martes, 19 de agosto de 2014

Madera & Hueso — 30 — Dalia

—¿Qué te parece, Dalia? —me preguntó Ítalo. Frente a nosotros, la carretera hacía Craster levantaba polvo, y un cielo muy colorado nos cubría.
—¿Eh? —murmuré, distraída por el movimiento de la carreta—. Las cosas parecen estar mejor, ¿no?
—Sí… Casi parecería que sí. Las festividades van a levantarle el ánimo al grupo —pausó, y me miró a los ojos—. ¿Seguís pensando en volver a la capital?
Recordé que habíamos acordado llegar a Craster, al menos, antes de decidir si íbamos a volver. Apreté el puño.
—Habíamos ido a Laertes para ocuparnos del cuervo, Ítalo… Pero no pudimos arreglar nada.
—Ey… Nuestro encargo no es salvar gente. Solo viajar. No te sientas tan mal.
—Pero estoy segura de que también lo sentiste. Estuvimos los cinco frente a él, y nos derribó con un movimiento. Podríamos haber muerto, eso realmente fue así. —Bajé la voz, ahogándome en mis pensamientos— Nunca había estado en ese tipo de situación antes. Ítalo, apenas solía alejarme de mi casa.
—Dalia… —Ítalo parecía reticente a hablar, pero suspiró y lo hizo—. Sí, yo también tuve miedo. Pero vos tenés esa espada. Yo tengo las anymas. Dice algo sobre mí, un Del Valle; dice algo sobre mis capacidades. Y yo sé eso. Si no confías en vos misma, al menos confía en tu espada.
Sonreí perdidamente.
—Cuando decidí dejar mi casa, creía que Destino había querido que esta espada llegara a mí.
Tanteé sus bordes negros. El momento de silencio no duró demasiado.
—Destino siempre alcanza a todos —dijo Ítalo, repitiendo el dicho popular—. El cuervo dijo algo raro respecto a eso.
—¿Que habían escrito sobre nosotros en un “Antiguo Testamento,” ¿no? —dije—. Nunca había oído hablar de algo así en las clases de mi mamá.
—Yo tampoco lo conozco. —Ítalo se quedó pensativo, y gruñó—. Dijo que estaban trayendo a un Deus
—Sí, tampoco vi esa raza en mi enciclopedia… —Levanté la cabeza hacía Ítalo—. El cuervo nos llamó de formas extrañas cuando estábamos en la oficina. Yo era un Caballero, y vos un Cazador.
—Debía estar loco. De cualquier manera, su Deus debe ser el demonio que tenemos que cazar.
—Seguro…
—¿Estuviste soñando con algo más? —preguntó de pronto. Me sobresalté, recordando mi sueño, y mi ánimo bajó aún más.
—Eh… No pude dormir mucho la otra noche… —balbuceé, insegura de hablar—. Vi a mis padres, y… algo parecía ir mal. En fin… —Eso no debía interesarle—.
—Entiendo —suspiró—. No voy a preguntar más.
—Vos podrías contar un poco sobre tu familia, para variar —dije, hablando sin pensarlo mucho. Solo estaba haciendo tiempo, mientras mis recuerdos volvían a ese sueño.
Wendagon me había dado sus habilidades para no estar tan alejada de mis padres durante mi viaje, pero solo parecía traerme malas noticias. Ningún sueño era preciso, solían componerse de un conjunto de sensaciones… Y estas solo habían sido oscuras. Había visto a mamá, comiendo sola. Papá no estaba por ningún lado, y todo estaba cubierto en sombras. Todo era sombrío.
Antes de poder ver más había despertado sobresaltada… como si mi cabeza no hubiera querido ver más.
—Sí, no estoy tan seguro de eso —respondió Ítalo; me devolvió a la realidad.
Bajé la mirada. No estaba segura de cómo continuar la conversación.
—Ey, ¿y qué hay de ayer? —dijo Ítalo—. En el campamento cerca del rio.
—Ah… Sí, soñé algo ese día. Pero todavía no estoy segura de que fue, y quería esperar a enterarme de algo más antes de comentárselo a todos.
—Dalia, ¿qué viste?
—Una casa empedrada…Tuvo que ser la casa de Wendagon, estoy segura. —Ítalo pareció mostrarse interesado—. Pero las escaleras hacia arriba, hacia los cuartos, llevaban hacia una oscuridad. Como si no hubiera nada más allá. No sé. Adonde sea que miro, solo veo oscuridad.
Recordé que Wendagon había dicho que la sola existencia del demonio influenciaba todas las cosas en pos de la destrucción… Pero el cuervo había dicho que el demonio ni siquiera había despertado. ¿Y ya pasaban cosas como la crisis de Laertes?
Tragué saliva. No quería pensar en lo que mis sueños podían significar.
Ítalo pareció ver mi expresión, y cambió de tema hacía algo más alegre. Empezó a describirme Craster, y la tradición del carnaval. Como una versión en miniatura de nuestro mismo viaje, dejar de hablar de Laertes para hablar de Craster aligeró el ambiente, y pronto hasta llegamos a reír.
Ítalo no parecía el mismo cuando hablaba de la ciudad; sus ojos brillaban como si fuera alguien más joven.
—Por cierto, ¿creés que podrías enseñarme algo sobre cómo usar esto? —le pregunté, mostrándole mi espada.
—Bueno, yo solo sé del arco —rió—. ¿Esa espada es mágica, no? ¿No temés que alguien la robe?
—No pasa nada, su efecto solo me protege a mí. Creo que Wendagon me lo explico así… —Y hablamos durante algún tiempo más.
El cielo del atardecer llego a su rojo más fuerte, y pronto se oscureció.
Seguía necesitando sueño, así que me hice una almohada con mi bolso y me acosté por unos minutos… Minutos que terminaron extendiéndose mucho más.

