martes, 21 de julio de 2015

Madera & Hueso — 53 — Dalia


La casa era más alta que lo normal. Estaba compuesta por un solo cuarto vacío, aunque una pared se hundía hacía adentro. Me pregunté si ese espacio en la pared habría sido usado para guardar libros. Pero eran un lujo… No había manera de que una casa aislada del Oeste tuviera libros.
Entonces, las paredes. El punto más impresionante de la capilla. Todas estaban cubiertas de dibujos, de pinturas; partiendo desde el techo mostraban a un gran árbol que se ramificaba hacía abajo. El árbol se dividía entre la izquierda y la derecha de la casa, y las ramas se detenían por la mitad de la pared. De ese punto, seres aparecían entre las ramas, y cada vez había más hasta formar varios grupos. Todos eran distintos, con líneas distintas. No creí ver a ningún humano. Uno de ellos, pintado de negro, podía ser un cuervo. Arriba con el árbol todo era oscuro, lleno de estrellas, de noche. Abajo con los bichos todo era luminoso, soleado. Mientras más subías en el dibujo más crecía la oscuridad. Todo el dibujo en conjunto era muy hermoso, y lo contemplé asombrada por unos momentos.
Salí afuera, donde vi que Ítalo se había sumado en la fogata, y estaba repartiendo las hierbas comestibles que había podido recolectar. Les comenté lo que había encontrado; que la casa de piedra debía ser una capilla de su religión, mas seguramente. Todos tomaron la ramita y fueron a ver.
Pocos minutos después, estábamos todos comiendo alrededor del fuego. Permanecimos pensativos por unos momentos.
—¿Qué creen que cuente el dibujo? —dijo al fin Lang. Cregh se alzó de hombros.
—Ni idea —dijo. Entonces agregó—. Ey, quería hablar sobre lo de esta mañana.
Todos nos giramos a mirarlo. Masticábamos las hierbas y hongos despacio.
—Esos cuervos que asaltamos… ¿Están seguros de que iban a atacarnos?
—Claro, Cregh —bufó Ítalo—. Venían directo hacía nosotros. Quizá uno de ellos era él que nos encontramos dos veces… Uno de esos asesinos que nos persiguen.
—P-Pues… no estoy tan segura. —hablé, insegura de si quería hacerlo—. El cuervo que apuñalé se veía muy asustado… como si no supiera qué estaba pasando. Parecía que lo asustaba ver su sangre.
—Quizá solo lo tomaste por sorpresa —dijo Ítalo—. Y el que ataqué yo podía ser el que buscamos.
—Ey, esto es serio —dijo Cregh—. Quizá dejaron sangrando a dos personas inocentes…
—No podemos decir eso ahora, después de todo lo que hicimos… —habló Aldara, de pronto—. Ya sabíamos lo que íbamos a hacer cuando cruzamos el mar. Esta escrito que el Oeste quiere acabar con nosotros. —Bajó la cabeza—. Será duro, pero…
—Entonces, ¿qué? —dijo Cregh—. ¿Vamos a matar a todos los bichos? Mi hermano es un bicho, saben…
—Y mi gato también —interrumpió Lang—. Pero lo que hagamos será lo que tenemos que hacer. Ya dije antes que, si es necesario robar comida, vamos a hacerlo. Aldara tiene razón. Ahora queda el trabajo sucio.
Arañé un poco el piso, insegura.
—Es cierto —susurré—. Los bichos pueden ser personas amables como los lagartos, pero… También pueden ser monstruos peligrosos como las arañas, o los cuervos. —Malo largó un pequeño maullido. Sonreí—. O los quitnar.
Ítalo, que no había dicho mucho, suspiró.
—Escuchen: puedo admitir que es posible que me haya confundido. Pero no creo que sea cierto. En todo caso, quizá debamos ser más cuidadosos de ahora en adelante.

