lunes, 29 de junio de 2015

Madera & Hueso — 50 — Dalia


“Podemos hacer esto si seguimos todos juntos”, me habían dicho… Levanté la cabeza, tratando de sonreír. Estábamos al borde del continente de los bichos. Era hora de dar el siguiente paso adelante, y tenía que darlo con valentía.
En esos momentos estábamos en nuestra posada. Estaba hablando con Aldara.
—¿Cómo estuviste ocupando estos días? —le pregunté.
—Bueno… Estamos junto al mar —dijo—. Con tanta agua cerca tenía que practicar un poco. Lo que hice durante la pelea, levantar una ola entera… Fue increíble. Cregh en ese momento me dijo que tenía que probar mi límite. Así que eso estuve haciendo.
Tragué saliva. Nunca me había preguntado si las habilidades de Aldara tendrían un límite.
—Estuve pasando algunas horas junto al muelle, solo sentada hacia el agua —continuó—. A veces, por momentos, me parece ver que la corriente cambiaba de dirección. Y logro eso con solo mirarla… Es más fácil si también dirijo con las manos.
Era increíble. Demasiado cansado para expresarle mi entusiasmo con la voz, le di una fuerte palmada en la espalda. Ella sonrió, un poco confundida.
—Y todavía no sabemos que le paso a Ítalo —suspiró, cambiando de tema. Le pregunté a Cregh, pero solo me dijo que Ítalo le había pedido que lo ayudara a robar a un castillo…
—¿Qué? ¿Robar? —reí.
—Sí… Él tampoco entiende mucho qué era ese lugar. Pero me preocupa que Ítalo haya terminado tan herido… Si ese mago volviese a aparecer…
Aferré el mango de mi espada. No había pensado en eso, pero Aldara tenía razón. Salir sola por la noche había sido peligroso. Pero ahora íbamos a irnos. Mire a Ítalo, a un lado. Parecía vibrante y distraído… Había cambiado. Cregh trató de llamar su atención un par de veces, pero entendió que era mejor dejarlo estar.
Cuando bajamos de nuevo al muelle, el marinero que habíamos contratado nos estaba esperando. Un marinero que llevaría mercancía a otras fronteras… Con esa barba blanca y aspecto veterano, sentí que debía ser un hombre misterioso.
—Es raro ver a gente que quiere ir al viejo continente —dijo el marinero, que se presentó como Ernesto Alibar.
Subimos y el piso de madera se inclinó bajo mi peso, lo que me sorprendió. Una pequeña tripulación nos saludó con reserva. La nave circular era pequeña, comparada a los otros barcos anclados al gran puerto de la ciudad, pero iba a servir. Ernesto se veía muy seguro de sus habilidades. Y así fue que zarpamos hacía el Oeste… más allá de los reinos de los hombres.
Estas olas, pensé, son realmente las olas con las que soñé. Mucho se habló en esos días, incluyendo una charla acerca del robo que Ítalo había llevado a cabo en Havenstad… Explicación que al parecer había prometido a Cregh.
Ítalo nos contó sobre su familia, aguardándolo en las tierras del este; Nos contó que había tenido que hacer ese viaje para probarse a sí mismo ante ellos. Ítalo había encontrado la piedra que necesitaba, aunque la aventura termino desmoronándose a su alrededor… Y cuando Ítalo recobró la consciencia, un pedazo de la piedra estaba fundido contra su pecho. Pero no le dolía, terminó de explicar. Resultaba muy difícil de creer.
—Creo que ya era momento de contarles —Nos dijo—. Este viaje nunca fue acerca de Wendagon, para mí… Entonces no va a detenerse por falta de él. Hale, Hale por el Este… —exclamó, levantando una copa de aguardiente que nos había convidado la tripulación—. Sigamos adelante.


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