sábado, 6 de diciembre de 2014

R.O.L. Beta — 41: Ítalo

Matarlos hubiera sido demasiado fácil. Y algo me detuvo. Solamente eran unos pobres delincuentes.
Miraba a cinco búhos que habían intentado robarnos por la noche, mientras acampábamos en un bosque en nuestro viaje por el oeste. Notaba como mi mano izquierda relampagueaba, ansiosa por probar mis nuevos límites. Quizá ahora podía freír personas con solo chasquear los dedos. Quizá podría volverme tan rápido que mis rayos les cortarían los cuellos antes de que pudieran levantar los brazos. No había nada de verdad en eso, pero sentía como los rayos se mimetizaban conmigo. Era despacio; cada vez que respiraba me sentía más poderoso. Y si bien realmente buscaba cualquier excusa para usar mis nuevos poderes, algo me lo impidió. Y noté como ese algo ya estaba sembrado entre nosotros. Nos mostramos con demasiadas dudas, con demasiadas preguntas. Insisto en que matarlos no hubiera significado un problema. Ya había podido oler ese algo; lo sentía en nuestro círculo, incluso antes de que aquel halcón apareciera. Cuando se mostró, entre los árboles, como el jefe de los ladrones, hablo y hablo sobre muchas de nuestras preocupaciones.
¿Cuál era el precio que debíamos pagar por ser los elegidos?
Era consciente de que de ahora en más serían los días del trabajo sucio. Robar, usurpar casas, correr de las fuerzas de la ley, pero, ¿estábamos listos para cargar con tanto? ¿Eran todos los bichos culpables de algún crimen, cuando había personas como esos ladrones que preferían vivir fuera de las ciudades? Recuerdo que en ese momento miré mi mano izquierda y supe que iba a empaparse de sangre de entonces en adelante.
No quería creer que lo del Gangshi había sido un error. Contemplaba la posibilidad, pero no lo creía así. Sabía que las intenciones de esos cuervos que ataque no eran buenas. Al menos, no eran buenas para nosotros.
Según el contacto con el que había hablado, Tammi, todo era perfecto en el Oeste, pero ese… intento de cuervo con pico blanco se mostraba parecido a cualquier humano delincuente. Y al parecer ni siquiera era un delincuente, sino que solo trataba de sobrevivir. 
Luego de escuchar nuestras razones para pasar por el bosque, por algún motivo decidió que no le importaba que atacásemos al Oeste, y decidió dejarnos ir. Salimos del bosque después de una buena caminata.
No encontraba palabras para describir cómo veía al grupo. Pensaba que lo más acertado era decir que nos sentíamos sucios, o equivocados. Sabía muy bien que lo que nos esperaba si nos seguíamos adentrando en dirección oeste no iba a ser mejor. Sabíamos que eso solo había sido el primer filtro, y en algún lugar de nosotros habíamos perdido la fuerza para seguir. Perder sería tan fácil como sentarse a esperar que el Deus despertase y dejar que nos matase a todos.
¿Y si los dioses habían elegido mal al grupo que debía defender al querido Alles? 
Un pequeño destello salió de mi pecho. Recordé la piedra que se había incrustado en mí. Casi me había matado, pero luego había eliminado la oscuridad de mi ser y me había dado esas nuevas luces. Suspiré, y sonreí con muy pocas ganas.
En el cielo de la noche brillaba una de mis cosas favoritas en el mundo.
—Me gustaría pasar unas vacaciones en la Luna cuando todo termine. –Me dije.
Débiles por la falta de sueño, pero vivos, seguimos por inercia hacia el oeste, bajo la luz de la luna. 
Desde que llegamos al viejo continente, habíamos recibido una cantidad importante de información respecto a nombres y palabras del idioma de los bichos, y no podía recordar todo. Luego de haber encontrado una capilla de la religión del Oeste, nos topamos con todo un templo, y allí un oráculo como Wendagon nos explicó cómo debía continuar nuestro viaje. No recordaba el nombre de la ciudad adonde debíamos hallar la Gran Biblioteca, pero estaba bastante seguro que la luz de la luna nos llevaría a Varoa justo antes del alba.
