miércoles, 4 de febrero de 2015

Madera & Hueso — 45 — Ítalo



Salí a la calle con apuro, pero mi cuerpo funcionaba lento. Me rebalsaba una ansiedad sin igual, por más que mis movimientos se efectuaran con calma y paciencia. Busqué asiento en el borde de una calle y miré hacia arriba. La luna brillaba blanca, sin ninguna nube cerca que interrumpiera su confortable luz.
Sabía qué estaba pasando, pero no quería ponerlo en palabras. Sombra. No estaba permitido siquiera acércame al tema; tenía que pensar en cosas buenas. Un poema, un recuerdo, una sonrisa; cualquier cosa que me pudiese sacar de ahí, de ese maldito agujero. Mi respiración se cargaba más y más. Mi piel se enfriaba, mis ojos se desentendían dela realidad. Podía sentirla, subiendo desde mi estómago.
Mi cabeza era un fuerte zumbido, tratando de evitar formular ese pensamiento. A pesar de todos mis esfuerzos era cada vez peor. Tragaba saliva todo el tiempo. Nada lo iba a parar.
Podía verme a mí mismo, sentado en la calle, tomándome de las rodillas, temblando. Con la mirada perdida en otro mundo; totalmente indefenso. Inútil e idiota. Herido y débil. Conociendo todo lo que podía ser, me encontraba ahí. Me encontraba temiendo pronunciar una sola palabra.
Intenté tragar saliva una vez más y noté cuán seca estaba mi garganta. Mis labios se abrieron y, hesitando, pronunciaron la palabra.
—Sombra.
No pasó nada.
No pasó nada, en realidad. Solo hubo un escalofrío que me recorrió entero, desde mis pies en el día que nací… hasta Havenstad.
Respiré hondo y tragué saliva.
Se sintió un quiebre en mi interior y solo alcancé a bajar la cabeza. De mi interior salió el vómito más espeso que podía haber imaginado. Intenté respirar, pero no era posible. Solo seguía y seguía. Realmente creí que mi estómago se había consumido a sí mismo. Podía ver a mis entrañas llenas del ácido que estaba expulsando de mí. Iba a morir, no había manera de que pudiese volver a vivir como antes después de eso.
Logré tomar una bocanada de aire puro, para volver a sentirme vivo.
Mi cuello ardía, mi estómago ardía. Mis párpados se tornaron de piedra en un segundo. Cada parte de mí pedía un respiro; cerré los ojos y deseé morir.
Hubo un momento de silencio profundo. Como nunca un silencio había sido. Entonces, volví a pensar.
—Sombra —me dije.
Podía sentir mis extremidades volviendo, centímetro por centímetro. Mi pecho y abdomen volvían a funcionar, de a poco. Mi corazón latía como solía latir en esas ocasiones. Mis párpados volvieron, y los abrí para encontrarme de nuevo con la noche.
Había durado segundos, pero había sido un infierno.
Estaba inmerso en la sombra como nunca antes. Una fuerte ansiedad golpeaba mis venas con cada latido, con cada inhalación, con cada exhalación.
Mi cabeza todavía daba vueltas, pero entendía qué era lo que necesitaba. Entendía a la perfección lo que mi cuerpo pedía.
Me volví a incorporar, y sentí como el espeso ácido que quedaba bajaba lentamente por las paredes de mi interior. Me había afectado; incluso respirar era difícil y mis piernas no estaban firmes. Apoyé mi mano en una pared hasta que volví a estar lo suficientemente lúcido. Escupí los restos que tenía en la boca, y luego de un par de largos minutos pude volver a caminar. Sentía que habían hecho un nudo con mis intestinos, y que podría desmayarme con solo hacer tres pasos más. Pero no, la noche era demasiado joven e irse a dormir no era una opción.
Esa noche, Havenstad era un desierto sin gente. Las luces de la calle eran todo lo que me acompañaba, junto con el frio viento del mar. No había mucha luz; mi paso era lento, pero todo el ritmo de la ciudad también lo parecía. Al menos el fuego ya no quemaba y mi dolor se estaba apaciguando. Mis ojos empezaban a centrarse; mi voluntad crecía y crecía. Tuve la corazonada de que ya tendría suficiente lucidez para seducir a una chica porteña antes de que encontrase un bar.
No me sentía mal envuelto en la sombra, estaba volviéndose una parte normal de mí. Había tardado más en recuperarme del combate. Poco a poco me sentía más rápido, más ágil. Completamente decidido. No sabía cómo iba a hacerlo, pero esa noche iba a superar esa ansiedad.
El ritmo de la noche se volvió el de siempre en cuánto la luna estuvo más alta. Los negocios que seguían abiertos empezaron a llamar la atención, y las luces del centro se multiplicaron. El frío era una buena excusa para que apurase el paso y entrase a un restaurante estando solo.
En ese momento la emboscada del Oeste, las palabras de Marco sobre mi destino; todo eso parecía haberse esfumado.
Quería pasar al baño a lavarme la boca, y después un vaso de Vera con comida abundante. Se decía que el Vera venia de Havenstad, junto al Oeste. Mis otros dos objetivos se cumplirían solos. Sabía que los astros estaban iluminándome, aunque en mi interior la sombra estuviera presente como nunca antes.
No entendía cómo debía sentirme, por más que mi pecho había dejado de latir con tanta fuerza. No podía dejar de sentirme al borde de un abismo. Esa fue la mejor forma que encontré para describirlo antes de que comenzara a tomar.
Encontré un negocio adecuado, con poca luz, pero lo suficientemente elegante. Me senté junto a una ventana. Un mozo se acercó a tomar mi orden.
—Un vaso de Vera, por favor. Y la especialidad del día.
Mi voz salía clara y perfecta, pero no podía parar de sentir un cosquilleo atrás de la lengua. Era como si no fuera yo quien hablaba.
Un puto abismo, pensé.
Cerré los ojos e imaginé el abismo. No, era un acantilado. Lo que me esperaba abajo era agua insondable. Mis pies descalzos desprendían piedritas hacía el agua. De alguna manera quería saltar. De alguna manera sentía que el agua no estaría del todo mal, aunque la caída podía matarme. Mis pies se llenaban de adrenalina, y se aferraban al piso al mismo tiempo. ¿Debía hacerlo?
