sábado, 6 de diciembre de 2014

Madera & Hueso — 41 — Dalia


Estaba transpirada, en parte por mi sueño y en parte por el aire denso que traía una lluvia.
Había dormido… Fallé en cumplir la voluntad que me había impuesto, no pude correr la mirada a mis sueños y ahora… Lo sabía. Me había incorporado, apenas, pero sin salir de mi manta. La manta que tenía había sido de mamá… y ahora me sujetaría a ella con más fuerza que nunca.
Ítalo me estaba aferrando. Normalmente, me hubiera corrido de un salto, insegura. La mañana en la casa de Wendagon me vino a la mente. Sin embargo, en esa oscuridad pronunciada por las nubes, donde solo éramos una silueta… Me pareció bien aceptar esa silueta. Éramos un grupo. Compartíamos nuestras monedas. Eso era como una familia… Una familia.
Solo podía llorar, pero logre articular unas palabras.
—Era papá… Mi padre murió.
Ítalo se sacudió, no pudo evitar estar fuera de lugar.
—A-Ah… ¿Entonces no tuviste ninguna visión sobre nuestros enemigos?
Me giré hacía él, furiosa. Por supuesto, las sombras no me dejaron distinguir nada entre su rostro. Sacudida por una ola de soledad, me sentí impulsada a arrojarme entre sus brazos… Pero entonces se escuchó la voz de Lang entre los pastos.
El pistolero se había acostado contra la carreta para dormir, el vehículo que ahora usábamos para desplazarnos comprado también con su dinero.
—Eh. ¿Está todo bien?
Se paró, y se acercó a nosotros. Yo también me senté apropiadamente, saliendo de una vez de la manta. Cregh, Aldara y Malo aun dormían, pero en ese momento bajar la voz parecía lo menos importante del mundo. Empecé a hablar.
—Yo… sabía que esto iba a pasar. Mi padre estaba gravemente enfermo, y yo me ocupaba de cuidarlo todos los días. Al aceptar marcharme supongo que sabía que esto podía pasar… Que aceptaba… —Mi voz falló, teñida por el dolor. Use un momento para recomponerme antes de seguir—. Eh… Ya había tenido un sueño sobre mi hogar hace unos días. Toda la casa se veía cubierta por un hilo de oscuridad, y quise engañarme sobre lo que podía significar. Pero después del sueño de esta noche… De ver su cuerpo… Es claro lo que representaba. Y me explica otro sueño más. Un sueño de Veringrad… Diciendo que también Wendagon está muerto.
Ítalo se sacudió, y Lang pareció tomarse el pecho.
—Eh… vaya —dijo Lang, inseguro de cómo proceder, e intercambiando una mirada en la oscuridad con Ítalo—. ¿Querés, eh, hablar con alguien o algo?
—Creo que ahora solo quiero estar sola.
—Ya aprendí a confiar en tus visiones —dijo Ítalo—. Tenés mis pesares.
—Eh, bueno, podría hacer algo para comer —dijo Lang.
Lang corrió a unos pasos del campamento, recogiendo varias ramas para hacer un fuego en el mismo lugar donde había muerto el anterior. No tardó en volver y, mientras se levantaba Aldara, empezó a sacudir dos ramas entre sí con la esperanza de que apareciera alguna chispa. Estaba amaneciendo.
Tras un tiempo, noté que Aldara se me acercaba.
—Ey, Dalia… Ítalo me contó lo que paso y pensé que quizá hablar de ello te facilitaría las cosas…
—Está bien. Yo acepté que causaría esto al venir acá, Aldara —balbuceé. Las lágrimas habían parado; en ese momento era como si no pudiera sentir nada. Aldara se alteró, preocupada.
—Eso no es…
—Eh, vagabundo, ¿qué haces? —Interrumpió Cregh, apareciendo de pronto entre el grupo—. No tiene sentido comer algo ahora. Vamos yendo de una vez que está por llover.
Hubo un momento de silencio por el cambio de tono.
Lang miró a Cregh, irritado.
—Tené un poco más de tacto—Y sin darse cuenta, movió las ramas con aun más fuerza y logró prender el fuego. Se dio vuelta—. ¡Ah! Muy bien.
Pero entonces sonó un trueno, y como en una cascada una lluvia torrencial nos bañó a todos. El fuego se apagó al instante.
Cregh, aun medio dormido, solo se sacaba una lagaña de los ojos.
—¿Ves? ¿Qué te dije? Vamos yendo a la carreta.

