jueves, 24 de noviembre de 2016

Madera & Hueso — 61 — Cregh


Una vez más lo había arruinado todo, había fallado en defender al grupo. Siempre había pensado que iba a terminar de alguna manera diferente. Moriría cayéndome por unas escaleras, o apuñalado por la espalda; no ahorcado en medio de una gran ciudad. Eso era demasiado grande para mí.
Antes de que pudiera continuar analizando mis posibles finales, alguien sujetó mi espalda. Grité lo primero que me vino a la mente, pues no iba a morir callado. Pero entonces cortaron mis cuerdas. Ítalo me había salvado. Antes de que pudiera reaccionar, Dalia había sido apuñalada, y se encontraba en el suelo del escenario, con el cuello todavía atado a la soga.
Antes, Dalia había sido golpeada para luego recuperarse como si no hubiera pasado nada. Pero ahora no se movía, no se recuperaba; nada. Estaba tiesa en el suelo. Escuché a Ítalo gritarme algo, pero no podía quitar mis ojos del cuerpo de Dalia. Ella no podía morir así, en ese momento. Entonces lo recordé, recordé como la mujer que nos había atacado había tratado de apuñalarme y no había pasado nada. Había usado la espada de Dalia, pero no tenía uso en las manos de aquella mujer. Sabía que había algo especial en esa arma; una cierta conexión con Dalia. Ya tenía un plan. Era un plan estúpido, pero debía intentarlo; no podía hacerle más daño a un muerto.
La espada estaba en un nivel inferior del escenario, en una esquina. Necesitaba ganar tiempo, y logré hacer un hechizo. Creé una barrera alrededor del escenario y bajé al otro nivel. Tomé la espada y me acerqué a Dalia, que estaba siendo sujetada por Lang. No gasté un segundo y la apuñalé; justo donde había sido herida. Lang me miró con sorpresa, pero en seguida le dije que tomara a Dalia y se la llevara lejos. Sin responderme, Lang empezó a hacer caso. Los guardias seguían encima de nosotros, tratando de romper la barrera; podíamos escuchar que la multitud gritaba, aunque insistían en quedarse a mirar. Abrí un espacio entre la barrera por detrás del escenario, y Lang salió por ahí. El vagabundo empezó a correr hacia un edificio, con Dalia por los hombros y sin dejar de disparar uno de sus revólveres. Corrí tras él mientras lanzaba mis llamas. Entramos a un negocio justo antes de que estallara la furia de Aldara.
Cuando los guardias rompieron mi barrera, revelando a Ítalo y a Aldara, en su rostro pude ver un ansia de destrucción. El agua de una fuente se levantó por sus aires, e Ítalo también empezó a correr en nuestra dirección.
No sabía que Aldara tenía tanto poder. Toda la plaza estaba llena de agua y hielo; iba destrozando todo a su paso, fuera personas o edificios. Todos se cortaban bajo el filo y el peso bajo ese desahogo. No iba a pasar mucho antes de que llegara a nuestro negocio. Vi que Malo había logrado escapar la masacre, y estaba saltando sobre Lang.
—¿De verdad está muerta? —preguntó Ítalo, que se había acercado.
—Aun no… —dije—. Pero no hay tiempo; voy a movernos a un lugar seguro —Y sin dejar que el arquero dijera nada, me concentré en una torre a un par de calles de distancia. Los cuatro caímos sobre el tejado, que por suerte era lo suficientemente plano como para no rodar hasta nuestra muerte. Sin embargo, justo así es como esperaba morir. Nada tan grande.
Desde arriba teníamos una buena vista de la destrucción que Aldara estaba causando. Se había bajado del escenario, y recorría la plaza mientras dejaba cuerpos destrozados. La pequeña tienda donde habíamos estado hacía segundos ya no era más que un cúmulo de madera y escombros, bajo toda la lluvia que Aldara convertía en un arma. Lang recostó a Dalia y señaló hacía Aldara.
—¿Qué vamos a hacer con eso?
—Esperar que se calme, supongo —dije.
—¿No podés hacer algo? ¿Controlarla? —quiso saber Lang.
—No… no sé qué es lo que hace, pero no es magia. Al igual que la mujer que nos atacó.