El ruido de los platos y cubiertos me sacaron del trance. La comida estaba servida, al igual que el burbujeante vaso de Vera. Levanté la mirada alrededor del lugar, buscando lo que necesitaba, y resulto ser tan fácil como subir los ojos. Reí. Reí mucho. Se sentía muy raro estar lleno de esa sensación que había evitado durante años y sentirme bien. Cada segundo que pasaba me sentía más cerca de saltar. Por fin había llegado a Havenstad…
—Voy a saltar —pensé—. No puedo retrasar más esto.
Miré la espalda desnuda frente a mí durante un momento. Al bajar la vista me encontré con alguna cosa en mi plato que nunca había visto en mi vida…Tal vez no debía pedir el especial del día cuando estaba en un puerto. Tomé un poco de Vera, y noté que cuan entumecida estaba mi lengua al tener que esforzarme para sentir las burbujas. Mi garganta estaba en el mismo estado. Sentía que no era yo el que hablaba, sentía que no era yo el que respiraba.
Comí callado mientras la miraba. No entendía qué hacía semejante mujer sola en ese lugar, en esa noche.
No entendía cómo era posible que me encontrara envuelto en semejante sensación.
Mi mente se perdió mirándola, apreciándola de pies a cabeza. Llevaba un vestido negro de un estilo que jamás había visto, tan elegante como polémico por la manera en que exponía su piel. Ella insistía en no voltearse, seguía con la mirada perdida en alguna botella que exhibía la barra. Sabía que podía permanecer ahí sentada toda la noche sin que nadie más se le acercara. Terminé el vaso de Vera y dejé el plato casi vacío. Era hora.
Al levantarme de la mesa sentí como uno de mis pies ya estaba en el aire. Ya estaba cayendo.
Tomé lugar en la barra, a su derecha, donde no podía ver mis marcas. El hombre que atendía estaba limpiando un vaso con entusiasmo y me pregunto qué quería.
—Crystalina —dije, casi en un susurro.
El mozo tardo unos momentos en servirme y cobrarme. Tomé un buen trago, y el fuego paso por mi garganta. Ey, estar tan entumecido podía ser malo, pensé. Pero el estar sentado al lado de una dama como ella no me dejaba sentir mis excesos.
Pasó un rato largo y varios vasos hasta que ella pareció salir de su trance. Fue ahí donde logré el primer contacto visual. Su mirada fue penetrante y clara. Sus ojos eran de color cielo y combinaban de una manera perfecta con su pelo negro. Una pequeña arruga al sonreír.
—Otra Crystalina —ordené—. Y una para la señorita, por favor.
La curva de su sonrisa se ensancho aún más, y siguió mirándome. Su mirada me recordó a mi reina. Eso me recordó a mi hermano, a mi padre, a sus revólveres que evitaba y como todo eso me había llevado a viajar hasta Havenstad. Pero como ya estaba inmerso en la sombra, eso no cambió nada. Sus labios eran un caos sensual. Me atrevía a creer que, a pesar de no conocerla, nunca había estado tan hermosa como en esa noche. Ni ayer ni mañana hubiera sido lo mismo.
Llegaron los vasos de Crystalina. Recuerdo haber preguntado su nombre y otras cosas, pero no recuerdo ninguna de las respuestas. Ella levantó su vaso, y poniendo las manos como una pistola hizo aparecer una llama en su dedo índice. La acerco al vaso hasta encenderlo, soplo el fuego y tomo todo de un solo trago. Entonces exhalo un largo respiro, y comenzó a reír. ¿Cómo había tomado tanta Crystalina de un trago? Le acerque el vaso para que aplicara su magia. Seguí sus instrucciones y lo sostuve fuerte, sin dejar de admirar cada rincón de su cuerpo que insistía en ser perfecto. Embobado con sus encantos, pedí dos vasos más. No recuerdo una sola palabra; solo miradas entre el alcohol. Mientras que el mozo vaciaba la botella y traía los vasos las cosas dejaron de tener sentido. El tiempo empezó a distorsionarse; deje de centrarme en algo que no fuera ella.
Sin darme cuenta, estaba rozando mis pies con los suyos. Baje la mirada para comprobarlo, tan sutilmente cómo es posible para un borracho. Ella volvió a sonreírme y bebió suavemente, ahora disfrutando el sabor de la Crystalina.
Intentaba reaccionar, pero era inútil. Tomé varios sorbos de mi vaso, poniéndome en éxtasis despacio por mi entumecimiento hacia el ardor. Trataba de abrir la boca para decir algo y me sorprendía al encontrar que no había manera. Simplemente no era posible; solo tomar y mirar. Y nos mirábamos. Y rozábamos nuestros pies.
Esos pies que ya no estaban en tierra firme. Ya había saltado; podía sentirlo. Solo me quedaba caída libre.
Esa segunda ronda se tornó larga. El silencio que compartíamos era placentero. Ya no hacían falta palabras, y ya no las quería, como ella no las había querido desde un principio. A pesar de que mis sentidos se perdían, y alteraban todo mi entorno, su figura seguía siendo clara e impecable. Recuerdo con todo detalle la ideal curva de sus labios, el color exacto de sus ojos. Podría hacer un mapa de su cuerpo.
Era capaz de creer que si no existiera una caída libre en esa noche, ella hubiera podido cambiar mi vida. Con su simple existencia, con el simple hecho de estar sentada ahí en esa noche.
Revolvía los últimos restos de mi vaso mientras ella ya había terminado. Sus labios se movieron. Me fue imposible escuchar su voz, pero leer sus labios me pareció tan fácil como si fuera natural. Cumplí su deseo, y deje al descubierto el fondo del vaso en un abrir y cerrar de ojos. Ella dejo ver sus dientes por primera vez, en una dulce sonrisa, y me tomo de la mano mientras andaba hacía la salida. Corrimos calle abajo, con ella riendo. Su espalda desnuda era la guía perfecta para evitar caerme. Sí, era difícil mantener el equilibrio, pero pude aguantar hasta llegar a la playa, unas cuadras abajo.
Caí encima de ella y rodamos sobre la arena. Tome sus brazo y la sostuve contra el piso para mirarla una vez más. Ella clavó su mirada en mí una última vez, y cerro sus ojos. Me acerque a su boca, sin hesitar.
Sus labios eran la combinación perfecta para esa sensación en mis pies. Estaba cayendo y me importaba muy poco. Me importaba menos mientras más cerca estaban mis manos de sacar su vestido negro.
