viernes, 3 de julio de 2015

Madera & Hueso — 52 — Ítalo


Mientras yacíamos en El Refugio del Mar, mirando al techo, pensaba en todo lo que había pasado. Por fin estábamos en el hogar del “deus”. No podía sacarme la sonrisa de mi cara. Me sentía entusiasmado. Sentía ganas de saltar de la emoción. Todo Alles dependía de cinco personas elegidas. Y con el primer error que cometiéramos, esa porción de tierra gigante caería. Cada segundo que hubiéramos vivido, cada recuerdo de nuestras familias, cada olor de las calas en primavera; nada sería lo mismo.
No había sido el mismo tras despertar de lo de la piedra. Estar en mi propio cuerpo se había vuelto incomodo, muy antinatural. Algo había cambiado desde lo más profundo de mí. No tenía apetito y no sabía si iba a tenerlo después de lo del castillo. No podía dejar de recordar el halo que sostenía a la piedra en el aire cuando por fin había llegado a ella.
Alcancé mi bolso y saqué una caja. Era un estuche negro, pequeño, con detalles dorados. La abrí y tomé su contenido, formando un puño. Traté de abrir el puño, pero se rehusaba a dejar ir. Sacando dedo por dedo, finalmente cedió. Entonces me vino a la mente el recuerdo de la piedra partiéndose. En mi mano solo estaba una mitad. Tomé el pedazo y lo dejé sobre la mesa.
Realmente lo había conseguido. La piedra del Rayo estaba en poder de un del Valle. La piedra que tantos habían buscado, la piedra que era imposible de tocar. Según las leyendas, ante el más mínimo contacto el poder de la piedra destruiría tu cuerpo; osado era el que se atreviera a manejarla con magia, y suicida el que acercase su mano.
Su perfecta simetría había sido alterada por el corte que sufrió, pero su color celeste seguía siendo hermoso. Y sí, todavía recordaba que tenía incrustada otra parte sobre mí pecho. Ya se habían tomado el trabajo de vendarme y cuidarme en el hospital. Me sentía increíblemente débil, como si me hubieran sacado una parte del alma. La más pesada. Todo se sentía muy diferente.
Presté atención a mis latidos. Eran cómodos y libres; casi podía controlarlos y quedarme a vivir en su lento pulso. Era…
Mi cabeza se sentía descomprimida. Mi respiración ya no estaba cargada. Ya todo había terminado; podría volver a casa sabiendo que había hecho mi rito de madurez. Mi misión estaba cumplida, y me pregunté si era esa la razón porqué me sentía como me sentía.
Respiré hondo, inflando mis pulmones y llenándolos de aire puro. Llené de sal marina a todo mi organismo. Sentí que hacía mucho que no respiraba tan profundamente. Ni siquiera podía recordar cuando mi respiración había sido tan, tan… ¿normal?
Me puse a caminar por la posada. Mi cabeza parecía un diccionario, buscando la palabra justa a como me sentía. Tal vez no había palabra suficiente. Amplié mi búsqueda a una oración, tal vez alguna frase, pero esas no eran mi fuerte; no podía citar a ningún personaje de importancia y tampoco conocía esos dichos que llenaban el corazón y el espíritu. No se me ocurría nada concreto. Pensé en libertad, pero no cuadraba. Pensé en felicidad y me quedé con eso por varios minutos. Luego la rechacé, sabiendo que solo estaba siendo feliz por la obtención de la piedra. Era algo más profundo. Al final pensé en que el término más acertado tenía que ser liviano. Mis pasos se sentían suaves, como acariciando al suelo. Todo estaba un poco más lento. Al notarlo, parpadeé para que volviera a la normalidad, pero no pasó nada.
Un brazo en el hombro me hizo darme vuelta.
—Ítalo —dijo Cregh—. Seguís despierto.
—Claro —le sonreí. Había aprendido a querer mucho a Cregh en muy poco tiempo. No era que todas nuestras diferencias estuvieran arregladas, pero se estaba transformando paulatinamente en algo más que un mago del que cuidar—. Lindo colgante, ¿es nuevo? Por cierto, una vez más, gracias por lo del castillo.
Cregh solo bajó la cabeza, riendo.
—De nada, pero casi terminaste como Lang.