—Ahora que mencionas magia… ¿Por qué usaste a la chica como vaina? —pregunto Lang, mientras señalaba a Dalia. Ítalo no lo había notado, y trató de sacar la espada.
—¡No, esperá! —lo paré. Ítalo se detuvo y me miró, aún más sorprendido; al igual que Lang—. No estoy seguro, pero creo que esa espada es la razón por la que Dalia siempre se recuperaba. Quiero decir… no pierdo nada en intentarlo.
—¡¿Y va a recuperarse con la espada atravesándole medio cuerpo?! —gritó Ítalo.
—Puede ser que tengas razón —admití—. Tratá de sacar…
—¿Qué es eso?
Lang estaba señalando a Aldara. En su lugar, la calle estaba cubierta por elevaciones de hielo, y sobre ella se elevaba una pared de fuego. Pronto entendí.
—Tiene que ser ella, la mujer que nos atacó —dije—. Supongo que quiere terminar lo que empezó… —noté que el resto me estaba escuchando, y les expliqué—. Es la misma mujer que sacó al mago de Havenstad.
—Tenemos que ayudar a Aldara; llévanos allá —dijo Lang.
—Sí. Ítalo, cuida a Dalia.
Nos transporte rápidamente, para evitar oír las protestas del arquero. Nos moví a otro tejado, mucho más cerca de la batalla. Aldara estaba moviéndose por la plaza, esquivando llamaradas mientras creaba paredes de hielo.
El pistolero no perdió un segundo en empezar a correr por los tejados, acercándose.
Me moví frente a Aldara. La mujer que nos había vencido estaba ante mí. Apenas me vio, giró una mano en mi dirección y mi amuleto empezó a absorber fuego; ese era el momento perfecto para que Lang disparara. Vi un destello en los tejados, y el sonido de sus dos revólveres resonó en la plaza. Pero la mujer parecía ilesa. No creía que Lang hubiera fallado. De pronto, el aire se sacudió con una explosión. La casa por sobre donde estaba Lang se partió en todas las direcciones; la mujer se giró hacía allá, y al mismo momento noté la magia en el ambiente. El mago oscuro tenía que haber regresado.
Aldara tomó su oportunidad, y antes de que la mujer reaccionara, una bola de hielo la golpeó y dejó rodando por el suelo. Antes de que pudiera levantarse, Aldara la cubrió bajo trozos de hielos. Parecía que no necesitábamos defenderla, después de todo.
—¡Cregh! —oí. El pistolero estaba corriendo por el medio de la plaza. Detrás de él apareció el mago de la armadura negra, desde los escombros de aquella casa, que volaban a su alrededor. Una ráfaga de magia puso al pistolero en el suelo. Lancé una llamarada contra el mago, pero este solo desapareció.
Lang se puso de pie y nos reunimos. Aldara me miró, sin reconocerme… y pronto vi que una estaca de hielo estaba dirigiéndose hacia mí. Me transporté fuera de peligro; aparecí detrás de Aldara.
—Aldara, ¡soy yo, idiota!
Pero me ignoró por completo, y volvió a generar una estaca de hielo. Ahora apuntaba hacia el mago del Oeste. Sin embargo, la lluvia solida solo estallaba antes de golpear al mago.
Lang empezó a disparar sus armas, sumándose, pero no tenían efecto alguno. El mago preparó su brazo para otro ataque.
Creé una muralla de mi propia energía, y logré bloquear la mayor parte de la ráfaga de viento. Lang y Aldara pudieron seguir en pie. En seguida me concentre en crear una burbuja alrededor de la magia del mago, pero no tenía la menor de idea en cómo hacerlo. Su yelmo se giró hacia mí; debía haber sentido mis intenciones. Respondió lanzando otra onda, y mientras la detenía pensé que no podía hacer nada si seguía así.
Aldara cumplió el trabajo y empezó a atacarlo sin parar. Cristales de hielo se formaban en el aire uno tras otro, disparados hacia el enemigo. Me transporté detrás del mago, y me concentré en crear una llama como nunca había hecho.
Solté el flujo hacia el mago, y mantuve la presión. Ahora el mago había tomado una posición defensiva, y trataba de desviar nuestros ataques con ambas manos. Este era el momento.
