sábado, 7 de marzo de 2015

Madera & Hueso — 47 — Heir


Abrí la puerta de la cabaña con cierto desánimo, pues ya sabía lo que iba a encontrar. Efectivamente, los restos de la familia que la habitaban ocupaban la cocina. Estaban bajo los estantes de comida, el último rincón del cuarto a donde debían haber podido huir. Entre las extremidades que quedaban en medio de la masa de sangre pude ver a dos humanos adultos, pero también había un dedo demasiado chico. Había visto a las arañas marchándose de la casa desde la lejanía, y había tenido que entrar a comprobar qué había quedado en pie adentro.
Pasé a otro cuarto. Todo estaba aplastado; los cuerpos de las arañas maduras habían comprimido los mismos cimientos de esa pobre cabaña de madera gastada. Era un dormitorio. Ahí debían dormir los chicos. Como con pereza, revisé los muebles en la habitación sin buscar por nada en particular. Abrí un armario de ropa; tomé un pijama y lo sentí con mis dedos un poco. Era tan pequeño… Las personitas que habían usado esas ropas debían haber cedido más rápidamente que la madera.
Ya no quedaba nada. Salí de la casa, respirando el aire del campo abierto; era denso y picante, como el sol amarillo arriba. La primavera apenas estaba comenzando, pero ya se mostraba intensa. Bien, me dije. Esos eran tiempos de cambios.
Hacía tres días que estaba marchando hacía el festival de Craster. Todavía me quedaba un largo trayecto, pero entendía que debía ser así. Cada uno tenía su trabajo para ayudar al Oeste, y el mío no necesitaba un anillo del espacio. Aunque el calor hacia que mis plumas sudaran, nunca me sacaba la túnica; no era seguro que un cuervo se mostrase fuera de las grandes ciudades, en los lugares donde la gente no sería tan amable con ellos. Teniendo que evitar la ruta principal, caminando a un lado de los caminos secundarios, me encontraba con menos viajeros. Me alimentaba del ganado suelto que encontraba y animales salvajes, y mi mente estaba serena. Ya no tenía ninguna duda. Podía sentir que cada paso que daba era en la dirección correcta.
Pero esa era la primera vez que veía arañas entre los caminos. ¿Cómo se habían adentrado tanto? Era imposible creer que una cosa así podía suceder, aunque acababa de verla. Se decía que la especie había entrado al continente por el mar, y desde entonces migraron en manadas hacía el centro del reino, como una plaga que los humanos no podían parar. Pero nunca habían subido tan al norte…
Me pregunté si estaban viniendo más desde el sur. Me pregunté si eso traería problemas en el festival de Craster, o si las arañas llegarían a entrar a la capital…Pero solo había visto un grupo. En cualquier caso, sí sabía porque estaban tan agitadas. Lo que las estaba volviendo salvajes.
—Es su despertar —me dije.
Nuestro Deus estaba despertando, y hasta los animales lo sentían.

Anduve hasta el final del día, apreciando el silencio. Observé los campos áridos, y el pasto amarillo que crecía bajo; el Camino Real se adentraba en las montañas, por lo que la vegetación bajaba poco a poco. Había siembras a la distancia: eran más cabañas dispersas o agrupaciones de chozas que trabajaban la tierra todos los días. Cuando los caminos de tierra pasaban cerca de las plantaciones, apretaba mi capucha y podía pasar sin problemas mientras veía como la gente sufría por un poco de comida. Miles de personas trabajando los terrenos entre las grandes ciudades… Miles de horas de esfuerzo para que los señores de tierras tuvieran sus placeres.
Scelus —insulté, mirando al cielo. Entonces pensé en el cuervo con el que me había encontrado, Krieg. Sus plumas tenían un verdadero negro, su mirada era de completa convicción a pesar de que estuviera manando sangre. Su cuerpo era alto, noble, como un huginn de proceder puro. Un cuervo de verdad, a diferencia de las alimañas que se escondían en la capital. Seguir las leyendas valdría la pena si podía conocer a más personas así.
A pesar de todo, caminar era demasiado lento. Faltarían varios días antes de que llegara a Valle Hondo, y no podía dejar de pensar que sería de más utilidad actuando dentro de Veringrad en vez de alejándome de la capital. No podía entender qué quería decir todo…

