martes, 19 de agosto de 2014

R.O.L. Beta — 29: Ítalo



Abrí los ojos lentamente; respiré hondo. Traté de levantar la cabeza, de incorporarme, pero fue imposible. Reí, recordando que Craster era sinónimo de despertares difíciles. Ahora el sol ya se había levantado e iluminaba la ciudad con su cálida luz, la luz que nos daba todos los días desde que el mundo era el mundo. El calor que me proveía pasaba por mis prendas y me daba un poco de vitalidad, al tiempo que recuperaba la sensibilidad de todo mi cuerpo.
¡Dioses! Mi cuello parecía haberse convertido en piedra. Apenas podía realizar un movimiento, y si lo forzaba demasiado se anulaban todos mis sentidos por el dolor agudo. Cuándo me sentí lo suficientemente humano para despegarme del suelo, me pare lenta y suavemente.
Algo no iba bien… algo. Lo sentí una vez que mis pies se alinearon con el piso y mire al sol. Algo no andaba nada bien. No quise pensar demasiado; todavía tenía que ayudar a mi primo, que había encontrado sangrando, y no tenía idea de cuánto tiempo había pasado. Aun así, no puede evitar a ese suave eco que se tornaba cada vez más violento y que solo era opacado por el dolor en mi cuello. Dioses. Lo que me golpeo no había estado demasiado lejos de romperme el cuello.
Parecían solo haber pasado algunos minutos. Volví hasta donde había encontrado a Marco, que ya estaba siendo ayudado por Aldara y Dalia. Se ve que ambas estaban bien. Me limité a ayudar a cargar a mi primo y no abrí la boca en todo el viaje.
Dioses, volví a pensar, algo no andaba bien.
Una vez en la mansión, Marco fue recibido por su gente, que se prepararon para tratar sus heridas llamando a unos médicos; al parecer había sufrido heridas en los pies. Me senté en el suelo, con el rostro clavado hacía el piso.
El personal no tardo en retirarse, y siguió un pequeño silencio. Lang se había reunido con nosotros en la habitación de Marco. Entonces comenzamos a atar los cabos sueltos de la noche; Lang nos contó sobre su tumultuosa noche, y sobre cómo se había encontrado con el pistolero asesino en un puesto del festival, antes de caer en una borrachera. Su historia no fue exactamente útil contra a esa sensación intranquila que tenía… Era un malestar extraño, aunque no desconocido. Era la sombra, algo relacionado a ella, estaba seguro. Se sentía diferente, pero la sombra también alteraba mi cuerpo, cargaba mi respiración y hacía que mi corazón se acelerase. Apretaba mis puños queriendo que mis dedos traspasaran las palmas de mi mano. Los relajaba al no lograrlo, pero no podía aguantar mucho antes de volver a intentar. Quizá era el peligro que habíamos pasado. Mi primo no podría volver a pararse… Habían intentado raptar a Aldara… En cada lugar parecía aparecer más gente queriendo atacarnos. Quizá era el hecho de que sabía que no podríamos quedarnos en Craster por mucho más tiempo. La tensión se cortó al ver a Cregh entrar por la puerta. Estaba negro, chamuscado por el humo de un incendio que él había evidentemente causado. Encima de todo, para el colmo, tenía puesto un vestido verde. No quisimos ser muy malos con nuestro compañero, pero finalmente hubo más risas que cualquier otra sensación.
Cregh preguntó dónde podía cambiarse y se fue sin decir más.
Luego de un momento lo seguimos, poniéndonos de pie y tomando caminos diferentes. Después de la noche agitada que todos habíamos tenido, nuestros pensamientos nos arrastraban a lugares diferentes desde el momento de despertar.
Fui hasta la barra de la mansión, donde había tomado con Marco la noche anterior. Realmente tenía una gran colección de diferentes alcoholes. En cantidad, en calidad, de ediciones únicas. Era mi primo; sabía divertirse.
Busqué detrás de la barra la bebida puntual que estaba buscando y no tardé mucho en toparme con ella. Un brillante lila chocó con mis ojos: las botellas de Vera eran inconfundibles. Llené un vaso hasta el tope y tome asiento. Sin tomar, jugué con algunos frutos secos que había sobre la mesa y mire la colección de botellas de nuevo.
