martes, 30 de septiembre de 2014

Madera & Hueso — 35 — Dalia


Era el festival de Craster en toda su plenitud. Aldara y yo empezamos a andar por ahí, entre inquietas y embriagadas por la emoción. Había muchos bichos, que recortados en la oscuridad parecían pesadillas grotescas y coloridas; todo era exótico. A pesar de todo, los humanos eran la mayoría, y la calle tenía suficiente espacio como para estar cómoda. Con todo, nunca había dejado mis cosas; mi arma. Solo como precaución.
Cregh se había ido por su cuenta bastante pronto, luego de que nos despidiéramos de Ítalo y su primo.
Marco parecía buen tipo; un poco frenético, es solo que estaba más acostumbrado a la vida de la ciudad. Tomar y salir debían ser cosas comunes para él. Me pareció un amigo extraño para el callado de Ítalo, y reí mientras me los imaginé creciendo juntos.
Todos estaban tomando mucho, con las bebidas gratuitas que repartían en medio de las danzas por la calle y las luces flotantes. Pensé que no estaría mal. Apenas tenía chances así en casa…
Y no quiero dormir, pensé en mi tercer vaso. No pienso dormir, no quiero volver a dormir. Y, ¡Dalia! Escucho que me están llamando. ¿A dónde había ido Aldara? Nos habíamos separado de Lang después de que nos consiguiera cervezas a los tres, para llenarnos el paladar de “bebidas para humano”, como las llamo él, en vez de eso que había agarrado Cregh… Pero, ¿quién me llamaba? No había digerido bien el alcohol.
Me chasqueé la cara, forzándome a entrar en razón. Si todos nos emborrachábamos el huginn podría estar en cualquier lugar. Esa oración no tiene sentido, pensé levemente molesta. Entonces Marco me puso una mano en el hombro.
—Eh, ¡Dalia! —me saludó.
—Ah, ¿Í-Ítalo nos presentó? —Marco asintió varias veces—. Dioses, ¿te contó cosas? —Esto lo hizo reír.
—Sí, ¿eso es un problema?
—No… ¿perdón? Solo estoy pensando en voz alta.
—Está bien. Vamos. Estamos entrando en la madrugada y el festival acaba de empezar.
Marco me tomaba de los hombros, apurando nuestro paso por entre las calles de paredones altos. Donde sea que estuviéramos podía oírse música, como un remolino en el que todo se mezclaba. Pero entonces me zafé de sus manos, y me di vuelta con firmeza.
—¡Bueno… esperá! Estamos en la ciudad por una razón, no para ir dando vueltas.
—Sí, sí… Para viajar al puerto, ¿no? —dudé, insegura de si debía confirmar eso—. No pasa nada. Y quieren matar a un bicho, ¿correcto?
—Matar a un huginn —mascullé. ¿Qué tan borracho estaba Marco? Y se me escapo—: ¿Estas borracho?
Marco soltó una carcajada.
—Vos también lo estas. Vamos, vamos, ¿dónde está la otra chica que venía con ustedes…?
Ya estaba arrastrándome de nuevo. Tanto correteó me estaba acalorando, pero él se veía bastante bien, para las ropas que llevaba. Buenas prendas. Intenté no separar mi mente del huginn, de centrarme en mi espada y lo que significaba…Recordé las palabras de Ítalo. “Si no confías en vos misma, al menos confía en tu espada.” En lo que significaba. Era una responsabilidad hacía mí, una responsabilidad hacía mis padres.
Pero mi cabeza continúo interrumpiéndose, alzando argumentos. ¿Realmente pensaba poder encontrar a un cuervo a esas horas, con toda esa gente? ¿O solo trataba de convencerme de que no quería divertirme?
