martes, 30 de septiembre de 2014

Madera & Hueso — 35 — Dalia


Era el festival de Craster en toda su plenitud. Aldara y yo empezamos a andar por ahí, entre inquietas y embriagadas por la emoción. Había muchos bichos, que recortados en la oscuridad parecían pesadillas grotescas y coloridas; todo era exótico. A pesar de todo, los humanos eran la mayoría, y la calle tenía suficiente espacio como para estar cómoda. Con todo, nunca había dejado mis cosas; mi arma. Solo como precaución.
Cregh se había ido por su cuenta bastante pronto, luego de que nos despidiéramos de Ítalo y su primo.
Marco parecía buen tipo; un poco frenético, es solo que estaba más acostumbrado a la vida de la ciudad. Tomar y salir debían ser cosas comunes para él. Me pareció un amigo extraño para el callado de Ítalo, y reí mientras me los imaginé creciendo juntos.
Todos estaban tomando mucho, con las bebidas gratuitas que repartían en medio de las danzas por la calle y las luces flotantes. Pensé que no estaría mal. Apenas tenía chances así en casa…
Y no quiero dormir, pensé en mi tercer vaso. No pienso dormir, no quiero volver a dormir. Y, ¡Dalia! Escucho que me están llamando. ¿A dónde había ido Aldara? Nos habíamos separado de Lang después de que nos consiguiera cervezas a los tres, para llenarnos el paladar de “bebidas para humano”, como las llamo él, en vez de eso que había agarrado Cregh… Pero, ¿quién me llamaba? No había digerido bien el alcohol.
Me chasqueé la cara, forzándome a entrar en razón. Si todos nos emborrachábamos el huginn podría estar en cualquier lugar. Esa oración no tiene sentido, pensé levemente molesta. Entonces Marco me puso una mano en el hombro.
—Eh, ¡Dalia! —me saludó.
—Ah, ¿Í-Ítalo nos presentó? —Marco asintió varias veces—. Dioses, ¿te contó cosas? —Esto lo hizo reír.
—Sí, ¿eso es un problema?
—No… ¿perdón? Solo estoy pensando en voz alta.
—Está bien. Vamos. Estamos entrando en la madrugada y el festival acaba de empezar.
Marco me tomaba de los hombros, apurando nuestro paso por entre las calles de paredones altos. Donde sea que estuviéramos podía oírse música, como un remolino en el que todo se mezclaba. Pero entonces me zafé de sus manos, y me di vuelta con firmeza.
—¡Bueno… esperá! Estamos en la ciudad por una razón, no para ir dando vueltas.
—Sí, sí… Para viajar al puerto, ¿no? —dudé, insegura de si debía confirmar eso—. No pasa nada. Y quieren matar a un bicho, ¿correcto?
—Matar a un huginn —mascullé. ¿Qué tan borracho estaba Marco? Y se me escapo—: ¿Estas borracho?
Marco soltó una carcajada.
—Vos también lo estas. Vamos, vamos, ¿dónde está la otra chica que venía con ustedes…?
Ya estaba arrastrándome de nuevo. Tanto correteó me estaba acalorando, pero él se veía bastante bien, para las ropas que llevaba. Buenas prendas. Intenté no separar mi mente del huginn, de centrarme en mi espada y lo que significaba…Recordé las palabras de Ítalo. “Si no confías en vos misma, al menos confía en tu espada.” En lo que significaba. Era una responsabilidad hacía mí, una responsabilidad hacía mis padres.
Pero mi cabeza continúo interrumpiéndose, alzando argumentos. ¿Realmente pensaba poder encontrar a un cuervo a esas horas, con toda esa gente? ¿O solo trataba de convencerme de que no quería divertirme?
—Por favor, Marco, vos tenes una buena posición acá, ¿no? ¿No escuchaste nada de un recién llegado extraño, o…?
—¡¿Qué?! —me gritó, pasando de estar atrás mío a correr adelante. A la distancia podía verse a Aldara—. ¡Pero si no para de llegar gente extraña! ¡Es el festival! —Su voz comenzaba a perderse, entre risas.
Sentí que me faltaba el aire. Me arrimé a Aldara, y de pronto los tres empezamos a andar. Ella nos contó como acababa de ver a Malo…
—¿Quién es Malo? —preguntó Marco—. ¿Eh? Por cierto, van a ayudar a Ítalo con su pasaje, ¿no?
—¿Qué cosa? —dijo Aldara, mientras Marco nos acercaba dos copas.
Recorrimos varios negocios, y presenciamos varías demostraciones públicas. En un momento acabamos en el medio de una calle, con lo que parecían cocodrilos gigantes bailando alrededor. Recuerdos de la enciclopedia de mi mamá aparecían en mi mente a la vez que todo saltaba a mí alrededor. Entonces me giré a Aldara, y la encontré haciendo mover un hilo de agua de una de sus alforjas… Levantándola hasta dejarla flotando entre sus manos, lentamente. Creía oír aplausos. Entonces el alcohol pareció hacerle efecto a Aldara, que se sacudió por un instante, y el hilo de agua explotó en todas direcciones. Más bien, por sobre toda mi ropa. Ella parecía sorprendida, como tonta, y se me quedo mirando un rato al borde de la risa. Le pidió a Marco que nos disculpara un momento, y me llevó al lado de la calle.
Necesitaba silencio. Había tanta gente que nadie te veía, pero no era suficiente. Quería correr hasta salir del pueblo, hasta volver a casa. Aldara, sin embargo, solo me hizo sentarme en un banco ahí mismo.
—Disculpa por lo de tu ropa —habló.
La miré en silencio. El agua me daba frio, pero estaba muy cansada como para temblar.     
—Eh… te llegó el alcohol, ¿eh? —balbuceé. Aldara sonrió.
—Sí, supongo…—dijo, y rompí a llorar.
Lloraba sin ruido, pero sin atinar a parar. Lloraba por los ojos y la nariz, como una nena. Sin darme cuenta me revolvía el pelo, como solía hacer cuando estaba confundida; todo como una nena.
—Dalia, ¿qué pasa? —Aldara estaba preocupada. Tenía una mano en mi espalda.
Entonces llegué a calmarme un poco. Había quitado mi espada de mi cinturón, y repasaba sus bordes negros con mi mano izquierda. Sin embargo, no parecía hacerme sentir mejor; no esta vez.
—¿Cómo puedo divertirme cuando papá ni siquiera puede levantarse de la cama? —dije, con los ojos cerrados.
—Em… —Aldara hizo silencio por unos momentos. Quizá no sabía cómo responder—. Vamos… vamos. Vos tenés derecho.
Sí. Ya me había calmado un poco. Pero ¿qué era eso? Las lágrimas caían. La verdad era la verdad. Mis sueños también decían verdades. Entonces no quería dormir. Quería estar lejos de la verdad… Incluso a pesar de que todo eso me había dejado la cabeza pesada. Hubiera podido dormirme en ese mismo banco.
Aldara me veía intentando mantener la cabeza levantada.
—¿A quién le pegó el alcohol ahora?
Sonreí. Me saqué el antifaz, que hacía que las lágrimas picasen.
—Solo son las emociones del día —dijo Aldara—. Vamos, lo más sensato sería ir a dormir.
—Um… no… Creo que yo estoy bien. Quiero seguir durante el resto de la fiesta.
Aldara suspiró.
—¿Por qué…? Mirá como estas.
—Así es mejor. Para olvidarme de todo.
Y ella no respondió nada.