Tuve otro sueño. Un vidrio multicolor ocupaba todo mi rango de visión. Todo se encontraba borroso, las figuras mezclándose entre sí; pero pronto un pie se puso sobre el vidrio, y más y más gente apareció. El vidrio eran luces; estaba habiendo una fiesta. La gente, que ahora era una multitud, iba y venía con antifaces; mascaras que resaltaban en sus cuerpos oscurecidos detrás de todas esas luces. Pero una máscara era oscura por sí misma. Un ser que era todo negro.
Caminaba entre todos los demás desapercibidos. Caminaba tranquilo, sin apuro.
Y el cuervo empezó a darse vuelta hacía mí.

Una mano me estaba zarandeando; era Ítalo. Noté que yo estaba llena de transpiración, mientras él me gritaba que ya debíamos bajar. Habíamos llegado a Craster. Intenté contarle mi sueño, que el cuervo debía estar en la ciudad, pero él solo me arrastró adentro de la ciudad. Nos puso un antifaz a los dos, y antes de que pudiera explicarle encontramos a los otros.
Todos habían llegado bien; Cregh estaba llamándonos escribiendo nuestros nombres en el suelo.
—¡Qué gran fiesta que se aproxima! —exclamó cuando nos acercamos. Debía decirlo ahora.
—No estoy tan segura… Esta acá. No podemos perder su rastro de nuevo.
—¿El cuervo? —preguntó Aldara.
Las caras de todos se oscurecieron, y bajaron la mirada. Lo del huginn era personal, estaba más que claro; debía serlo para todos.
—Ey, ¿pero por qué escribiste el nombre de Ítalo con su apellido…? —intercedió Lang, de repente—. Mejor movámonos de acá antes de que venga gente.
Efectivamente, ya toda una multitud se había formado; pero no era alrededor de nosotros, sino en toda la calle principal. Las carretas seguían llegando, y nosotros bloqueábamos el camino. Salimos como pudimos del lugar, haciéndonos paso entre la gente; habían muchos bichos entre los humanos, y noté especies de las que nunca había oído hablar.
Estaba sintiéndome un poco asustada, y sin darme cuenta acabe junto a Aldara. Pensé en saludarla, pero era imposible entre todo el estruendo de la ciudad; en cambio, noté que una serie de alforjas de cuero colgaban de su cintura.
—Aldara, ¿eso…?
—Tienen… agua. Las conseguí en Valle Hondo. Pensé, ya sabés, que podía ser útil…
Quedé encantada. Recordaba esa magia que había hecho con el agua en Laertes; si esa era su especialidad, definitivamente era una buena idea.
—¡Bien pensado! —exclamé, embriagada por el ánimo de la ciudad, dándole una palmada en la espalda.
Aldara se sorprendió y cayó sobre otra persona, empujándola. Todo el grupo se detuvo.
—¡EH! ¿QUÉ HACÉS? —Exclamo la mole, mientras se giraba hacía nosotras. Las dos nos quedamos petrificadas.
Era un bicho. Verde, con dos metros de altura y el pecho al descubierto, inspiraba temor; su rostro parecía el de una rana y tenía dos cuernos enormes que sobresalían de su cabeza.
—¡Un troll! —susurró Lang.
—P-Perdón —mascullé, mientras alcanzaba mi espada. Aldara ya se había recompuesto, y su mano estaba sobre una de sus bolsas…
—¿PERDÓN? SE ME CAYERON TODOS MIS COBRES.
—¡Eh, anda para atrás, bicho! —exclamé.
—Ey, Dalia, no le digas bicho —dijo Cregh—. Tiene derecho a estar molesto.
—SUPONGO QUE… —empezó a decir el troll, pero levanto la cabeza y vio a Ítalo apuntándole con el arco. Su capucha estaba caída—. EY, UN DEL VALLE…
—Ah, carajo —dijo Ítalo.
—SABEN, QUIZÁ DEBERÍAN DEVOLVERME TODO LO QUE SE ME CAYÓ, ¿NO? USTEDES TIENEN DE TODO.
—Eh, eh, ¡para atrás!
Y de repente, antes de que todo fuera a peor, Ítalo bajó su arma. Estaba mirando sorprendido hacía su derecha.
Una mano se apoyó sobre el troll.
—Bueno, bueno. Yo estaría feliz de pagar por todo.
—¿EH? MMM… SUPONGO QUE POR MÍ ESTÁ BIEN; BIEN.
—Perfecto.
A los pocos minutos, el troll se estaba yendo por la dirección contraria. El hombre se quedó en el lugar y nos miró a todos.
—Tanto tiempo, Marco —dijo Ítalo.
—Tanto tiempo —respondió él. Paseo otra vez la mirada por nuestro grupo—. Por cierto… ¿Qué estás haciendo viajando con el tipo que quemo un pueblo…?
El tal Marco estaba mirando a Cregh. El mago bufó… a la vez que esa persona que parecía ser amigo de un del Valle nos invitaba a acompañarlo a su casa.