—¡Lang! —grité.
Lang se había posicionado al frente del mago, y levanto su revólver. Entonces, un rugido resonó por toda la plaza, mientras una llamarada de fuego se veía cubriendo el cielo. Aunque sangraba por todas partes, la mujer de fuego se había levantado.


Madera & Hueso — 60 — Ítalo


Me quedé con Lang mientras el resto iba a buscarnos ropas. Íbamos a encontrarnos de nuevo en el puente, pero no teníamos razón para esperarlos ahí. Con Malo como guía, el pistolero y yo nos dirigimos a rodear la montaña. El tiempo pasó mientras bordeábamos la ciudad por la derecha. Encontramos otro puente colgante más bien apartado de la entrada principal, donde no había nadie que pudiera vernos. Ya habíamos caminado hasta el otro lado de Aqlatan, y recibíamos la mejor parte del sol. Nos metimos en una gran arboleada e insistimos con la caminata.
La flora del Oeste era hermosa, pero en una manera distinta a la del Este. Parecía tan… áspera; sus colores nunca variaban de un verde oscuro. Aun así, las formas de sus hojas eran muy diversas y de texturas que jamás había visto. Algunas parecían hechas a mano, o cocidas, o fabricadas con seda o algodón; pero había una extraña ley que prohibía que algo fuera distinto a ese color verde.
Al rato encontramos un gran claro con un lago en su seno. Decidí solo tirarme en el pasto, mientras que Lang tomó lugar en una piedra a la sombra. Ahí tirado pude notar cuán cerca estaban las nubes; parecía que podía soplarlas sin más. Mirando más allá de los arboles noté que parecía que se avecinaba una gran tormenta. Si no recordaba mal, no habíamos tenido ningún cruce con nubes en el viaje hasta la ciudad; solo había habido algunos pedazos dispersos por el cielo. Aunque claro, después de ver imágenes en movimiento y a un domo de raíces, nada podía negarse en el Oeste.
Con la suave brisa me quedé inmerso en sueño ligero y muy agradable… hasta que Lang me sacudió para que me levantara.
—Ítalo... mira eso… —habló Lang, casi susurrando.
Había un animal al otro lado del lago, que se había acercado a beber agua.
—¿Eso es… un oso? —murmuré, dormido.
—Dioses…es un oso de verdad, en el Oeste —dijo Lang, y por fin me desperté.
—Apenas vi unos pocos en Alles, ¿qué hace una bestia así acá? —dije.
—No me interesa, pero tenemos que cazarlo. Son cuatrocientos kilos de carne asegurada —dijo Lang.
Tomé mi arco y flechas mientras me incorporaba. Lang ya había desenfundado una de sus pistolas. Nos movimos, rodeando el lago tan sutilmente como pudimos. Nos acercamos paso a paso a la bestia, que bebía sin preocupación alguna. Cerca, más cerca, pero seguíamos sin poder dar un disparo letal. No podía procesar el hecho de que hubiera una criatura salvaje en el Oeste; ciertamente era la primera que veíamos después de aquellos caballos. Era nuestro boleto para comer carne roja después de un buen hiato.
Uno no debe entusiasmarse tanto, porque lo que fácil viene fácil se va. El oso levantó su cabeza, con las orejas en punta, y se escabulló hacía el bosque en un parpadeo.
—Mierda —concluyó Lang.
—Es imposible que sea el único de su especie; deben haber más como él —dije.
—Ya sé, pero realmente quería cazarlo ahora. No puedo sacarme de la cabeza que algo va mal.
Miré a Lang y después al cielo. Tal vez habían pasado cuatro horas desde que los otros habían entrado; quizá un poco más. El sol ya estaba descendiendo. Les habíamos prometido que íbamos a entrar si seguían ahí cuando saliera la luna.
—Calma, todavía falta para la noche —trate de calmarlo, pero Lang me interrumpió.
—No, no es eso. Algo me dice que esto va mal.
—Imagino que Cregh los hubiera transportado hasta acá si algo se hubiera ido de las manos.
—Como sea… todo esto me da mala espina —insistió—. ¿No lo sentís?
