domingo, 14 de septiembre de 2014

Madera & Hueso — 33 — Ítalo


La sombra no estaba llamando hoy. Y puede que la razón estuviera parada frente a mí.
Le tendí la mano a mi primo y él la tomó con gusto. Ambos sabíamos que eso era como un abrazo. Lo miré bien. No recordaba cuánto tiempo había pasado… Pero esa ciudad era mi segundo hogar. Una buena parte de mi pubertad estaba ahí, junto a Marco. Habíamos pasado por muchos errores juntos, y los podíamos recordar en nuestras sonrisas de nostalgia. Y ahora me lo encontraba vistiendo de tan buena manera.
—Lo mío es una larga historia…No tan larga como trágica —dije—. Ey, ¿y qué hay de vos?
—Supongo que podría decir que las cosas están bastante bien —rió—. No puedo quejarme. Pero quiero saber todos los detalles de tu pequeña aventura, y también más de esto. —Me señaló el ojo derecho.
Yo quería hablar de esa época mejor; cuando la luna brillaba más intensamente y los días eran más largos. Pero Marco no iba a tocar el tema; no sin alguna botella de Crystalina de por medio. La noche era joven, nuestras gargantas estaban secas y las luces seguirían encendidas por mucho tiempo.
Me hubiera gustado que Marco siguiera en su casa de aquellos tiempos, la casa de sus padres. La casa de familia donde pasé mi estadía, sin lujos y con pocas ventanas. Pero había comida caliente, servida en platos limpiados con esfuerzo. El tío sentado en su sillón, contándonos historias sobre él y mi padre. Noches oscuras en las afueras, mirando la luna cambiar de ciclo. Experimentar el amor por primera vez, tener miedo, estallar de felicidad, de inestabilidad. Vivir.
Ahora la casa de Marco era una lujosa mansión. Una chica se acercó a Marco y lo besó. Le dijo algo al oído y se fue rápidamente. Sonreí. Sería bueno relajarse y pasarla bien, aunque fuera por una noche. Hasta que vi el fuego bajo una chimenea.
Desde que la sombra había comenzado a aparecer me había empezado a gustar estar frente a una llama. Podía pasar horas mirando el fuego consumiendo las leñas… me gustaban las cosas que estaban en movimiento. Como los ojos de Aldara. Tras el impacto de encontrarme con ese cuervo me sentía como dos seres en un solo cuerpo. Era una sensación conocida. Me traía recuerdos… Lo que sentía por mi familia era como una caja fría y dura, y por eso mismo indestructible. Pero esta caja siempre se comprimía sobre mí, poco a poco. Cada pensamiento que pasaba por mi cabeza la hacía más y más chica, hasta que ni siquiera podía gritar. Ni siquiera podía escapar.
Fuimos hasta la cocina, donde tenía una pequeña barra con una envidiable colección. Había olvidado cuanto disfrutaba tomar mi primo.
—¿Sabés? —dijo, entre risas—. Casi te pregunto qué vaso querías.
—El más grande, naturalmente. —Reí a mi vez.
Marco sacó una botella de Crystalina de calidad altísima, y sirvió dos vasos hasta el tope. Mostraba mucha destreza.
—Que los dioses bendigan este trago —musité.
Marco se quedó parado del otro lado de la barra, mirándome algo extrañado. Luego sonrió y levantó su copa.
—¡Salud! ¡Hale, del Valle!
—¡Hale, del Valle! —repetí.
Chocamos nuestras copas y éstas se vaciaron rápidamente; largamos unas ruidosas carcajadas.
—Bueno… —dijo entonces, recuperándose un poco—. No tendría dudas de que venís a revivir viejos tiempos, pero viendo esa anyma en tu ojo… ¿Qué te trae por acá, primo?
—Tengo veintiuno, sí…Tengo la corona de la gloria. Podes imaginar que es lo que voy a buscar para mi prueba.
—Claro… La última piedra del Oeste. —Paró un segundo y me miró a los ojos. En realidad, solo al derecho—. Eso queda en algún lugar de la costa, ¿no? Pero solo es un mito.
—Es difícil. Todo cambió desde que volví a Veringrad. Comencé a sentir algo creciendo dentro de mí. Algo feo, que intenté ignorar, pero solo logré dejarlo crecer. Traté de ocultarlo, negarlo, pero era una parte de mí y ahora está conmigo.
