viernes, 27 de febrero de 2015

Madera & Hueso — 46 — Dalia

En la mañana siguiente a dejar a Lang, cuando volví a subir a la ciudad, noté que el resto había encontrado una posada. Era “el Rincón de Lucia”, y tenía un precio bastante moderado, pero Ítalo no había pasado la noche allí. Entré cuando Aldara y Cregh estaban comiendo algo en la recepción. Aldara me miró, preocupada, queriendo saber si ya estaba mejor. Le mostré una sonrisa. Cregh dijo que creía que el arquero había salido a visitar algunos bares la noche anterior, y que probablemente andaba tirado con resaca.
—Aunque también es cierto que él estaba muy ansioso por llegar a la ciudad —dijo—. Tendrá algún negocio que hacer acá, pero andaba muy nervioso desde que entramos.
—Bueno… todos estábamos nerviosos cuando entramos, con aquel mago esperándonos en la puerta, ¿no? —comentó Aldara, tratando de reír.
—Sí… Eh, tenes razón.
Cregh tomó un trago de agua. Parecía que esos dos no eran muy capaces de que fluyera conversación. Me les uní en la mesa, e hice que hubiera un poco más de charla. “Podemos hacer esto si seguimos todos juntos”, había dicho Aldara. Mantuve ese pensamiento junto a mí, y pude sonreír de verdad.
Ítalo aparecería por la tarde, con nubes negras juntándose por encima de él. Entró a la hostería corriendo hacía su cuarto, casi sin mirarnos, y luego salió junto a Cregh. Esa noche, ninguno de ellos dormiría en la posada. Ítalo sí tenía un asunto que resolver en la ciudad, y ese trabajo terminó poniéndolo en el hospital a él también. Me enteraría de esto luego del mediodía, cuando Aldara volvió del hospital. Había ido a cuidar a Lang, cuando vio a Cregh entrando con Ítalo en brazos. Cregh había recostado al arquero, y se había marchado sin dar más explicaciones.
—Cielos… —suspiré, comiendo un pedazo de pan. Aldara parecía un manojo de nervios.
—Dalia, ¡por favor! —dijo Aldara—. Otro más resultó herido, pero no… Digo, esto no significa que este viaje es un error… Por favor no te deprimas.
No pude evitar sonreír. Tras pasar un día sin dormir, empezando a sentir sueño, y las cosas perdían solidez. Ver a Aldara tan preocupada, en ese momento parecía… lejano.
—No tenés que preocuparte por todos —le dije—. No pongas esa cara… Tan asustada…
Aldara puso una mano sobre la mía. Sus ojos azules parecían brillar, y entendí que esa no era una cara asustada.
—No tengo miedo. Estoy segura de que Lang e Ítalo se van a recuperar… Solo me preocupo porque vos tengas la misma confianza.
Mi sonrisa se hizo más grande. Algo me hizo pensar en mamá. Pero, por eso, me di cuenta de que ella debía estar más sola que yo. Ella debía haber visto a papá morir. Mi sonrisa desapareció.
—Ey… Aldara —Empecé a hablar, tratando de distraerme—. Dijiste que ver a tu mamá sería complicado… ¿Dónde está tu papá?
Aldara se mordió el labio.
—Él falleció hace mucho tiempo.
Me sacudí durante un momento, sorprendida.
—Q…Qué pena —Musité.
—Está bien —Aldara sacudió una mano, tratando de aliviar la tensión—. Fue hace mucho tiempo. —Entonces acercó su mirada, aguda—. Se hace más fácil, Dalia.
—S-Sí —solté—. Claro, por supuesto.
Me levanté de la mesa, algo perdida. El sueño me estaba afectando. Empecé a caminar hacía el hospital, casi sin darme cuenta. De todas maneras, era mi turno de visitar a Lang.
“Se hace más fácil…” “Se hace más fácil…” Las palabras se repetían en mi cabeza. ¿Y para mamá? pensé. ¿También se haría más fácil?

No estuve mucho tiempo en el hospital. Lang trató de intercambiar algunas palabras conmigo, pero yo no tenía ánimos, mientras que pensaba que una buena hija debería consolar a sus padres en tiempos como esos. Pero cuando Lang me pidió que le trajera sus cosas, yo escuché, y volví de vuelta por donde había venido. Antes de ir a la posada, sin embargo, quise tomarme un trago.
Me senté en la barra de un bar pequeño que atendía en una esquina, al aire libre. Temí que me dijeran algo por verme muy chica, pero no ocurrió nada. Nadie me preguntó mi edad. Ya no debía tener la misma cara de la joven de hacía un mes, que nunca había visto nada. En ese mes había viajado más de lo que nunca había hecho; había recorrido más kilómetros, había visto más ciudades que nunca en mi vida. Había matado bichos. Había atacado humanos, incluso había atacado con la intención de matar. En Craster, realmente había querido matar a ese pistolero.
Nuevas experiencias.
Mientras tomaba la cerveza, jugueteaba con mis pies descalzos en el suelo. Con mi espada en la cintura, no había riesgo de que me cortase. Me pregunté si podía ponerme borracha con la espada tocándome y curándome del alcohol, y decidí ponerlo a prueba. Pedí por otro trago.
—Parecés alguien que ya está un poco ida, nena —me dijo el camarero—. Vos necesitas un vaso de Vera. —Empezó a servirme de la bebida violeta, sin que yo pudiera decir nada—. ¡De lo más efectivo! Hecha acá mismo en Havenstad.
Y era efectiva, realmente. Luego de ese vaso solo, mis oídos parecieron destaparse; casi podía olvidar mi falta de sueño. Corrí hasta la posada y le llevé sus cosas a Lang; sin embargo, cuando terminé de volver ya había oscurecido. Entre al Rincón de Lucia, que a esa hora se encontraba en la penumbra. Caminé hasta nuestro cuarto, donde pude escuchar a Aldara durmiendo. Permanecí ahí, en la puerta, durante un instante, y volví a salir. Me puse a buscar otro bar. Así pasaría la noche.



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