martes, 11 de noviembre de 2014

Madera & Hueso — 38 — Heir


Había podido alcanzar Laertes luego de tres días de marcha. Las celebraciones en Craster ya debían haber comenzado: apenas faltaban días para el comienzo de la primavera. Y tuve otro encuentro.
Ese día supe que las escrituras eran ciertas. Al principio dudaba, no sabía si llenarme de esperanzas iba a hacerme caer en la decepción. Lo que ese hechicero había dicho era bueno, pero, ¿realmente éramos nosotros los que traeríamos el bien a nuestras tierras? ¿Cómo podíamos saber que las escrituras hablaban de nosotros? Era una gran responsabilidad. Tanto que casi no podía lidiar con ello en mi cabeza. Scelus, pensé, mientras recorría los caminos. Al final abandoné Veringrad. Luego de tantos años, un cuervo la abandona. Supongo que en este punto ya no importa si el hechicero está loco o no.
Bajé la mirada a mis garras. Había asesinado a ese señor de tierras. Murmuré. No había sido como los humanos que me encargaba la policía. Los otros señores de tierra seguro se molestarían; quizá alguno daría testimonio de haberme visto por el distrito, y la policía terminaría inspeccionando mi casa. Todavía tenía el cuerpo de Bernard Rhodes ahí. Quizá alegarían nunca haber tenido conexiones conmigo, y que no tenían idea de los cuerpos que yo guardaba. Horrorizados, hablarían acerca de la locura de los huginn; que los habían aceptado en la capital pero en el fondo nunca habían cambiado; por los Dioses siempre habían estado haciendo estas fechorías bajo sus narices. Dioses. Quizá Sil y Dip, o mis otros hermanos en la ciudad, recibirían represalias. Quizá les había hecho las cosas más difíciles a todos.
Escupí, murmurando. Estaba bien. Todos íbamos a tener que aprender a defendernos. No me arrepentía de mi crimen, pues no era un crimen. Era una declaración. Todo el Oeste iba levantarse, immo.
Suspiré. Motivarse no estaba mal. Si realmente estábamos por comenzar una revolución necesitaba ese tipo de cosas para perder los nervios…
Detuve mis pensamientos ahí mismo. Más adelante me aguardaba alguien.
Aclaré mi mente y me puse en guardia. Me agazapé, desenfundando mi daga. Agudicé la vista. No lograba discernir a la persona… era como una sombra más entre todas las sombras de los árboles. Llamaba mucho la atención al viajar, así que lo hacía distanciado de los caminos. Murmuré; si era negro podía tratarse del hechicero. Oculté mi daga y avancé cautelosamente, preparado para un aliado o para un enemigo.
La respuesta… no fue nada de lo que esperaba. Sus plumas negras, expuestas al aire, brillaban con la luz del sol. Su postura era relajada. Nada en él reflejaba hostilidad…Me había encontrado con un aliado, pero no había esperado que fuera un cuervo.
Durante un momento solo estuve parado ahí, inseguro de cómo actuar.
—Cielos. —El otro huginn se llevó una mano a la frente—. Parece que causo esta reacción en todo el mundo, sabés.
Me tome mi tiempo para pensar una respuesta.
—¿Tenés un anillo…? —dije al fin.
—¿Oh? —Mi hermano, de gran estatura y con varias vendas, rebuscó algo entre las bolsas que llevaba atadas a la cintura—. Sí —rumió—… acá. —Entonces tomó un anillo y lo levantó hacía mí, mostrándolo.
Se tiró al pasto, sentándose sin finura y bostezando.
—Qué calor. Mierda. Qué cansancio. Ese Caballero me dio en la pata. —dijo, y vi que algo en su pata sangraba. Pero no bajé mi guardia.
—¿Estás diciendo que venís de encontrarte con los otros cinco? —Recordé algo que había dicho el Hechicero: “Krieg Waltz va a encontrárselos”—. ¿Acaso sos Waltz?
—Pues claro, ¿sabés? —graznó—. Hacé algo de silencio. Este pobre pie…