Y así, pronto estuvimos en marcha una vez más. Pudimos meter todas las mantas adentro antes de que se arruinaran, y los caballos aceptaron el agua con dignidad, sin perder el control. Cruzábamos las montañas, que se levantaban siempre en el horizonte.
—Vaya —exhaló Ítalo, mirando hacia afuera—, es la última despedida del invierno. —Entonces se dio vuelta al resto—. Los mares deberían estar cálidos y resplandecientes cuando los crucemos.
Sonreí, sin animó. Aldara seguía queriendo hablar, pero le pedí que dejara de insistir.
¿Qué sentido tenía, pensé, todo lo que estaba haciendo? ¿Sí estaba realmente escrito que todos siguiéramos ese viaje, si era acto de Destino, como podía conllevar que mi padre muriera? Parecía todo un gran chiste, y simplemente no podía entender esa mirada de determinación en Ítalo desde que nos habíamos despedido de su primo.
—De verdad querés llegar al puerto, ¿no? —comentó Cregh al arquero.
—Sí. Siento que por fin tengo algo claro; tenemos que ir a esa ciudad.
Sus palabras parecían llenas de buenas promesas, pero el tono con el que continuó hablando Lang fue mucho menos alegre.
—Pero está toda esa gente con la que nos estuvimos encontrando. Esos monstruos.
—Es verdad… —dijo Aldara, recordando por lo que había pasado en Craster.
—El cuervo decía que quería despertar a su Deus… El demonio del Oeste —dije, en voz baja—. Y durante el festival apareció junto al humano con las pistolas, así que…
—Sí —dijo Lang—. Junto a esa criatura de la armadura negra, diría que es seguro que trabajan juntos.
Ítalo, que había tenido la cabeza gacha durante ese intercambio, de pronto miró hacia nosotros.
—Esto es algo que solo se dice entre los miembros de mi familia, así que no había creído prudente mencionarlo entre todos. Pero después de hablarlo con mi primo, creo que todo cuadra…
—Ítalo, ¿qué pasa? —Dijo Cregh.
—Es una antigua profecía. Está escrito que, bueno, mi familia ya se encontró con el demonio del Oeste hace tiempo… y hay una profecía sobre el momento en que este demonio va a volver a despertar y sobre las diez personas que van a estar involucradas. Y cuando le comenté a mi primo eso que nos había dicho el cuervo, ese “Testamento del Oeste” en el que parecen creer esas criaturas, todo pareció coincidir.
—¿Estás diciendo que hay varias escrituras sobre este demonio despertando? —Murmuro Lang—. A mí eso no me parece muy bueno.
Ítalo sonrió con una soltura que no estaba acostumbrada a ver en su cara; una soltura que parecía haber tomado prestada de su primo.
—Eso dicen sus escrituras. Pero las nuestras hablan de elegidos que detienen este alzamiento. No hay de qué preocuparse.
Malo gruñó, divertido.
Lang carraspeó y enseguida volvió a poner la conversación en rumbo.
—Claro, bueno. Entonces, si está prácticamente “escrito” que vamos a volver a encontrarnos con esta gente, es importante que no nos separemos.
—El tipo negro; a mí me levantó en el aire cuando estábamos con Ítalo. —dije—. Creo que fue magia; se sintió como cuando Cregh nos transporta.
—Magia, ¿eh? —Dijo Cregh, despreocupado—. Entonces yo voy a poder ocuparme de él.
—Y yo —dijo Ítalo, levantando un pergamino violeta de entre sus pertenencias—. También vine preparado. Esto puede repeler hechizos, incluso uno que nos convertiría en fuego en un segundo; quiero decir, es muy poderoso. Estoy seguro de que va a sernos útil y hasta nos salve la vida.
El ambiente de lluvia no llegaba a ser molesto; sin embargo, el terreno rocoso y con pocas hierbas y arboles no ayudaba a los caballos, que sumado al temporal se veían muy ralentizados. Después de medio día de viaje, hubo que acudir finalmente a la solicitud de que Cregh nos transportara a todos hacía la ciudad puerto.
El hechicero suspiró.
—Los caballos, la carreta, el equipaje y todos nosotros… Sería mucho que transportar. Para evitar que cayéramos en cualquier lado y perdiéramos a los caballos… Como ocurrió la última vez que intente transportarlos, buenos dioses, supongo que podría… —Cregh hizo unos cálculos en su cabeza—. Podría prometer dejarnos fuera de la región de las montañas, o incluso después de Notio.
Era un buen trato. Lang paró a los caballos, esperamos a que la lluvia bajara un poco, y el mago puso en efecto su magia.