—Por favor, Marco, vos tenes una buena posición acá, ¿no? ¿No escuchaste nada de un recién llegado extraño, o…?
—¡¿Qué?! —me gritó, pasando de estar atrás mío a correr adelante. A la distancia podía verse a Aldara—. ¡Pero si no para de llegar gente extraña! ¡Es el festival! —Su voz comenzaba a perderse, entre risas.
Sentí que me faltaba el aire. Me arrimé a Aldara, y de pronto los tres empezamos a andar. Ella nos contó como acababa de ver a Malo…
—¿Quién es Malo? —preguntó Marco—. ¿Eh? Por cierto, van a ayudar a Ítalo con su pasaje, ¿no?
—¿Qué cosa? —dijo Aldara, mientras Marco nos acercaba dos copas.
Recorrimos varios negocios, y presenciamos varías demostraciones públicas. En un momento acabamos en el medio de una calle, con lo que parecían cocodrilos gigantes bailando alrededor. Recuerdos de la enciclopedia de mi mamá aparecían en mi mente a la vez que todo saltaba a mí alrededor. Entonces me giré a Aldara, y la encontré haciendo mover un hilo de agua de una de sus alforjas… Levantándola hasta dejarla flotando entre sus manos, lentamente. Creía oír aplausos. Entonces el alcohol pareció hacerle efecto a Aldara, que se sacudió por un instante, y el hilo de agua explotó en todas direcciones. Más bien, por sobre toda mi ropa. Ella parecía sorprendida, como tonta, y se me quedo mirando un rato al borde de la risa. Le pidió a Marco que nos disculpara un momento, y me llevó al lado de la calle.
Necesitaba silencio. Había tanta gente que nadie te veía, pero no era suficiente. Quería correr hasta salir del pueblo, hasta volver a casa. Aldara, sin embargo, solo me hizo sentarme en un banco ahí mismo.
—Disculpa por lo de tu ropa —habló.
La miré en silencio. El agua me daba frio, pero estaba muy cansada como para temblar.     
—Eh… te llegó el alcohol, ¿eh? —balbuceé. Aldara sonrió.
—Sí, supongo…—dijo, y rompí a llorar.
Lloraba sin ruido, pero sin atinar a parar. Lloraba por los ojos y la nariz, como una nena. Sin darme cuenta me revolvía el pelo, como solía hacer cuando estaba confundida; todo como una nena.
—Dalia, ¿qué pasa? —Aldara estaba preocupada. Tenía una mano en mi espalda.
Entonces llegué a calmarme un poco. Había quitado mi espada de mi cinturón, y repasaba sus bordes negros con mi mano izquierda. Sin embargo, no parecía hacerme sentir mejor; no esta vez.
—¿Cómo puedo divertirme cuando papá ni siquiera puede levantarse de la cama? —dije, con los ojos cerrados.
—Em… —Aldara hizo silencio por unos momentos. Quizá no sabía cómo responder—. Vamos… vamos. Vos tenés derecho.
Sí. Ya me había calmado un poco. Pero ¿qué era eso? Las lágrimas caían. La verdad era la verdad. Mis sueños también decían verdades. Entonces no quería dormir. Quería estar lejos de la verdad… Incluso a pesar de que todo eso me había dejado la cabeza pesada. Hubiera podido dormirme en ese mismo banco.
Aldara me veía intentando mantener la cabeza levantada.
—¿A quién le pegó el alcohol ahora?
Sonreí. Me saqué el antifaz, que hacía que las lágrimas picasen.
—Solo son las emociones del día —dijo Aldara—. Vamos, lo más sensato sería ir a dormir.
—Um… no… Creo que yo estoy bien. Quiero seguir durante el resto de la fiesta.
Aldara suspiró.
—¿Por qué…? Mirá como estas.
—Así es mejor. Para olvidarme de todo.
Y ella no respondió nada.