—¿Lang? —pregunté, pensando en voz alta.
—¿Acaso te olvidaste de tus compañeros? Lang, el vagabundo. El del gato negro.
—Ahh, Lang, claro. —¿Cómo había podido olvidar a ese vagabundo tan simpático? Mi cabeza solo giraba alrededor de la piedra.
—Las chicas deben estar dormidas. Apurémonos.
¿Las chicas?, pensé. ¿Quién demonios eran las chicas? Mierda.
—Ítalo. Sabes que Wendagon está muerto, ¿no?
—Wendagon. Sí. —Me costó un poco acordarme, pero pronto recordé al señor de tierras que nos había dado esa misión. Dalia había visto su muerte en un sueño.
—Lo que significa que ya no hay recompensa alguna.
La última silaba de Cregh se mezcló con la voz de mi reina. Recordé el calor de su piel; la imagen de su ancha sonrisa se instaló en mi mente. Tú… ¿reina?, me dijo mi cabeza. Ya no habría castillo para ella. Sin Wendagon no habría fama ni gloria al volver. Pero no me importaban las cosas para mí. El futuro de mi reina no podía terminar ahí, como una simple puta en un lugar de mala muerte. A pesar de la mala memoria por la que estaba transitando, recordaba cada rincón de su cuerpo. Me negaba a creer que aquella vez sería la última en la que tocaría su cuerpo.
Pero pensando sobre eso y volviendo la realidad, o al menos a un escalón antes de la realidad. No entendía mis sentimientos por aquella chica. Estábamos defendiendo nuestro continente de un dios, había logrado obtener la piedra del rayo, formábamos parte de una puta escritura sagrada. Pero aun así no me gustaba romper promesas, y la que le había dado no era solo una mentira para que su cuerpo se derritiera sobre el mío.
Entonces volví en mí. La pregunta de Cregh.
—Creo que estamos a otro nivel del dinero. Esto... es un bien mayor —dije.
Cregh se limitó a asentir con la cabeza. No parecía disgustado con la respuesta. Me sorprendía que no hubiera dicho nada en el tiempo que había pasado pensando, porque se había sentido como una eternidad. Cregh también estaba lento, ¡mierda! Todo estaba lento. Froté mis ojos y zapateé. ¿Qué carajo estaba pasando?

Me dirigí afuera. Molí unas hierbas y con un poco de agua de mar se volvieron una pasta verdosa. Me incliné y la puse sobre mi cara, para borrar el tatuaje que ahora se encontraba camuflado por una barba de unos cuántos días. Puse la pasta en mi otra mejilla para cubrir ambas y froté enérgicamente. La tinta negra se desprendía como acuarela. Sin otro tipo de esfuerzo; el tatuaje había salido solo con enjuagar mi cara. Solo quedaba la marca de mi familia en mi ojo. La Corona de la Gloria. La dejé ahí. Ya que no encontraba otra cosa para hacer, me afeité con la daga que Marco me había regalado. Conocía los riesgos, pero me había afeitado con ese tipo de cuchillos toda mi vida. Aunque terminé con un simpático corte en mi cuello.
Sostuve las gotas de sangre que caían. No era un corte profundo ni grave, pero sangraría un poco más. Me encontraba satisfecho con aquella definición que había encontrado. Liviano. Liviano, sí. Lo pensaba una y otra vez, y no encontraba una palabra que lo definiera mejor. Yo sentía como si siempre hubiera tenido una pesa detrás de la nuca, tirando mi cabeza hacia atrás.
Una pequeña luz salió de mi mano izquierda. Como un destello muy rápido, pero que existió. Con la herida ya coagulada y manchado de sangre, me erguí y miré mi mano izquierda. No recordaba que gesto estaba haciendo cuando salió el destello. Me saqué mi ropa y vendajes, para ver si la piedra había cambiado en algo. Su azul parecía estar vivo y latiendo al mismo tiempo que mi corazón. La herida estaba rodeada de sangre seca y en un rojo apagado que se iba volviendo blanco para convertirse en piel nueva. Toqué la piedra, esperando que de alguna manera volviera a salir luz. La golpeé un poco más fuerte. Lo hacía a intervalos cortos, pero la herida comenzó a dolerme bastante. No pude seguir haciendo movimientos bruscos con mi brazo porque el dolor punzante era insoportable.
