lunes, 29 de junio de 2015

Madera & Hueso — 48 — Cregh

Dejé a Ítalo descansando junto con el vagabundo. Salí de la habitación antes de que Aldara pudiese formular alguna pregunta; algo me decía que aquello iba terminar conmigo haciendo más favores como el que Ítalo me había pedido. Y es que eso era lo que había estado haciendo desde que comenzó este viaje: favores, pues al final no habría paga. Wendagon había muerto.
Salí a la calle. Estaba totalmente vacía, excepto por un gato atravesando la calle; al inicio creí que era Malo, pero Malo ni siquiera era un gato, ¿no?
Caminé calle arriba, pudiendo ver el mar iluminado a la distancia. Nunca me había gustado el mar, con ese fuerte olor a sal. No tenía frio, a pesar de que el sol aún no había terminado de salir. Ya podía sentir el sudor corriéndome por la frente como si el sol estuviera en su apogeo.
Seguí caminando por las calles, más iluminadas y pobladas con cada minuto. En realidad, no conocía nada de Havenstad, pero suponía que si seguía andando encontraría el centro de la ciudad. No tuve que caminar más de media hora antes de llegar a una gran plaza. Frente a mí se encontraba una torre gigante, que había visto sobresalir hacía diez calles. Parecía el templo de la ciudad, aunque podía ser una iglesia del Oeste; no era poco común ver templos de otras culturas en las ciudades fronterizas. No sabía si entrar sería una buena idea. Podía conseguir información sobre la cultura a la que nos enfrentábamos, pero también podía encontrarme a los locos que nos seguían en plena ceremonia, sacrificando una cabra o algo.
Al final decidí ir al otro lado de la plaza, donde se alzaban unas tiendas y estantes que empezaban a ser llenados con mercancía. De todas maneras, lo más probable era que solo me hubiese encontrado un par de viejos rogando a los dioses por segundas, terceras o cuartas oportunidades.
Mientras me acercaba empecé a dudar sobre mis intenciones. No buscaba comprar nada en particular, aunque justo por eso había decidido salir; era mi dinero y esa probablemente sería la última vez que tendría algo. Dalia ya estaba hablando del barco que teníamos que comprar. Claro, era importante para completar nuestra misión y todo eso, pero lo cierto era que Wendagon estaba muerto. Con él había muerto nuestra oportunidad de obtener su dinero, la recompensa, la única razón por la que había pensado en hacer ese viaje en primer lugar.
¿Y cómo estaban las cosas ahora? Partiendo hacia un continente inexplorado con peligros para los que no estaba listo. ¿Y para qué? No era por dinero, de eso estaba seguro. Sospechaba que a los demás no les interesaba la recompensa en lo más mínimo. Dalia parecía querer cumplir los deseos del viejo a toda costa, a pesar de que había sufrido una perdida familiar. Ítalo se veía más interesado en probarse a sí mismo, juzgando por cómo nos habíamos arriesgado solo para que pudiera robar una piedra. Aldara… Aldara era un libro cerrado. ¿Por qué se había unido a ese viaje? Nada parecía motivarla, pero ella nunca miraba atrás. El vagabundo tampoco parecía tener un lugar al que volver, pero ahora estaba en el hospital.
¿Y qué hacía yo ahí? Ya no había recompensa, pero eso lo sabía desde hace tiempo. Tuve mis oportunidades para escapar; pero no, había seguido con el grupo. Esa era mi última oportunidad. Pero no quería hacerlo, por alguna razón. No quería ir al otro lado del mundo a morir en tierras desconocidas, pero tampoco quería abandonarlos.
Dejé de pensar cuando llegué al mercado, y me encontré cara a cola con algo salido de mis pesadillas. En ese momento hubiera preferido entrar al templo y ser secuestrado por un culto antes que enfrentarme a lo que tenía frente a mí. Traté de huir, pero él ya me había visto.
—¡Cregh! —exclamó—. Hermano, ¿¡qué haces acá!?
Cresso se acercó y antes de que pudiera decir nada me abrazó con cola y todo, sin importarle las miradas de todos los presentes. La sutileza no era uno de sus fuertes.
—Cresso… por favor, pará —dije.
Cuando me abrazaba, sintiendo sus brazos exprimiendo todo el aire de mis pulmones, su cola enredada en mi pierna compitiendo por ver quién me dejaba inconsciente con su perfume, de pronto el oeste no parecía tan mala idea.