Sin embargo, no había señales de nada a la distancia. El camino, marcado vagamente, se perdía en el horizonte. Seguíamos muy cansados y la llanura del Oeste no daba ningún lugar adecuado para poder descansar. Con cada paso nuestros cuerpos estaban cada vez más motivados por la idea de apoyar las rodillas y caer de cara al suelo. El bosque se alejó poco a poco y la llanura nos recibió más y más.
Eran altas horas de la noche, y había que convenir que los descansos en ese continente no eran los más profundos y rejuvenecedores de la existencia. Realmente quería encontrar cualquier tipo de refugio para poder recostarme, pero Varoa insistía en no aparecer. Ni siquiera se dignaba en hacer aparición algún cartel.
Cregh lanzó un fuerte suspiro y dejo caer las manos.
—Dioses, estoy cansado de esto. ¿Cuán lejos creen que este la próxima ciudad?
Nadie se atrevió a lanzar una aproximación. Nadie quería gastar saliva en abrir la boca.
—Bueno, no pienso dar un puto paso más en esta llanura eterna. –Dijo, con un tono muy poco común.
Levantó su mano y el brillo blanco nos envolvió.
—No sé muevan ni un poco –Advirtió.
El brillo nos envolvió y se mantuvo más de lo normal. No tardó en aparecer la sensación de flotar justo debajo de nuestros pies. El aterrizaje fue suave como nunca lo había sido. La burbuja de luz blanca se deshizo rápidamente, y volteé. Parecía que nada había cambiado; el paisaje era exactamente el mismo.
—Dioses… –Suspiró Lang, mirando a Cregh. Cregh parecía exhausto, pero con una gran sonrisa en su rostro.
—Woooow, apuesto que rompí el récord de longitud en relación a cantidad de personas transportadas –Exclamó el mago, volviendo a un tono más acorde a su personalidad.
—¡JAJA! –Reí, instintivamente—. Parece que no avanzamos ni un ápice.
Cregh levantó la cabeza y abrió sus ojos como platos.
—¿DÓNDE CARAJO ESTÁ ESA CIUDAD? –Se puso delante de nosotros—. Ojala hubieran pájaros como en el bosque para incinerar. No se muevan ni un poco.
El brillo blanco cubrió nuestras cabezas en menos tiempo, pero la sensación de flotar duro unos segundos más. El aterrizaje volvió a ser impecable. Cregh se había vuelto bastante bueno.
Habíamos sido transportados hasta una bifurcación del camino. La ruta hacia el sur se disolvía en el cielo oscuro de la noche, todavía más vagamente marcada.
—El camino es hacia el oeste. Sin excepciones. –Dijo muy sólida Dalia.
Cregh levantó la cabeza, luego de un largo minuto. Se veía demolido. No sabía de qué tipo de fatiga trataba el esfuerzo mágico, pero apostaba que Cregh solo pensaba en apoyar su cabeza en la cama y despertarse ante un desayuno servido por una doncella en azul sin ropa interior. 
Estando más elevado que el resto, pude divisar algo en el camino, casi imperceptible. 
—Adelante, en el horizonte, parece haber una pequeña loma. –Levanté el brazo en su dirección—. Justo a la izquierda del camino.
—No alcanzo a ver nada –Dijo Dalia frustrada, poniéndose en puntitas de pie.
Di un salto, pero no alcancé a mucho más.
—Sigamos caminando, vamos. –Dijo Lang.
—Esperen –Interrumpió Aldara.
Saco sus cantimploras. Entonces hizo levitar toda el agua que traía encima, y la movió debajo de sus piernas. Mostro sus palmas al cielo e inflando el pecho levantó los brazos como si fuera un ritual religioso. El agua que la rodeaba empezó a levantarla del suelo. Una columna de agua sostenía un trono en la que ella estaba sentada y era ascendida. Escalaba centímetro por centímetro, pero en unos rápidos segundos ella debió encontrarse a un metro de mí. Llego a unos tres metros de altura.
