martes, 11 de noviembre de 2014

Madera & Hueso — 39 — Li


Cuando desperté, no recordaba muchas cosas. ¿Dónde estaba? Oía gente, olía alcohol. Por favor, pensé, ya nada más de alcohol. Esta es la última vez que bebo. Hice memoria. ¿Cuánto había bebido?
Una taza.
Puta madre.
Miré adelante… un charco con agua. Se reflejaba el sol en él… Tanta sed. ¿Debía beber de ahí?
No, no lo hagas.
Me arrastré hasta el charco y saqué la lengua. Pronto escupí. Orina.
Me giré y quedé tendido de espaldas, sufriendo mi desgracia. Más gente pasaba, más gente hablaba. Ninguno cerca de mí…pero la cabeza me palpitaba al ritmo de los pasos.
Apoyé mis brazos flojos para levantarme, y con ayuda de mis pies aún más flojos lo logré. Estuve erguido por un momento, pero pronto el suelo se giró y mi cara lo recibió con toda su fuerza.
Con más dolor y más nauseas que hace un momento, volví a levantarme poco a poco contra la muralla. Estaba cansado, sentía ganas de vomitar, pero no tenía nada en el estómago.
Me acerqué a la calle, mirando hacia el suelo. El brillo del amanecer me estaba partiendo la cabeza. Veía formas indefinidas, gente yendo de un lado a otro. Los puestos del carnaval estaban desarmados; las decoraciones en el suelo. Y nadie celebraba. ¿Por qué nadie celebraba? ¿Y por qué tantos guardias? ¿Acaso…había pasado algo?
Esta posibilidad fue suficiente para despertarme. El cuervo. ¿Dónde estaban los demás? Debía buscarlos. Debía salir de mi pozo de borrachera y vergüenza. Di un paso con mi pie firme, y levanté el otro con esfuerzo. Ahora estaba de cara al suelo de nuevo.
Empecé a escuchar una voz…
Debía levantarme como fuera y buscar a los demás. No había tiempo que perder. Apoye las manos en el suelo y lo intente de nuevo.
La voz se acercaba…
Mi padre siempre decía que la voluntad hacía ocurrir las cosas. La voluntad movía al universo.
La voz no se callaba…
Carajo, ¿quién me llamaba? ¡Quería silencio!                        
—¡LANG! —gritó Dalia, frente a mi oído—. ¿Lang? Arriba, ¿estás bien?
Traté de taparme los oídos para que dejaran de pitar, pero Dalia empezó a tirarme del brazo. Me volví a caer.
—¿Me escuchás, Lang…?
“Sí”, intenté decir, llevándome la mano a la cabeza.
—Lang, respondeme.
“Que sí, te dije...”, balbuceaba en susurros, y Dalia no me escuchaba. Se me acercó al oído.
—¡¿Me entendes, Lang?! —exclamó una vez más. Eso ya era una tortura.
—¡Dejá de romper las bolas! —solté. Dalia se alejó sorprendida, pero empezó a tirarme del brazo.
—¡El huginn nos atacó, Lang! Y Marco está herido. Hay que ir a la mansión y encontrar a Cregh, rápido.
Algo había ocurrido, efectivamente. Con ayuda de Dalia logré levantarme de verdad. Me apoyé en su hombro para no perder el equilibrio, y cuando levanté la cabeza vi a Ítalo y a Aldara. Estaban sujetando a Marco, que parecía abatido. Todos se veían muy mal, pero Marco y Aldara estaban cubiertos de sangre. ¿Qué demonios había pasado?
—Quedaté acá —dijo Dalia, dejándome apoyado contra la pared. Fue a cambiar de lugar con Aldara; Marco no debía ser muy liviano…Aldara se acercó a mí lentamente, pero antes de que llegara me impulsé contra la pared y avancé para recibirla con un gran abrazo. La chica se quedó paralizada.
—Eh... ¿Lang? —murmuró, riendo nerviosamente. Pronto logré alcanzar una de sus alforjas—. Ey…
Empecé a beber desesperadamente hasta acabarme toda el agua, y luego la solté, volviendo a apoyarme en la pared.
—Gracias —dije, mientras me secaba la boca con la manga. Aldara no comento nada más.
—¿Que te paso, Lang? ¿Tomaste mucho? —preguntó Dalia. Recordé que solo había sido una taza, una taza…
—Tres botellas… —Mi boca habló por sí sola.
—Bueno, no importa. Ya vámonos —dijo Ítalo, que seguía cargando a su primo. Rechacé la ayuda de Aldara, y empecé a caminar apoyado en la pared. Al menos después de un rato ya podía cruzar la calle sin sentir que me balanceaba sobre una cuerda.

Podía jurar que la mansión de Marco había estado más cerca la noche anterior. En el camino nos detuvimos a descansar un par de veces y en más de una ocasión caí de nuevo al suelo, pero ya podía ponerme de pie solo. En la entrada nos encontramos a Malo. El gato caminaba con soberbia y una clara sonrisa burlesca; estaba riéndose de mi desgracia.
—¿Y vos dónde estabas? —le pregunté. Malo se sentó en el suelo, ignorándome, y trató de rascarse la oreja, pero algo lo detuvo—. ¿Qué te paso? ¿Estas herido? —Me agaché para verlo mejor, pero retrocedió gruñendo. Noté que tenía la cola quemada—. Malo, ¿Viste al cuervo?
El felino se levantó y se fue. Debía haberlo visto; no era fácil herir a Malo. Mientras tanto, los demás habían entrado a Marco. Me levanté rápido y...
Mierda... Me estaba…Mareando.