Nos reunimos con Marco, que no hizo preguntas. Estaba incluso más borracho que antes, pero a nosotras nos pareció bien. Nos llevó por la ciudad, pensando en mostrarnos todos los edificios grandes donde se celebraban espectáculos elaborados. Pero no teníamos tanta energía, y le pedimos que eligiera un lugar para quedarse a ver.
En el camino nos encontramos con Lang:
—¿Cómo les va? —saludó.
—¿Aun despierto? —preguntó Aldara.
—Sí… bueno, estaba por volver a la casa de ese Marco… Ah, está por allá. —Lang saludó con la mano al primo de Ítalo, y siguió hablando—. Además, creo que Cregh andaba borracho por la casa. Tendría que ir a revisar; juro que le hago pagar todo con su ocato si llega a quemar algo. Entonces, ¿va todo bien?
—No se… la verdad. —dije.
—Sí, ¿no? Este festival es tan grande… —Lang se rascó la oreja, detrás un antifaz de zorro—. Comparado a lo que era Laertes… Cuando la temperatura cambia tan bruscamente de frio a cálido uno tiende a resfriarse, ¿entienden lo que quiero decir?
—Em… Un poco—dijo Aldara. Lang rió.
—Bueno, mejor voy yendo.
Lo saludamos con las manos hasta que desapareció de nuestra vista. Si hubiéramos sabido que íbamos a necesitar su ayuda pronto…