—Allá esta la ciudad. Esa debe ser Varoa.
Lo que Aldara estaba logrando era… impresionante. Nadie tuvo el aliento suficiente para expresar palabra sensatas; menos Cregh que parecía incapaz de entender que veía.
—Está lejos. Pero es Varoa, algo me lo dice.
Aldara comenzó a bajar; la buena base de agua ahora era un delgado hilo. Una pequeña distracción y la nereida cayó al suelo. En un movimiento rápido pude atraparla con mis brazos y dejarla en el suelo.
—Aldara... Eso fue increíble.
—Gracias… –Dijo ruborizándose.
Se levantó, y se apresuró a juntar el agua para perder la menor cantidad. Una vez movida de vuelta a las cantimploras, Cregh estiró la mano en señal de pedir un poco. Aldara le dio una de sus bolsas y el mago dio un buen trago.
—¿Así que allá esta Varoa? Yo los llevo. –Dijo, muy seguro de sí mismo—. No se muevan ni un poquito –Volvió a repetir.
El brillo blanco nos volvió a engullir por poco tiempo, y la sensación de flotar fue muy corta. El aterrizaje fue más forzoso, aunque estaba lejos de aquel primer viaje en Veringrad. Cregh yacía en el piso, respirando de a grandes bocanadas. Lang se apuró a levantarlo y sostenerlo con sus hombros.
—Bienvenidos a Varoa –Dijo el hechicero, con una gran sonrisa en su rostro—. Para serles sinceros, imaginaba que estaba mucho más cerca –Entonces rio, ocultando cuan débil se encontraba realmente. Aldara se acercó para ofrecerle agua, que él aceptó con mucha gratitud. La terquedad de Cregh nos había salvado esa noche. Y era un hecho; estábamos en Varoa.
Adelante, justo enfrente de nosotros, estaba la entrada al enorme domo que era la ciudad; una gran pared que se inclinaba hacía arriba. Una entrada muy parecida a la de Veringrad, por cierto. Había un cartel que parecía indicar su nombre, pero las letras eran ilegibles. Ni siquiera pensé en molestar a Cregh para verificar si era la tierra que buscábamos. Faltaban unos buenos doscientos metros para la entrada. Miré a Aldara para saber que ella también entendía que eso era lo que veíamos de lejos. 
Me acerqué a Lang, para serle de ayuda en cargar al mago. Cregh había dejado de hablar y tenía la cabeza baja; ahora era peso muerto. Realmente había salvado el día. Supuse que nos había transportado unos buenos sesenta kilómetros, a todos juntos, y seguía despierto. Tuve ganas de saber cómo se sentía gastar la magia interna de cada uno. Parecía un cansancio tan diferente al físico. Quise comprender que era lo que había hecho Cregh por nosotros. Sentía mi corazón palpitando muy fuerte, sabía que era una pregunta que moría por ser respondida. No podía aguantar el momento de llevar mi nueva habilidad al límite. 
Esperaba que los guardias se negaran a dejarnos pasar, siendo un quitnar, cuatro humanos y un posible cadáver. Es más, esperaba tener que pelear para meternos dentro de Varoa. Imaginaba que Aldara y Dalia se harían cargo de la situación; siendo mujeres podrían parecer más inofensivas y tomarlos por sorpresa. Malo podría ayudar si las cosas se tornaban feas y por último Lang y yo dejaríamos a Cregh en el piso para pelear. Pero no pasó nada de esto. La garita de seguridad se encontraba vacía; supuse que era un cambio de turno.
—Vamos, hay que encontrar un lugar para que pueda descansar. –Dijo Lang.
Apuramos el paso en los últimos veinte metros. Me despedí de la luna y le prometí que volvería a ser mi acompañante cuando saliera de la ciudad.