Rodamos en la arena como adolescentes bajo el hechizo del primer amor.
El ritmo era rápido, desenfrenado. Su tacto era cálido, sin ningún tipo de delicadeza. Pase un rato en él, sin pensar realmente en nada, limitándome a disfrutar del contacto.
Ella me separó y se paró. Termino de acomodar sus prendas, y dijo algo. Pude escuchar y grabar su voz por primera vez.
—Quiero llevarte a un lugar.
Volvió a tomar mi mano y me llevo hasta la orilla. Señaló hacía el mar, hacia el horizonte. No se distinguía nada; solo una masa negra que se movía. Me reí.
—¿Vamos ahí?
Ella asintió, sonriendo. Ya nos habíamos metido hasta las rodillas, y ni siquiera nos habíamos dado cuenta. Me golpeo una ola potente, perdí mi poco equilibrio y caí de lleno en el agua. Me incorporé riendo, parándome a su lado. Me dio la mano y nos metimos más profundo, hasta que el agua nos llegó al pecho. Saltamos adentro del mar y nos sumergidos en una oscuridad absoluta. No entendía absolutamente nada de lo que estaba pasando.
Salió una lucecita blanca desde ella, iluminándonos. Abrió su boca, y apareció una burbuja del mismo blanco que comenzó a crecer y crecer; pronto había una cúpula sobre nuestras cabezas. Sin soltar mi mano, comenzamos a nadar hacía delante, con la burbuja protegiéndonos del agua. Su otra mano estaba extendida hacía adelante, y nos guiaba en la oscuridad como sabiendo por dónde ir. Pensé en el tono blanco de los hechizos de Cregh.
Nadamos más abajo…Nuestros cuerpos se deslizaban por las aguas negras de Havenstad. Era increíble, sin duda; en ningún momento me sentí sobrio, pero aun así era algo sin igual. Ella me miró, y aceleramos el nado un poco.
No podía aguantar la curiosidad por otro instante.
—¿A dónde vamos?
Su sonrisa se ensanchó, apenas perceptible.
—A los Campos Divinos —murmuró.
Temí que se refiriera a nosotros muriendo ahogados. La sensación de mis pies se hizo más fuerte, pero seguía en caída libre. El impacto todavía no llegaba.
Apareció una formación rocosa más adelante, como una pared que surgió en la oscuridad. De ella venían burbujas pequeñas, brillantes como la nuestra. Ella señaló hacia allá y nos encaminamos suavemente. Casi estábamos al ras del suelo; podía ver algo de fauna marina a pesar de mi alcohol en sangre. Ahí abajo solo había paz.
Las burbujas se empezaron a hacer más visibles y en más cantidad. Venían de un agujero que parecía señalado por su simpática luz. Así es que entramos en él, y comenzamos a subir por un túnel hacía adentro de la formación rocosa. El agua se estaba tornando más cálida, como uno de los baños que me daba mamá.
Ascendimos y ascendimos hasta volver a encontrar una superficie. Salimos del agua hacia una gruta; todo un espacio abierto rodeado por paredes de roca que se perdían en la distancia. El techo estaba iluminado por unas extrañas raíces blancas que irradiaban luz. Eran como las burbujas, pero no se sentían mágicas. Esas raíces debían ser algo más. El agujero que daba al agua estaba rodeado por un muelle de madera, de donde nos sujetamos para subir. Desconocía cuánto tiempo había realmente pasado, pero todo eso era increíble. Se respiraba un aire distinto a la ciudad; más cerrado y mucho, muchísimo más caliente. Se sentía como un verano sin viento.
—Campos… Divinos —balbuceé.
Alrededor del espacio de madera, iluminado por antorchas a nuestro alrededor, todo el suelo estaba cubierto de hierbas. Y ella ya se había deshecho de su vestido negro.
Todavía tenía suficiente alcohol en sangre para alargar la noche de descontrol. Y no había manera de resistirse; había algo en el aire caliente, en cómo no me molestaba que mis prendas estuvieran mojadas. El color negro del agujero hacia el agua, con sus tintes rojos y dorados del fuego que reflejaban. Era simplemente perfecto. Estaba loco por hacer el amor con ella en esa noche, en ese lugar, en ese momento.
Cubriendo su torso con solo un sostén, puso las manos en mi pecho y me empujó más atrás. Nos movimos unos cuantos metros, hasta caer en un lugar que parecía más íntimo, cuya hierba parecía más suave. Agradecía los dioses por cada vaso de Crystalina que me había tomado. Nada podía ser mejor.
Mientras ella me sacaba la ropa y yo la besaba, me pregunté cómo podía crecer césped y raíces sin sol, pero esos pensamientos desaparecieron una vez que sus labios llegaron a mi cuello. Toda consciencia desapareció, toda preocupación. Se sentía tan cómodo… Porque todo era perfecto. Podía encontrar plenitud en cada rincón de mi cuerpo, y sentía que entraba en ella de la misma manera. Mi cerebro se derretía con sus caricias y con el roce de su piel.
Dudé. Dudé si estaba vivo.

◘◘◘◘◘

La luz avisaba del día en el mundo exterior. Debía filtrarse por las paredes de alguna manera, o tal vez era el agua, ahora clara, lo que reflejaba el día. Entonces hacía un poco más de frío, pero todo seguía estando igual de encantador. Mi cuerpo había estado en otro planeta por un rato, y ahora me sentía totalmente exhausto. Ella seguía a mi lado, todavía dormida. Pensé que esa era la primera vez que me despertaba con una chica entre pastizales. Era bastante romántico; realmente había sido una noche de adolescente. Agarré una de mis prendas para taparnos y decidí dormir un poco más.

Desperté de mi siesta al sentir su ausencia en mi pecho. La encontré parada, mirando hacia adentro de la gruta. Ya estaba vestida, y se veía algo preocupada.
El color del agua, que parecía avisar que estábamos en el mediodía, era muy agradable de ver y transmitía tranquilidad. Que era lo que le estaba faltando a ella. Tomé mis prendas, vistiéndome sin apuro. Noté que había despertado con un leve dolor de cabeza y un hambre canina. Me pregunté si alguna de esas hierbas que crecían daría algún fruto comestible… Y si había habitantes hostiles que se alimentaban de ellos.
—Hay que irnos, rápido —declaró la chica.