Marco terminó de guiarnos hasta el espectáculo, donde nos quedamos sentados los tres. Observamos la danza y la música, al parecer solo de humanos, y así pasaron las horas. Pasaron hasta al amanecer.
Entonces sucedió la tragedia. Por supuesto. Porque la llevábamos a donde fuera que nosotros íbamos; la traíamos con nosotros.


domingo, 14 de septiembre de 2014

Madera & Hueso — 34 — Li


Tras separarme de Aldara, Dalia y Malo decidí juntar dinero. Todavía teníamos las provisiones de Wendagon, pero era un impulso en mí. Había pasado demasiado tiempo sin un trabajo, y quería poseer algo que fuera mío por derecho. En un festival con tantos puestos era probable que hubiera más de una manera.
Me acerqué a la fuente de los sonidos por mera curiosidad: podía reconocer los disparos de un revólver. Se trataba de un puesto de juegos que se extendía con varios objetivos de tiro. Uno usaba un revolver encadenado para derribar los objetivos. Al parecer, el cliente nunca había sostenido un arma en su vida. Apenas logró darle a tres de los objetivos; uno a los cuales ni siquiera estaba intentando dar. Dejó el arma sobre el estante y se fue, mientras un anciano volvía a poner los objetivos en su lugar. Esa era mi oportunidad.
—Yo quiero intentarlo —dije al hombre tras el estante. Se veía que era anciano, y la barba le llegaba hasta el pecho.
—Son diez cobres, hijo. —Saqué los cobres de mi bolso con dolor. Cargó el revólver y me lo entregó—. Tenes que darle a los objetivos.
—Algo así esperaba. —El viejo se hizo a un lado, y apunté al objetivo que estaba más cerca. Pero la bala no golpeó el objetivo. Intenté una vez más y di en una de las paredes.
—Las balas salen desviadas —reclamé.
—Así son los revólveres reales —dijo el viejo.
—Así no se puede hacer nada.
Dejé el revólver malo y saqué mi propia arma. En quince segundos gasté sus cartuchos, sin fallar ni un solo tiro. Sonaban más fuertes, con más precisión. Cuando quité los ojos del arma, toda la gente a mí alrededor se había cubierto detrás de algo.
—Ah… Es peligroso usar balas reales —dijo el viejo. Tenía razón, en realidad. Decidí dejar el juego, y el hombre me devolvió cinco cobres. Me giré para irme, pero una persona me hizo detenerme.
—Veo que tenés un arma real. ¿Querés hacer una apuesta? —Una capucha no me dejaba verle la cara bien, pero era un humano. Parecía ser más joven que yo. No me inspiró peligro, sino intriga.
—¿Qué tipo de apuesta? —Mi compañero sonrió.
—El que le dé a la mayor cantidad de objetivos, gana.
—¿De cuánto estamos hablando?
—Vos dirás —dijo. Así que tenía confianza en sí mismo. Eso iba a ser interesante.
—Bueno... un rorintio más el costo del juego. —Ahora yo también sonreía; no parecía que fuera a ser fácil. El tipo asintió y reveló un revolver.
El viejo puso los objetivos en su lugar y corrió a esconderse. El encapuchado se puso en posición, apuntó por unos momentos y comenzó a disparar en rápida sucesión. Recargó dos veces, y terminó dando a diecinueve de los veinte objetivos.
—Tu turno —dijo, haciéndose a un lado. Santa puta, ese tipo era bueno.
Esperé a que los blancos estuvieran en su lugar y disparé. Mi revolver cargaba ocho balas, pero tenía que cargar cada una a mano. Me demoré un poco más en terminar, y frustrantemente fallé con el objetivo más lejano. Diecinueve de veinte.
—¿Segunda ronda?—pregunté.
El encapuchado tomo posición y esperó a que los objetivos estuvieran listos. Veinte de veinte, aunque esa vez se había tomado un tiempo para apuntar. Estaba en problemas.
Tomé mi revolver, algo nervioso, y decidí que también me tomaría más tiempo. Pero esto solo pareció hacerlo todo peor, y di justo en el borde a uno de los objetivos. Cuando fui a recargar, noté que no tenía suficientes balas.
—Uh, me van a faltar ocho.
El encapuchado se metió la mano dentro de la túnica. Esperaba que fuera a darme balas, pero en vez de eso me pasó otro revolver.
—¿Tenes dos?—pregunté, impresionado.
—Uno para cada mano.
Sorprendido, tomé su revólver, apunté con cuidado y disparé. Sus balas parecían tener un poco menos de fuerza, pero no era nada que no pudiera compensar.
Le di a un objetivo dos veces. Recargué con las balas que me dio el encapuchado. Supuse que si nos quedábamos sin balas terminaría como empate... Mientras pensaba en eso, disparé dos veces y empecé a sentirme mareado.
—Vaya… —Me apoyé con un brazo en la mesa, y esperé un momento. Se pasó un poco. Disparé otra vez; ya solo quedaban tres objetivos.
Disparé una vez más, y fallé.
¿Que fue eso? Me pregunté. El alcohol no me estaba haciendo un buen efecto.
Le devolví el revólver al encapuchado. No había nada que decir. Él sonrió como bobo mientras le daba cien monedas, y veinte al anciano.
—Fue un buen juego —dije, cuando le extendí la mano. El encapuchado me miro extrañado, y la estrechó.
—Supongo que sí. Me llamo Isaac, por cierto. Gracias por el juego.
Se guardó los dos revólveres bajo la túnica y se fue. Vaya… Pero ahora tenía que comprar más balas.
Me dirigí a la plaza de Craster, y gané cincuenta rorintios en los distintos juegos, pero luego los mareos volvieron. La borrachera me poseyó, y terminé apostándolo todo. Poco después, estaba igual que como había empezado, y colapsé en un callejón. No podía culpar a nadie más que a mí mismo.


