lunes, 2 de febrero de 2015

Madera & Hueso — 42 — Cregh


Las paredes habían quedado destrozadas. Los adoquines en el suelo se habían quebrado; algunos habían volado, otros se enterraban en el suelo. Un estante de madera se estaba incendiando; restos de comida estaban desparramados a su alrededor, y el humo negro que formaba cubría el cielo.
Miré a mí alrededor, sin poder levantarme. El vagabundo se encontraba a mi derecha, habiendo golpeado unas vasijas contra una pared y pareciendo inconsciente. Ítalo y Aldara yacían detrás de él. Solo Dalia seguía de pie, intentando pararse usando su espada de apoyo. De pronto, la pared sobre la que se apoyaba terminó de desplomarse. El grupo empezó a despertar y a levantarse, pero el hechicero ya se había acercado hasta nosotros.
—¿Siguen conscientes? Vaya. Esto iba a ser más fácil si no se despertaban.
El mago alzó su mano y Dalia se alzó en el aire. El mago la hizo estrellarse contra el suelo… Pero Dalia se levantó, y de alguna forma siguió luchando. Me puse de pie y dos disparos sonaron a mi derecha; el vagabundo había disparado. El hechicero cayó de rodillas, pero solo dudo por un instante y se volvió a levantar. No había ninguna marca en él. Dalia alzó su espada, pero salió volando por los aires una vez más. Ahora caminaba hacia al vagabundo. Era imposible vencerlo…
—¡Corran! —grité, mientras dirigía todo el humo negro hacia nosotros, cubriéndonos. Corrí hacia Dalia, que se levantaba, y le señalé un callejón. Corrimos sin mirar atrás, topándonos con el resto.
—¿Que vamos a hacer?¡Mis balas no le hacen nada! —dijo Lang.
—Correr. Por ahora debemos huir —dije, mientras corríamos por callejones.
—¡Transportanos! —gritó Aldara—. ¡Sácanos de acá, Cregh!
—Él podría sentir la magia y encontrarnos. Tenemos… que correr. — Apenas podía hablar, mis piernas no aguantaban más.
—¡Ahí! —exclamó Dalia, señalando a la calle que iba en bajada hacia el mar—. El puerto. Ahí lo podemos perder, o escondernos en un barco y escapar.
Miré hacia atrás: nada. La calle estaba totalmente vacía. Noté que los demás se habían detenido; había alguien frente a nosotros. El pistolero de Craster.
—Quie… Quietos —dijo. Sentí una vibración mágica, y el hechicero apareció por detrás—. No queremos…
—…Matarlos —continuó el mago—. Solo queremos…
—Que paren —terminó el pistolero. Hablaban al unisonó, como uno.
—No —dijo Aldara, sorprendiéndome.
—Bueno. Bien. Es… su decisión —dijo el pistolero, y buscó su anillo. Al ponérselo, desapareció en el aire. El Hechicero no se movió.
—Aldara… —susurré.
Ítalo saco una flecha y la tensó.
—…Controlas el agua, ¿no?
Ítalo soltó la flecha… pero falló. Era la primera vez que lo veía fallar. Hizo otro intento.
—Sí —dijo Aldara. Ítalo falló; las flechas parecían cambiar de dirección en el aire. El hechicero empezó a caminar hacia nosotros.
—El mar —dije—. Miralo.
A la distancia, las olas golpeaban el muelle de piedra, los barcos se mecían. El hechicero se acercaba.
—Nunca había visto tanta agua… —dijo Aldara, con ojos resplandecientes.
El vagabundo disparó, y la muchedumbre soltó un grito. Las balas cayeron al suelo sin tocar al hechicero.
—Sería un buen momento para probar tu límite —dije.
Dalia empezó a correr hacia al hechicero. Los ciudadanos también corrían, alejándose de nosotros.
—Preparate —dije. Levanté mis manos, y nos moví a todos.
Aparecimos al final del muelle. Había agua en todas las direcciones. Dalia tropezó y cayó al suelo.
—¿¡Qué haces!? —me gritó, pero el mago apareció frente a ella. Todos se tensaron.
Sin anunciarme lancé una llamarada, más humo que fuego. Al mismo tiempo, Lang disparó e Ítalo soltó una flecha. La llamara se detuvo frente al mago, la flecha se desvió hacia el agua, la bala se detuvo en el aire, pero entonces apareció el tentáculo de agua. Golpeó al hechicero por la espalda, mandándolo hacia el agua.
Pero apareció detrás de nosotros. Se transportaba demasiado rápido. Empezó a decir algo, pero Lang lo interrumpió con dos disparos. Esta vez dieron en el blanco, y el mago cayó al suelo.
Lentamente, las balas salieron de su cuerpo. No había sangre en ellas, ni en los agujeros. Sin dejar que respire, empecé a lanzarle más llamaradas; mi fuego lo cubrió por completo, pero las llamas hacían un círculo alrededor de él, sin llegar a tocarlo. Entonces, el mar se agitó y salió una ola. Golpeó justo donde estaba el mago y este soltó un grito. Esta vez no fue arrastrado hacia el mar. En cambio, toda el agua se convirtió en hielo, justo encima de él. Tenía los brazos extendidos; la había detenido a tiempo.
—Dioses —dijo Lang. Empezó a girar la mirada entre el hechicero y yo; los dos magos. Entonces soltó un suspiro—. Estamos jodidos.
A la distancia, un grupo de gente se formaba. Todos miraban hacia nosotros, esperando el siguiente movimiento.


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