Esa extraña ansiedad seguía ahí, siempre pareciendo ser algo más oscuro. Pasaba por mis dedos por los frutos secos impacientemente; no sacaba la vista de las botellas de mi primo. Tomaba tragos de Vera despacio, y reía sin animo al repasar el día y llegar al vestido de Cregh.
El Vera era conocido entre la gente que frecuentaba el alcohol hasta el abuso. Servía como un vaso de agua en el desierto para esa gente; uno tomaba Vera en los amaneceres difíciles para recuperarse de lo que hubiera hecho en la noche anterior. Su característico color lila era semi transparente, lo que creaba una sensación extraña en quienes lo mirasen como si les recordase a su resaca. Su sabor dulce adormecía la lengua irritada, su aroma curaba congestiones y sus burbujas reactivaban el cuerpo. No estaba claro de que estaba hecho o quién lo fabricaba; pero vendía bien, simplemente estaba ahí, exhibiendo su color mágico para los que lo necesitan. Más de uno aseguraba que tenía alcohol entre sus ingredientes, por la extraña borrachera que producía tomar muchos vasos; no faltaba la leyenda del amigo de un amigo que abusaba del Vera y tenía una muerte horrible y lo bastante dolorosa para que todos mirasen al remedio con otros ojos.
A pesar de todo, formaba parte de los desayunos de mis amaneceres complicados. Me había asegurado de jamás tomar más de un vaso… Ni siquiera en las primeras mañanas durante las cuales apareció mi sombra; las más difíciles de todas.
Mi mirada seguía perdida en las botellas de Marco. Sorbo a sorbo el Vera se fue acabando, y la ansiedad se fue apaciguando. La ansiedad se iba asimilando; no desaparecía, pero se volvía soportable. De alguna manera sabía por qué se producía y a donde me llevaba. Lo sabía, pero no podía decirlo en voz alta, no podría admitirlo ante nadie.
Sonaron unos leves crujidos a mi espalda. Volteé para ver a mi primo; Marco llevaba ambos pies vendados, y estaba sentado en una silla sostenida por un par de ruedas de madera. Recordaba haber visto ese tipo de asiento en Veringrad, la capital, durante un torneo de arqueros. Lo mire; no podía encontrar dolor en su expresión, solo una extraña mueca de seriedad extrema.
—Marco.
—Ítalo. –Dijo, y se produjo un silencio bastante largo—. ¿Esto… es a lo que te enfrentas, cazador?
Incliné el vaso para buscar un último trago, pero estaba vacío.
—Ni siquiera entiendo cómo fue que te metiste en esto, pero entiendo que no podes salirte así como así.
—No puedo salirme. Y tampoco pensé en ello.
—Todo esto… no me parece más que una excusa.
—¿Una excusa?
—Realmente creo en la profecía, Ítalo. Esto no es por el dinero que te ofreció aquel señor de tierras. Es imposible, ilógico.
Medité por unos segundos. Sí, tenía razón. La profecía de la familia… Que un Del Valle de mi linaje aceptara semejante misión suicida por un par monedas rayaba la estupidez extrema.
—Sí, hablas con razón, primo.
—Además, no creo que aparezcan criaturas negras en al aire para atacarte por algo de dinero. Esto es demasiado serio.
—Criaturas negras… ¿Pudiste ver qué fue lo que me golpeo?
—Sabes –rio—, estaba agonizando y un tanto lejos. No vi más que tus amigas, pero parecía un hombre vestido de negro.
¿Otro humano más?
—¿No podría haber sido un cuervo? –Indague.
—No doy fe a lo que vieron mis ojos, pero estoy bastante seguro de que era un hombre, o algo de proporciones humanas. Ni siquiera quedan tantos cuervos.
Se generó otro silencio. Mire a mi primo a mis ojos.
—¿Sentís lo mismo que yo acerca de todo esto? –Le pregunte.