Marco me escuchaba con seriedad. Tomó un sorbo de su copa.
—Mmm… ¿Y esa gente? No es típico de vos, el trabajar en equipo.
—Es que… Hay…
—Algo más. Lo sabía. —Sonrió cuando terminó la oración por mí  y se mantuvo en silencio por unos momentos; al final no podía pasar por ese pueblo solo por mi primo—. Qué poco cambiamos.
Una pulsación oscura me recorrió de pies a cabeza.
A pesar de que solo habían pasado un par de años, no me sentía como ese crío que una vez jugó con Marco. Sentía que había sido otra persona, otro Ítalo. Traté de simular una sonrisa.
Ya no éramos los mismos, pero tampoco habíamos cambiado. No quería mentirle en nada. Tal vez esa reticencia solo era el no querer pasar una noche descomprimiendo mis sentimientos, sentimientos que no entendía. Tal vez era no querer borrar la sonrisa de su cara. Tal vez eran las ganas de terminar la botella de Crystalina y olvidar la sombra, Elderan, al cuervo y a mi apellido.
Tomé el vaso y le di un buen trago.
—Esto… es algo complicado. Recibí una carta de un señor de tierras. La recibí cuando estaba por partir para Havenstad, o al menos cuando estaba planeando empezar a buscar la piedra. Mamá me estaba ayudando con los libros, las referencias, la historia y esto —señalé hacía mis marcas—. Pero la carta prometía un buen dinero, y… simplemente no podía negarme. A este viaje, junto a otros cuatro potenciales incompetentes.
—Por eso andas con ese mago de semejantes rumores —me interrumpió. Yo asentí.
—No tengo todas las cosas claras, pero buscamos cazar a una especie extraña que está despertando en el Oeste.
Y empecé a contar. Los detalles eran precisos, estaban pegados en mi mente; todo era vívido a partir del momento en que abandonamos al viejo. Mis ojos se cerraron y todo mi cuerpo se concentró en las palabras. Parecía recordar cada mirada, cada suspiro desde ese día. Cada detalle, que Marco escuchaba con atención. Sin embargo, cuando llegué al sueño de Dalia al entrar en la ciudad estaba bastante más mareado de lo que creía. También noté que la mirada de mi primo era seria, pero un tanto somnolienta.
Marco levantó la botella de Crystalina, en el ocaso de su existencia, cumpliendo con su cometido de emborracharnos con la mejor calidad. Comenzó a reírse, y vació el resto de la botella en nuestros vasos.
—¡A atrapar al cuervo! —exclamó, apuntando la botella hacía el cielo—. ¡Hale, del Valle!
Se paró, y empezó a correr afuera de la casa. Traté de seguirlo, pero mi estado no parecía ser mejor que el suyo.
Anduve tras él, corriendo a la gente gentilmente. Podía escucharlo a lo lejos, todavía gritando nuestro apellido.
Perdí su rastro entre carcajadas, y quedé perdido en la muchedumbre de gente.
Las luces daban vida al lugar, rechazando que fuera de noche y bailando al compás de la música por mi mareo. La gente también danzaba y se movía, feliz. No dejaba de pensar lo extraña que era Laertes en comparación a eso. Dos ciudades similares hechas antónimas por culpa del Oeste. Busqué una pared para apoyarme, donde esperar a que el alcohol y su hermoso efecto desaparezcan. Quería evitar que me usaran de pista de baile.
Apoyé mi espalda contra el ladrillo, y me resbalé lentamente hasta quedar sentado. Miraba hacía los brillos confundido, con todo aun bailando. El sonido se fue perdiendo en mi cabeza, la visión haciéndose cada vez más oscura. La gente se convertía en una masa, y se unían y separaban constantemente. Poco a poco la oscuridad llegaba al centro. Traté de mantener la cabeza erguida, pero mi cuello cedió y me encontré en una posición demasiada cómoda como para negarme a ella. Cerré los ojos. Un calor en mi pecho se extendió hasta mi cara, y recuerdo sonreír justo antes de dormir.




No hay comentarios :

Publicar un comentario