Madera & Hueso — 33 — Ítalo


La sombra no estaba llamando hoy. Y puede que la razón estuviera parada frente a mí.
Le tendí la mano a mi primo y él la tomó con gusto. Ambos sabíamos que eso era como un abrazo. Lo miré bien. No recordaba cuánto tiempo había pasado… Pero esa ciudad era mi segundo hogar. Una buena parte de mi pubertad estaba ahí, junto a Marco. Habíamos pasado por muchos errores juntos, y los podíamos recordar en nuestras sonrisas de nostalgia. Y ahora me lo encontraba vistiendo de tan buena manera.
—Lo mío es una larga historia…No tan larga como trágica —dije—. Ey, ¿y qué hay de vos?
—Supongo que podría decir que las cosas están bastante bien —rió—. No puedo quejarme. Pero quiero saber todos los detalles de tu pequeña aventura, y también más de esto. —Me señaló el ojo derecho.
Yo quería hablar de esa época mejor; cuando la luna brillaba más intensamente y los días eran más largos. Pero Marco no iba a tocar el tema; no sin alguna botella de Crystalina de por medio. La noche era joven, nuestras gargantas estaban secas y las luces seguirían encendidas por mucho tiempo.
Me hubiera gustado que Marco siguiera en su casa de aquellos tiempos, la casa de sus padres. La casa de familia donde pasé mi estadía, sin lujos y con pocas ventanas. Pero había comida caliente, servida en platos limpiados con esfuerzo. El tío sentado en su sillón, contándonos historias sobre él y mi padre. Noches oscuras en las afueras, mirando la luna cambiar de ciclo. Experimentar el amor por primera vez, tener miedo, estallar de felicidad, de inestabilidad. Vivir.
Ahora la casa de Marco era una lujosa mansión. Una chica se acercó a Marco y lo besó. Le dijo algo al oído y se fue rápidamente. Sonreí. Sería bueno relajarse y pasarla bien, aunque fuera por una noche. Hasta que vi el fuego bajo una chimenea.
Desde que la sombra había comenzado a aparecer me había empezado a gustar estar frente a una llama. Podía pasar horas mirando el fuego consumiendo las leñas… me gustaban las cosas que estaban en movimiento. Como los ojos de Aldara. Tras el impacto de encontrarme con ese cuervo me sentía como dos seres en un solo cuerpo. Era una sensación conocida. Me traía recuerdos… Lo que sentía por mi familia era como una caja fría y dura, y por eso mismo indestructible. Pero esta caja siempre se comprimía sobre mí, poco a poco. Cada pensamiento que pasaba por mi cabeza la hacía más y más chica, hasta que ni siquiera podía gritar. Ni siquiera podía escapar.
Fuimos hasta la cocina, donde tenía una pequeña barra con una envidiable colección. Había olvidado cuanto disfrutaba tomar mi primo.
—¿Sabés? —dijo, entre risas—. Casi te pregunto qué vaso querías.
—El más grande, naturalmente. —Reí a mi vez.
Marco sacó una botella de Crystalina de calidad altísima, y sirvió dos vasos hasta el tope. Mostraba mucha destreza.
—Que los dioses bendigan este trago —musité.
Marco se quedó parado del otro lado de la barra, mirándome algo extrañado. Luego sonrió y levantó su copa.
—¡Salud! ¡Hale, del Valle!
—¡Hale, del Valle! —repetí.
Chocamos nuestras copas y éstas se vaciaron rápidamente; largamos unas ruidosas carcajadas.
—Bueno… —dijo entonces, recuperándose un poco—. No tendría dudas de que venís a revivir viejos tiempos, pero viendo esa anyma en tu ojo… ¿Qué te trae por acá, primo?
—Tengo veintiuno, sí…Tengo la corona de la gloria. Podes imaginar que es lo que voy a buscar para mi prueba.
—Claro… La última piedra del Oeste. —Paró un segundo y me miró a los ojos. En realidad, solo al derecho—. Eso queda en algún lugar de la costa, ¿no? Pero solo es un mito.
—Es difícil. Todo cambió desde que volví a Veringrad. Comencé a sentir algo creciendo dentro de mí. Algo feo, que intenté ignorar, pero solo logré dejarlo crecer. Traté de ocultarlo, negarlo, pero era una parte de mí y ahora está conmigo.
