viernes, 5 de diciembre de 2014

Madera & Hueso — 40 — Ítalo

Algo no iba bien… No quise pensar demasiado en eso, pero no podía evitar a ese suave eco que se tornaba cada vez más violento.
Dioses, volví a pensar, algo no andaba bien.
Mientras todos hablaban, me senté en el suelo, con el rostro clavado hacía el piso.
Li nos contó que había visto al pistolero que nos atacó; su historia no ayudó contra a esa sensación que tenía… Era un malestar extraño, pero no era nuevo. Era la sombra, algo relacionado a ella, estaba seguro. Se sentía diferente, pero la sombra también alteraba mi cuerpo, cargaba mi respiración y hacía que mi corazón se acelerase. Apretaba mis puños queriendo que mis dedos traspasaran mis manos. Los relajaba al no lograrlo, pero no podía aguantar mucho antes de volver a intentar. Quizá era el peligro que habíamos pasado. Mi primo no podría volver a pararse… Habían intentado raptar a Aldara… En cada lugar parecía aparecer más gente queriendo atacarnos. Quizá era el hecho de que sabía que no podríamos quedarnos en Craster por mucho más tiempo. La tensión se cortó al ver a Cregh entrar por la puerta. Estaba negro, chamuscado por el humo de un incendio que evidentemente él había causado. Encima de todo, para colmo, tenía puesto un vestido verde. No quisimos ser muy malos con nuestro compañero, pero finalmente hubo más risas que cualquier otra sensación.
Cregh preguntó dónde podía cambiarse y se fue sin decir más.
Luego de un momento lo seguimos, poniéndonos de pie y tomando caminos diferentes. Después de la noche agitada que todos habíamos tenido, nuestros pensamientos nos arrastraban a lugares diferentes.
Fui hasta la barra de la mansión, donde había tomado con Marco la noche anterior. Realmente tenía una gran colección. En cantidad, en calidad, de ediciones únicas. Era mi primo; sabía divertirse.
Busqué detrás de la barra la bebida puntual que estaba buscando y no tardé mucho en toparme con ella. Un brillante lila chocó con mis ojos: las botellas de Vera eran inconfundibles. Llené un vaso hasta el tope y tomé asiento. Sin tomar, jugué con algunos frutos secos que había sobre la mesa y miré la colección de botellas de nuevo.
Esa extraña ansiedad seguía ahí, siempre pareciendo ser algo más oscuro. Pasaba por mis dedos por los frutos secos impacientemente; no sacaba la vista de las botellas de mi primo. Tomaba tragos de Vera despacio, y reía sin ánimo al repasar el día y llegar al vestido de Cregh.
El Vera era conocido entre la gente que frecuentaba el alcohol hasta el abuso. Servía como un vaso de agua en el desierto; uno tomaba Vera en los amaneceres difíciles para recuperarse de lo que sea que hubiera hecho la noche anterior. Su característico color lila era transparente, lo que creaba una sensación extraña en quienes lo mirasen, como si le recordase a su resaca. Su sabor dulce adormecía la lengua irritada, su aroma curaba congestiones y sus burbujas reavivaban el cuerpo. No estaba claro de qué estaba hecho o quién lo fabricaba, pero vendía bien; simplemente estaba ahí, exhibiendo su color mágico para quienes lo necesitaban. Más de uno aseguraba que tenía alcohol entre sus ingredientes, por la extraña borrachera que producía tomar muchos vasos; no faltaba la leyenda del que se había intoxicado tomándola. Era una bebida mítica.
A pesar de todo, formaba parte de mis amaneceres complicados. Me había asegurado de jamás tomar más de un vaso…Ni siquiera en las primeras mañanas durante las cuales apareció mi sombra; las más difíciles de todas.
Mi mirada seguía perdida en las botellas de Marco. Sorbo a sorbo el Vera se fue acabando, y la ansiedad se fue apaciguando. Se asimilaba; no desaparecía, pero se volvía soportable. De alguna manera sabía por qué se producía y a donde me llevaba. Lo sabía, pero no podía decirlo en voz alta, no podía admitirlo ante nadie.