Notaba algo en mi piel, pero era cuestión de que la temperatura había bajado. También podía ver que la tormenta no estaba muy lejos de nosotros, a pesar de que podía olfatear algo más en el ambiente.
—No deberíamos dejarnos llevar por corazonadas —dije—. Pero puede que tengas razón.
—Es algo más que una corazonada. No creo poder describirlo, en una palabra, pero esta acá. Por más que no pueda ver a esta sensación, siento que podría abrazarla hasta hacerme un retrato con ella, y aunque en el retrato no se vería otra cosa que mi rostro cada vez que lo mirase encontraría la misma sensación que tengo ahora.
Era difícil contestar al discurso de Lang cuando lo único que sentía era un poco de frío. Podía notar que pasaba algo, pero no me llevaba a la desesperación. Sabía que seguramente no era nada. Traté de recordar cuanto tardaba Cregh en llenarse de luz las manos cuando nos transportaba, y las posibilidades de que hubiera peligro parecían disminuir. Solo necesitaban un parpadeo para escapar.
—Todavía faltan dos horas para que anochezca, ¿qué preferís hacer? —le dije.
—Mientras dormías envié a Malo a conseguir información. Con un poco de suerte va a volver pronto.
—Ahorremos tiempo; empecemos a caminar hacia allá.
Ni siquiera habían pasado cinco minutos cuando vimos el puente colgante que llevaba a la entrada y a Malo en su forma canina. Hasta un estúpido podía darse cuenta de que algo no iba bien.
Malo soltó un ladrido con una voz mucho más ronca y seca, y Lang pareció entender algo.
—Mierda. Vamos, rápido.
El pistolero agachó la cabeza y empezó a correr hacía la entrada que habían usado los chicos; yo lo seguí atrás. Claramente eso se había ido de las manos.
—¿Cuán grave es? —pregunté.
—Más de lo que puedo explicar ahora mismo.
Llegamos al puente a toda velocidad. Lang se encontraba en buen estado físico, de hecho.
En el otro extremo había dos lagartos de guardia, uno a cada lado del camino. Tuvimos que parar y pensar nuestro siguiente movimiento, aguantando la ansiedad que nos pesaba en cada centímetro del cuerpo.
—Tenemos que ocuparnos de ellos —le dije.
—Del uno al diez, ¿cuánto debería confiar en tu puntería? —-me preguntó.
—Diez. ¿Cuánto debería yo?
—Once —remató—. Vamos.
Lang cruzó el puente colgante, con Malo como gato. Cuando faltaban unos pocos metros para toparse con los guardias crucé al puente y preparé la flecha. Tan rápido como levanté la mirada vi como la cabeza del guardia de la izquierda explotaba, dejando una obra primitiva de sangre en la pared con algunos relieves de carne. Antes de que su compañero pudiera reaccionar, la flecha ya había salido disparada desde mis dedos y en una fracción de segundo estuvo alojada entre sus ojos. Corrí hasta Lang y saqué mi flecha del guardia lagarto.
—La entrada esta libre —dije—. Bienvenido a Aqlatan, Lang. Ya podés empezar a darme detalles de lo que paso. —Lang suspiró.
—Bueno, voy a tratar de ser lo más directo posible. —El pistolero buscó en su cabeza por las palabras adecuadas, y se esforzó por verse más tranquilo de lo que estaba—… Yo diría que están por ejecutar a Aldara, Cregh y Dalia.
—Mierda. —Sabía que era grave, pero no tanto—. Al menos aún están con vida.
—Eso espero.
La ciudad parecía desierta, lo que nos hizo olvidar por un momento que necesitábamos prendas blancas si no queríamos que nos ejecutaran también. Malo nos guió hacia adelante por unas cuantas cuadras que ascendían por la montaña. Al pasar una esquina escuché pasos justo detrás de los nuestros. Tomé del brazo a Lang y nos metí en un pequeño callejón.
—Parecían voces humanas —susurré—. ¡Todavía necesitamos las prendas!
Se hizo un pequeño silencio donde pudimos escuchar mejor, y afirmé lo que sospechaba: eran voces humanas. Lang sacó un revólver.
—No queremos sangre en nuestras túnicas —reproché—. Malo, necesito que los distraigas.