Pase esa noche al borde de una estancia abandonada que había visto junto al camino. Estaba sentado contra la esquina de una cerca antes de la entrada, arrodillado y quieto. Sin pensar en nada, solo esperando que llegara el sueño, y con él un nuevo día. Otro día para poder continuar recorriendo los caminos de la Ruta del Acero. Así es que apareció el primer ruido, pero no me sobresalté. No lo reconocí como algo importante.  Apareció el segundo ruido, y después otro más. Los tres ruidos se repetían en los mismos intervalos. Con el silencio de la noche entendí que se trataba de personas. La primera apareció por encima de la cerca, apuntando a mi cabeza; pude escuchar las cuerdas de su arma tensándose. Los otros dos se acercaron a mí desde los lados, con armas filosas que brillaban en la oscuridad.
Tres ladrones. Me paré despacio, sin mover un musculo de más. El que estaba sobre mi dio un paso atrás a medida que mi cabeza subía, pero solo eso. Pude ver en sus ojos que no sabía que yo era un cuervo. Aun sin decir nada, solo miré a los tres, y bajé mi capucha.
Una expresión de disgusto se dibujó en sus caras.
—Ey… escuchá —me dijo el del arco—. No hagas nada, y saca los cobres que tengas. No hagas…
—¿De qué hablás? —preguntó el hombre a mi izquierda, acercándose lentamente con su cuchillo en guardia—. Es un bicho, tarado, un bicho. Matémoslo y vayámonos de acá…
El del arco parecía dudar.
—Pájaro de mierda —dijo de pronto el de mi derecha, que no había visto acercándose. Antes de poder notarlo ya estaba pegado a mí, y se dirigió a mi espalda.
Unió mis manos, como queriendo inmovilizarme. El de la izquierda se acercó también, entonces, e intentó correr mi túnica para revisar mis bolsillos.
Eso era todo lo que podía aguantar. Levanté una pierna hacía su rostro, clavando mis garras, y me zafé del agarre del otro. Mientras el primero chillaba por sus cortes, me giré tomando la daga. Para cuando nuestros rostros se vieron mi filo ya estaba a través de su cuello.
Entonces el arco fue disparado. Me moví hacia la derecha, y el tipo frente a mí me sirvió de cubierta. Con una flecha en la espalda, cayó al suelo, al igual que su compañero con un rio rojo brotando de su cuello. Salté hacía adelante y alcancé al humano del arco.
En su rostro se dibujaba una expresión de terror. Los humanos no eran ningunos diablos, no daban la misma pelea; su piel era más frágil, más suave, más capaz de quebrarse bajo el peso como un montón de madera mojada en una choza abandonada…
El último hombre yacía en el suelo, terminado. La luna estaba por lo alto. El silencio seguía igual de imperturbable.