Sonaron unos leves crujidos a mi espalda. Volteé para ver a mi primo; Marco llevaba ambos pies vendados, y era llevado en un carruaje por un sirviente. Lo mire; no podía encontrar dolor en su expresión, solo una extraña mueca de seriedad.
—Marco —dije.
—Ítalo —respondió, y se produjo un largo silencio—. ¿Esto… es a lo que te enfrentas, cazador?
Incliné el vaso para buscar un último trago, pero estaba vacío.
—Aunque no entiendo cómo fue que te metiste en esto, entiendo que no podés salirte así como así —dijo.
—No puedo salirme —dije—. Y tampoco pensé en ello.
—Todo esto… no me parece más que una excusa.
—¿Una excusa?
—Realmente creo en la profecía, Ítalo. Esto no lo hiciste por el dinero que te ofreció aquel señor de tierras. Eso sería imposible, ilógico.
Medité por unos segundos. Sí, tenía razón. La profecía de la familia… Que un del Valle de mi linaje aceptara semejante misión por un par monedas rayaba la estupidez.
—Sí, hablas con razón, primo.
—Además, tener un poco de dinero no haría que aparezcan criaturas negras, buscándote. Esto es demasiado serio.
—Criaturas negras… ¿Pudiste ver qué fue lo que me golpeo?
—Sabés —rió—, estaba agonizando y un tanto lejos. No vi más que el resto, pero parecía un hombre con armadura.
¿Otro humano más?
—¿No podría haber sido un cuervo? —Indagué.
—No doy fe a mis ojos, pero estoy bastante seguro de que era un hombre, o algo de proporciones humanas. Ni siquiera quedan tantos cuervos.
Se generó otro silencio. Miré a mi primo a mis ojos.
—¿Sentís lo mismo que yo acerca de todo esto? —le pregunté.
—Creo…—dijo, y calló. No había notado lo pálido que estaba; sonreía a la fuerza—. Creo que no están a la altura, que no están listos. —Meditó unos segundos y movió la cabeza—. Sí, eso es lo que siento. Preocupación.
—Siento lo mismo —dije, sin más rodeos—. Necesito estar a mi máximo, y ni siquiera sé si eso va a ser suficiente.
—Sí. —Se volteó—. Pero creo que pueden lograrlo, ¿sabés? Los elegidos de las profecías nunca son unos inútiles. Seguro hay algo escondido en tu grupo.
Sonreí. Mi primo parecía leerme el pensamiento. Con algo de suerte sería el gato.
Marco movió su silla de ruedas, y me guió hacía la sala del Valle. Así la llamábamos entre la familia; en estos cuartos guardábamos todas las armas de nuestro linaje, y todo lo que usábamos en las guerras y cacerías.
—Ey, ¿estás bien? —le pregunté mientras avanzábamos, mirando su silla.
—Supongo… Duele menos de lo que parece.
Recorrimos varios cuartos, casi llegando al fondo de la casa. Atravesamos una pesada cortina roja y entramos en la sala del Valle.
—¿Crees que tus compañeros puedan necesitar algo de acá? —preguntó.
—Ellos no —dije.
La sala del Valle estaba completamente decorada y alfombrada. Las paredes de piedra sostenían las armas favoritas de Marco: las espadas. Hacia el final de la habitación se veía un escritorio con algunos mapas encima, instrumentos de medición, una taza y dos libros abiertos. Detrás del escritorio aparecía una biblioteca de unos dos metros de altura.
Ayudé a Marco a subir un pequeño escalón por la mitad de la habitación. Sonrió al ver que yo avanzaba tanto, y se apuró a dirigirse hacia la biblioteca.
—Mi colección te da lo mismo que libros de cocina—dijo.
—Es verdad, pero ¿no tendrás revólveres, no? —reí.
—Claro que no —rió a su vez—. ¿Por qué tendría eso? Son un instrumento frío… No hay nada como atravesar el pecho de un enemigo con una daga. Vas a tener que ayudarme con estos.