—…Creo –No había notado lo pálido que estaba Marco; estaba sonriendo a la fuerza—… Creo que no están a la altura, que no están listos. –Meditó unos segundos y movió la cabeza—. Sí, eso es lo que siento. Preocupación.
—Siento lo mismo –Dije sin más rodeos—. Necesito estar a mi máximo, y ni siquiera sé si eso va a ser suficiente.
—Sí. –Se volteó—. Pero creo que pueden lograrlo, ¿sabes? Los elegidos de las profecías nunca son unos inútiles. Seguro hay algo escondido en tu grupo.
Sonreí. Mi primo parecía leerme el pensamiento; también contaba con algo inesperado en ese momento. Con algo de suerte seria el gato.
Marco movió su silla de ruedas, y me guio hacía la sala Del Valle. Así la llamábamos entre la familia; en estos cuartos guardábamos todas las armas de nuestro linaje, y todo lo que usamos en las guerras y cacerías.
—Hey, ¿estás bien?—Le pregunté mientras avanzábamos, mirando su silla.
—Supongo… Duele menos de lo que parece.
Recorrimos varios cuartos, casi llegando al fondo de la casa. Atravesamos una pesada cortina roja y entramos en la sala Del Valle.
—¿Crees que tus compañeros puedan necesitar algo de acá?
—Lo dudo. Y mucho.
La sala del Valle tenía alfombras rojas, haciendo juego con el resto de la casa, con algunos detalles y rombos naranjas y hasta azules, haciendo al cuarto más frio. Las paredes de piedra gris sostenían las armas favoritas de Marco: las espadas. Hacía el final de la habitación se veía un escritorio, con algunos mapas encima, instrumentos de medición, una taza y dos libros abiertos. Detrás del escritorio aparecía una biblioteca de unos dos metros de altura.
Ayudé a Marco a subir un pequeño escalón que tenía la sala por la mitad de la habitación. Sonrió al ver que yo avanzaba tanto, y se apuró a dirigirse hacia la biblioteca.
—Mi colección te da lo mismo que libros de cocina, ¿no?
—Es verdad, pero ¿no tendrás revólveres, no? –Lo amenace riendo.
—Claro que no –Rio a su vez—. ¿Por qué tendría eso? Son un instrumento frío… No hay nada como atravesar el pecho de un enemigo con una daga. Vas a tener que ayudarme con estos.
Rodeé el escritorio y señalé la biblioteca.
—¿Allá arriba?
—Sí. Por ahí hay un escalón.
—Insisto en que papá te pague lo que corresponda… –Dije mientras subía. Marco casi rio a carcajadas.
—Ítalo, por favor, ni siquiera los tomaste todavía. Espero que todavía recuerdes los colores.
Encontré los pergaminos en uno de los últimos estantes. Tomé un par de los verdes y de los morados; tomé también un pequeño cinto que podía usar para guardarlos y se colocaba en la zona lumbar. Ambos tipos eran de función doble, ósea que necesitaban ir de a dos para funcionar. Uno funcionaba de remitente, que se adhería a la piel, y el otro era el receptor que marcaba la duración.
Los pergaminos eran casi una marca registrada de los Del Valle. La genética de la familia anulaba la posibilidad de nacer pudiendo manejar la magia o algún tipo de arte sobrenatural; nuestra sangre era demasiado espesa y pesada. Los casos de magos en la familia eran escasos y puntuales, y polémicos y controversiales por involucrar la idea de infidelidad. En la extensión de nuestra historia siempre habíamos mantenido la línea de sangre lo más pura posible, y un linaje más directo siempre significo una mayor importancia. En todo caso, estos pergaminos eran utilizados por los Del Valle como una manera de replicar el efecto de la magia. Suponía un gasto privilegiado y tenían que ser hechos específicamente, por lo que se protegían bien de generación en generación.
Como el cinto que había tomado solía reservarse para el combate, guarde los pergaminos en mi carcaj casi vacío. Un pergaminos verde significaba transportación; uno morado significaba repulsión de magia.
—Recuperar la última piedra del este… va a ser una buena prueba para comprobar si estoy a mi máximo. –Murmure.