Sí, debían ser hostiles.
Arriba, las raíces blancas flameaban con el viento, y noté como dejaban caer algunas gotas. Su luz ya no hacía mucha diferencia con la claridad. Entonces note que había una muralla más adelante, cubriendo todo lo que se veía. No me había dado cuenta de lo inmensos que eran los Campos Divinos.
—Sí —murmuré—. En camino.
Ella se agachó entre el pastizal y me hizo señas. Corrió hacia el agua, y seguí su ejemplo. Saltamos sin mirar atrás. Una vez sumergidos, ella repitió lo hecho anoche y nos envolvió en una burbuja. Avanzamos con ritmo apurado, buscando la salida.
El viaje fue mucho más rápido que por la madrugada. Apenas cruzamos algunas miradas ocasionales, pero nos sonreímos. Llegamos a la orilla de Havenstad.

Ella me dio un beso tierno pero corto, y se fue hacia la ciudad.
Me quede ahí, parado donde la arena se unía con el agua, pensando en cómo era posible que nuestras vidas siguieran su curso tan fácilmente después de noches como esa.
No había olvidado la sensación en mis pies, pero de a poco volví a sentir la ansiedad en mi cuerpo. Mis puños estaban cerrados con transpiración. Sudor frío en mi espalda. Esa señorita no había hecho más que prorrogar su impacto. Y entendí por qué lo sentía: mi misión. Originalmente había aceptado el encargo de Wendagon porque necesitaba acercarme a Havenstad. Tenía que cumplir el rito de madurez y encontrar la piedra del trueno en esa ciudad. Había estado sintiendo la gravedad de ese hecho desde que dimos un paso adentro, como un peso en mi espalda.
Inmóvil, con la mirada enroscada en mis pies, traté de volver a la realidad. Mundo real a Ítalo. Necesitaba un restaurante. Mientras mis ojos buscaban un cartel llamativo, traté de recordar el nombre del contacto que me había recomendado mi primo.
Entré en el primer lugar que parecía vender comida común y corriente, y pedí carne asada con un vaso de agua. Esperé impaciente mientras trataba de atar cabos sueltos. Nuestro grupo sabía poco del Oeste al que teníamos que ir; yo sabía poco de la piedra que tenía que buscar.
La comida llegó caliente, echando humo, y se veía tan sabrosa como termino estando. La carne duro menos de cinco minutos en mi plato. Con el pan limpie cada rincón, hasta la última gota de salsa. No creo haberme llenado tan rápido antes. Temí devolver todo, pero con un poco de agua las cosas cambiaron a mi favor.
Miré al mar por la ventana. El nombre que Marco me había dado era Tammi, alguien del cual no sabía absolutamente nada. Mi primo también había especificado poco. Si era un amigo de la familia, quizá se trataba de algún primo muy lejano.
Tammi, resonó en mi cabeza. Tammi del Valle. Sonaba mejor así, aunque no recordaba tener familiares en Havenstad; de ser así la piedra hubiera estado en poder de la familia hace bastante. Aun así, creía haber escuchado que la familia se había instalado al lado de la costa en un principio y que habíamos migrado hacia el centro con el paso del tiempo. Aunque, ¿quién podía saberlo? La familia se había hecho muy numerosa en el último siglo.
¿Qué podría saber ese Tammi sobre la piedra del Oeste? Ni siquiera estaba seguro si era un hombre o una mujer.
Sobre la piedra, el tema era más fácil. Era conocimiento popular que la piedra del rayo estaba en algún lugar de Havenstad, la última de una serie de piedras antiguas y poderosas que nuestro apellido suele buscar como rito para ganar posición en la familia. Con ella tendría la importancia para escapar de la sombra de mi hermano… Con ella tendría el poder suficiente para comprarle un castillo a mi reina.
No encajaba el hecho de que ningún Del Valle la hubiese recuperado antes, más allá de que la leyenda decía que la piedra del rayo era intocable. Según tenía entendido, pertenecía a una familia muy reservada que la mantenía como amuleto. Pero también se hablaba de un castillo. Un gran castillo, cosa que era muy difícil de encontrar en Havenstad; esto no era Veringrad con sus largos barrios y terrenos.
Esta familia poseedora de la piedra eran quienes distribuían el Vera, en teoría. Tal vez me lo había dicho Marco, pero no estaba seguro. Él había escuchado estos rumores en sus viajes.
El cielo empezaba a llenarse de nubes negras que esperaban a estar sobre la ciudad para desatar su lluvia. El viento soplaba fuerte, mi corazón latía fuerte. Comencé a caminar de vuelta a la posada donde nos estábamos quedando. Necesitaba recoger mis cosas y también necesitaba a Cregh.
Mientras caminaba podía sentir como la sombra se volvía cada vez más pesada y cargaba todavía más mi respiración. Me estaba empezando a enfermar; temí que estuviera juntando fiebre. Mis ojos estaban demasiado abiertos, demasiado atentos. Buscando, buscando, buscando.
Hacía un largo rato que había despegado del acantilado y mis pies habían empezado a volar. De pronto sentí miedo del impacto contra el agua. ¿Realmente podría evitarlo?
Mi cabeza explotaba en pensamientos. Ya me era imposible caminar tranquilo.
Surgió la idea de que podía morir antes del impacto, pero la duda sobre qué había debajo del agua tiraba con la misma fuerza. El Oeste esperaba. Debía encontrar a Tammi. Necesitaba la magia de Cregh. Lang estaba malherido. Sombra, sombra, sombra.
Finalmente llegue a la hostería. Saludé a los presentes sin darles demasiada importancia y me dirigí al cuarto donde había dejado mis cosas. Recogí mi carcaj, los pergaminos y las pólvoras. Era todo lo que necesitaba. Salí rápido de la habitación y me choqué con el mago, que justo estaba saliendo del baño.
—Cregh, necesito que vengas conmigo —le dije, ignorando las duras palabras que habíamos intercambiado cuando llevamos a Lang al hospital; las cosas se habían puesto tensas entonces. No me importaba mi dignidad, mi orgullo o lo que sea. Hubiera salido a buscar a Tammi con un vestido florido si era necesario.
El mago dudó.
Es sobre el Oeste —agregué, dirigiéndome hacía afuera. Cregh se quedó parado un segundo, me miro de nuevo y fue tras de mí.