Al estar dentro de Varoa aprecie las grandes paredes que rodeaban todo hasta el techo. Parecían unas grandes barras de metal enlazadas y unificadas en pequeños rombos, pero no eran sino raíces que enfocaban su brillo hacía el interior. Las mismas de la fortaleza de los robler. No necesite demasiados segundos con los pies dentro de Varoa para entender que no había ni día ni noche. La ciudad no veía al sol o a la luna; eran iluminados y protegidos por estas raíces. Debían generar oscuridad dentro de sus casas. La posibilidad de trabajar en las sombras se había esfumado; éramos presas fáciles. 
—Vamos, rápido. –Volvió a repetir Lang.
Las calles de Varoa parecían perfectamente planeadas, siendo cada manzana de metros cuadrados iguales. Las casas eran altas y de buena piedra. Parecía un lugar muy tranquilo. Como en Gangshi, no había ni una sola persona en las calles debido a la noche. Las calles empedradas me hacían recordar a las calles del distrito privado de nuestra capital; no muy lejos de la casa de Wendagon.
Ningún lugar parecía servir para descansar y nada se parecía a una posada. El cansancio ya nos ganaba la pulseada. Cada esquina se parecía mucho a la anterior. Parecía un laberinto cuadriculado. Levantando la cabeza, podía verse como hacía el centro del domo se levantaban unos edificios bastante más altos, grandes como templos. Estaba realmente impresionado por la arquitectura del Oeste. Esas debían ser las maravillas que conto Tammi.
—Allí. Eso. Tiene que ser una posada. –Dijo Dalia, suspirando de alegría. Casi suelto a Cregh para ir corriendo y entrar. Apuré el paso, pero noté que Lang no lo hacía. Dalia y Aldara se encontraban a punto de tocar la puerta cuando habló.
—No es que conozca al Oeste, pero imagino que nada es gratis. No tenemos monedas de acá, no podemos pagar. –Comentó el pistolero, un poco intranquilo, pero con la cabeza lo suficientemente fría como para haber sido el único que noto eso—. Somos humanos, así que descarto toda posibilidad de que actúen por buena fe.
No teníamos a Dalir en ese momento, ni a ese oráculo que estaba de nuestro lado; estábamos completamente solos. Entendimos cuán hostil podía ser una ciudad tan hermosa, un continente tan vasto. Esta vez nos tocaba ser los bichos.
Agachamos la cabeza resignados. Realmente no quería dar ni un paso más. Mi respiración se había cargado de sentimientos. Mis hombros yacían intranquilos. 
Por el este.”
—Mañana vamos a salir a robar. –Advertí.
Nadie dijo nada, pero todos parecían entender eso antes de que yo hubiese abierto la boca. No íbamos a conseguir un trabajo de mozo para tener dinero para descansar y poder seguir nuestro viaje al oeste.
—Mañana vamos a salir a robar –Repetí, mientras Lang solo señalaba un callejón donde podíamos pasar el resto de la noche. Aunque bueno, digamos que ya no podíamos saber cuándo era de noche.
El callejón limitaba entre paredes altas. Del lado izquierdo solo sobresalía una ventana con una persiana de madera, y del lado derecho una pequeña ventana sobre una puerta verde de metal. Había un par de bolsas y materiales a unos pasos de la puerta. Por suerte, más allá de eso parecía un callejón limpio, lejos de los que había en los barrios de Veringrad opuestos al distrito privado.
Nos apuramos a acostar a Cregh contra la pared, y usar una de las cajas a modo de almohada.
Una vez que encontró cierta comodidad se durmió casi al instante. El resto, uno a uno, nos fuimos acomodando al lado, formando una línea mirando para la salida.