Madera & Hueso — 29 — Ítalo

Caí sobre una carreta con Dalia. Sorprendentemente, el techo del vehículo resistió. La chica rebotó y casi cae hacía las ruedas, pero la ayudé tendiéndole la mano. Se paró en el techo y giró la cabeza hacia atrás. Había una caravana inmensa de carretas.
—Dioses… ¿El hechizo salió mal de nuevo? —dijo.
—No… —contesté—. Estamos yendo hacía Craster, estoy seguro. Es época de carnaval.
Cada año se realizaban los carnavales de primavera por estas fechas. Eran famosos en todo el reino; los colores se volvían los protagonistas de la noche, la música y alegría se mostraban en las caras de la gente de la ciudad y de los extranjeros que recorrían muchos caminos para presenciar el espectáculo. Las sonrisas se ensanchaban al mismo tiempo que los días se volvían más largos. Recordaba, mientras me animaba, los festivales pasados, viviendo con mi primo Marco esos últimos años en los que la barba era una pelusilla que solo se afeitaba una vez por semana.
Recordaba como volvía locas a las chicas contándoles el origen de la familia, y mis historias sobre el castillo que iba a tener y tierras que se extenderían hasta el infinito. Contaba como mis familiares directos eran adorados, insuperables. Como mi primer ancestro había triunfado sobre el mal y se había convertido en una santidad. Las damas siempre se ruborizaban cuándo les confiaba que cuando rezaban, en parte, me rezaban a mí. Recordaba como Marco, a pesar de ser de la estirpe baja de la familia, se divertía e inventaba sus propias historias.
Las cosas habían cambiado bastante desde entonces. Llevaba mucho tiempo sin ver a Marco. Desde la sombra. Ya debía ser todo un hombre.
Delante de nosotros el conductor del carruaje nos miraba de reojo. Trataba de coordinar los músculos de la cara para formular alguna palabra. Dalia lo notó y trató de calmarlo.
—¡Señor! Nos llamamos Dalia e Ítalo —dijo, algo nerviosa—. Nuestro amigo realizó un hechizo… y terminamos acá… —Dalia rió, simpática—. Eh… y él es un del Valle.
Con esto último, el conductor giró completamente su cabeza. Corrí mi capucha, dejando ver mis marcas.
—Señor, me llamo Ítalo del Valle. Es… algo raro de explicar, pero ¿podemos permanecer acá el resto del viaje?
—S-Servir a un Del Valle siempre es un placer.
—Muchas gracias, ¿señor…?
El conductor giró su cabeza, fingiendo no haber oído mi pregunta sobre su nombre. También nos ignoró durante todo el viaje, solo girando la cabeza ocasionalmente para comprobar que todavía estábamos ahí. A veces mi apellido generaba reacciones… confusas.
No sabía cuán efectivo había sido el conjuro de Cregh, pero suponía que a paso de carruaje estaríamos en Craster en unas horas. Sin darme cuenta, tenía una gran sonrisa en mí. La ceniza de Laertes, el cuervo y el peso de la misión parecía haberse evaporado, aunque sea por un rato.