Una vez afuera caminamos calle abajo, donde podíamos ver grandes embarcaciones llegando y despegando. Era un paisaje bastante artístico, pero como esto no me importaba acelere el paso para llegar lo antes posible. Serían unos buenos veinte minutos hasta la playa.
Andando por la calle pegada a la orilla caminamos sin tener demasiados problemas.
—Ey, ¿a dónde se supone que estamos yendo? —preguntó mi compañero.
—Al puerto. Tenemos que encontrar a un contacto mío.
—¿Tenemos? —Cregh se quedó quieto en su lugar, terco.
—Necesito tu ayuda. Ayuda de tu magia, puntualmente.
—Sí, seguro. Problema tuyo, supongo.
Se volteó, y comenzó a caminar para el lado contrario.
—¡Cregh! —grité, mientras lo tomaba del brazo—. ¿Acaso pensas que esto es un juego? —Él saco mi brazo de encima, y se dio vuelta hacía mi con una llama prendida en su mano derecha—. Mi contacto sabe sobre el Oeste, sobre nuestro destino.
Cregh mantuvo su llama, apuntándome. Lo mire a los ojos.
—No llevemos todo esto a un plano de niños —dije, mientras le estiraba la mano.
Volvió a dudar, pero cedió.
—Bien —dijo, y nos dimos la mano. Sin darme cuenta ya estábamos llegando al puerto; el otro centro de Havenstad.
—Marco me hablo de un tal Tammi —expliqué—. Me dijo que lo buscase por estos lugares cercanos al puerto. Necesito que hagas lo mismo que hiciste en Craster, dibujando mi apellido.
—¿Un tal Tammi? ¿Quién se supone que es?
—Desgraciadamente, no tengo ni idea. Se escribe con dos “m”, por cierto.
Cregh asintió, y comenzó a escribir el nombre con una pequeña flama que se sostenía en el aire y seguía los movimientos de su mano mientras dejaba una marca luminosa en el aire. Al igual que en Craster hubo un nombre escrito en el aire. Y al igual que en Craster no tardó en dar efecto.
Llegamos hasta donde comenzaba el puerto, donde el caudal de gente aumentaba… considerablemente. Cregh evitaba a la multitud y les decía que se mantuvieran alejados para evitar incinerarlos por accidente, pero nuestro paso se volvió, tal vez, demasiado lento. Ese ritmo solo aumentaba más mi ansiedad, y ahora sentía un sudor frío en mi espalda y en la frente. Mis ojos se sentían muy cansados de buscar amenazas que no existían entre cada persona; la ansiedad había llegado a una etapa en la que se confundía con la paranoia.
Dioses, no podía esperar a encontrar una salida a todo eso.
Caminamos por la calle empedrada al lado de las embarcaciones. La gente nos miraba y miraba el cartel, pero ninguna se acercaba…o ninguna se ocultaba al ver su nombre escrito en fuego. El círculo que nos separaba del resto se hizo más y más grande. A pesar del esfuerzo de ambos, no podíamos encontrar esos ojos comunicando que se trataba de Tammi o que al menos lo conocían. No entendía como nadie salía a encontrarnos, fuera con un cuchillo por sentirse amenazado o para calmar su curiosidad. La masa nos esquivaba como si estuviéramos haciendo algo común, y simplemente caminábamos hacia delante sin encontrar nada. Había esperado que hubiera resultados más rápido, posiblemente por las ansias, pero ni siquiera había pasado tanto tiempo.
De repente todo tomo sentido. En los ojos de la masa no encontraba sorpresa; era todo lo contrario, de hecho. Todo el mundo debía saber quién era Tammi.
—Cregh, es suficiente —dije—. Lo encontramos.
—¿Eh? ¿Dónde está?
Cregh apago la llama y me siguió.
—¿Quién es? —preguntó.
—No sé, pero vamos a averiguarlo muy pronto.
Con el fuego apagado, la masa empezó a compactarse poco a poco, y volvimos a ser iguales a cualquier otro ciudadano del puerto. Esperamos sentados mientras pasaba este cambio. El tiempo me sirvió para ganar alguna suerte de paz, y pude recuperar mis sentidos un poco. Empecé a escuchar los pasos de la multitud, sentir el viento y la sal del mar. Me gustaba Havenstad, me gustaban los barcos, me gustaba el mar. Había venido solo un par de veces cuando era mucho más pequeño; recordaba que teníamos una pequeña embarcación para pescar. A pesar de que podía haber mal tiempo, malas decisiones y mala suerte, papá nunca se perdía en el mar. Un día terminamos a la deriva luego de una tormenta espontanea, pero él nos hizo llegar a tierra sanos y salvos.
Cregh y yo nos levantamos, y nos dirigimos a la primera embarcación que vimos.
—¿Viste esas expresiones en los demás? Creo que todo el mundo conoce a Tammi —expliqué—. Puede que no necesitara molestarte, después de todo.
—Está bien —dijo, formando una sonrisa que no se me torno del todo falsa. Sonreí, mientras volteaba para seguir nuestro camino.
Una embarcación bastante grande que parecía en sus últimos preparativos para zarpar me pareció la indicada. Nos acercamos sin demasiadas vueltas a un marinero del montón. Corrí mi capucha lo justo y necesario para que pudiera ver la corona de la gloria, y me puse mi mejor tono amable.
—Disculpe, buen hombre, estamos buscando a Tammi. Venimos en nombre de Marco del Valle; si es que tiene alguna importancia, claro.
—¿Tammi? —dijo riendo—. Sí, claro. Ahora mismo debe estar gastándosela vida en el bar del muelle.
Volteé, para ver como Cregh se aplastaba la cara.
—Gracias, buen hombre.
No estábamos lejos del muelle, por suerte, y todavía faltaba mucho tiempo para el atardecer. Nos pusimos en marcha.
—¿Tu contacto es un puto borracho? —dijo Cregh, molesto.
—Ey, Marco nunca me daría mala información. Estoy tan sorprendido como vos.
—Sí, lo que sea. —El mago bajó la cabeza. Caminamos hasta llegar al muelle, donde un cartel nos indicaba nuestro objetivo. Adentro me esperaba la verdad, pensé.
—Creo que vamos a lograrlo, de alguna manera —comenté al mago. Este levantó una ceja, pidiendo más explicaciones—. Lograr esto, lo del Oeste. Lo que sea que nos esté aguardando allá afuera.