Marco me escuchaba con seriedad. Tomó un sorbo de su copa.
—Mmm… ¿Y esa gente? No es típico de vos, el trabajar en equipo.
—Es que… Hay…
—Algo más. Lo sabía. —Sonrió cuando terminó la oración por mí  y se mantuvo en silencio por unos momentos; al final no podía pasar por ese pueblo solo por mi primo—. Qué poco cambiamos.
Una pulsación oscura me recorrió de pies a cabeza.
A pesar de que solo habían pasado un par de años, no me sentía como ese crío que una vez jugó con Marco. Sentía que había sido otra persona, otro Ítalo. Traté de simular una sonrisa.
Ya no éramos los mismos, pero tampoco habíamos cambiado. No quería mentirle en nada. Tal vez esa reticencia solo era el no querer pasar una noche descomprimiendo mis sentimientos, sentimientos que no entendía. Tal vez era no querer borrar la sonrisa de su cara. Tal vez eran las ganas de terminar la botella de Crystalina y olvidar la sombra, Elderan, al cuervo y a mi apellido.
Tomé el vaso y le di un buen trago.
—Esto… es algo complicado. Recibí una carta de un señor de tierras. La recibí cuando estaba por partir para Havenstad, o al menos cuando estaba planeando empezar a buscar la piedra. Mamá me estaba ayudando con los libros, las referencias, la historia y esto —señalé hacía mis marcas—. Pero la carta prometía un buen dinero, y… simplemente no podía negarme. A este viaje, junto a otros cuatro potenciales incompetentes.
—Por eso andas con ese mago de semejantes rumores —me interrumpió. Yo asentí.
—No tengo todas las cosas claras, pero buscamos cazar a una especie extraña que está despertando en el Oeste.
Y empecé a contar. Los detalles eran precisos, estaban pegados en mi mente; todo era vívido a partir del momento en que abandonamos al viejo. Mis ojos se cerraron y todo mi cuerpo se concentró en las palabras. Parecía recordar cada mirada, cada suspiro desde ese día. Cada detalle, que Marco escuchaba con atención. Sin embargo, cuando llegué al sueño de Dalia al entrar en la ciudad estaba bastante más mareado de lo que creía. También noté que la mirada de mi primo era seria, pero un tanto somnolienta.
Marco levantó la botella de Crystalina, en el ocaso de su existencia, cumpliendo con su cometido de emborracharnos con la mejor calidad. Comenzó a reírse, y vació el resto de la botella en nuestros vasos.
—¡A atrapar al cuervo! —exclamó, apuntando la botella hacía el cielo—. ¡Hale, del Valle!
Se paró, y empezó a correr afuera de la casa. Traté de seguirlo, pero mi estado no parecía ser mejor que el suyo.
Anduve tras él, corriendo a la gente gentilmente. Podía escucharlo a lo lejos, todavía gritando nuestro apellido.
Perdí su rastro entre carcajadas, y quedé perdido en la muchedumbre de gente.
Las luces daban vida al lugar, rechazando que fuera de noche y bailando al compás de la música por mi mareo. La gente también danzaba y se movía, feliz. No dejaba de pensar lo extraña que era Laertes en comparación a eso. Dos ciudades similares hechas antónimas por culpa del Oeste. Busqué una pared para apoyarme, donde esperar a que el alcohol y su hermoso efecto desaparezcan. Quería evitar que me usaran de pista de baile.
Apoyé mi espalda contra el ladrillo, y me resbalé lentamente hasta quedar sentado. Miraba hacía los brillos confundido, con todo aun bailando. El sonido se fue perdiendo en mi cabeza, la visión haciéndose cada vez más oscura. La gente se convertía en una masa, y se unían y separaban constantemente. Poco a poco la oscuridad llegaba al centro. Traté de mantener la cabeza erguida, pero mi cuello cedió y me encontré en una posición demasiada cómoda como para negarme a ella. Cerré los ojos. Un calor en mi pecho se extendió hasta mi cara, y recuerdo sonreír justo antes de dormir.




