martes, 30 de septiembre de 2014

R.O.L. Beta — 35: Cregh

Deje a Ítalo descansando junto con el vagabundo. Había llegado a la posada cerca del amanecer, llevando al arquero en brazos; cuando entre en la habitación Aldara se encontraba cuidando a Lang. Había una cama vacía en el otro lado de la habitación, y solté al loco con una piedra en el pecho sobre ella. Salí de la habitación antes de que Aldara pudiese formular alguna pregunta; algo me decía que aquello iba terminar conmigo haciendo más favores como el que Ítalo me había pedido para acompañarlo en una aventura que había terminado con esa piedra clavándose en su cuerpo. Y es que eso era lo que había estado haciendo desde que comenzó este viaje: favores, pues al final no habría paga. Salí a la calle. Estaba totalmente vacía, excepto por un gato atravesando la calle; al inicio creí que era Malo, pero cuando mis ojos se ajustaron a la tenue luz del amanecer note que tenía manchas.
Camine calle arriba, pudiendo ver el mar iluminado a la distancia por la luz del sol. Nunca me había gustado el mar, con ese fuerte olor a sal. No tenía frio, a pesar de que el sol aun no había terminado de salir y yo llevaba una camisa de lino y unos pantalones que fácilmente podrían desgarrarse en un vestido con unos tirones. Ya podía sentir el sudor corriéndome por la frente como si el sol estuviera en su apogeo.
Seguí caminando por las calles, cada minuto más iluminadas y pobladas. En realidad no conocía nada de Havenstad, pero suponía que si seguía andando encontraría el centro de la ciudad o su límite, y si llegaba al final solo tenía que darme media vuelta y regresar por mi camino.
Supongo que tuve suerte, porque no tuve que caminar más de media hora antes de llegar a una gran plaza. Frente a mí se encontraba una torre gigante, que había visto sobresalir hacía diez calles. Parecía el templo de la ciudad, aunque podía ser una iglesia de alguna otra religión; no era poco común ver templos de otras culturas en las ciudades fronterizas. No sabía si entrar sería una buena idea. Podía conseguir información sobre la cultura a la que nos enfrentábamos, pero también podía encontrarme a los locos que nos siguen en plena ceremonia, sacrificando una cabra o quien sabe qué. Al final decidí ir al otro lado de la plaza, donde se alzaban unas tiendas y estantes que empezaban a ser llenados con mercancía. De todas maneras, lo más probable es que solo me hubiese encontrado a un par de viejos arrepintiéndose y rogando a los dioses por segundas, terceras o cuartas oportunidades.
Mientras me acercaba empecé a dudar sobre mis intenciones. Quería comprar algo, aun me quedaba algo de dinero, pero no sabía qué, y no me parecía lógico comprar solo por gastar, aunque justo por eso había decidido salir; era mi dinero y esa probablemente sería la última vez que tendría algo. Dalia ya estaba hablando del barco hacia el Oeste que teníamos que comprar. Claro, era importante para completar nuestra misión y todo eso, pero lo cierto era que Wendagon, el viejo de Veringrad, había muerto. Con él había muerto nuestra oportunidad de obtener su dinero, la recompensa, la única razón por la que había pensado en hacer ese viaje en primer lugar.
¿Y cómo estaban las cosas ahora? Partiendo hacia un continente inexplorado, donde es casi seguro que nos van matar al vernos, y eso solo si no morimos en alguna tormenta en el camino. ¿Y para qué? No era para conseguir dinero, de eso estaba seguro. Pero creía que a los demás no les interesaba la recompensa en lo más mínimo. Dalia parecía querer cumplir los deseos del viejo a toda costa, a pesar de que había sufrido una perdida familiar; Ítalo se veía más interesado en probar algo ante sí mismo, juzgando por cómo nos habíamos arriesgado solo para que pudiera robar una piedra. Aldara… Aldara era un libro cerrado. ¿Por qué se había unido a ese viaje? Nada parecía motivarla, pero ella nunca miraba atrás. El vagabundo tampoco parecía tener problemas, pero ahora estaba en el hospital, y pasaría al menos una semana antes de que pudiera caminar sin dar lastima.
¿Y qué hacia yo ahí? Ya no había recompensa, pero eso lo sabía desde hace tiempo. Tuve mis oportunidades para escapar; pero no, había seguido con el grupo; si quería irme esa era mi última oportunidad. Pero no quería hacerlo, por alguna razón. No quería ir al otro lado del mundo a morir en tierras desconocidas, pero tampoco quería abandonarlos.
Deje de pensar cuando llegue al mercado, y me encontré cara a cola con algo salido de mis pesadillas. En ese momento hubiera preferido entrar al templo y ser secuestrado por un culto antes que enfrentarme a lo que tenía frente a mí. Trate de huir, pero él ya me había visto.