Poco después, fuimos a dormir. Íbamos a recostarnos adentro de la capilla, cuyas paredes podrían retener nuestro calor. Ítalo y yo fuimos los últimos en levantarnos de la fogata. Justo antes de entrar al edificio, lo detuve.
—Ítalo, por cierto… Ese brillo que hiciste en Gangshi, contra el huginn. ¿Qué era?
—Es… —Ítalo pensó su respuesta, y se tocó el pecho. Subió sus ropas, y ahí estaba esa piedra pegada a él—. Algo que puedo hacer ahora. Aun no estoy muy seguro de qué es. Pero si se aparecen los cinco del Oeste de nuevo, va a ser mejor que tengan cuidado.
Y con una sonrisa, Ítalo entró a la capilla.

El día siguiente amaneció tan frío como antes. Lang había sido el primero en despertar, y nos gritó para que nos apresuráramos. No quería perder el tiempo.
—No sabemos cuándo vamos a encontrar comida —dijo—. Es mejor que empecemos a caminar lo más pronto posible, así cubrimos más terreno.
Así es que empacamos prontamente, y unos minutos después ya estábamos de nuevo en el camino. Marchamos una hora, y el río que oíamos apareció frente a nosotros; no era muy ancho, y se perdía entre la niebla hacía las dos direcciones que miráramos. Cregh nos transportó del otro lado. Las mesetas empezaron a hacerse más comunes; el camino se levantaba más y más, y la vegetación también aumentaba de a poco. Unos minutos adelante del rio vimos otra capilla, que parecía igual a la anterior, y luego vimos otra más. Se estaban haciendo más frecuentes.
Anduvimos por dos horas más, en las que podíamos ver varias capillas en las montañas alrededor.
—¿Esas construcciones también son…? —preguntó Cregh.
—Vamos, avancemos… —suspiró Ítalo. Estaba cansado, pero todos lo estábamos.
Usamos nuestras provisiones lo menos posible, y de a poco. Con el estómago vacío, nuestra marcha se hizo más lenta. Mi mente estaba tan cansada que creía que la niebla debía ser el sol encegueciéndome; el frio era tan irritante que me hacía transpirar.
Entonces subimos por una elevación que cruzaba por nuestro camino, y cuando pudimos ver del otro lado un edificio enorme nos recibió.
Por el techo en punta, estaba claro que era un templo. Era como las otras capillas, pero cuatro veces más grande, y varias veces más alto. Todos nos miramos, sorprendidos, y bajamos la colina con paso rápido. Las paredes tenían grabados, igual que las demás. No podía ver una puerta. Palpamos la piedra enorme un par de veces, y entonces Aldara nos llamó con un grito. Había andado hasta una de las esquinas.
—¿Ahí está la puerta? —pregunté.
—Sí —dijo—. Pero, ¡miren…!
La acompañamos, y a medida que nos acercamos lo que había visto se hizo obvio. Contra la puerta cerrada del templo, tirado en el suelo, había un bicho. Parecía jadear, pero estaba inmóvil, y cubierto por una capa blanca y gastada. Era delgado y alto, pero su piel gris solo llegaba hasta su cuello. Su rostro era de hueso… como una calavera. Un rostro con hocico, de animal. Y unos ojos sobre sus cavidades, vivos.
Aldara no se dejó atemorizar por su aspecto, y le arrojó algo de agua sobre sus hileras de dientes. Entonces sus ojos se movieron… Se giraron hacia nosotros, mirándonos de arriba abajo. La criatura se incorporó un poco, aun débil.
—¿E-Está bien…? —murmuró Aldara. La criatura pareció mover su dentadura un poco. Aldara acerco el oído, y todos también nos acercamos.
Empezó a hablar muy lentamente, susurrando para sí mismo…
—La Nereida… El Caballero, El Cazador, El Hechicero y El Pistolero… —Su voz bajó aún más—. Creía que ya no era un Oráculo digno, pero parece que me equivocaba. Creía que todas mis habilidades se habían ido… Pero parece que mi última visión sí se hizo realidad. Humanos del Este… —La criatura se inclinó para toser, escupiendo—. Los estaba esperando.


No hay comentarios :

Publicar un comentario