martes, 2 de septiembre de 2014

Madera & Hueso — 32 — Malo



Mi dueño y su grupo caminaban entre la celebración. Al principio pensaba que mi dueño respondía a Allegro, pero me di cuenta que era distinto cada vez que le preguntaban. No me importaba. Yo simplemente era yo, no “Malo”.
—Necesito un baño —me decía. El resto no llegaba a escuchar—. Cuando Cregh nos transportó yo aparecí adentro de un equipaje y no podía moverme… No es que nadie me haya preguntado. Pero alegrate, Malo. Gente y criaturas de todos lados vienen a celebrar el inicio de la primavera. Los agricultores preparan los campos para la futura cosecha, los artesanos hacen máscaras y juegos, los niños aprenden a hacer dulces y todo el mundo es más feliz. Por estos días también ocurrió la fundación de Craster por Sir Lorian Frigio hace doscientos años, así que la diversión se duplica.
—Ya me lo habías dicho la última vez—maullé.
—Es que me encanta la historia.
A mí no me parecía nada divertido todo eso. Había demasiada gente y más de un idiota me pisaba la cola. Lo hubieran lamentado si no fuera porque mi dueño me estaba vigilando. Pero yo también tenía que vigilarlo: no debía tomar nada. Una vez había tenido un trago y al día siguiente no había podido moverse por el dolor de cabeza. ¡Por un trago! Mi dueño no podía ni oler alcohol sin enfermarse. No como yo, que era un minino tan resistente.
Para variar, mi dueño me compró un antifaz de perro. Había exigido uno de tigre o de león, pero me dijo que fuera realista. ¡Que fuera realista! ¡Había devorado criaturas más grandes que él!
Las chicas se acercaron a un puesto de cervezas, y Lang las siguió.
—¡Ey, alejate del alcohol! —le ordené—. Hay trabajo que hacer.
—Lang, tu gato no para de maullar —dijo la chica pelirroja—. Creo que quiere algo.
—Esperá un momento. Seguro quiere esto —dijo mi dueño, mientras se compraba una taza de cerveza para él y otra pequeña para mí.
—Bien, traté de advertirte —gruñí—. Al diablo con todo esto, yo me voy de acá.
Pero antes me acepté mi cerveza.
Me dirigí de vuelta a la casa de recién. Quizá su patio tenía algunos pájaros para cazar. Pero para sorpresa mía, en el camino sentí el olor de un pájaro grandote. Era el olor del cuervo de Laertes. La chica de la espada tenía razón; estaba por acá. Ya tenía cena para esa noche.
Seguí el olor por las calles. Me fui acercando más y más al centro de la ciudad, hasta que hubo demasiada gente para seguir el olor. Excelente.
Pero, ¿y qué? A mí no me habían dado esa misión. Yo debía estar buscando dos gatitas hermanas para pasar la noche, una blanca y otra negra, y quizás otra más de tres colores para tener variedad. Pero considerando que el cuervo casi había acabado con todos, parecía ser el único competente para hacerle frente.
Me adentré en la multitud y me encontré con la chica a la que le gustaba cargarme, la que tenía el gran potencial. Siempre lo había dicho: la genialidad se desperdiciaba en los humanos. Pero podía servirme. Me paré frente a ella.
—Ey, nena. Soy tierno. Levantame —ordené, y estiré mis patitas delanteras. Ella sonrió y me levantó.
Empezamos a caminar entre la gente, y usé la altura para buscar mejor.
—Me recordás mucho a mi gatito Sissel... —balbuceó. Ay, no, era de esta gente que le contaba su vida a los gatos. Miré al frente, buscando al cuervo mientras la niña hablaba sobre su gato. En fin, llegó un momento en que no hablo más. La mire y se veía triste, con los ojos brillantes. Ah, demonios.
Me acurruqué entre sus brazos y le ronroneé. Eso pareció animarla. Al menos estaba sonriendo. Entones me subí a sus hombros para ver de más alto.
—Ey, ¿qué hacés? —dijo ella, mientras esforzaba mis ojos. Pero había demasiadas criaturas. Necesitaba subir más.
Vi a un sujeto alto pasando frente a un estante de comida. Ese era el momento.
—¡Malo! —exclamó ella, cuando salté a los hombros del sujeto y de ahí al techo del estante. Llegué a duras penas, y lancé algo de paja sobre la comida. Sin preocuparme, subí hasta los techos.
Ahí arriba no había luces, solo sombras. Ese era mi reino.
Ahora podía verlo todo. Empecé a correr por los techos, viendo muchas cosas. Entre ellas al mago del grupo de mi dueño, que... ¿andaba sin pantalones? Pero no todo fue en vano. Estaba saltando entre dos edificios cuando miré hacia abajo, y la sorpresa me hizo caer contra un puesto de comida y rebotar hasta el suelo. Tenía que ser él. El cuervo.
Se encontraba caminando a paso lento, sin apuro. Era el mismo olor. Esta era mi oportunidad. Me acerqué sigilosamente, salté hasta su espalda y empecé a correr hacia su cuello.
El cuervo se empezó a agitar, pero yo me aferré y traté de sacarle un pedazo. Pero su carne era más dura de lo esperada. Al final me alcanzó y me lanzó al suelo, dándose vuelta.
—¿Qué? ¿Un gato…? —murmuró, mientras yo me levantaba adolorido.
Miré alrededor, como esperando ver a los demás, pero andaba solo. Solo me quedaba volver a atacar. Apenas salté de nuevo, el cuervo me golpeó. Logré enterrarle mis garras en la mano, pero me lanzó por los aires una vez más. Caí de pie y volvía arremeter, pero él se dio vuelta y empezó a correr. Las aves les temen a los gatos, pensé.
Pero solo me estaba alejando de la multitud. Lo seguí hasta una calle vacía, y entonces se giró. Salté para atacarlo, pero me atrapó en el aire y me arrojó al suelo. Antes de poder levantarme, puso su pie sobre mi estómago y me aplastó con todo su peso.
—Ya fue suficiente, gato maldito.
Metió una mano en un bolso, sacó un puñado de polvo y me lo arrojó. Se alejó de mí a la vez que me empezaba a picar el cuerpo y la garganta, como si me estuviera quemando… y parecía expandirse. El cuervo sonreía cruelmente. El ardor me llegó a la nariz.
Estornudé dos veces y me sacudí el polvo del cuerpo. La sensación desapareció. Había comido ajíes más fuertes. El cuervo me miró unos momentos.
—Esto es magia, ¿Cómo es que no te afecta?
Me pateó y volvió a correr. Traté de levantarme y seguirle el paso, pero mi cuerpo dolía demasiado. Decidí seguirlo por los techos, pero en cuanto pisé un estante de comida este cedió y caí el suelo. Esa no era mi noche.