Me senté contra la pared y apoyé mi cabeza contra mi rodilla derecha. Arrastré la capucha bajo mis ojos. Por fin podría descansar un poco. Mis ojos se cerraron por un largo minuto antes de empezar a combatir contra las ideas de que nos podían robar, matar, violar o cualquier otra cosa que se me cruzaba por la mente. Por suerte, el cansancio fue más que la paranoia y clavé el entrecejo en un cómodo relieve de mi rodilla.

Mi sueño se sintió durar menos de un segundo. Ni siquiera había podido dejar de pensar del todo en el grupo del Oeste que nos perseguía, y ya estaba despierto. Mi cansancio se había ido, pero mis ojos todavía se encontraban secos. Estaba solo; el resto ya debía haber empezado sus actividades para sobrevivir; incluso Cregh que estaba demolido.
—Dioses, ¿cuánto dormí?
Me refregué los ojos y vi que el gato de Lang estaba arriba de la pila de cajas, mirándome. No estaba solo después de todo.
—Buen día, Malo.
—Miau.
—Si te dejaron cuidándome, ya podes irte con Lang de nuevo.
—Miau. –Saltó de su pequeño trono de basura al piso y meneó la cola. Pero no se movió.
—¿Queres que te siga? –Dije, y comenzó a caminar hacia afuera.
Malo ando ágilmente entre los bichos que pasaban a mí alrededor. Las calles estaban repletas al punto de que era posible caminar sin chocarse a otro; pero el gatito saltaba y eludía a todos. Parecía un pequeño fantasma que era ignorado por el resto de los mortales cercanos. En cambio, las miradas se dirigían a mí, pero de una manera mucho más pasiva que antes. De todas maneras mantuve mi capucha puesta y la cabeza gacha, mirando los pasos de Malo. Posiblemente ser una sola persona llamaba mucho menos la atención que un grupo de cinco, pero definitivamente sería mejor si no llevara arco, flechas y una daga. Debía haber pensado algo antes.
Perdí a Malo en un cruce de calles que parecían bastante grandes. Levanté la cabeza buscándolo, pero fue inútil. Fui hasta un lugar un poco más alejado, y esperé sentado a que volviera. No tardó mucho en aparecerse, meneando la cola con una moneda muy pelicular en la boca. Estiré la mano para tomarla y entendí perfectamente por qué la había robado. La escondí entre mis dedos para examinarla mejor. Era un poco más grande que un ojo humano, bordeada de dorado con un pequeño grabado y gris plata en el centro.
—Vamos, Malo. ¿Tenes hambre?
Desconocía el valor de la moneda, pero parecía de las valiosas. Con suerte, se trataría de un ocato del Este. Necesitaba saber cuál era su valor y de qué manera se negociaba en el viejo continente. Me dirigí hacia el centro del domo, donde se encontraban los edificios más grandes.
La ciudad parecía una gran feria, con cada calle ancha estando llena de pequeños puestos de cualquier tipo de cosa comerciable. Encontré un pequeño puesto de comida y me senté lo más cerca posible. Trate de aislar mi oído para entender cuál era el saludo cordial que se usaba, y de paso el nombre de alguna cosa. Realmente quería mantener mi perfil lo más bajo posible.
En mi abstracción, noté que Malo había robado un pescado y lo estaba almorzando, o merendando, a unos pocos metros de mi lugar. Salió a buscarlo un bicho con cuerpo humano, pero considerablemente más bajo, cubierto de pelo y con trompa de perro alargado.
—¡Stercore, volvé acá!
Malo tomó el pescado y corrió. Entendí fácilmente que esto no se trataba de negociar, sino de sobrevivir.
Aprovechando la distracción me acerqué al local ahora vació, y tomé unos cuantos pescados. Eran pequeños y estaban atravesados con un palo. Los guardé en mi carcaj de flechas. Caminé una cuadra a la derecha, y encontré un cómodo banco de piedra donde pasaba menos gente. Guardé la moneda en mi bolsillo y saqué los pescados del carcaj. Imaginé cuán divertido sería disparar brochetas de pescado ahumado por ahí, pero simplemente no era el momento.