—¡CREGH! Hermano, ¿¡qué haces acá!?
Cresso se acercó y antes de que pudiera devolverle el saludo me abrazo con cola y todo, sin importarle las miradas de todos los presentes que habían escuchado su grito, que eran bastantes porque la sutileza no era uno de sus fuertes. Ver a dos razas actuar así solía ser raro para la gente.
—Cresso… por favor, para.
Cuando me abrazaba, sintiendo sus brazos exprimir todo el aire de mis pulmones, su cola enredada en mi pierna compitiendo con su perfume por ver quién me dejaba inconsciente primero, de pronto el oeste no parecía tan mala idea.
—¿Qué haces acá? –Empezó a hablar—. Solo hay dos razones para venir a Havenstad: Largarse o manejar mercancía, y como yo soy el que esta acá tratando de expandir el negocio…
—Cresso…
—Oh, como sea, ¿a dónde vas? No me digas que por fin vas a cumplir tu sueño de ir a Dirgrain a ver las danzas desnudistas de las…
—CRESSO…
—Una buena casa en el oeste, sí, ese es mi sueño, debe haber alguna ciudad allá, seguro, tendría una librería gigante, estaría lejos de cualquier taberna de poca clase, tal vez habría un local especializado. Nada de cerveza, solo lo mejor del continente. No, del mundo; y podría comprar…
Y así paso la mañana, cobrando venganza porque nuestro último encuentro había sido mi turno de hablar. Cresso me conto todo lo que había estado haciendo; al parecer una chica lo había cambiado por otro tipo y había ido a darle una golpiza, pero cuando llegaron los amigos de ese tipo Cresso termino con un par de costillas rotas y en reposo por semana. También menciono un ascenso, o un nuevo trabajo; era difícil prestarle atención a la conversación cuando Cresso cambiaba de tema tan rápido como olas chocaban en el puerto. Ahora nos encontrábamos en el puesto, porque Cresso había decidido ir a comer mientras contaba su historia. Ahora hablaba de cómo casi se había llevado a la cama a una chica humana, pero su novio los encontró en la entrada del local y de nuevo estuvo con costillas rotas.
—Pero ya basta de mí –Dijo al fin—. ¿Te encontraste alguna chica? Vos siempre eras el que no regresaba a casa cuando salíamos juntos…
—Cresso, ¿qué llevás ahí?
Mientras me conto sobre su viaje por un rio cuyo nombre no podía recordar, en el que termino viendo morir a un hombre a manos de un pez gigante, aunque quizá él lo había empujado, había notado la bolsa de cuero. La llevaba en su cinturón y era sencilla, muy sencilla; de hecho, contrastaba con su fina camisa morada, su chaleco verde y sus guantes blancos extravagantes. Contrastaba con Cresso, básicamente… Por los dioses, por qué llevaba esos guantes.
—Oh, cierto –Dijo tomando la bolsa—. Estaba por dártela, pero supongo que me distrajiste. Mira, se me había olvidado la última vez que nos vimos.
Abrió el nudo, y sobre la mesa dejo caer una especie de collar o cadena plateado. Se unía a un amuleto de un rojo oscuro metálico, con forma de rombo y un cristal en su centro que reflejaba la luz del sol en mi cara. Lo tome para apreciarlo mejor y note que detrás del cristal había una especie de dibujo; parecía una persona en túnica, concentrándose. El metal estaba trabajado; los bordes del rombo tenían detalles con la apariencia de flamas. Había más cosas, pero Cresso continuo hablando, como de costumbre.
—Me llego con el mismo mensajero que me dio aquel paquete para vos. La emoción que tuve al ver que recibía una segunda bolsa solo fue solo superada por mi decepción al ver que era para vos.
—¿Cuánto tiempo llevas guardando esa frase?
—Medio mes. En fin, venía con esta carta.
Cresso metió sus manos en su bolso y después de unos segundos saco una carta doblada y arrugada.
—La carta dice que el amuleto es de parte de Wendagon y que espera que sepas usarlo.
—Venia sellada, ¿no?
—Sí –Y continuo contando sus historias sin una gota de vergüenza por haber revisado mis cosas. Termino su viaje por el rio; al parecer se habían chocado con una roca en medio del agua, y una mujer mitad pez rescato a los diecisiete miembros de la tripulación. Obviamente Cresso no necesitaba ayudar para acomodar al bote, pero según él se dejó manosear por la mujer pez de todas maneras.
Llegue a la posada poco antes de que oscureciera. Cresso iba a irse la semana siguiente, y me dijo que estaría listo para encontrarnos mañana… Al entrar a la casa, una parte de mi deseaba escuchar a Dalia gritando "¡Salimos esta noche!".

Pero no lo escuche. De hecho, no vi a nadie en el local, ni siquiera a la dueña. Entre a mi habitación y me puse a inspeccionar el amuleto. Ese viejo lograba convencernos incluso después de muerto… Incluso si el amuleto era inútil, al menos me vería bonito.

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