martes, 2 de septiembre de 2014

Madera & Hueso — 32 — Malo



Mi dueño y su grupo caminaban entre la celebración. Al principio pensaba que mi dueño respondía a Allegro, pero me di cuenta que era distinto cada vez que le preguntaban. No me importaba. Yo simplemente era yo, no “Malo”.
—Necesito un baño —me decía. El resto no llegaba a escuchar—. Cuando Cregh nos transportó yo aparecí adentro de un equipaje y no podía moverme… No es que nadie me haya preguntado. Pero alegrate, Malo. Gente y criaturas de todos lados vienen a celebrar el inicio de la primavera. Los agricultores preparan los campos para la futura cosecha, los artesanos hacen máscaras y juegos, los niños aprenden a hacer dulces y todo el mundo es más feliz. Por estos días también ocurrió la fundación de Craster por Sir Lorian Frigio hace doscientos años, así que la diversión se duplica.
—Ya me lo habías dicho la última vez—maullé.
—Es que me encanta la historia.
A mí no me parecía nada divertido todo eso. Había demasiada gente y más de un idiota me pisaba la cola. Lo hubieran lamentado si no fuera porque mi dueño me estaba vigilando. Pero yo también tenía que vigilarlo: no debía tomar nada. Una vez había tenido un trago y al día siguiente no había podido moverse por el dolor de cabeza. ¡Por un trago! Mi dueño no podía ni oler alcohol sin enfermarse. No como yo, que era un minino tan resistente.
Para variar, mi dueño me compró un antifaz de perro. Había exigido uno de tigre o de león, pero me dijo que fuera realista. ¡Que fuera realista! ¡Había devorado criaturas más grandes que él!
Las chicas se acercaron a un puesto de cervezas, y Lang las siguió.
—¡Ey, alejate del alcohol! —le ordené—. Hay trabajo que hacer.
—Lang, tu gato no para de maullar —dijo la chica pelirroja—. Creo que quiere algo.
—Esperá un momento. Seguro quiere esto —dijo mi dueño, mientras se compraba una taza de cerveza para él y otra pequeña para mí.
—Bien, traté de advertirte —gruñí—. Al diablo con todo esto, yo me voy de acá.
Pero antes me acepté mi cerveza.
Me dirigí de vuelta a la casa de recién. Quizá su patio tenía algunos pájaros para cazar. Pero para sorpresa mía, en el camino sentí el olor de un pájaro grandote. Era el olor del cuervo de Laertes. La chica de la espada tenía razón; estaba por acá. Ya tenía cena para esa noche.
Seguí el olor por las calles. Me fui acercando más y más al centro de la ciudad, hasta que hubo demasiada gente para seguir el olor. Excelente.
Pero, ¿y qué? A mí no me habían dado esa misión. Yo debía estar buscando dos gatitas hermanas para pasar la noche, una blanca y otra negra, y quizás otra más de tres colores para tener variedad. Pero considerando que el cuervo casi había acabado con todos, parecía ser el único competente para hacerle frente.
Me adentré en la multitud y me encontré con la chica a la que le gustaba cargarme, la que tenía el gran potencial. Siempre lo había dicho: la genialidad se desperdiciaba en los humanos. Pero podía servirme. Me paré frente a ella.
—Ey, nena. Soy tierno. Levantame —ordené, y estiré mis patitas delanteras. Ella sonrió y me levantó.
Empezamos a caminar entre la gente, y usé la altura para buscar mejor.
—Me recordás mucho a mi gatito Sissel... —balbuceó. Ay, no, era de esta gente que le contaba su vida a los gatos. Miré al frente, buscando al cuervo mientras la niña hablaba sobre su gato. En fin, llegó un momento en que no hablo más. La mire y se veía triste, con los ojos brillantes. Ah, demonios.
Me acurruqué entre sus brazos y le ronroneé. Eso pareció animarla. Al menos estaba sonriendo. Entones me subí a sus hombros para ver de más alto.
—Ey, ¿qué hacés? —dijo ella, mientras esforzaba mis ojos. Pero había demasiadas criaturas. Necesitaba subir más.
Vi a un sujeto alto pasando frente a un estante de comida. Ese era el momento.
—¡Malo! —exclamó ella, cuando salté a los hombros del sujeto y de ahí al techo del estante. Llegué a duras penas, y lancé algo de paja sobre la comida. Sin preocuparme, subí hasta los techos.
Ahí arriba no había luces, solo sombras. Ese era mi reino.
Ahora podía verlo todo. Empecé a correr por los techos, viendo muchas cosas. Entre ellas al mago del grupo de mi dueño, que... ¿andaba sin pantalones? Pero no todo fue en vano. Estaba saltando entre dos edificios cuando miré hacia abajo, y la sorpresa me hizo caer contra un puesto de comida y rebotar hasta el suelo. Tenía que ser él. El cuervo.
Se encontraba caminando a paso lento, sin apuro. Era el mismo olor. Esta era mi oportunidad. Me acerqué sigilosamente, salté hasta su espalda y empecé a correr hacia su cuello.
El cuervo se empezó a agitar, pero yo me aferré y traté de sacarle un pedazo. Pero su carne era más dura de lo esperada. Al final me alcanzó y me lanzó al suelo, dándose vuelta.
—¿Qué? ¿Un gato…? —murmuró, mientras yo me levantaba adolorido.
Miré alrededor, como esperando ver a los demás, pero andaba solo. Solo me quedaba volver a atacar. Apenas salté de nuevo, el cuervo me golpeó. Logré enterrarle mis garras en la mano, pero me lanzó por los aires una vez más. Caí de pie y volvía arremeter, pero él se dio vuelta y empezó a correr. Las aves les temen a los gatos, pensé.
Pero solo me estaba alejando de la multitud. Lo seguí hasta una calle vacía, y entonces se giró. Salté para atacarlo, pero me atrapó en el aire y me arrojó al suelo. Antes de poder levantarme, puso su pie sobre mi estómago y me aplastó con todo su peso.
—Ya fue suficiente, gato maldito.
Metió una mano en un bolso, sacó un puñado de polvo y me lo arrojó. Se alejó de mí a la vez que me empezaba a picar el cuerpo y la garganta, como si me estuviera quemando… y parecía expandirse. El cuervo sonreía cruelmente. El ardor me llegó a la nariz.
Estornudé dos veces y me sacudí el polvo del cuerpo. La sensación desapareció. Había comido ajíes más fuertes. El cuervo me miró unos momentos.
—Esto es magia, ¿Cómo es que no te afecta?
Me pateó y volvió a correr. Traté de levantarme y seguirle el paso, pero mi cuerpo dolía demasiado. Decidí seguirlo por los techos, pero en cuanto pisé un estante de comida este cedió y caí el suelo. Esa no era mi noche.

Abrí los ojos y noté que todo estaba en llamas. Había caído en un puesto de alcohol, mierda. Me esforcé por levantarme hasta que una tabla en cayó sobre mi cola, y me alejé de ahí de un salto. El fuego se estaba extendiendo a los otros puestos. ¿Qué idiota había prendido fuego en un puesto de alcohol?
Ya no podía hacer mucho más que arrastrar mi cuerpo. Quería encontrarme con la chica a le que le gustaba cargarme, pero no sucedió. Tuve que volver hasta la mansión, y al final me tiré a descansar sobre un montón de ropa.
Estúpido cuervo… Mientras me acurrucaba, enterré mis garritas sobre la ropa una y otra vez.

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