Hasta ese día encontraba al pescado como una comida neutra, la comía porque no había nada más para comer, pero ese pequeño pescado cocinado y atravesado con un palo era una delicia. Primero comí cuatro con un hambre canina, y cuando mordí el quinto vi a Malo acercarse masticando el resto del pescado que había pedido prestado, de mucho mayor tamaño. Se acercó y se lo termino tranquilamente. Le ofrecí el sexto y último de mis pescados empalados.
Con el estómago lleno, quise saber que era del resto del equipo. Caminé despreocupadamente con Malo por unos minutos hasta que se me ocurrió una idea brillante.
—Malo, quiero probar algo –le conté—. Creo que podemos tener comida por el resto de la eternidad.
Pareció bastante convencido con eso último que le dije. Me siguió y nos dirigimos hasta los distritos que estaban un poco más poblados, y que ciertamente tenían muchos puestos más. Imaginé que había muchísima gente viviendo dentro de ese domo. Y no era algo que no se pudiera ver; las cuadras estaban compuestas de edificios de dos plantas uno detrás de otro, todos con patrones similares, pero muy distintos a los que había en el puerto. El tipo de estilo que se promovía no era tan distinto a los barrios más adinerados de Veringrad.
Encontré un pequeño callejón que daba discretamente a un gran puesto de... ¿talismanes? Parecían tener un motivo religioso. Apoyé mi espalda contra la pared y esperé a que viniera un cliente, pero estaba muy lejos para ver con qué tipo de moneda pagaba. Entonces le indique a Malo que esperara por una seña.
Uno de los humanos habitantes del Oeste, vestido de cabeza a pies de blanco, se acercó a comprar saben los dioses qué. El cliente era zurdo, así que tenía vista preferencial para ver su mano pagando con unas monedas como las que tenía. Hice mi seña a Malo y apunté hacía el humano. Cargué un poco de mi energía en la mano y pensé en lanzarla. Imaginé a Cregh y a Aldara manipulando su magia, y el rayo fluyó solo. Un pequeño hilo salió de mí y dio en el humano justo en el momento que iba a pagar. Por suerte, el efecto fue el deseado; él sintió algo más que un escalofrío y algo menos que una trompada. Malo entendió a la perfección la situación y tomó la moneda que el humano dejó caer cuando recibió el impacto.
Nos alejamos con Malo, victoriosos por nuestra nueva moneda robada en el crimen perfecto. Bueno, casi.
Guardé la otra moneda en mi bolsillo.
—Bien hecho, Malo. ¿Sabes dónde están los demás? Estoy preocupado.
—Miau. –Maulló.
Caminamos como veinte minutos por la ciudad donde no atardecía, hacía los distritos más altos del centro. Caminé sin decir nada y sin mucho apuro. Pensé en que si hubiera habido algún tipo de emergencia mi presencia hubiera sido necesitada hacía tal vez... una hora, cuando me había despertado y había hecho otras cosas en vez de encontrar a mis compañeros.
Malo me llevó hasta un parque rodeado de edificios muy altos, entre ellos la torre más alta de la ciudad. Caminamos unos metros junto a este y pude ver una gran acumulación de gente. Un tipo parecía estar parado encima de una caja con un instrumento que hacía que su voz se hiciera más fuerte. Me recordó a la forma de los cuernos que utilizaban algunos cuervos en la capital, en las competencias de arco.
Si bien parecía un humano había algo en él que me extrañaba, partiendo de que sus prendas no eran blancas. Parecía más pequeño y encorvado, y algo en su cara simplemente no me daba buena espina. Tenía una voz más que irritable con la que promocionaba algo.
—¡Vengan! ¡Vengan! ¡Acérquense! Están a instantes de presenciar la gran inauguración del cinema de Varoa. ¡Pasen y deslúmbrense con lo que tenemos para ofrecer! ¡Totalmente gratis! ¡Immo!
