martes, 19 de agosto de 2014

Madera & Hueso — 29 — Ítalo

Caí sobre una carreta con Dalia. Sorprendentemente, el techo del vehículo resistió. La chica rebotó y casi cae hacía las ruedas, pero la ayudé tendiéndole la mano. Se paró en el techo y giró la cabeza hacia atrás. Había una caravana inmensa de carretas.
—Dioses… ¿El hechizo salió mal de nuevo? —dijo.
—No… —contesté—. Estamos yendo hacía Craster, estoy seguro. Es época de carnaval.
Cada año se realizaban los carnavales de primavera por estas fechas. Eran famosos en todo el reino; los colores se volvían los protagonistas de la noche, la música y alegría se mostraban en las caras de la gente de la ciudad y de los extranjeros que recorrían muchos caminos para presenciar el espectáculo. Las sonrisas se ensanchaban al mismo tiempo que los días se volvían más largos. Recordaba, mientras me animaba, los festivales pasados, viviendo con mi primo Marco esos últimos años en los que la barba era una pelusilla que solo se afeitaba una vez por semana.
Recordaba como volvía locas a las chicas contándoles el origen de la familia, y mis historias sobre el castillo que iba a tener y tierras que se extenderían hasta el infinito. Contaba como mis familiares directos eran adorados, insuperables. Como mi primer ancestro había triunfado sobre el mal y se había convertido en una santidad. Las damas siempre se ruborizaban cuándo les confiaba que cuando rezaban, en parte, me rezaban a mí. Recordaba como Marco, a pesar de ser de la estirpe baja de la familia, se divertía e inventaba sus propias historias.
Las cosas habían cambiado bastante desde entonces. Llevaba mucho tiempo sin ver a Marco. Desde la sombra. Ya debía ser todo un hombre.
Delante de nosotros el conductor del carruaje nos miraba de reojo. Trataba de coordinar los músculos de la cara para formular alguna palabra. Dalia lo notó y trató de calmarlo.
—¡Señor! Nos llamamos Dalia e Ítalo —dijo, algo nerviosa—. Nuestro amigo realizó un hechizo… y terminamos acá… —Dalia rió, simpática—. Eh… y él es un del Valle.
Con esto último, el conductor giró completamente su cabeza. Corrí mi capucha, dejando ver mis marcas.
—Señor, me llamo Ítalo del Valle. Es… algo raro de explicar, pero ¿podemos permanecer acá el resto del viaje?
—S-Servir a un Del Valle siempre es un placer.
—Muchas gracias, ¿señor…?
El conductor giró su cabeza, fingiendo no haber oído mi pregunta sobre su nombre. También nos ignoró durante todo el viaje, solo girando la cabeza ocasionalmente para comprobar que todavía estábamos ahí. A veces mi apellido generaba reacciones… confusas.
No sabía cuán efectivo había sido el conjuro de Cregh, pero suponía que a paso de carruaje estaríamos en Craster en unas horas. Sin darme cuenta, tenía una gran sonrisa en mí. La ceniza de Laertes, el cuervo y el peso de la misión parecía haberse evaporado, aunque sea por un rato.
Revisamos las demás carreteras con la vista, buscando a los demás sin éxito. Nos pareció escuchar la voz de Lang. Confiaba en que los demás no estarían muy lejos.
El techo no era de lo más cómodo, pero sirvió para mantener una charla larga y agradable sobre todo y nada con Dalia. Nos reíamos, pensando que debajo de nuestros aposentos había gente escuchando todo.
El sol recorrió su camino como cada día, y todavía no llegábamos. Dalia decidió tomarse una siesta. El estar solo hizo al viaje más aburrido, y me llegó el hambre y la sed. Pero no era nada; tenía la seguridad de que iba a poder reabastecernos como quisiéramos cuando estuviéramos allí.
El sol se despedía en sus últimas llamas. En el horizonte vimos a la colorida Craster, viva y llamativa; parecía un reflejo contrario de Laertes.
La luna apareció en el cielo, brillando intensamente. Recién nacida, con un blanco puro. El sol se terminó de despedir, y nosotros casi pisábamos Craster.

Las puertas de la ciudad estaban abiertas; hasta los caminos alternos avanzaban en dirección al centro de la ciudad para no perder ni un segundo. Pensé en que la convocatoria sería menor por la crisis en Laertes, pero la decoración era todavía más colorida y alegre de lo que la recordaba. No había paleta que faltase, con pequeños hechizos de luces flotantes que danzaban al compás de la música. Banderines, disfraces, bebidas, comida. Estaba todo listo para otro carnaval en Craster.
La caravana paró, y la gente empezó a bajarse a toda velocidad, ansiosa. Los anfitriones recibían a los invitados con antifaces de varios motivos, colores y formas. Desperté a Dalia, y la ayuda a bajarse del carro. Tomé un par de antifaces y me puse el mío con rapidez, buscando revivir aquellas épocas. Dalia corría su cabeza y ponía su mano para pararme.
—Ítalo —se quejaba, mientras forcejeábamos con el antifaz.
—Es la tradición, no te preocupes.
—Ítalo.
—¿Ves? Ya está.
—¡Ítalo…! —dijo, en un tono extraño—. Creo que…
—Sí, todavía recuerdo que tenemos que buscar a los otros…
Entre la muchedumbre, Cregh había utilizado su magia para escribir nuestros nombres en el aire; era algo parecido a las luces flotantes que decoraban el ambiente. Tome a Dalia de la mano y la lleve atrás mío.
—Ey, ey, ¡esperá, Ítalo…! ¡Ítalo!
Grité los nombres de nuestros compañeros. A pesar de la gente y la música, pudimos encontrar a los demás. Todos tenían su antifaz puesto; incluso el gato.
—Qué fiesta que se aproxima—nos saludó Cregh.
—No estoy tan segura —dijo Dalia, en un tono increíblemente tétrico.
Todos la miramos.
—Vi una pluma negra. Está acá. No podemos perder su rastro.

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