—Ciertamente va a serlo. Me pregunto que habrá allá abajo.
—Los tesoros de mil familias, pero a mí solo me interesa la piedra.
—La piedra del rayo, sí. Tus demonios internos están conectados a esto, ¿no? A esta prueba y a las marcas en tu cara que la reflejan.
—Ah… –No salían palabras de mi boca. No podía creer la manera en que Marco miraba atravez de mí. Era alguien que podía entender mi sombra… Eso que veía cuando cerraba los ojos, esos escalofríos, esas gotas de sudor frío, esas noches de insomnio. Eso que ni yo mismo podía pronunciar; cada vez que intentaba decirlo en voz alta mi lengua se acalambraba, cada vez que pensaba en las letras que formaban la palabra mi mente se colapsaba—. S-Sí… Sí… La prueba está conectada… de alguna manera.
—Entiendo, primo. Todo esto que esta pasando no es ninguna coincidencia, ¿no? Creo que nada de lo que paso en tu vida fue una coincidencia.
Mi mente empezó a divagar hacía el pasado, rendida… Recordé a mi reina. ¿Qué sería de ella ahora mismo? Recordé el tierno latido de su corazón pegado a mi pecho.
—Es como si tu vida solo te hubiera guiado a esto.
Le había prometido un castillo, un reino para ella, para nosotros. Era solo una puta, solo era sexo, pero de alguna manera lograba opacar mis pensamientos sobre la sombra, sobre Wendagon, sobre el cuervo y sobre el hedor de sangre y muerte de Laertes.
—Por eso es que de verdad creo que sos el elegido que cuenta nuestra familia. “El cazador…” El que va a cortar el cuello de todo el que intente despertar a la bestia del Oeste. Seguro tampoco es coincidencia que hayan roto los pies de tu primo más guapo y hábil. Es para que no te robe el protagonismo –Marco rio, pero su expresión pronto se volvió seria—. Sé que ya lo sabes, pero esto no es un juego. Supongo que todo lo que construyo esta familia está en tus manos, primo. El enemigo tiene mucho poderío, pero confío en que el resto de los elegidos tienen su motivo para ser elegidos. Algo, algo adentro tuyo y de tus compañeros. Podría ser esa ansiedad tuya, ¿pensaste en eso?
—Eh… en realidad no –Murmure, aun perdido en su piel sedosa—. ¿Crees que el resto también siente esta ansiedad?
—Quién sabe; no pregunte. Pero espero que alguna de tus amigas sienta amor por mí. –Volvió a reír. Yo también reí. Su sonrisa parecía verdadera, aunque tenía un tono pálido en la piel.
Las palabras de Marco me habían hecho volver a la realidad. Empecé a revisar el resto del arsenal muy generalmente, pero nada parecía llamar mi atención. Marco me interrumpió llamándome.
—Hey, yo sé que solamente te gusta tirar flechas como si no hubiera mañana, pero toma este último regalo como un amuleto de buena suerte.
Mi primo sostenía una daga con su funda. Era curva y en buen estado, al igual que la daga que guardaba en el fondo de mi carcaj, como mi “ultima flecha.”
—Voy a darle un buen uso, de alguna manera.
—No pido que mates a alguien con ella, pero consérvala por mí.
—Hecho, primo. –Le sonreí, entonces carraspeé—. Poniéndonos en tema… Debemos partir hoy mismo.
—¿No van a quedarse hasta el final del festival?
—No... Esta vez no. Ya vimos de lo que los otros son capaces; separarnos y meter alcohol en la ecuación no es una buena idea.
—Bueno, tenes razón. No puedo reprochártelo.
Le pedí que retuviera a los chicos en su casa si llegaba a verlos. Saldríamos antes de la puesta de sol, justo antes de que la segunda noche del festival explotara.
Salí de la mansión, caminando tranquilo como rara vez en mi vida. Mis pasos eran seguros y mi cabeza no estaba perdida en otro mundo. Estar sobrio en Craster ya era raro, pensé divertido.
Permanecía tranquilo, solo admitiendo pensamientos constructivos. Mi cabeza estaba algo gacha, con los ojos clavados en el piso; pero estaba tranquilo.