El gato salió del escondrijo y anduvo derecho hacia el objetivo sin pensarlo dos veces. Saqué la cabeza para poder ver al fin a nuestros objetivos.
—Son dos. Yo tengo la derecha, vos la izquierda. ¿Bien? —Lang asintió—. En mi marca.
Malo se había puesto en el camino de la pareja de humanos, y jugueteaba con sus túnicas como afilando sus garras. Era más que suficiente; estaban quietos y de espalda a nuestra posición.
—Ya.
Llegamos hasta sus espaldas en tres pasos rápidos. Lang tomó su posición y con un culatazo en la cabeza termino con su trabajo. Opté por cargar energía en mi mano izquierda, y fundir a mi iluminada. No sabía cuanta energía sería necesaria, pero pegué mi cuerpo al de ella, y pude sentir como sufría las mismas descargas que aquella noche en el castillo de los Robler cuando la piedra se pegó a mí. Cerré los ojos mientras sentía como su cuerpo se unía a la violenta vibración. Sin que siquiera pudiera largar un suspiro, ella yacía en el piso. Y sin sangre; lo más importante. Levanté mi cabeza y pude confirmar que nadie nos observaba en ninguna de las cuatro direcciones.
—Sin testigos.
Estábamos arrastrando los cuerpos hasta el pequeño callejón cuando un lagarto apareció por una ventana y nos encontró. Saqué mi arco en un instante y el lagarto tuvo una flecha en su trompa un segundo después. Ya había notado como la piedra aumentaba la velocidad de mis reacciones y de mi cuerpo en prácticamente todos los aspectos.
—Sin testigos —me repetí.
Les sacamos sus prendas a los humanos, y nos convertimos en unps iluminados más. Comprobé que tenían una simpática capucha de la que hice uso.
—¿Está muerta? —preguntó Lang, mirando a la humana a mis pies.
—No sé. Es la primera vez que pruebo esto en alguien con la intención de matar. Es posible que este en un estado de conmoción, pero sigue viva. ¿Deberíamos...?
Lang estiró la mano, pidiendo algo. Le alcancé la daga que Marco me había regalado. Lang se arrodilló y puso la daga en el cuello de su humano.
—Sabíamos que en cuanto pisáramos el Oeste solo quedaba el trabajo sucio —dijo, justo antes de que una lenta cascada roja surgiera del iluminado. Se dirigió a la chica sin perder el tiempo—. Sin testigos, ¿no?
El pistolero ejecutó el segundo corte y me devolvió la daga. Lo miré de pies a cabeza, asegurándome de que realmente fuera Lang; su mirada había cambiado. ¿Cuánto estábamos dispuestos a cambiar por el bien de nuestras tierras?
—Vamos… no tenemos tiempo de sobra —balbuceé.
Malo movió la cabeza para que nos apurásemos y para guiarnos en nuestro camino. La ciudad parecía desierta; no había un alma fuera en las calles. Habíamos tenido mucha suerte en encontrar a esos iluminados. El camino se volvió cada vez más empinado, buscando llegar a la cima de la montaña. Nuestro paso se aceleró hasta convertirse en un trote intenso. Comprendimos cuán grande era Aqlatan.
Las calles se bifurcaban junto al suelo irregular; la ciudad parecía volverse un laberinto en el que los colores claros eran los protagonistas principales. Sus paredes blancas parecían funcionar como reflejos del sol para aprovechar cada segundo de luz, mientras que las nubes bajas cubrían a la ciudad en sombras.
Cuando parecía que de verdad no íbamos a encontrar más que los cadáveres que habíamos dejado, apareció una pareja de lagartos parecidos a los guardias de la entrada. Se encontraban una cuadra adelante; bajamos el ritmo. Justo delante vimos más gente caminando en una misma dirección. Lang se me acercó.
—¿No te parece que nos vemos sospechosos?
—Ciertamente, y va a ser aún más si alguien nos escucha hablando nuestra lengua. ¿Esa gente está relacionada con lo que le esté pasando a los nuestros? —pregunté. Malo maulló algo y Lang escuchó.
—Sí —dijo—. No estamos lejos. No hablemos más, y caminá un poco más rápido.