Abrí los ojos y noté que todo estaba en llamas. Había caído en un puesto de alcohol, mierda. Me esforcé por levantarme hasta que una tabla en cayó sobre mi cola, y me alejé de ahí de un salto. El fuego se estaba extendiendo a los otros puestos. ¿Qué idiota había prendido fuego en un puesto de alcohol?
Ya no podía hacer mucho más que arrastrar mi cuerpo. Quería encontrarme con la chica a le que le gustaba cargarme, pero no sucedió. Tuve que volver hasta la mansión, y al final me tiré a descansar sobre un montón de ropa.
Estúpido cuervo… Mientras me acurrucaba, enterré mis garritas sobre la ropa una y otra vez.

Madera & Hueso — 31 — Cregh

No había nada mejor que las noches así. No visitaba Craster desde mi accidente con el fuego; pero la ciudad no me había olvidado. Mientras caminábamos a la casa del primo de Ítalo, Dalia se me acercó.
—¿Quemaste un pueblo?
—No —declaré. El vagabundo también se unió.
—Pero aquel tipo dijo…
—Quiero decir, solo fueron un par de edificios y uno estaba abandonado. La verdad es que no fue la gran cosa…
—Quemaste una posada —dijo el tal Marco, de pronto—. Y no hubiese sido gran cosa si no hubiese estado al lado de un almacén de cervezas, totalmente cargado para el festival de esas fechas… Y si no hubiese estado en medio del pueblo. Y como si eso no hubiese sido suficiente, quemaste una granja en construcción mientras tratabas de demostrarles a los oficiales que todo había sido un accidente. Si no recuerdo mal, la única razón por la que no estás preso es porque la universidad de Silis no podía dejar que mancharas el nombre de su institución.
Exhalé un largo suspiro. Vaya que sí lo recordaba bien.
—Bueno, al menos no murió nadie —dije—. No cualquiera puede quemar un pueblo y no matar a nadie.
—Eso fue porque todos estaban en la ceremonia de la llegada del rey. De todas maneras, un anciano murió en la semana siguiente por todo el humo que tragó ese día. Ese año arruinaste el festival. Hay cosas que no podés quitarle a una persona, y esas son las fiestas y el alcohol. Vos lograste quitar ambas en un solo día.

Pronto llegamos a la casa de Marco, aunque esa palabra quedaba corta. Era como una mansión. A pesar de alejarnos del centro de la ciudad aún se podía escuchar la música y la celebración. El mismo Marco tenía una fiesta en su propiedad; su patio estaba repleto de gente. El grupo subió hasta un cuarto en el segundo piso, mientras Ítalo y su primo hablaban a solas. Volvieron tras unos momentos.
—Estamos buscando un cuervo en la ciudad —dijo Dalia.
—Les va a ser imposible esta noche —dijo Marco—. Mejor esperen a mañana. Pero siéntanse como en casa, si viajan con Ítalo son básicamente de la familia.
Marco salió de la habitación, Ítalo lo siguió.
—Disfruten del lugar —nos dijo, y se fue.
—Aunque no podamos buscar al cuervo, por lo menos deberíamos estar ahí afuera, en la ciudad, por si vemos algo —dijo Dalia. Todos estuvimos de acuerdo.
Mientras salíamos, vi un sirviente particular. Llevaba una bandeja con copas de Agua de pantano. El líquido verde parecía brillar, llamándome. Lang tomó una copa, la olió y me la dio, con cara de repulsión.
—No… yo no…
—Cregh, hace lo que quieras con ella. El pis de Malo huele mejor.
Un trago no iba a hacerme mal. Además, si íbamos al festival iba a necesitarlo.
Decidí llevar un par más para el camino.

Desperté en un charco de lodo. Desde el suelo podía ver la casa de Marco a la distancia. Cuando traté de levantarme, algo saltó de mi espalda; el gato de Lang. Me levanté y noté que mi franela y pantalón habían sido reemplazados por un vestido verde con flores. De corte corto, de paso. El gato se acercó a mí, y orinó en mis pies. Pude ver que tenía la cola quemada.
—Oh. No de nuevo —dije.