El cuervo se tanteó la pata durante unos minutos en los que solo se escuchó a los pájaros. Empezó a rociar algún tipo de polvo sobre la herida.
—Y vos, ¡Eh! Vos todavía no me mostraste ningún anillo todavía. Sabes, yo no tengo que ser el único que tiene que mostrar —dijo de pronto.
—Eh…
Eso podía ser un problema. El Hechicero me había prometido un anillo si no los traicionaba; una muestra de que estábamos del mismo lado. Había sido lógico exigir que Waltz mostrara uno; era una buena forma de confirmar su bando. Pero yo no había ganado el derecho a un anillo.
—Eh… El Hechicero debió decirte que me recibieras acá, ¿no? —dije—. Él planeó este encuentro.
Krieg asintió, con los ojos cerrados.  
—Immo. Él es bueno para estas cosas. Los que piensan bien son buena gente, sabés.
—Entonces deberías saber que todavía no tengo anillo.
—Immo. Tenes razón.
Gruñí ante sus respuestas cortas. Krieg no parecía querer iniciar ningún tipo de conversación
—Eh, ¿dónde está el Hechicero? —dije.
—Con el Pistolero. Justo fuimos a reclutarlo, a ese. Él tuvo su propia prueba de iniciación, como vos. Aunque no logró llevarse a la chica, mostró su lealtad al recibir una espada por la causa. Que es lo menos que debería hacer un sucio humano. En fin…hicimos mucho ruido, y recibí un corte en la pata.
—¿Entonces los cinco te hicieron todas esas cosas? —Señalé a las vendas que tenía por toda la boca, y quebraban su tono de voz.
—Sílo de la boca fue su puto mago, su Hechicero. 
—Supongo que son un peligro a considerar.
Nah. No tienen capacidad. Pero el Testamento dice que van a ganarla algún día.
—El Testamento… —murmuré, mientras me sentaba en el pasto frente a él—. ¿En serio estamos siguiendo el Testamento?
—Claro; cuenta la verdad del mundo. La realidad siempre cambia y los sentidos pueden ser engañosos, pero el Testamento es inmutable. Solo dice la verdad.
—Pero las promesas… Solo son algo que se dice por ahí. Es muy vago como para basarnos en ello…
—No nos basamos en lo que se dice. Oí: nosotros tenemos las escrituras.
Me quedé sin aliento. Por un momento no pude responder nada.
—¿Lo decís en serio? ¿Las escrituras enteras; todo el Testamento?
—Immo —fue toda la respuesta de Krieg, y no creyó necesario agregar nada más.
—Bien… ¿Podría… Podría mirarlo?
—¿Sos el Caballero… no es así?
Asentí. Le dije mi nombre.
—Heir —repitió—. Hermano, escuchá bien: el testamento se encuentra en casa. En nuestra verdadera casa… en el Oeste.
—Por favor; dame mi anillo. Quiero ir ahí. Quiero ver nuestras verdaderas tierras.
—Nunca te olvides de esto: Ahora mismo estamos en nuestras verdaderas tierras. Los hombres nos las quitaron, pero estos suelos van a ser por siempre nuestros, sabes. Hasta que los recuperemos. Estas tierras son el Oeste, sabes, en sí mismas.
—Sí.
—No necesitas el anillo. Yo estoy seguro de que sos el Caballero; no tenés que confirmarlo. Sabés, tu viaje sigue por estos caminos. El Oeste está en esa dirección, para vos. El Oeste es el destino.
—No… No sé si entiendo.         
—Por ahora no lo necesitás al anillo. Solo seguí avanzando, ¿sí? Seguí hasta Valle Hondo y más allá. Hasta Havenstad. Va a ser tu peregrinaje.
Tanteé vagamente sus plumas. Más fuertes, más viejas que las mías. Las plumas de alguien que no necesitaba ocultarse para andar por el mundo.
—¿Estás escuchando? —dijo.
—Sí —dije—. Entiendo claro.
—Partí, entonces.
—¿Solo falta que reclutemos a nuestra Nereida?
—Immo —gruñó.
—Muy bien. —Me puse de pie. Supuse que por fin estaba en el camino correcto en mi vida. Yendo en alguna dirección, más allá de buscar sangre día tras día—. Bien.


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