Cuando el aura blanca desapareció de nuestro alrededor, nos encontrábamos en un bosque. Como la última vez que nos movió con caballos… pero esta vez todo parecía estar bien. Nuestro equipaje estaba revuelto, sí, y el suelo era más bajo en esa zona así que la carreta tuvo que aterrizar… Pero todos estábamos enteros.
Salimos de la carreta un momento y reconocimos el terreno.
—¿Y el camino? —preguntó Ítalo, ansioso.
—Nos moví hacía adelante, hacia el norte, no siguiendo el camino —escupió Cregh, con la dignidad de quien espera un agradecimiento—. La carretera debería aparecer si nos movemos un poco. Si todo salió bien, ya pasamos Notio.
Malo se le acercó y maulló un par de veces. Entonces habló Lang:
—Perfecto, puede que esto nos haya ahorrado una semana de viaje. —El hechicero se lo quedo viendo, a lo que el pistolero suspiró mirando al cielo—. Es decir, gracias.
Mirando al cielo a mi vez, noté que estaba despejado. Le habíamos ganado a la tormenta; íbamos a recibir su llegada en Havenstad.
Ahora en un bosque, los caballos podían comer algo. Sin darles el gusto por demasiado tiempo, Lang pronto nos tuvo a todos arriba de la carreta, espoleó a los animales y partimos a realizar el trecho final hacía la ciudad, su puerto, el límite del continente… y nuestro siguiente paso para alcanzar el continente del Oeste, hogar de los bichos.
Como Cregh había dicho, encontramos el camino rápidamente, y así es que estuvimos encaminados correctamente.
Con el sol radiante, todo parecía un poco más alegre, e incluso llegue a olvidar lo que había soñado e ilusionarme porque íbamos a ver el mar. Lang, sin embargo, se veía serio.
—Malo no huele… Es decir, temo que el cuervo no esté por acá; quizá podamos pasar nuestra estadía sin problemas después de todo.
Sin embargo, como respondiendo a eso, una explosión de luz iluminó el bosque a nuestra derecha; alguien acaba de ser transportado a ese lugar, como nosotros aparecimos en el bosque. Entonces un pie se asomó entre dos troncos, y el pistolero humano se mostró frente a nuestra carreta.
El grupo soltó una exclamación y salimos de la carreta a los saltos. Ítalo y yo nos miramos: ¿Cómo podía ser? Lo habíamos matado en Craster. Lang lo apuntó con su revólver.
El enemigo se mostró cordial. Sin sacar las armas, sin apenas moverse, con la cabeza gacha dijo:
—No esperábamos. Encontrarlos de nuevo. Pero. Su ruta. Parece clara.
Ítalo me miró de nuevo. Su forma de hablar… Algo era extraño.
—Sí. Realmente. Viajan hacia el viejo continente… Esta es la última oferta. Dejen de. Avanzar… Ahora.
Lang escupió al piso. Aldara se movió para abrir una de sus cantimploras. Cregh tensó las manos.
Al ver que no obtenía respuesta de nuestra parte, el humano volvió a hablar.
—Muy. Bien. Entonces. La entrada del puerto será. Donde el Hechicero. Los. Va a matar.
Y tras pronunciar todo esto lentamente, cubierto por las sombras de los arboles bajo los cuales estaba, tomo algo en su túnica y desapareció.
Ítalo, enfurecido, casi deja disparar la flecha que había tensado. Aunque ni siquiera lo había visto cuando movió la mano para buscar esa flecha. Todos dejamos salir el aire.
—Cielos… ¿Qué…? ¿Qué paso? —Dije.
—Vino en una luz blanca, pero se fue con el anillo —murmuró Cregh—. El mago debe haber sentido nuestra magia cerca y tuvo que usar un hechizo para que el pistolero apareciera en la fuente de esa magia. Después se fue con ese puto anillo…
—¿Pero qué mierda es ese anillo? —masculló Ítalo.
—Yo solo… no sé. Podría haber varias explicaciones… pero no sé. Tendría que tener una fuente de magia enorme para construir solo uno de esos.
Noté que Aldara estaba algo agitada al ver a su raptor. Le puse una mano en el hombro y traté de formular una sonrisa… Sin embargo, en ese momento pensé en la amenaza que habíamos recibido y mi mirada solo se ensombreció.
—¿Y qué hay de lo que dijo…? —pregunté.
—Un mago nos va a matar, ¿eh? —Lang se revolvió el pelo mientras pensaba—. Qué carajo… Al final teníamos razón, ese tipo de negro era un mago. Qué carajo.
—¿Creen que realmente nos esté esperando en la entrada de la ciudad? —dijo Cregh.