¿Cinema? En mi vida había escuchado algo así. Había una gran convocatoria de bichos. Todos parecían tan entusiasmados que ignoraban mi presencia. Y tampoco parecían notar que el resto de mi equipo también estaba allí. Malo me guío hasta ellos, esquivando los pisotones de la gente cada vez más loca.
—Hey, chicos.
—Ítalo, al fin despertas. –Me saludo Cregh.
—¿De qué se trata todo esto? ¿Un cinema? ¿Acaso vale la pena dejarme por esto?
—Miau.
—Dejar a Malo para cargar conmigo, corrijo.
—No lo decidimos, Dalia nos guío hasta acá. Se despertó y sin decir una palabra corrió hasta acá. –Dijo Lang. Miré a Dalia y pude ver que tenía la mirada fija en aquel hombre. También vi que Aldara parecía tratar de reavivarla—. Luego le dije a Malo que fuera a buscarte.
—Oh... ya veo. ¿Falta mucho para que esto comience? Realmente no tengo ni idea de qué va esto.
—Cinema… –Susurró Lang, como queriendo recordar—. Dalia no abrió la boca desde que se levantó.
—Solo queda esperar. –Dijo Cregh.
Pensé en preguntarles como les había ido en evitar la atención de la gente, pero preguntar eso rodeado de personas era tan genial como apagar un incendio con pólvora.
Se organizó una fila, y en menos de diez minutos la gente comenzó a pasar al cinema despacio.
Entonces note que Cregh tenía nuestra olla con alimentos entre los pies.
—Eh, Cregh, dudo que nos dejen entrar con eso. Y mirando mejor, tampoco con estas, o esas. –Dije, señalando a mi arco y a las pistolas de Lang.
—¿Alguna sugerencia? –Dijo el mago, bostezando. Parecía que todavía se estaba recuperando del esfuerzo titánico que había hecho la noche anterior.
—No podes hacer que desaparezca y... ¿volver a hacerlo aparecer después? –Dijo Lang—. Como el truco del conejo en la galera.
—Ehhhh… ¡Sí! ¡Sí puedo! –Exclamó feliz—. Dioses… ¿cómo se hacía? –Se refregó la cara—. Hace años que no uso algo así.
Cregh dispuso sus manos para hacer un hechizo en la fila. Se las tome, y le hable al oído.
—¿Todavía estas dormido? ¿Se te ocurre algo más llamativo que hacer un hechizo en la fila para entrar a un cinema hermoso?
Cregh se limitó a asentir con una expresión de estupidez.
—Llevate todo, y hace como si fueras a mear, o algo así. Si es que en este continente mean, claro.
—Tranquilo, Ítalo, ahora vuelvo –Exclamó en voz alta y con mucha seguridad.
Se llevó nuestras cosas, y se metió en un pequeño callejón. Al salir tenía las manos vacías, y casi nos tocaba en la fila. Entramos gratis, tal cual prometió el humanoide. Al entrar había un largo pasillo de roca muy pura y pulida como mármol, que seguía hasta el final del pasillo donde había un telón rojo. Pasando el telón nos encontramos con un escenario todo oscuro. Era muy parecido a un escenario de teatro, aunque no había ni una sola luz prendida. Apenas brillaban algunas raíces, aisladas en el suelo a lo lejos. Dalia fue al frente del grupo, y a paso muy acelerado se metió y busco un asiento. Seguimos sus pasos y nos ubicamos a su lado. Nos pusimos cómodos y esperamos. Nos avisaron que el espectáculo estaba por comenzar y que guardáramos silencio.
Un cinema… ¿Sería un estilo de circo del Oeste?
Creí que era posible. También creí que habíamos hecho un buen trabajo evitando la atención de los pobladores de Varoa. Su aire era muy diferente al que respirábamos en Gangshi. Era mucho menos denso, no sentía pesadas miradas condenatorias, y estábamos más adentrados en el continente… Quién sabe, pensé.
De repente, se abrió el telón negro y una luz salió por encima de mi cabeza.
El espectáculo había comenzado.

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