Rodeé el escritorio y señalé la biblioteca.
—¿Allá arriba?
—Sí. Por ahí hay un escalón.
—Insisto en que papá te pague lo que corresponda… —dije mientras subía. Marco casi rió a carcajadas.
—Ítalo, por favor, ni siquiera los tomaste todavía. Espero que todavía recuerdes los colores.
Encontré los pergaminos en uno de los últimos estantes. Tomé un par de los verdes y de los morados; tomé también un pequeño cinto que podía usar para guardarlos.
Los pergaminos eran una marca de los del Valle. Nuestra sangre anulaba la posibilidad de nacer pudiendo manejar la magia; era demasiado espesa. Los casos de magos en la familia eran escasos, y polémicos y controversiales por involucrar infidelidad. En la extensión de nuestra historia siempre habíamos mantenido la línea de sangre lo más pura posible, y un linaje más directo siempre significó una mayor importancia. En todo caso, estos pergaminos eran utilizados por los del Valle como una manera de replicar el efecto de la magia. Suponía un gasto privilegiado y tenían que ser hechos específicamente, por lo que se protegían bien de generación en generación.
Como el cinto que había tomado solía reservarse para el combate, guardé los pergaminos en mi carcaj. Un pergamino verde significaba transportación; uno morado significaba repulsión de magia. Funcionaban de a pares; una pieza hacía de remitente, que se adhería a la piel, y la otra era la receptora que marcaba la duración.
—Recuperar la última piedra del oeste… va a ser una buena prueba para comprobar si estoy a mi máximo —murmuré.
—Ciertamente —dijo Marco—. Me pregunto qué encontraras.
—Dicen que está junto a los tesoros de mil familias, pero a mí solo me interesa la piedra.
—La piedra del rayo, sí. Tus demonios internos están conectados a esto, ¿no? A esta prueba y a las marcas en tu cara que la reflejan.
—Ah… —No salían palabras de mi boca. No podía creer la manera en que Marco miraba a través de mí. Era alguien que podía entender mi sombra… Eso que veía cuando cerraba los ojos, esos escalofríos, esas gotas de sudor frío, esas noches de insomnio. Eso que ni yo mismo podía pronunciar; cada vez que intentaba decirlo en voz alta mi lengua se acalambraba, cada vez que pensaba en sus letras mi mente colapsaba—. S-Sí… Sí… La prueba está conectada… de alguna manera.
—Entiendo, primo. Todo esto que está pasando no es ninguna coincidencia, ¿no? Creo que nada de lo que paso en tu vida fue una coincidencia.
Mi mente empezó a divagar hacía el pasado, rendida… Recordé a mi reina. ¿Qué sería de ella ahora mismo? Recordé el tierno latido de su corazón pegado a mi pecho.
—Es como si tu vida solo te hubiera guiado a esto.
Le había prometido un castillo, un reino para ella, para nosotros. Era solo una puta, solo era sexo, pero de alguna manera lograba opacar mis pensamientos sobre la sombra, sobre Wendagon, sobre el cuervo y sobre el hedor de sangre y muerte de Laertes.
—Por eso es que de verdad creo que sos el elegido que cuenta nuestra familia. “El Cazador…” El que va a cortar el cuello de todo el que intente despertar a la bestia del Oeste. Seguro tampoco es coincidencia que hayan roto los pies de tu primo más guapo y hábil. Es para que no te robe el protagonismo —Marco rió, pero su expresión pronto se volvió seria—. Sé que ya lo sabes, pero esto no es un juego. Supongo que todo lo que construyo esta familia está en tus manos, primo. El enemigo tiene mucho poderío, pero confío en que el resto de los elegidos tienen su motivo para ser elegidos. Algo…algo adentro tuyo y de tus compañeros. Podría ser esa ansiedad tuya, ¿pensaste en eso?
—Eh…en realidad no —murmuré, aun perdido en esa piel sedosa—. ¿Crees que el resto también siente esta ansiedad?