Pensé en volver a dormir. Mis sueños eran negros y profundos, pesados; todo lo contrario, a como estaba viviendo. Sentía como si mi cabeza fue el triple de pesada y como si estuviese siendo absorbida por la almohada. Esa masa negra, inmensa y vasta en la que me sumergía en los sueños era mi sombra. Ella había desaparecido. Luego de llegar a su pico más alto en aquella noche bajo el agua, se había ido para no volver. Cuando entendí eso pude replicar otra luz, haciéndola aparecer en mi mano. Me volvió el apetito. Tenía un hambre canina, pero tendría que esperar al día siguiente para comer. No habíamos tenido comidas muy buenas en esos días; durante el viaje básicamente solo pudimos comer limón.
Papá amaba ponerle limón a la mayoría de las comidas, así que estaba acostumbrado. Me vino un recuerdo de hacía ya ocho años. Recordé aquel día con una precisión increíble.
Era verano, y estábamos cenando mucho más temprano de lo común. El sol todavía no se había puesto. Esa misma noche partiríamos a Laertes al cumpleaños de un gran amigo de papá, y mamá decidió cocinar, dejando que el cocinero se fuera a casa más temprano. Ese día también puse la mesa y llevé los limones. Sin verme en ningún espejo podía recordar la felicidad flotando en el aire. En medio de la comida, justo después de que mama se sirviera vino por segunda vez, mi hermano tomo un limón cortado por la mitad y me lo tiró en la cara. Se lo devolví, manchando una de sus camisas favoritas. Papá se limitó a reír, pero recuerdo que mama tomó dos limones y con una puntería que solo adquiere una mujer entrando en años nos acertó entre ceja y ceja. Sin darnos, empezó cuenta una guerra familiar de limones y se extendió en el tiempo y lugar, convirtiéndose en una cruzada a lo largo de toda la casa. Recuerdo correr hasta la cocina, donde estaban todos los limones. Llené mis bolsillos, y usando mi camisa como una bolsa logré recolectar montones. Corrí a buscar a mi hermano para darle la lección de su vida. Al llegar al comedor, encontré a los tres juntos esperando para liquidarme. Perdiendo algunos limones, resbalé en el piso hasta llegar a un sillón que utilicé como refugio. «¡Mueran!», grité. Lancé todos los limones en mi camisa de una vez, hacía su posición. La batalla se perpetuó hasta tarde, tan tarde que ese día fue la primera vez que utilizamos los pergaminos de transportación para motivos festivos.
En mis recuerdos no había ningún mal. Ninguno; eran recuerdos. Ya no les temía. Ya no había sombra.

Miré alrededor del edificio. La ciudad estaba iluminada, pero no había antorchas, ni hierro o madera; eran raíces que salían del suelo y cuyo fruto era la luz que nos guiaba por la calle. Raíces que daban luz. Se me hicieron familiares, pero entendí que las había visto en los Campos Divinos. Me dio muy mala espina.
No podía negar que el aire que se respiraba era otro que en Alles. Encontraba cierta paz en él, pero esa calle que nunca parecía terminar y tal silencio solo aumentaba mis malas impresiones.
Volví a la cama. Intenté conciliar el sueño, pero sentía que mis ojos no podían cerrarse. Me rodeó un ambiente pesado como la piedra. Con solo pensar en una emboscada del grupo enemigo, se erizaba cada pelo del cuerpo. Sentía una gran tensión en mi espalda mientras daba vueltas en la cama. La sentía en todo el grupo, que tampoco parecía estar durmiendo. Era nuestra primera noche en un lugar desconocido. Creí poder hablar con el resto con solo pensarlo, como si nuestros pensamientos se coordinaran en una nube y cada uno pudiera estirar la mano y traerlos a su mente.
Poco a poco el cansancio empezó a ganarnos, pero los ojos no se cerraban tranquilos. Ni siquiera podíamos saber si esa bola de pelos de Dalir no nos degollaría en cuanto cerráramos los parpados, o si iba a ir a venderle nuestra posición al mago oscuro. Podrían pasar tantas cosas. Y venían más pensamientos, pero el sueño ganó la pulseada.