Cregh no respondió, y simplemente entramos al bar. Tragué saliva, me acerqué a un mozo y le pregunté sobre Tammi. Este levantó la cabeza mientras limpiaba enérgicamente un vaso de cerveza, señalando a un hombre junto a una ventana. Le agradecí y nos acercamos con Cregh.
—¿Tammi? Me llamo Ítalo, él es Cregh. Venimos en nombre de Marco del Valle. —Hablé en voz fuerte y clara. Tammi se encontraba con la cabeza baja, y me miro de soslayo.
—Ítalo, ¿eh? ¿De parte de Marco del Valle? —rió—. Tenes suerte de que todavía no tomé demasiado. Tomen asiento, compañeros.
Su aspecto realmente era mejor de lo que esperado; Cregh ya no se veía tan decepcionado. Su barba debía llevar una semana sin afeitar y su cabello estaba algo largo y despeinado, pero no estaba mal. Intenté oler algo, pero noté que hasta mi nariz seguía algo entumecida por la sombra. A pesar de todo, había algo en su sonrisa que me hacía perder la cabeza. Era demasiado siniestra. Sonreía de oreja a oreja, como luciendo sus dientes. El gesto hacía que sus ojos parecieran adquirir un aspecto demente. Una cierta manera de gesticular con las manos y una postura al hablar terminaba de cerrar a ese personaje muy oscuro, pero ridiculizado por su adicción al alcohol.
—Entonces, ¿qué necesitan? —empezó.
—Tenemos una misión en el Oeste… Marco me dijo que podía contar con vos para ese tema—dije.
—Oh, el Oeste. Es un continente vasto, ¿saben? ¿Qué quieren saber?
—Estamos en una…
—Misión, ya lo dijimos —apuró Cregh.
—Necesitamos detalles del Oeste, saber que puertos podríamos usar para entrar —dije.
—¿Saben? La gente recurre mucho a mí para preguntarme cosas del Oeste, pero ninguno pregunta por sus maravillas. Por desgracia, no conozco demasiado de sus centros costeros, pero de seguro los hay.
—Es cierto, supongo es una pena. —Sonreí—. Solo necesitamos saber algún lugar puntual, por donde podamos entrar al continente y adentrarnos.
—¿“Adentrarnos”? —rió—. Supongo que van a ser cadáveres más rápido de lo que pensé.
—¿Acaso vos estuviste en el Oeste? —Interrumpió Cregh—. Todas tus afirmaciones…
—Claro que sí —respondió—. Nací en el Oeste, buen hombre. Vi cosas que no creerías. El comercio está prohibido, pero hay muchos barcos que hacen el viaje por el precio adecuado.
Sonó muy seguro; Tammi mató lo que quedaba dentro de su vaso y ordeno otro. Miré a Cregh: su cara era una mezcla de sensaciones variadas, pero no había que ser un genio para darse cuenta de que no creía que esa historia fuera verosímil.
—¿No podes darnos algún nombre? —pregunté—. Realmente buscamos cualquier detalle concreto.
—H'vyah sería lo más cercano a la costa, posiblemente, pero no estoy seguro. Hace un largo tiempo que no voy por esas tierras puras. También tenes Gangshi.
—¿Algún contacto allá?—pregunté.
—Ya deben estar todos muertos, así que no, compañero.
—Supongo que todo va a ser muy improvisado, al fin y al cabo —murmuré.
—Estoy seguro de que todo ha cambiado mucho —dijo Tammi—. Pero hay cosas que deben seguir igual.
—¿Cómo qué? —preguntó Cregh, impaciente.
—Su paz, su vida blanca—dijo Tammi, sonriendo y cerrando los ojos. Quedo así por un buen par de segundos. Acto siguiente, Cregh se paró y se fue.
—Necesito saber algo más —dije entonces, cuando estuvimos solos—. La piedra del rayo; necesito su ubicación.
—Pedís mucho, chico, ¿sabes? —dijo, lanzando una carcajada—. Creo que es más fácil entender a las mujeres que conseguir detalles de la familia Robler.
—¿Los Robler? —Eran una familia noble bastante conocida, aunque de la que se sabía más bien poco—. ¿Ellos poseen la piedra del rayo?
—Claro que sí, hijo. La tienen en su castillo que nadie puede encontrar.
—¿Un castillo que nadie encuentra? Un castillo no es fácil de esconder.
—Ya sé, ya sé. Son magos, ¿no crees que podrían esconder un castillo en el cielo o abajo del agua? —Tammi rio.
—¿Nadie lo encontró nunca?
—Tal vez si, y la piedra simplemente no estaba ahí. Quién sabe.
—Una cosa más, ¿los Campos Divinos te suenan a algo? —pregunté.
—Al Oeste.
Asentí. Me paré y miré hacia afuera, donde estaba Cregh. Le compre un trago y fui a saludar. Estaba sentado, y parecía bastante molesto.
—En realidad no debería beber —me saludó, rechazando mi trago—. ¿Realmente vas a creer las historias de un borracho? —bufó.
—No, claro que no —le dije, aunque algo de lo que había dicho me había quedado claro—. Al menos tenemos unos nombres: H'vyah, Gangshi.
—Pero, ¿son reales? Ni siquiera estoy seguro de cómo se escriben.
Guarde silencio un momento.
—Cregh, necesito ayuda una vez más.
—¿Qué necesitas ahora?
—No voy a mentirte, esto solo es de índole personal —dije—. Pero es muy importante para mí. Es la razón de porqué tengo estos dibujos en la cara. —Señalé a la corona de la gloria. Cregh parecía cansado, con ganas de cenar y dormir una siesta buena y larga. Debía agregar algo más—. Realmente necesito de tu magia otra vez… Los Robler están conectados con el Oeste de alguna manera.
—¿Robler? —Inquirió.
—Son la familia que posee la piedra del trueno, algo que tengo que conseguir. Nunca pudieron encontrar donde esconden la piedra, pero creo que podría ser el primero.
—¿Acaso vas a seguir los cuentos de ese pobre de Tammi? Pensé que eras más inteligente.
—Esto es algo mucho más grande que la borrachera de un pobre diablo. Mucho más.
—Está bien, ¿que necesitas que haga?
—¿Sabes hacer burbujas? —pregunté.