—Quién sabe; no les pregunté. Pero espero que alguna de tus amigas sienta algo por mí. —Volvió a reír. Yo también reí. Su sonrisa parecía verdadera, aunque tenía un tono pálido en la piel—. Por cierto, primo. Quiero ayudarte con tu rito. Encontrar la piedra del rayo es una misión famosa en nuestra familia, famosa porque nadie pudo completarla. A lo largo de los años estuve investigando al respecto, pero nunca pude viajar al puerto y hacerlo personalmente. Si vas a ir ahí… busca a Tammi. Él tiene información.
—Gracias, primo.
Las palabras de Marco me habían hecho volver a la realidad. Empecé a revisar el resto del arsenal muy generalmente, pero nada parecía llamar mi atención. Marco me interrumpió, llamándome.
—Ey, sé que solamente te gusta tirar flechas como si no hubiera mañana, pero toma este último regalo como un amuleto de buena suerte.
Mi primo sostenía una daga con su funda. Era curva y en buen estado. Me gustaban las dagas, como la que guardaba en el fondo de mi carcaj, mi “última flecha.” Esta estaba en mucho mejor estado.
—Voy a darle un buen uso, de alguna manera —dije.
—No pido que mates a alguien con ella, pero consérvala por mí.
—Hecho, primo. —Le sonreí, y carraspeé—. Poniéndonos en tema… Tengo que partir hoy mismo.
—¿No van a quedarse hasta el final del festival?
—No... Esta vez no. Ya vimos de lo que son capaces; separarnos y meter alcohol en la ecuación no es una buena idea.
—Bueno, tenés razón. No puedo reprochártelo.
Le pedí que retuviera a los chicos en su casa si llegaba a verlos. Saldríamos antes de la puesta de sol, justo antes de que la segunda noche del festival explotara.
Salí de la mansión, caminando tranquilo como rara vez en mi vida. Mis pasos eran seguros y mi cabeza no estaba perdida en otro mundo. Estar sobrio en Craster ya era raro, pensé divertido.
Aunque iba con la cabeza gacha, permanecía tranquilo, solo admitiendo pensamientos constructivos
Cada vez había más enemigos, y necesitaba hacer compras al respecto. Craster no era una ciudad donde abundasen las armas, pero como toda ciudad grande, nunca faltaban las armerías. Necesitaba flechas, como primer punto. Con un poco de suerte conseguiría todo en pocos puestos.
La gente se movía rápido, apurada, ansiosa. Sus pies parecían avanzar en saltitos; los asesinatos de hacía unas horas estaban olvidados. Podía ver una extraña luz en las caras de los ciudadanos. Notaba fuerza, ganas de vivir. Tal vez estuviera en el aire, como el aire oscuro de Laertes. De pronto planteé quedarme con los demás dos días; tres días. Si nos manteníamos sobrios podríamos combatir al cuervo, y los más probable es que se hubiera ido. Tal vez podríamos conseguir alguna cura y esperar a que Marco se recuperase para poder acompañarnos…
Tan rápido como noté que me había sumergido en intrascendentes pensamientos laterales, encontré una armería.
Mierda, pensé. Qué fácil me pierdo en estas cosas.
Me recibió un humano. Bueno, casi humano. Placas de coraza cubrían su cara, recreando la mitad de su rostro. Su ojo derecho no era más que un punto de luz.
—Flechas. ¿Qué tenes? —dije.
El bicho me trajo un par de muestras. Elegí las más pesadas y costosas; llevé cuarenta por un par de rorintios. Curioseé un par de cosas más, pero no noté demasiada calidad. Por suerte, no había revólveres a la vista.
Hacía años que no experimentaba con pólvora y otros elementos para las flechas. Agregué dos puñados de pólvora y estaba por irme cuando encontré una alforja con un diseño bastante bonito. Tenía detalles en rosa, y una leyenda en azul ultramarino. No entendía que decía, pero me gusto para Aldara. Podría guardar agua ahí y usarla como arma. No la conocía, no sabía si le gustaban los regalos o si lo necesitaba, pero serviría para subirle un poco el ánimo También me llevé un bolso para guardar mis cosas.