Me desperté de golpe, transpirado y con mi brazo izquierdo cargado de luz, listo para atacar. Toqué mi cuello para comprobar que estaba ileso. Era el primero en despertar, aunque para mí sorpresa había dormido bastante bien. Una noche más con los ojos cerrados podía costar el esfuerzo de un mundo entero.
A los segundos apareció Dalir para servirnos el desayuno. No se me había ocurrido que la comida del Oeste podía ser un verdadero asco para nosotros, pero Dalir actuó bastante… humano. Era comida normal. Le agradecí y le pedí que despertaría a los demás. El olor al pan abrió mi apetito, pero volví a mi paranoia.
¿Y si estaban envenenadas? Era la forma más simple de matarnos, ni siquiera tenían que manchar de sangre las sábanas. Miré el pan fijamente, como esperando que se intimidara y dijera toda la verdad. El pan permaneció en silencio y consideré que por cómo se había dado todo, si nos querían muertos ya lo estaríamos. Tomé un primer pedazo hesitando, temblando. La unté con manteca y mastiqué nervioso. Después de ver que no pasaba nada, saludé al resto y les ofrecí sus pedazos.
Comieron sin el menor miedo, y se los veía bastante tranquilos. Excepto por Dalia. Era claro que tenía un sueño atragantado en el medio de la garganta. Sus ojos abiertos empalidecían su dulce rostro. No podía ser bueno.
—Terminen su desayuno sin apuro y vístanse, pero luego nos vamos —dije.
—¿A dónde? —dijo Lang, limpiándose con una servilleta mientras giraba los ojos a Dalia.
—No sé, pero tenemos que salir de acá. Parece cómodo, pero hay que movernos. Dalia, ¿algo para decirnos?
—No… —Ella sacudió la cabeza.
—No estoy seguro acerca de irnos —dijo Cregh—. Podríamos quedarnos más tiempo. Esperar… —Entonces Dalia se esforzó por decir algo.
—Solo... hay que seguir hacia adentro. Hacía donde se pone el sol.
Se produjo un gran silencio.
—Al oeste será, entonces —dije.
Al terminar el desayuno, nos despedimos de Dalir y posiblemente de nuestra última noche con comodidad.
Al salir a la calle, nos encontramos con un ambiente bastante hostil. La mañana era fría y cubierta por neblina. Bien pegados, partimos al oeste. La neblina se hacía espesa y no diferenciábamos qué bestias teníamos enfrente, pero había demasiadas; de todos tamaños, apariencias y olores. Con la cabeza gacha y paso rápido, tratamos de eludir a la mayoría. Sentía como sus miradas se depositaban en nosotros con cada paso que dábamos. Parecía que formaban un hueco, un pasillo para que pasemos y todos pudieran observarnos. Con la capucha puesta, lideraba al grupo para tratar de lograr la mayor discreción.
Los empedrados se volvían eternos y parecía que la ciudad no encontraba final. La misma suerte corría con el pasillo de habitantes de Gangshi. Me sorprendí al ver humanos que se mimetizaban perfectamente con el resto de los bichos. Estaban vestidos de manera muy parecida, con una túnica clara con detalles en oro. Y sus miradas eran igual de condenatorias, o incluso peor. Estaban a solo media palabra de gritar algo; sentía como si todo estuviera por explotar.
El pasillo imaginario se empezó a perder, con gente mezclándose entre nosotros y dificultándonos avanzar rápido.
—Unos huginn… —susurró Dalia.
Ya los había visto. Se destacaban entre el resto con su gran estatura; se acercaban a lo lejos con sus brillantes picos. Venían directo a nosotros.
—Guardá los revólveres, Lang—ordené—. Yo me encargo del de la derecha. Dalia, andá por el de la izquierda. Prepárense para correr.
Me adelanté varios pasos, chocándome con bichos. Moví mis dedos, separándolos y volviéndolos a contraer. Iba a necesitar una buena descarga para tumbar a un huginn.