Un rato antes del atardecer llegamos al mismo punto donde había bajado con la chica del día anterior. El muelle se veía negro muy a lo lejos, al igual que las embarcaciones. El sol estaba a punto de ponerse.
—Justo a tiempo —dije—. Si no nos apuramos se va a volver todo muy oscuro allá abajo.
—Hagamos esto rápido —dijo Cregh.
—Me gusta la actitud.
Cregh creó una burbuja antes de entrar al agua, para que no se mojaran mi pólvora y flechas. Descendimos suavemente, y nos encontramos con un fondo marino que se fundía con los colores del ocaso; tenía suficiente luz para guiarme y que no termináramos ahogados en cualquier lugar de allá abajo, aunque el paso era más lento sin la guía de la chica. El aire de la burbuja se empezó a tornar más difícil de respirar.
—Por ahí —dije—. No falta demasiado.
Seguimos las burbujas blancas que llegaban desde la estrecha entrada de túnel. Ascendimos bastante más rápido de lo que recordaba haber hecho con la mujer. Cregh mantuvo la burbuja hasta llegar a la orilla, y la deshizo cuando el agua nos llegaba a eso de las rodillas. Sin perder tiempo, lo tomé de la mano y lo llevé detrás de unos pastizales altos.
—Por los dioses, ¿qué es este lugar? —preguntó, mirando a todos lados.
—Los Campos Divinos, Cregh —dije.
—¿Cómo es posible que haya un lugar así debajo del agua?
—Yo tampoco podía creerlo. Además, ¿no sentís esa sensación única? Es un lugar muy extraño.
—¿Qué? ¿Ya habías venido?
—Sí, pero es difícil de explicar. Cuando terminemos esto te cuento todo con lujo de detalles.
Los pastizales eran enormes; el escondite perfecto mientras avanzábamos hacia delante. Nuestro destino era la muralla que bloqueaba todo más adelante. Pude ver la silueta de un castillo del otro lado, chocando contra las raíces del techo que la iluminaban. Casualmente, todas las raíces blancas se unificaban ahí, como si su luz viniera del edificio. Ese era el lugar. El vértigo en mis pies me decía que el impacto de mi caída estaba muy cerca. Muy pronto conocería qué me esperaba al tocar el agua.
La noche caía, incluso dentro de ese domo. La oscuridad se fue apoderando de los Campos Divinos mientras nos acercábamos a paso de camello. Todavía no habíamos visto a ningún otro ser vivo alrededor. La flora perdía altura mientras nos acercábamos, y llego un momento en el que no era seguro seguir avanzando.
—Puedo transportarnos adentro de la muralla; tardaría un segundo —dijo Cregh.
—No. Estoy bastante seguro de que estos tipos son magos y pueden detectarte. Déjame esto a mí.
Tomé mis pergaminos verdes. Separe el adherente y me lo pegue en el antebrazo derecho; el otro lo até a una flecha. Preparé el arco, y apunté lo más arriba posible para poder pasar la muralla a pesar del peso del papiro. El disparo fue perfecto, como de costumbre.
—Tomá mi mano.
Cregh se acercó y me hizo caso. Pensé en el destello característico del hechizo de transportación, y aparecimos dentro de la muralla.
—¡¿Cómo hiciste eso?! —exclamó Cregh. Chisté para que se callara.
—¡Silencio! Son pergaminos mágicos —expliqué.
Miré el pergamino en la flecha; se había quemado un poco. El esfuerzo realizado era bastante más grande al llevar a dos personas, pero todavía quedaban un par de transportaciones. De todas maneras tome otro pedazo del pergamino adherente, y lo pegue debajo del anterior.
—Genial, ahora necesitamos un plan —dije.
—Esperaría a que termine de oscurecer del todo; creo ver gente a lo lejos —dijo Cregh.
Nos sentamos, mirando el edificio a la distancia mientras esperábamos que la noche llegase. Estaba muy ansioso, casi demasiado; sentía que mi corazón podía explotar en cualquier momento.
—Sigo sin entender cómo puede haber algo de estas dimensiones abajo del agua —murmuró Cregh—. Quiero decir, ¡podría ser un barrio entero!
—Es increíble. Realmente no termina de entrar en mi cabeza.
—¿Qué tipo de familia vive acá?
—Se supone que son los Robler, pero no estoy seguro de nada —dije—. No conozco ninguno escudo o distinción propia de ellos… Ey, creo que tengo un plan.
La luz era lo suficientemente tenue para que pudiéramos movernos sin que nos vieran. Nos acercamos al terreno donde se encontraba el castillo, hacia un pequeño puente que separaba el castillo del resto de los campos verdes encerrados por la muralla.
—Esto es un puto paraíso —masculló Cregh.
Até el pergamino con la tinta que hacía el efecto a la flecha y lo lancé al otro lado del puente. El hecho de que no hubiera viento ayudaba mucho al tiro.
—El plan es simple. ¿Ves esos dos de allá hablando? Voy a darles con una flecha de pólvora. Entonces esperamos a que los vengan a ayudar, lo que va a permitirnos tener una idea de cuantos hay adentro. Inmediatamente después nos transportamos adonde sea que cayó la flecha, y entramos por el otro lado. Mientras se desviven buscando al tirador por el lado equivocado, tomamos la piedra y nos vamos. No voy a obligarte a ser partícipe de esto; podes esperar en la playa, e irte si no vuelvo hasta dentro de dos horas.
—Sí, claro —rió Cregh—. Voy a dejarte solo para que te maten. Es un buen plan, de hecho, aunque es una pena que tenga que protegerte para que se cumplan las leyendas.
—Estupendo —dije, tratando de esconder la sonrisa que se me había formado—. Hagámoslo.
Mi cuerpo estaba revolucionado; no podía mantenerme quieto un solo segundo más. Iba a explotar, explotar en muchas direcciones por una bola de sentimientos que no hacía más que crecer y crecer. Me sentía exhausto, pero la adrenalina en mis pies me tenía despierto como nunca. Simplemente iba a colapsar en cualquier momento.
Preparé una flecha con la mezcla de pólvora especial de Craster, pero dudé acerca de su calidad y de la cantidad. Eché un poco más de lo que tenía calculado.
Arriba, a unos tres o cuatro metros sobre sus cabezas había una escalera superior con una antorcha colgada.