Ya se iba haciendo tarde. Caminé otro rato; seguía sintiendo esa luz en igual manera, como el reflejo del sol directo en mi cara. La sensación no se disolvía con las horas; el viento sopló, las nubes anduvieron y la gente siguió viviendo.
—Tenés flechas —me dije—. El resto son caprichos.
Era hora de volver. Giré dos veces a la izquierda y me sorprendí por una flor amarilla puntualmente llamativa. Tenía conocimientos de hierbas salvajes, pero creía nunca haber visto esa flor. La sostuve en mi mano izquierda hasta que llegué a lo de Marco.
Todos estaban frente a la puerta, esperándome.
Aprecié los rostros de todos; Marco también estaba ahí en su silla. Lang acariciaba a un par de caballos que sostenían una carreta. Su gato Malo parecía molesto. Solo Aldara parecía fuera de lugar, con la cabeza un poco gacha.
Levanté la frente en señal de saludo general. Marco iba a decir algo, pero enseguida me acerqué y le di la flor.
—Vos sí que sabes cómo conquistar a alguien, primo —dijo, sonriendo.
Recordé la cantimplora de Aldara. La desprendí y se la alcancé.
—Ey, para vos.
Ella lo recibió con sorpresa.
—Gracias —susurró.
Me acomodé y me paré derecho.
—Tenemos que irnos hoy mismo. Es lo más lógico; todos sabemos que…
—Marco ya nos contó —interrumpió Cregh—. Ya estamos listos para irnos. Todos tenemos lo que necesitamos.
Lang se subió a la carreta.
—¿Vamos? —inquirió.
—¿Qué? —dije—. ¿Esto es tuyo?
—Sip. Todo mío…Y de Cregh en menor medida. Él ayudó a pagar.
Subí mis cosas y todos se acomodaron adentro. Lang hizo que los caballos dejaran de comer y tomó el mando. Solo faltaba yo, pero me giré a mi primo.
—Espero que la próxima vez que nos veamos el mundo sea un lugar mejor —dijo.
—Va a serlo. Y va a quedar mucha Crystalina que tomar.
—Y muchas mujeres que amar.
—Y muchas piernas que curar.
Marco rió, y me despedí con un abrazo. El abrazo que no habíamos podido darnos antes. Me subí a la carreta y partimos hacia nuestro próximo destino.
—¡HALE, DEL VALLE! —gritó Marco a la distancia. Se me plantó una sonrisa que tardaría mucho tiempo en desaparecer.

La carretera avanzó rápidamente, bajo la oscuridad. Era una noche muy quieta; un silencio que decidimos no romper. La luna brillaba intensamente, brindándonos una luz blanca que cubría el camino. Tal vez eran las diez de la noche cuando decidimos parar y acampar. Aunque nos cubría una tranquilidad, seguimos sin romper el silencio de la noche; una suave brisa y la luz de la luna eran las protagonistas. Las chispas del fuego que había encendido Cregh pedían crecer más y más, pero se mantuvieron en su sitio.
Esa noche me relajé; no me perseguía nada. Estaba tranquilo. Era un vacío confortable.
Recuerdo que Cregh miró al cielo, y habló justo antes de conciliar el sueño.
—Vamos a llegar con una tormenta pisándonos los talones.
Y pude sentir como el viento soplaba más suave, más cálido. Soñé con nubes grises acercándose. Eran de un color muy parecido al cuadro de Wendagon. Una tormenta como los ojos de Aldara. Desperté justo antes que Dalia; una fracción de segundo antes.
Estaba pálida, transpirando sudor frío. Estaba llorando.
—Mierda —dijo, al notar que estaba despierto. Pero se estaba hablando a sí misma—. Había jurado no dormir. Me lo había prometido... Carajo…
—Dalia, ¿qué paso? —pregunté, apoyando mis mano en su hombro por detrás.
—Era papá… Mi padre murió.



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