Unos segundos más tarde nos mezclamos entre el resto de los seres que marchaban, andando como ganado en una dirección única; pero tenía que guardarme todos los comentarios hasta que llegásemos a donde sea que estuvieran los chicos. Avanzar se volvió un problema cada vez más grande mientras el flujo de gente crecía. La gran mayoría eran lagartos como los que habíamos matado. Resaltaba algún que otro iluminado, con sus prendas blancas entre las escamas oscuras. No parecíamos llegar a nada, y las ansias empezaron a ganarnos. Bufí impaciente mientras un puto lagarto nos tapaba el camino, y ni siquiera podíamos abrir la boca para que se corriera.
Seguimos avanzando tan rápido como se nos era permitido, con el perfil bajo y la mirada clavada en el piso.
Fue cuando seguir delante en verdad era tener que forzarse entre los hombros del resto; ahí fue que aparecieron los cuervos. Si el ambiente no era lo suficiente malo, la presencia de sus picos y plumas negras inundó mi mente; mi sangre parecía incapaz de fluir. Caminé con la cabeza todavía más baja.
Me atreví a levantar la cabeza y mirar el cielo. Por si nada pudiese ser peor, todavía faltaban varias horas para que la luna nos estuviese acompañando y aconsejando. Los días eran cada vez más largos, y parecía que nuestras esperanzas se derretían bajo los rayos de sol.
De pronto, un pequeño zumbido en mis oídos se transformó en una voz que se hacía más nítida con cada paso. La gente ahora parecía dedicarse a tomar un lugar y ponerse cómodo. Miré a Lang, que tenía los ojos como platos al escuchar la voz. No entendíamos las palabras, claro, pero nos decía que estábamos cerca. Y estábamos entendiendo que todo eso no iba a ser muy diferente a cualquier ejecución pública en Alles. En esa tarde se asesinaría por un crimen; el de existir.
La voz entorpecía el aire, hablaba con mucha claridad. No escuchaba bien, pero podía entender algunas palabras gracias a mi educación.
Lang me golpeó el brazo y señaló hacia arriba. Me puse en punta de pie, y entre las bestias pude ver un escenario de madera con sus tres protagonistas sobre él. Ahí estaba nuestro grupo, junto con un vocero que hacía sonar su voz con un cuerno.
Una multitud nos separaba del lugar; llegar hasta allá de verdad era imposible.
—Ítalo, necesitamos un plan… ahora.
Traté de buscar algo que sirviera con la mirada, pero simplemente no lo encontraba. De verdad no había lugar a donde ir. Nuestra movilidad no hacía más verse reducida más en cada momento. Nos hallábamos rodeados de cuerpos enormes, sin poder ver bien nada a nuestro alrededor. La voz le daba vida a la multitud, que parecía empezar a enojarse. El vocero ya no estaba solo; ahora el público respondía y magnificaba todo lo que decía. El lugar se volvió una jungla, en un bullicio constante que anulaba cualquier idea distinta. Nuestro tiempo se agotaba.
Mi cabeza dejó de pensar en un plan para considerar la situación de que tuviésemos que llegar a Verin siendo solo dos. Tendríamos que derrotar al mago negro, a aquel cuervo enorme, al deus. Mis ojos se perdieron pensando en lo remotas que se volverían las oportunidades, que si nuestros tres compañeros morían ahora nosotros les seguiríamos pronto. Qué pequeños éramos frente al Oeste, qué diminutos nos volvíamos frente a esa multitud que latía al ritmo de los tambores del discurso del vocero. Qué inútil se volvía todo; qué fracasados habían sido los Oráculos; qué malditos fueron los dioses al ponernos en un camino donde los nuestros morían y las almas que quedaban no serían suficientes. Si éramos dos sería poco más que una misión suicida. Pero entonces recordé que no éramos dos.
Busque en mi bolso por mis pergaminos verdes. Una vez que tuve uno en cada mano, trate de encontrar a Malo por el suelo.
—¿¡Dónde está Malo!? —exclamé a Lang, por sobre el ruido—. Decile que se suba a mi hombro.
Lang buscó a su gato negro por el piso y le dio indicaciones. Mientras tanto, yo pegaba el papel adhesivo en mi antebrazo izquierdo.
El quitnar se subió a mí de un salto ágil.