Un escalofrío me recorrió entero justo antes de que lanzara la flecha, pero por suerte no afectó a mi tiro. Luego de haber pasado un instante del silbido, una enorme explosión desprendió el piso encima de las cabezas de los guardias. Temí haberme pasado; solo quería causar un susto. Entonces, varios hombres salieron de diferentes puntos para ver el origen de la explosión. Por la tranquilidad del lugar, podía suponer que todo el que estuviese en la muralla lo había escuchado.
Tras sesenta segundos que se tornaron infinitos, había alrededor de una docena de hombres alrededor de los escombros que mantenían a las víctimas atrapadas. No había gritos de dolor, pero espere que solo estuvieran inconscientes.
—Vamos —le dije a Cregh.
Le extendí la mano y él la tomo sin hesitar. Concentré mi mente en el pergamino, y aparecimos del otro lado del castillo en menos de un parpadeo.
El plan parecía funcionar a la perfección. Volví a tomar la flecha con el pergamino y apunté hacía adentro del castillo. Le extendí la mano a Cregh y él volvió a tomarla. En menos de un minuto estuvimos adentro del castillo.
—Genial, ahora solo falta la parte de improvisación —dije. Tomé la flecha con el pergamino y volví a lanzarla afuera del castillo. Noté que el primer papel se estaba despegando de mi brazo. No me quedaban muchos ases bajo la manga.
El interior del castillo era extraño; el centro de cada cuarto tenía un agujero por donde se veía la luz blanca de las raíces. Decidimos bajar hasta el último piso.
Mi corazón latía demasiado rápido, mis manos transpiraban como si fueran un río, mis sentidos estaban agudizados. Mis pies ya no seguían mis órdenes; se movían solos. Se movían hacia adelante, hacia abajo. Elegían cada camino correcto para llegar. Para llegar vivos al impacto contra el agua.
Sin darme cuenta, había matado a tres hechiceros con la daga que me había dado Marco, y mi mente ni siquiera había hecho alguna decisión. Eso era lo que tenía que pasar, y no podía hacer nada para evitarlo. A la siguiente curva a la derecha, bajando las escaleras, en esa sala inmensa de granito.
—Yo te cubro —dijo Cregh—. ¡Andá y tómala rápido!
Volteé y vi como Cregh preparaba una bola de fuego enorme. Justo detrás de él, un grupo de hombres de los Robler se acercaba corriendo, preparando sus ataques. La bola de Cregh impactó contra la pared, y todo el pequeño pasillo tembló. Las paredes empezaron a rasgarse. Tomé la pólvora y una flecha.
—¡Abajo, Cregh! —grité, desgarrando mi garganta.
La flecha hizo volar el espacio que nos separaba de los Robler. Todo allá abajo empezó a temblar; las piedras empezaron a romperse y caer.
Bajé, sin perder más tiempo, hasta la sala donde se encontraba la piedra del rayo.
Allí, flotando en la luz blanca que emanaba. Allí, esperándome. Allí, rodeada de hilos que se fundían en el piso y parecían brillar con la misma intensidad que las raíces. Allí, acompañada de enormes engranajes y máquinas que parecían revólveres gigantes.
Todo este tiempo no había hecho más que prepararme para el impacto.
Levanté mi mano derecha, y caminé hacia la piedra despacio. Tan despacio que mi mente gritaba que corriera, que tomara la puta piedra y huyese. Pero mi cuerpo ya no me pertenecía.
Me encontraba a centímetros de sus paredes de hermoso celeste claro, de cristal delicadamente tallado; tan cerca que podía sentir como los pelos de mi brazo se erizaban. Cuándo solo faltaba que mi último músculo se estirarse para tomarla, una roca cayó desde el techo tambaleante. La roca que había caído partió la piedra del rayo en dos, y hubo un destello. Ni siquiera había tiempo para reaccionar cuando sentí una horrible punzada en mi hombro izquierdo. Mi mano seguía estirada, tratando de llegar a la mitad de la piedra que quedaba en su lugar, pero mi cuerpo entero comenzó a convulsionar.
Todo en mí colapsó en ese momento; mi sangre se congeló. Rebotaba una y otra vez contra el piso, sin parar. Mis gritos de dolor no aliviaban nada. Mi cerebro se derretía, y mis ojos se desconectaron casi al instante. Recibía una descarga tras otra. Una tras otra. Sentía que mi corazón latía en todos los centímetros de mi cuerpo. Era cuestión de tiempo para que estallase; mi espalda empezó a doblarse hacia atrás, y mi conciencia simplemente se apagó. De repente, tan cerca y sin aviso, había pasado al otro lado. No podía estar vivo.
Habiendo colapsado mi cuerpo entero, no era más que un cadáver. Sentí las manos de Cregh levantando mi cuerpo inerte. Luego empezó a hacer presión en mi pecho. Volví a percibir sonidos a mí alrededor, lentamente, pero todavía era incapaz de ver.
—¡Ítalo, tenes que sacarnos de acá!
Sin darme cuenta, el impacto ya había sucedido, y ahora me encontraba abajo del agua. Noté que mi garganta había sido cortada por los gritos; sentí como mi corazón latía con temor a que con un solo error volviera a ser castigado de esa manera.
—¡Ítalo!
Sí. Estaba vivo, pero todavía no entendía que sucedía. Pronto mis ojos volvieron a ver formas que se tornaron cada vez más claras. La piedra seguía ahí… y la otra mitad estaba incrustada arriba de mi pecho. Me arrastré hasta lo que quedaba de la piedra y la tomé. Quedé tirado boca arriba, observándola.
Al fin te tengo, hija de puta, pensé.
Mi mente tuvo un segundo de lucidez, y entendió que el lugar se estaba desmoronando. Cada segundo que pasáramos ahí era un segundo más para que los Robler nos asesinaran.
Le tendí la mano a Cregh, y él la tomo. En un abrir y cerrar de ojos estuvimos afuera del castillo.
Mi cerebro estaba despierto ahora, pero apenas podía moverme y no podía hablar. Cregh tomó mi arco y tomó la flecha del pergamino. Apuntó hacía la costa, pasando la muralla, y disparo.
—Ítalo, necesito que lo hagas una vez más.
Cerré los ojos y me concentré en movernos. Una vez del otro lado, Cregh me guardó el arco y el pergamino y cargó conmigo hasta la costa. Me dormí en su espalda mientras me llevaba por los pastizales.

Desperté en la cama contigua a Lang. Mi cabeza seguía dando vueltas.

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