Revisamos las demás carreteras con la vista, buscando a los demás sin éxito. Nos pareció escuchar la voz de Lang. Confiaba en que los demás no estarían muy lejos.
El techo no era de lo más cómodo, pero sirvió para mantener una charla larga y agradable sobre todo y nada con Dalia. Nos reíamos, pensando que debajo de nuestros aposentos había gente escuchando todo.
El sol recorrió su camino como cada día, y todavía no llegábamos. Dalia decidió tomarse una siesta. El estar solo hizo al viaje más aburrido, y me llegó el hambre y la sed. Pero no era nada; tenía la seguridad de que iba a poder reabastecernos como quisiéramos cuando estuviéramos allí.
El sol se despedía en sus últimas llamas. En el horizonte vimos a la colorida Craster, viva y llamativa; parecía un reflejo contrario de Laertes.
La luna apareció en el cielo, brillando intensamente. Recién nacida, con un blanco puro. El sol se terminó de despedir, y nosotros casi pisábamos Craster.

Las puertas de la ciudad estaban abiertas; hasta los caminos alternos avanzaban en dirección al centro de la ciudad para no perder ni un segundo. Pensé en que la convocatoria sería menor por la crisis en Laertes, pero la decoración era todavía más colorida y alegre de lo que la recordaba. No había paleta que faltase, con pequeños hechizos de luces flotantes que danzaban al compás de la música. Banderines, disfraces, bebidas, comida. Estaba todo listo para otro carnaval en Craster.
La caravana paró, y la gente empezó a bajarse a toda velocidad, ansiosa. Los anfitriones recibían a los invitados con antifaces de varios motivos, colores y formas. Desperté a Dalia, y la ayuda a bajarse del carro. Tomé un par de antifaces y me puse el mío con rapidez, buscando revivir aquellas épocas. Dalia corría su cabeza y ponía su mano para pararme.
—Ítalo —se quejaba, mientras forcejeábamos con el antifaz.
—Es la tradición, no te preocupes.
—Ítalo.
—¿Ves? Ya está.
—¡Ítalo…! —dijo, en un tono extraño—. Creo que…
—Sí, todavía recuerdo que tenemos que buscar a los otros…
Entre la muchedumbre, Cregh había utilizado su magia para escribir nuestros nombres en el aire; era algo parecido a las luces flotantes que decoraban el ambiente. Tome a Dalia de la mano y la lleve atrás mío.
—Ey, ey, ¡esperá, Ítalo…! ¡Ítalo!
Grité los nombres de nuestros compañeros. A pesar de la gente y la música, pudimos encontrar a los demás. Todos tenían su antifaz puesto; incluso el gato.
—Qué fiesta que se aproxima—nos saludó Cregh.
—No estoy tan segura —dijo Dalia, en un tono increíblemente tétrico.
Todos la miramos.
—Vi una pluma negra. Está acá. No podemos perder su rastro.