Cada vez había más enemigos, y necesitaba hacer compras al respecto. Craster no era una ciudad donde abundasen las armas o lo ofensivo, precisamente; pero como toda ciudad grande, nunca faltaban las armerías. Necesitaba flechas, como primer punto. Con un poco de suerte conseguiría las cosas en pocos puestos.
La gente se movía rápido, apurada, ansiosa. Sus pies parecían avanzar en saltitos; los asesinatos de hacía unas horas estaban olvidados. No levantaba la mirada, pero podía ver una extraña luz en las caras de los ciudadanos. Notaba fuerza, ganas de vivir. Tal vez estuviera en el aire, como Laertes llevaba sangre. De pronto planteé quedarme con los demás dos días; tres días. Lo más probable era que el cuervo se hubiera ido, y si nos manteníamos sobrios podríamos combatirlo. Tal vez podríamos conseguir alguna cura y esperar a que Marco se recuperase para poder acompañarnos… Agregar a una sexta persona iría contra Wendagon y lo que estaba escrito, pero no podía ver que Marco acompañándonos pudiera ser malo.
Tan rápido como note que me había sumergido en intrascendentes pensamientos laterales, encontré una armería.
—Mierda –Pensé—. Que fácil me pierdo en estas cosas.

El negocio era atendido por un lagarto bastante pequeño. Note que estaba de mal humor, pero también tenía esa luz que veía en todos en Craster.
—Flechas. ¿Qué tenes?
El bicho me trajo un par de muestras. Elegí las más pesadas y costosas; llevé cuarenta por un par de rorintios. Curioseé un par de cosas más, pero no note demasiada calidad. Por suerte, no había revólveres a la vista. Estaba por irme cuando encontré una bolsa para el agua con un diseño bastante bonito. Tenía detalles en rosa, y una leyenda en azul ultramarino. No entendía que decía, pero me gusto para Aldara. No la conocía, no sabía si le gustaban los regalos o si necesitaba algo así, pero supuse que serviría para subirle un poco el ánimo y la compre.
Ya se iba haciendo tarde. Caminé otro rato; mis ojos habían subido hasta la cintura de las personas, pero seguía sintiendo esa luz en igual manera, como el reflejo del sol directo en mi cara. La sensación no se disolvía con las horas; el viento soplo, las nubes anduvieron y la gente siguió viviendo, pero yo no podía encontrar los negocios que necesitaba.
—Tenés flechas –Me dije—. El resto son caprichos.
Hacía años que no experimentaba con pólvora y otros elementos para las flechas. El sol seguía alto; tendría hora y media antes de volver a lo de Marco.
Giré dos veces a la izquierda y en una esquina crucé a Dalia. Estaba sentada, tranquila. Estaba comiendo algo y parecía estar luciendo ropa nueva. La saludé con la mano al ver que ella hacía lo mismo. Le señale en dirección a la mansión, indicando que nos encontráramos ahí; ella asintió y yo seguí adelante.
Poco a poco las calles se llenaron con más gente, todos pegando saltitos de alegría. A lo lejos, un mago ya empezaba a desplegar sus luces que danzaban e iluminaban la calle. ¿Faltaba tan poco para el anochecer? Acelere el paso y encontré otra armería. En esta había un revólver en vidriera. Abrí sin tocar, entonces, y me recibió un humano. Bueno, casi-humano. Placas de metal cubrían su cara, recreando la mitad de su rostro. Su ojo derecho no era más que un punto de luz.
—Señor –Dijo en voz alta y clara.
—Señor. Busco pólvora. De la explosiva, de la mejor calidad.
El sujeto extraño asintió y fue hacía la parte de atrás del negocio. Eche un vistazo alrededor, mientras, y encontré un bolso que era ideal. Lo puse sobre el mostrador, junto con pedazos de tela e hilo que necesitaría. El tipo volvió con un puñado de pólvora gris. Era brillante y clara, contrario a como recordaba; viendo que era buena solicité otro puñado más. Me miro extrañado, pero mi ausencia de expresiones lo hizo volver atrás. Podía faltarle la mitad de la cara, pero entendía una expresión de seriedad a la perfección.