—¿Qué haces acá? —logré decir, y me soltó.
—¡Te dije que iba a comerciar a Teorani! Es la ciudad de al lado —dijo—. Pero, ¿qué haces vos acá? Solo hay dos razones para venir a Havenstad: manejar mercancía o largarse en barco, y como yo soy el que está acá tratando de expandir el negocio…
—Cresso…
—Oh, como sea. ¿Adónde vas? No me digas que por fin vas a cumplir tu sueño de ir a Dirgrain a ver las danzas desnudistas de las…
Cresso
—Una buena casa en el Oeste, sí, ese es mi sueño. Debe haber alguna ciudad allá, seguro. Tendría una librería gigante, estaría lejos de cualquier taberna de poca clase… tal vez habría un local especializado. Nada de cerveza, solo lo mejor del continente. No, del mundo; y podría comprar…
Y así paso la mañana, cobrando venganza porque nuestro último encuentro había sido mi turno de hablar. Cresso me contó todo lo que había estado haciendo; al parecer un tipo le había sacado su chica y Cresso había ido a darle una golpiza, pero cuando llegaron los amigos de ese tipo Cresso terminó con un par de costillas rotas y en reposo por semana. También menciono un ascenso, o un nuevo trabajo; era difícil prestarle atención a la conversación cuando Cresso cambiaba de tema tan rápido como olas chocaban en el puerto. Ahora nos encontrábamos en el puerto, porque Cresso había decidido ir a comer mientras contaba su historia. Ahora hablaba de cómo casi se había llevado a la cama a una chica humana, pero su novio los encontró en la entrada del local y de nuevo estuvo con costillas rotas.
Me estaba contando como estaba navegando cuando un miembro de su tripulación se cayó al agua…aunque se habían chocado antes así que quizá Cresso lo había empujado… y el viejo terminó muriendo debido a un pez gigante, cuando noté una bolsa de cuero.
—Pero ya basta de mí —dijo al fin—. ¿Te encontraste alguna chica? Vos eras el que nunca volvía a casa cuando salíamos juntos…
—Cresso, ¿qué llevás ahí? —pregunté.
La llevaba en su cinturón y era sencilla, demasiado; de hecho, contrastaba con su fina camisa y guantes extravagantes. Contrastaba con Cresso, básicamente…Por los dioses, por qué llevaba esos guantes.
—Oh, cierto —dijo, tomándola—. Estaba por dártela, pero supongo que me distrajiste. Mira, la encontré en mis viajes.
Abrió el nudo, y sobre la mesa dejo caer una especie de collar plateado. Se unía a un amuleto de un rojo metálico, con forma de rombo y un cristal en su centro que reflejaba la luz del sol. Lo tomé para apreciarlo mejor y note que detrás del cristal había una especie de dibujo; parecía una persona en una túnica, concentrándose. El metal estaba trabajado; los bordes del rombo tenían detalles con la apariencia de flamas. Había más cosas, pero Cresso continuó hablando, como de costumbre.
—La emoción que tuve al encontrar algo tan bello solo fue solo superada por mi decepción al ver que estaba hecha para magos. A vos te va a quedar mejor.
—¿Cuánto tiempo llevas guardando esa frase?
—Medio mes. —Y continuó contando sus historias. Su barco continuó hasta chocarse con una roca en medio del agua, y una mujer mitad pez rescató a los diecisiete miembros de la tripulación. Obviamente, Cresso no necesitaba ayudar para acomodar el bote, pero se dejó manosear por la mujer pez de todas maneras. Nada en la historia era cierto. Tuve suficiente y me despedí de mi hermano.
—¡Bien! —dijo—. Yo voy a dejar la ciudad en una semana, así que voy a estar esperándote mañana.
Llegué a la posada poco antes de que oscureciera… Al entrar a la casa, una parte de mi deseaba escuchar a Dalia gritando “¡Salimos esta noche!”
Pero no lo escuché. De hecho, no vi a nadie en el local. Entré a mi habitación y me puse a inspeccionar el amuleto. No sentía ninguna diferencia en mi magia… pero incluso si el amuleto era inútil, al menos me vería bonito.

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