Encendí un rayo en mi mano izquierda justo antes de tenerlo cara a cara. El cuervo realizó un movimiento con su ala, pero mucho antes de que pudiera reaccionar golpeé contra su pecho. Sentí como la descarga recorría su cuerpo sorprendido, y usé el resto del brazo para tumbar a la bestia de dos metros en un solo movimiento. Seguí caminando sin mirar atrás, fingiendo que no había pasado nada. Dalia fue no fue tan discreta, pero terminó el trabajo con un corte limpio de su pequeña espada. Con Dalia justo detrás mío y el resto un par de pasos más adelante, la gente comenzó a abrirse para dejar en evidencia a los culpables. Después de unos metros, nos encontrábamos en otro túnel formado por la gente del Oeste. Nos señalaban con el dedo y se tapaban la boca por la tragedia que había ocurrido. El resto comenzó a acelerar el paso y me quedé atrás.
Dediqué una última mirada a los cuervos. El cuervo al que le había pegado ya se volvía a incorporar; solo había caído por la sorpresa de ser impactado por un rayo. El huginn apuñalado por Dalia también parecía seguir vivo, pero no lo estaría mucho más. Su sangre negra empezaba a llenar el empedrado del suelo. Entre los susurros podía escuchar como los habitantes hacían referencia a mi marca. Distinguían la Corona de la Gloria.
Comencé a correr para llegar junto al resto. Manteniendo un paso apurado, y ayudando a que el vagabundo no se cayera por no estar del todo recuperado del hospital, llegamos a las afueras de Gangshi.
Una vez en la salida de la ciudad Cregh se ofreció a transportarnos con su magia, pero Aldara lo detuvo.
—No sabemos dónde estamos. Cualquier intento de alejarnos mucho podría meternos en el medio de un lugar incluso más hostil.
—Creo que voy a tomar el riesgo de todas maneras —dijo Cregh.
Pero la transportación fue mucho más corta de lo que estábamos acostumbrados. Unos cuatrocientos metros. Nos daba el tiempo necesario para escapar a pie sin temer sobresaltos.
El camino fuera de la ciudad parecía ser una meseta seca, con un poco de verde alrededor del camino eternamente plano. No sabíamos cuánto tiempo tendríamos que caminar hasta encontrar otra ciudad de nuevo.
—¿Cómo vamos a sobrevivir de ahora en más? —preguntó Cregh.
—No veo árboles, así que si es necesario vamos a tener que robar comida. Solo nos queda hacer el trabajo sucio. No es tan malo —dijo Lang.
—Me pregunto cómo sobreviven los humanos acá —dijo Dalia.
—¿Humanos? —Se giró Cregh—. Somos los únicos.
—¿No los viste? Usaban unas túnicas todas muy parecidas—contestó Dalia.
—No entramos en la misma definición que ellos —hablé—. Vi cómo nos señalaban, como cualquier otro ciudadano de Gangshi.
—Aunque todavía nos quedan muchas provisiones, no puede ser tan difícil pedir prestada comida de los bichos. Malo puede ayudarnos a conseguirla —dijo Lang.
—Ahora el problema es encontrar la próxima ciudad, claro está —dijo Cregh.
—Dalia, ¿cuán al Oeste debemos ir? —dijo Lang.
—No lo sé —respondió ella.

Caminamos por unas horas, con pequeños trayectos de la magia de Cregh. El Oeste parecía un desierto. Alguna sierra atrevida aparecía en la lejanía, pero solo caminamos y caminamos hasta que llegó la tarde y con ella la noche. Acampamos poco antes de un río, respetando una buena distancia. La flora parecía ser un poco más heterogénea ahí y hasta encontramos una casa de piedra, abandonada al pie de una de las pequeñas sierras que empezaban a formarse.
Cregh se ocupó del fuego; yo me dediqué a buscar algún animal que cazar o frutas que recolectar.
Ese día pasaríamos hambre; no había fauna. La flora no era tan diferente a lo que se podía encontrar en el Este, por lo menos cerca del río. Conseguí un par de hierbas comestibles para lograr algo parecido a una sopa, por lo menos. También encontré una especie de tubérculos que se podían comer. Eran crujientes y no estaban muy buenos, pero claro que era mejor era nada.
Al volver vi a todos, excepto por Dalia, reunidos alrededor de una fogata. Ella estaba investigando esa casa tan extraña con una rama encendida como antorcha.
Les mostré que había conseguido y lo repartí. Entonces Dalia volvió con una expresión rara en su cara.
—Esto… es una capilla de la religión del Oeste.


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