Volvió con otro puñado y me clavó su mirada artificial.
—Perfecto. –Dije.
Metí todo en el bolso nuevo; incluso los pergaminos, ahora que el carcaj estaba lleno. La pólvora debía haber aumentado bastante su precio, porque todo me costó unos diez rorintios. Me puse el bolso encima, le sonreí al hombre de metal y me dirigí a casa de mi primo sin más distracciones. En el camino me sorprendí por una flor amarilla puntualmente llamativa. Tenía conocimientos de hierbas salvajes, pero creía nunca haber visto esa flor. La sostuve en mi mano izquierda hasta que llegue a lo de Marco.
Todos estaban frente a la puerta, esperándome.
Aprecie los rostros de todos; Marco también estaba ahí en su silla. Dalia seguía con sus prendas nuevas, y Li y Cregh acariciaban a un par de caballos que sostenían una carreta. Solo Aldara parecía no haber ido de compras, con la cabeza un poco gacha.
Levanté la frente en señal de saludo general. Marco iba a decir algo, pero enseguida me acerque y le di la flor.
—Vos sí que sabes cómo conquistar a una dama, primo. –Dijo sonriendo.
Recordé la cantimplora de Aldara. La desprendí y se la alcance.
—Hey, para vos.
Ella lo recibió con sorpresa, y solo emitió un “gracias” en voz baja. Miré entonces a Lang, que seguía acariciando a un caballo blanco. Su gato Malo parecía molesto. Celos, pensé divertido.
Me acomodé y me paré derecho.
—Tenemos que irnos hoy mismo. Es lo más lógico; todos sabemos que…
—Marco ya nos contó. –Interrumpio Cregh—. Ya estamos listos para irnos. Todos tenemos lo que necesitamos.
Lang se subió a la carreta.
—¿Vamos? –Inquirió.
—¿Qué? –Exclame—. ¿Esto es tuyo?
—Sip. Todo mío… Y de Cregh en menor medida.
No sabía cómo era posible hacer aparecer una carreta de esas proporciones y con dos caballos de la mañana a la tarde. Pero no discutí, y subí mis cosas. Todos se acomodaron adentro, y Lang tomo el mando luego de hacer que el segundo caballo, negro, dejara de comer. Entonces me bajé de la carreta para despedirme de Marco.
—Espero que la próxima vez que nos veamos el mundo sea un lugar mejor. –Dijo.
—Va a serlo. Y va a quedar mucha Crystalina que tomar.
—Y muchas mujeres que amar.
—Y muchos pies que curar.
Marco rio, y me despedí con un abrazo. Me subí a la carreta y partimos hacia nuestro próximo destino, Havenstad.
—¡HALE, DEL VALLE! –Gritó Marco a la distancia. Se me plantó una sonrisa que tardaría mucho tiempo en desaparecer.

La carretera avanzó rápidamente, bajo la oscuridad. Era una  noche muy quieta; un silencio que decidimos no romper. La luna brillaba intensamente, brindándonos una luz blanca que cubría el camino. Tal vez eran las diez de la noche cuando decidimos parar y acampar. Lang no solo había conseguido la carreta, sino que había comprado comida y mantas para todos. Aunque nos cubría una tranquilidad, seguimos sin romper el silencio de la noche; una suave brisa y la luz de la luna eran las protagonistas. Las chispas del fuego que había encendido Cregh pedían crecer más y más, pero se mantuvieron en su sitio.
Esa noche me costó dormirme, aunque no me perseguía nada. Estaba tranquilo. Era un vacío confortable.
Recuerdo que Cregh miró al cielo, y hablo justo antes de conciliar el sueño.
—Vamos a llegar con una tormenta pisándonos los talones.
Y pude sentir como el viento soplaba más suave, más cálido. Soñé con nubes grises acercándose. Eran de un color muy parecido al cuadro de Wendagon. Una tormenta como los ojos de Aldara. Desperté justo antes que Dalia; una fracción de segundo antes.
Estaba pálida, transpirando sudor frío. Estaba llorando.

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