Nos reunimos con Marco, que no hizo preguntas. Estaba incluso más borracho que antes, pero a nosotras nos pareció bien. Nos llevó por la ciudad, pensando en mostrarnos todos los edificios grandes donde se celebraban espectáculos elaborados. Pero no teníamos tanta energía, y le pedimos que eligiera un lugar para quedarse a ver.
En el camino nos encontramos con Lang:
—¿Cómo les va? —saludó.
—¿Aun despierto? —preguntó Aldara.
—Sí… bueno, estaba por volver a la casa de ese Marco… Ah, está por allá. —Lang saludó con la mano al primo de Ítalo, y siguió hablando—. Además, creo que Cregh andaba borracho por la casa. Tendría que ir a revisar; juro que le hago pagar todo con su ocato si llega a quemar algo. Entonces, ¿va todo bien?
—No se… la verdad. —dije.
—Sí, ¿no? Este festival es tan grande… —Lang se rascó la oreja, detrás un antifaz de zorro—. Comparado a lo que era Laertes… Cuando la temperatura cambia tan bruscamente de frio a cálido uno tiende a resfriarse, ¿entienden lo que quiero decir?
—Em… Un poco—dijo Aldara. Lang rió.
—Bueno, mejor voy yendo.
Lo saludamos con las manos hasta que desapareció de nuestra vista. Si hubiéramos sabido que íbamos a necesitar su ayuda pronto…

Marco terminó de guiarnos hasta el espectáculo, donde nos quedamos sentados los tres. Observamos la danza y la música, al parecer solo de humanos, y así pasaron las horas. Pasaron hasta al amanecer.
Entonces sucedió la tragedia. Por supuesto. Porque la llevábamos a donde fuera que nosotros íbamos; la traíamos con nosotros.


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