientos puntos nadie podía ganar más que lo que aposto.
¿Por qué jugaba la gente, entonces? Confiaban en Destino. Era un riesgo alto, en el que casi debías ganar más de lo apostado o perderlo todo. La suerte de uno contra la de otro. Los ricos tenían aún más razón para jugar.
Pero aunque mis divinidades fueran otras, yo iba a ganar. Confiaba en mí mismo… o mi borrachera lo hacía.
Hice sesenta y cinco puntos en la primera ronda. ¿El que más puntos gano? Ciento sesenta y cinco. Caí en la cuenta de lo que estaba haciendo; que iba a perder mis rorintios. ¿Cómo se me había ocurrido hacer algo tan estúpido?
Ya no podía detenerme. Mi destino estaba sellado, y no podia intentar nada ingenioso con toda esta gente alrededor. Solo me quedaba perder.
Se acercaba el final, y solo alcanzaba los cuatrocientos noventa puntos. Estaba en cuarto lugar. El primero setecientos setenta, y al sacar sus cartas sonrió.
—Tengo un dos. –Y dejo las cartas sobre la mesa, mostrándolas para el sufrimiento de todos. Tenía una jota, una reina y un seis, pero el dos lo salvaba. La persona detrás de mi miro desinteresadamente. Seguro tenía más dinero que yo, pero eso era todo para mí.
El organizador me extendió la baraja y saque mis cartas. Mirando hacia la mesa, las gire.
Joker. As. As. As.
—¡TOMEN ESO, HIJOS DE PUTA! –Exclame, golpeando la mesa con tanta fuerza que las monedas saltaron. Los otros participantes se levantaron de sus sillas de la impresión.
—¡Este infeliz hizo trampa! –Le grito uno de ellos al observador. Este negó con la cabeza. Nadie del público dijo ver nada.
Me guarde todo el dinero, a punto de caerme de mi asiento y teniendo que sostenerme con la mesa. El organizador escribió algo en el papel en el que mantenía los puntajes, y declaro:
—El señor Esteban, aquí presente, tiene un total final de mil cuatrocientos veintidós puntos. Esto equivale a una ganancia de doce ocatos y noventa y cuatro cobres; este dinero será entregado por los otros participantes en la forma de nueve ocatos, ocho rorintios y setenta y cuatro cobres más el lote grupal. Adicionalmente, el señor Hansel logro un total de novecientos cuarenta y tres puntos y le corresponden treinta y cuatro rorintios y ochenta y dos cobres.
Todos me miraban con mala cara, reclamándole al observador que había hecho trampa, pero a fin de cuentas pagaron todo. Pude tocar por primera vez en mi vida una moneda de oro puro; y podía tener nueve en el puño. Me fui del lugar así como si nada, cargando con bolsas pesadas y los ocatos en una mano.
Estaba distraído, y afuera  me choque con alguien. Choque con alguien más. Pronto iba apoyado en la pared, una pared negra, sin recordar dónde estaba. ¿Dónde estaba la mansión? Ya no importaba; si quería me compraba una casa propia.
Sentía nauseas, todo estaba borroso, la cabeza me dolía y… empecé a vomitar. A vomitar conejos, o quizá salían de mi misma cabeza. Trate de alejarme de ellos, pero me perseguían. Querían atraparme, robarme mi dinero bien habido.
Corrí tanto como pude y di mil vueltas en las calles y callejones de ese laberinto en el que me encontraba, mientras seguía escupiendo conejos en todo momento. No podía perderlo todo ahora. La casa de Marco, de Macro, de Marco, ¿dónde estaba? ¿Dónde estaría? Me alcanzaron, los conejos me alcanzaron, me empezaron a golpear. ¿Dónde estaba Malo? Trate de disparar, pero del revolver salió humo rosa. Se disparó, se dispersó, que disparate. Cubrió mi visión. La vida era rosa.
Los conejos estaban robándome. Los conejos se mataban entre ellos. Se mataban entre dinero por mi ellos. ¿Dónde estaba Elisa? Y uno de ellos me mato, por cierto. Caí por el espacio. Vi una tortuga parada sobre otra, hasta el infinito, y llegue al final, y ahí me quede.
Los diez conejitos se fueron, o volvieron a mi interior.
Pero entonces yo me había robado a mí mismo. Mi dinero se había perdido. Yo era el asesino. Y entonces no quedo nadie.
¿O no fue así?

◘◘◘◘◘

—Sí, vi a ese pistolero anoche. Hicimos una apuesta de puntería y me gano. Parecía buena persona... –Dije luego de que mis recuerdos vinieran a mí.
—Un hombre que está ayudando a los del oeste... Debe estar bastante desilusionado con los humanos. –Dijo Marco riendo. Estaba notablemente mejor.
—¿Te dijo su nombre? –Pregunto Ítalo, intrigado. Iba a negar con la cabeza, pero solo la idea de moverla me dolió. Ese médico me podía haber atendido a mí también.
—No. Hablo lo menos posible. Pero, como dije, no me dio la impresión de ser un asesino… –Aunque si había disparado con una precisión mortal. Recordé que debía comprar más balas—. ¿Les paso algo más en su encuentro?
—Lo… atravesé con la espada. –Dijo Dalia—. Estuve a punto de matarlo, pero… alguien, algo apareció de la nada y lo hizo desaparecer. Así como el huginn desapareció en Laertes. No pude ver que era.
—Ya veo… –Murmure. Un cuervo, un humano, otra criatura…—. Deberíamos mantenernos unidos de ahora en adelante, siempre preparados. Así como estamos no tenemos posibilidad de hacerles frente. Y mucho menos si cada vez son… más. –Me pause por un momento, pensando que hacer—. Bueno, como dije… creo que Malo estuvo con el cuervo. Si es así, podemos seguirlos.
—¿Cómo? ¿Seguirlos con Malo? –Pregunto Dalia. Ellos no conocían a Malo como yo…
—Ese gato es un muy buen rastreador. ¿Sabes lo difícil que es encontrar a una persona en las grandes ciudades? Él es la razón por la que ser cazarrecompensas me es un trabajo viable. Quizá podríamos organizar un ataque sorpresa contra ellos, aprovechando que pudiste herir al pistolero.
—No sé… El huggin por si solo ya es muy fuerte. El pistolero solo necesita los brazos para apuntar, y esta el otro…
—Si los evitamos solo van a volverse más fuertes.
—Pero nosotros también nos volvemos más fuertes. Aldara ya puede hacer formas con el agua, por ejemplo. Pienso que deberíamos buscar a Cregh ahora y… ¿descansar por hoy? O quizá seguir hacia el puerto.
Marco levanto un poco la cabeza para mirar hacia el otro extremo de la sala.
—Ya me adelante –Dijo—. Allá esta Cregh. –Y señalo a una figura que cruzaba la sala con sigilo.
Lo que vimos entonces, al girarnos hacía él, seguramente no iba a borrarse de nuestras mentes con facilidad.

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