martes, 2 de septiembre de 2014

Madera & Hueso — 31 — Cregh

No había nada mejor que las noches así. No visitaba Craster desde mi accidente con el fuego; pero la ciudad no me había olvidado. Mientras caminábamos a la casa del primo de Ítalo, Dalia se me acercó.
—¿Quemaste un pueblo?
—No —declaré. El vagabundo también se unió.
—Pero aquel tipo dijo…
—Quiero decir, solo fueron un par de edificios y uno estaba abandonado. La verdad es que no fue la gran cosa…
—Quemaste una posada —dijo el tal Marco, de pronto—. Y no hubiese sido gran cosa si no hubiese estado al lado de un almacén de cervezas, totalmente cargado para el festival de esas fechas… Y si no hubiese estado en medio del pueblo. Y como si eso no hubiese sido suficiente, quemaste una granja en construcción mientras tratabas de demostrarles a los oficiales que todo había sido un accidente. Si no recuerdo mal, la única razón por la que no estás preso es porque la universidad de Silis no podía dejar que mancharas el nombre de su institución.
Exhalé un largo suspiro. Vaya que sí lo recordaba bien.
—Bueno, al menos no murió nadie —dije—. No cualquiera puede quemar un pueblo y no matar a nadie.
—Eso fue porque todos estaban en la ceremonia de la llegada del rey. De todas maneras, un anciano murió en la semana siguiente por todo el humo que tragó ese día. Ese año arruinaste el festival. Hay cosas que no podés quitarle a una persona, y esas son las fiestas y el alcohol. Vos lograste quitar ambas en un solo día.

Pronto llegamos a la casa de Marco, aunque esa palabra quedaba corta. Era como una mansión. A pesar de alejarnos del centro de la ciudad aún se podía escuchar la música y la celebración. El mismo Marco tenía una fiesta en su propiedad; su patio estaba repleto de gente. El grupo subió hasta un cuarto en el segundo piso, mientras Ítalo y su primo hablaban a solas. Volvieron tras unos momentos.
—Estamos buscando un cuervo en la ciudad —dijo Dalia.
—Les va a ser imposible esta noche —dijo Marco—. Mejor esperen a mañana. Pero siéntanse como en casa, si viajan con Ítalo son básicamente de la familia.
Marco salió de la habitación, Ítalo lo siguió.
—Disfruten del lugar —nos dijo, y se fue.
—Aunque no podamos buscar al cuervo, por lo menos deberíamos estar ahí afuera, en la ciudad, por si vemos algo —dijo Dalia. Todos estuvimos de acuerdo.
Mientras salíamos, vi un sirviente particular. Llevaba una bandeja con copas de Agua de pantano. El líquido verde parecía brillar, llamándome. Lang tomó una copa, la olió y me la dio, con cara de repulsión.
—No… yo no…
—Cregh, hace lo que quieras con ella. El pis de Malo huele mejor.
Un trago no iba a hacerme mal. Además, si íbamos al festival iba a necesitarlo.
Decidí llevar un par más para el camino.

Desperté en un charco de lodo. Desde el suelo podía ver la casa de Marco a la distancia. Cuando traté de levantarme, algo saltó de mi espalda; el gato de Lang. Me levanté y noté que mi franela y pantalón habían sido reemplazados por un vestido verde con flores. De corte corto, de paso. El gato se acercó a mí, y orinó en mis pies. Pude ver que tenía la cola quemada.
—Oh. No de nuevo —dije.

No hay comentarios :

Publicar un comentario