Ítalo aún no había guardado su flecha, y jugueteaba con ella a través de su arco.
—Va a haber que considerarlo como una posibilidad —dijo.
—Pues muy bien. —Apreté los dientes, y mi espada negra.
—Bien. —Dijo Aldara, mostrando un brillo en sus ojos… una tempestad.
—Esta vez nos preparamos para ellos. Esta vez puede ser nuestro turno de causar un daño.
—Va a ser mejor que dejemos la carreta —dijo Lang—. Podemos venir a buscar nuestras cosas después, y no podemos estar a demasiados pasos de la ciudad. El mago podría hacerles algo a los caballos si entramos con ellos.
—¿Y qué pasa si nos roban? —dijo Ítalo.
—Voy a ocultarlos en el bosque, pero la gente ni siquiera empezó a volver del festival de Craster por estos días —respondió Lang.
Una vez hecho esto, y con nuestras armas encima, caminamos hacia adelante por el camino, con nuestros pies sobre la tierra seca, y la tormenta por detrás. Los cinco teníamos la intención de causar un asesinato… Eso no tenía disputa alguna. Ellos nos habían lanzado hasta ese precipicio, ellos nos habían golpeado de semejante manera en nuestro cuerpo y nuestra moral… Y ahora íbamos a actuar en consecuencia.
Subimos una colina, y la figura de un hombre nos recibió en el horizonte, esperándonos.
Más adelante, un arco abría la ciudad-puerto, Havenstad, y un hombre esperaba plantado en él.
A medida que nos acercábamos, sin decir palabra, podía observarlo mejor. O lo poco que había para ver; todo su cuerpo estaba cubierto, o por su capa negra o por una armadura que llevaba a un yelmo desfigurado, mostrando una muesca demoniaca. Los cinco continuamos avanzando, estábamos a solo unos metros, él continuaba sin moverse ni un centímetro… Y desapareció en el aire.
—¡Debe estar en la ciudad! —gritó Cregh—. Rápido.
Pronto empezamos a correr, irrumpiendo en la ciudad; sus edificios, famosos por su arquitectura, se elevaban por varios metros para contemplar el mar a la distancia. Así es que las primeras posadas, de piedra blanca, eran las más elevadas; recordaba como mamá me contaba al respecto. Ahora las estoy viendo con mis propios ojos, pensé. Ahora mamá está sola en casa. Es como si todo lo anterior… Esa vida en calma… Nunca hubiera pasado…
Pero mis ensoñaciones no duraron mucho. Llegando al centro de una intersección entre calles, Lang pegó un grito y todos nos giramos hacía la calle de la izquierda… Donde el mago negro había aparecido. Ítalo mostró un pergamino, Cregh dejó salir una luz de su mano y Lang apuntó el revólver… Pero fue muy tarde.
El mago movió su mano, y toda la calle explotó en una tempestad. La ráfaga de Cregh se disolvió en el aire, insignificante, y los edificios a nuestro alrededor se dividieron por la mitad; todos sus fragmentos volando. Me pregunté cómo era posible que el suelo no se derrumbara, mientras las construcciones que abarcaban mi vista de deshacían alrededor de la mano del mago negro… Y entonces mire hacía Ítalo. Sostenía un pergamino violáceo. El mismo que nos había mostrado antes, aunque ahora se tornaba muy gris… Y cuando lo miré por un segundo entero, el pergamino se deshizo en pedazos. La expresión de Ítalo era de incredulidad absoluta. Todos contemplábamos en abatimiento. ¿Cómo era posible que un mago desatara semejante fuerza?
El puño del mago se cerró y se volvió a abrir, y… En una nueva ráfaga de viento con fuerzas dobladas, y sin pergamino para cubrirnos, los cinco salimos volando, convirtiéndonos en borrones debido a la velocidad. Divididos por la fuerza del impacto, volé en el aire por un instante, y pronto mi cabeza se encontró con una pared de ladrillo. Había logrado sostenerme a mi espada, de alguna manera, y pude conseguir que el golpe no me dejara inconsciente.
Mientras intentaba levantarme del suelo, con la mirada dada vuelta, contemple como el mago detenía su efecto. El viento paró. Entendí que no se trataba de viento, sino de una especie de presión más coordinada… Miré hacía el suelo, y noté que las grietas se movían en forma recta desde el mago hacía nosotros. Era como si hubiera lanzado una pared invisible en nuestra dirección.
Mientras meditaba todas estas cosas, el mago negro abandonó su posición de inacción, y comenzó a caminar hacia adelante. Paso tras paso, sin prisa alguna.


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