En la mansión había gente andando de un lado a otro, trayendo agua y demases mientras Marco yacía tendido en un sillón. En mi propia confusión no había reparado en que no podía usar sus piernas. Los demás, incluida la ama de llaves, estaban a su lado. En unos minutos entraron dos personas más. Uno era de escaso pelo blanco, barba larga y bien vestido, y el otro un hombre más joven que cargaba un bolso grande. Se acercaron a Marco. Dalia quiso decir algo, pero el viejo la calló.
—Ya conozco la situación. Javier, encárgate de la damisela.
El médico asistente camino hacia Aldara, y el doctor atendió a Marco en unos minutos. Uso varias hierbas, y en más de una ocasión sus manos parecieron brillar al aplicarlas. Aunque no curó sus heridas, Marco pareció aliviado. ¿Era magia como la que Cregh había usado conmigo?
—Los huesos de sus pies se quebraron. Me temo que no va a poder caminar durante algún tiempo —dijo el doctor al fin, mirando a la ama de llaves—. Voy a tener que darle un tratamiento regular antes de que podamos contemplar ningún avance, y voy a prescribirle una dieta para que recupere el humor sanguíneo.
Sacó lápiz y papel del bolso, y empezó a escribir. El otro hombre trató a Aldara de forma similar, aunque le tomo algo más de tiempo.
—Voy a entregarle la receta a la cocinera y llamar a alguien para que lo lleve a su habitación, señor Marco —dijo la ama de llaves. Este hizo un movimiento con la mano.
—Está bien, Estela. Quiero estar acá un poco más.
La ama de llaves hizo un gesto y salió, junto con el resto. Durante unos momentos, los cinco estuvimos sin decir ni una palabra.
—Malo estuvo con el cuervo en el incendio —solté, sin saber que más decir. Pero el resto solo se miró entre ellos, confundidos—. Eh… Si Malo estuvo con él, entonces quizás podamos seguirlo.
—Esperá, ¿qué incendio? —preguntó Ítalo.
—El que provoco el cuervo —dije.
—No hubo ningún incendio. Solo nos atacó el huginn y otro tipo.
—¿Qué? Pero si yo lo recuerdo. Alguien quemó algo…
—¿Saben dónde está su amigo Cregh? —dijo Marco. Todo cobra sentido…
—¿Que sucedió exactamente? —pregunté—. ¿Vinieron dos cuervos?
—No —Dalia sacudió la cabeza, seria—. Era el mismo de antes junto a un hombre, un humano. Llevaba dos pistolas, y tenía…
—¿Una capucha que le cubría la cara…? —me adelanté. Aldara levantó la vista e Ítalo me miró seriamente. Lo recordaba. Sí. Recordaba alguien como él anoche…
—¿¡Lo conoces?! ¿Sabés quién es? —dijo Dalia, chillando de nuevo. Santa puta, mi cabeza…
Pero los recuerdos estaban volviendo. Recordé todo lo que había pasado la noche anterior.

◘◘◘◘◘

—Sí, vi a ese pistolero anoche. Hicimos una apuesta y me ganó. Parecía buena persona… —dije, luego de que mis recuerdos vinieran a mí.
—Un humano que está ayudando a los del oeste... Debe estar bastante desilusionado con los humanos —dijo Marco, riendo. Estaba mucho mejor.
—¿Te dijo su nombre? —preguntó Ítalo, intrigado. Iba a negar con la cabeza, pero solo la idea de moverla me dolió. Ese médico me podía haber atendido a mí también.
—No. Habló lo menos posible. Pero, como dije, no me dio la impresión de ser un asesino…—Aunque sí había disparado con una precisión mortal—. ¿Les paso algo más en su encuentro?
—Lo… Lo atravesé con la espada—dijo Dalia—. Estuve a punto de matarlo, pero…alguien, algo apareció y lo hizo desaparecer. Así como el huginn desapareció en Laertes. No pude ver qué era.
—Ya veo… —murmuré—. Deberíamos mantenernos unidos de ahora en adelante, siempre preparados. Así como estamos no tenemos posibilidad de hacerles frente. Y mucho menos si cada vez son más. —Me pausé por un momento, pensando que hacer—. Bueno, como dije… creo que Malo estuvo con el cuervo. Si es así, podemos seguirlos.
—¿Cómo? ¿Seguirlos con Malo? —preguntó Dalia.
—Ese gato es un muy buen rastreador. ¿Sabés lo difícil que es encontrar a una persona en las grandes ciudades? Él es la razón por la que ser cazarrecompensas me es un trabajo viable.
—No sé… Si se fueron con un hechizo podrían estar en cualquier parte —dijo Dalia. Pensé un poco.
—Pienso que deberíamos buscar a Cregh y… ¿descansar por hoy? O quizá seguir camino.
Marco levantó un poco la cabeza para mirar al otro extremo de la sala.
—Ya me adelanté —dijo—. Allá esta Cregh. —Y señaló una figura que cruzaba la sala con sigilo.
Lo que vimos entonces, al girarnos hacía él, no iba a borrarse de nuestras mentes con facilidad. Ese vestido florido era demasiado corto…


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