martes, 28 de octubre de 2014

Madera & Hueso — 36 — Ítalo


Sentí los primeros rayos del sol sobre mí. Por un momento no entendí nada, ¿por qué estaba en la calle? Mi cabeza daba vueltas, vueltas que trataban de decirme algo. Moría por un vaso de agua. Me incorporé, sintiendo dolor en lugares olvidados. La Crystalina debía seguir en mi cuerpo, y probablemente faltaba un buen rato para que dejara de ser así. Realmente es una bebida divina, pensé. Otras personas acompañadas por el alcohol descansaban en las calles, con algunos pocos despertándose.
Caminé hacía donde creía que estaba la casa de Marco, con la cabeza perdida en algún lugar. Pequeños recuerdos venían a mí, atacando mi debilitada razón. Despacio, muy despacio comencé a atar los hechos de la noche pasada. Esta mañana me había despertado intranquilo. Algo había pasado… algo. Y no era bueno, definitivamente no. Los pensamientos y recuerdos se volvieron cada vez más turbios, cada segundo que pasaba era más y más difícil concentrarme. Apenas tenía recuerdos claros, por lo que solo era un augurio; una corazonada oscura.
Una leve brisa trajo todas las respuestas. Era un hedor inconfundible, unos sonidos que no encajaban. Cosas que rompían con la paz común de Craster. Aceleré mi paso torpe, recuperando mi equilibrio de a poco y corriendo en cuanto mi cuerpo lo permitió. Los sonidos y el hedor se hacían más intensos, pero no podía encontrar su origen. Las calles de la ciudad se dividían y dividían en más calles. Elegí seguir por el camino de la izquierda, que era el que tenía más sombra. Pude agudizar el oído lo suficiente para descifrar de qué se trataban los sonidos: revólveres. ¿Acaso sería Lang? Traté de correr más rápido, pero mi cuerpo no soportó un esfuerzo así en mi estado. Paré unos segundos a regañadientes, y se tornaron eternos. No podía permitirme descansar. La sangre se olía en el aire, igual que en Laertes.
No pudimos buscar al cuervo; él nos había encontrado. Seguí corriendo en línea recta, siguiendo a mis sentidos.
El revólver sonó de nuevo. Era uno solo… Y parecía el calibre que solía usar mi hermano. A pesar de la distancia podía reconocer esa munición. Sonaba mucho más seca, mucho más letal que un disparo normal. Vi gente corriendo de la calle de la izquierda. Descubrí rastros de sangre en el piso, pequeña pero clara. Había gente agachada por la vereda, sin dejarme distinguir quien se encontraba peor que borracho. Los ruidos provenían de la próxima curva a la derecha.
Entonces pude confirmar el primer cadáver. Un hombre en la calle, con el estómago lleno de sangre. El segundo cuerpo era una mujer; tenía un largo vestido salpicado de rojo. El tercer cuerpo era de mi primo.
Me acerqué con una exclamación.
—¡Marco! ¡Marco! —grité mientras lo sacudía. El idiota estaba sonriendo.
—¡Íiiitalo! Tu amiga es muy bonita…—Tenía sus prendas empapadas en sangre, pero no sé quejaba. Dejé de moverlo, con un escalofrió.
—¿D-Dalia?
—Nooo, no. La otra… La que se llevaron. —Los ojos de tormenta.
—¿Qué…? Ey, Marco, ¿Aldara fue secuestrada?
—Si… —Sonrió estúpidamente—. Escuchá… Estuve tan cerca de atrapar al cuervo que merezco una siesta, ¿no?
Dejé a Marco donde estaba, sacudido. No podía decime más; parecía borracho. Por suerte no había dejado mis cosas en la vorágine de la noche. Tomé mi arco y lentamente saqué una flecha. La bebida no iba a dejarme acertar; debía acercarme. Rodeé el lugar donde estimaba que se encontraba el cuervo. Era una pelea intensa; los sonidos venían todo el tiempo desde diferentes lugares. Encontré un pequeño callejón ideal para atacar a lo que sea que estuviera allá afuera.
Me asomé, y pude ver a Aldara tirada a unos metros. Dalia se encontraba envuelta en un manto de sangre brillante, peleando contra el cuervo. O lo que parecía serlo. Se movía muy frenéticamente, pero reconocí que esa nube solo era una túnica tan negra como las plumas del maldito bicho. Entonces vi que llevaba un revólver en la mano izquierda. No era el cuervo. ¿Un humano disparando contra Dalia?
Me arrodillé para tener precisión, y tensé. Ataqué por la espalda, como un traidor, y la flecha atravesó su hombro izquierdo. Dejé el arco tirado mientras corrí hacía el enemigo, y me encontré sobre él en unos pocos pasos.
—¡Dalia! ¡Ahora!
Lo tomé por los brazos, tirándolos hacia arriba para dejar su pecho al descubierto. Noté otra pistola en su funda. Dalia no había llegado a verme, pero entendió a la perfección lo que debía hacer. Se acercó, veloz, y enterró su espada en el estómago del enemigo. Se exhaló un grito de dolor, un grito demasiado humano.
Se retorcía, y trataba de zafarse, pero no se lo iba a permitir. No iban a escapar otra vez. Dalia tomó su espada con ambas manos, girándola con un odio tremendo. Entonces la sacó. La miró unos segundos, la aferró con su mano hábil y la levantó en el aire, apuntando al cuello.
Sentí un golpe frío en mi cabeza, y mi cuerpo dejó de sentir. Una persona estuvo entre nosotros de repente y detuvo el brazo de Dalia, y ella se elevó por los aires, disparada lejos. El hombre de las pistolas habló, pero no podía escuchar nada. Frente a mí estaba la otra persona, una figura imponente con un yelmo oscuro que cubría todo su rostro.
Le dio algo al pistolero, un anillo, y desapareció como había llegado; como si nunca hubiera estado ahí. El de las pistolas uso una mano para tratar de parar su sangrado, y jugó con el anillo con la otra. Como en Laertes, se lo puso en el dedo y desapareció. Mi visión se volvió a tornar negra, y volví al mundo de los sueños.


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