Caminaría durante todo el día siguiente. Los bandidos me procurarían un apetito saciado durante el resto del día, y pude continuar avanzando por esas tierras humanas que pertenecieron a nosotros alguna vez.
Volvería a encontrarme con el hechicero negro al caer la noche. Había formado una fogata a un lado del camino. Su figura negra se acercó lentamente. Apareciendo entre la niebla nocturna, su yelmo negro no pronunció palabra hasta que llego a mi lado y se sentó junto al fuego.
Y, aun así, por un minuto nadie dijo nada. El mago no parecía él mismo. Decidí mostrar respeto, y esperé.
—¿Sabés por qué los llaman cuervos? —dijo al fin.
—¿…Eh? —dije—. ¿A los huginn?
El mago asintió.
—Pues… por unas aves del reino de los hombres —dije.
—Sí. —Asintió de nuevo—. Los hombres llegaron hace doscientos años, y vieron a nuestras especies y las llamaron monstruos. Bichos. Nos pusieron nombres en base a los animales que ellos ya conocían. Es… —El hechicero tomó aire. Parecía agotado—. Nos cazaron y nos persiguieron, e incluso pusieron a nuestro Deus a dormir a fuerza de sus espadas.
—¿Está, eh, está bien, señor? —grazné.
—Sí, sí… Que la gracia de deus y su bien nos acompañen, sí. Oí, caballero. ¿Qué viste hasta ahora? ¿Qué te enseño tu viaje?
—Vi… a hombres y familias trabajando como nunca lo había visto en la capital.
—Contá… Caballero… ¿Qué viste en las ciudades fuera de la capital?
—Vi hambre.
—¿En bichos o en humanos?
—En bichos y en humanos. Vi muerte… También en bichos y en humanos.
—A veces causada por nosotros, ¿no? ¿Cómo estaba Laertes?
Me acerqué al fuego un poco. Había pasado por el interior de Laertes sin problemas, sin que nadie me descubriera, debido a lo duro de la situación allá.
—Ya no había señores de tierra para ocupar la Sala Legal y tomar decisiones. Los guardias se habían separado, pero algunos ciudadanos se reunieron para servir como una fuerza provisoria.
—Sin señores de tierra no habría nadie para recibir la mercancía ni las cosechas ni para pagar —dijo el hechicero.
—Immo —asentí—. Al parecer el rey estaba mandando algunas provisiones de parte de la capital.
—Tienen que dejar claro que es un regalo, por supuesto. Todo tiene que ser una deuda de alguna manera. Ese rey…
El Hechicero dibujó un círculo en la tierra, con una mano cubierta por metal.
—Conquistan tierras y claman que les pertenecen, y aun así dicen que adoran a las fuerzas que los crearon originalmente. Un rey gordo que dice ser un representante de esos mismos dioses.
Unos grillos sonaban en la distancia. Yo miraba al hechicero con solemnidad.
—¿Podés entenderlo? Los señores de tierras, el rey, todos son el mismo tipo de fuerzas. Elementos egoístas que desgarran al reino para ellos mismos. Mientras tanto, en las ciudades hacen festivales y la gente que vive ahí solo practica para hacer bailes y entretener. Para eso murió nuestro pueblo.
—¿Pasó algo? —pregunté al fin. Debía haber un motivo para su encuentro.
—Encontramos a nuestra Nereida —murmuró—. Krieg hizo un buen trabajo, como siempre. Se ocupó de buscar a todos ustedes. Él fue quien me dijo que estarías en Veringrad, también. Cumplió su rol bien.
—¿Entonces? ¿Le pasó algo…?  
—No, no. No. Pero hubo otro problema, el Pistolero fue asesinado.
—¿Qué?
—Recibió un corte mortal cuando trataba de probarse. Ni siquiera había salido de Craster. No pudo tomar a su Nereida y recibió ese golpe.
El hechicero levantó su mano, mirando al anillo que reposaba en ella brillar contra el fuego.
—Pude hacer que continuara el viaje moviendo su cuerpo yo mismo, usando mi magia para hacerlo hablar y caminar como un muñeco. Pero ya encontramos a la Nereida, y pudimos transportarlo al Oeste. Ahí va a poder ser revivido. Ahora están todos allá.
—Entonces… ¿Yo también puedo viajar? ¿Ya es hora?
—Cuervo —exclamó. Su tono era grave, y retrocedí por instinto—. ¿De qué nos serviría estar allá? No seas idiota. El enemigo está en estas tierras, no en las nuestras, y aquellos cinco humanos particulares ni siquiera abandonaron el continente.
—Pero…
Pero… Hay que apurar las cosas. Vine para llevarte a Craster. Los señores de tierra tienen que empezar a morir, ahora.
—Immo… —dije—. ¿Y si los cinco zarpan?
—No van a poder acercarse a Deus. Pero… si lo hicieran, entonces vamos a ocuparnos de que las escrituras se cumplan.
Los grillos se callaron. El fuego dejó de crepitar. El hechicero levantó la vista hacía las estrellas, y yo hice lo mismo.
—Sí realmente llegan al Oeste entonces van a morir. El viejo continente va a ser su tumba.


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