—Necesito que lleves esto hasta los techos —le dije mientras posaba el segundo pergamino en su boca.
Los segundos en los que Malo andaba se hacían eternos. No había manera de controlar las pulsaciones de nuestros corazones; cada segundo que seguíamos ahí sin poder hacer nada era un tormento. Cuando pensamos que nuestra tortura estaba por llegar a su fin, cuando Malo estaba cerca, la voz cambió. Me esforcé por recordar mis lecciones y entenderla.
—Cuan poco les falta para abrazar la eternidad… —decía—. Humanos… —masculló, y se giró hacía la multitud—. Hermanos, acá tenemos tres ejemplos de lo que ellos están hechos. Podríamos abrir sus cerebros y sus corazones, cortarlos justo en dos para poder admirar cuan oscuro es lo que llevan adentro. Cuantas tinieblas, cuanta muerte, cuantos pecados, cuantos vicios afloran y se festejan. Pero ya tenemos suficiente en el exterior…
Al fin vi una mancha negra a unos cuantos metros sobre el suelo. Perdí toda conexión con el discurso. Malo se encontraba trepando hasta lo más alto de un edificio.
—Lang, apoya tu mano acá —le dije, señalando el pergamino pegado en mi brazo—. Ya.
Miré arriba, buscando al gato que ya estaba en los techos. Lang puso su mano en mi brazo y en un abrir y cerrar de ojos estábamos donde queríamos.
—Cómo… ¿Qué? —balbuceó el pistolero.
—Pergaminos mágicos; un regalo de la familia. Por cierto, gracias, Malo.
—Pero... —Lang iba a hacerme más preguntas, pero se concentró—. Bueno, ahora sí podemos hacer algo.
—No tenemos tiempo. Están a punto de ejecutarlos —volteé para ver a Cregh, Dalia y Aldara con una soga en sus cuellos y miré alrededor—. Dioses, creo que jamás vi a tanta gente junta.
—El que está hablando, ¿será el tarní de esta región? —pregunto Lang.
—Es posible. Toda esta mierda tiene características de algo más que trascendental… Dioses, cuánta gente.
¡Pusieron a dormir a nuestro dios y se atreven a pisar nuestras tierras! —gritaba el vocero—. Y no solo eso, quemaron una de nuestras capillas en cuanto pusieron un pie en la ciudad… traigan la muerte a ellos —y la multitud perdió la cabeza.
—Lang, mirá la fuente aquella. ¿Ves cómo se mueve el agua? Estoy seguro de que es cosa de Aldara.
—No creo que pueda salir de esto sola —me dijo—. Mirá, no hay nadie detrás del tarní. Solo hay algunos de esos lagartos guardias por el frente.
—No digas más.
Até el pergamino a una flecha y disparé. Era un tiro de unos ochenta metros y el peso extra del papel lo hacía algo bastante difícil, pero la flecha cayó justo detrás del escenario. Le ofrecí mi brazo a Lang para que pudiésemos transportarnos.
Al llegar, levanté el pergamino y vi que su efecto había expirado. Llevar dos personas consumía mucho más de lo normal.
Al levantar la cabeza podía verse a nuestros tres compañeros subidos en el escalón que debía causar que sus cuellos se rompiesen al caer.
—Bien, todavía no terminó su discurso —susurró Lang. La voz del vocero seguía retumbando, lanzando gritos en su idioma.
Rodeamos el escenario y nos escondimos detrás de unas escaleras para bajar.
A unos metros estaba el cuervo que parecía ser el verdugo. El vocero terminó su discurso y, lleno de rabia, lanzó su cuerno al piso. Bajo del escenario riendo como un enfermo y se dirigió hacía al verdugo.
—Cubrime —murmuré.
Subí las escaleras hasta el nivel donde estaban los tres colgados. El más cercano era Cregh.
—Que le den a toda tu puta iglesia y tus creencias —lanzó cuando sintió a alguien por su espalda.
Corté la soga de su cuello, y la multitud no tardó en darse cuenta que algo iba mal. Cregh se giró hacia mí, sorprendido.
—¿Qué carajo?
—Inventá algo para protegernos, rápido —le dije mientras cortaba las cuerdas en sus manos.
Me dirigí hacía Aldara para ocuparme de sus nudos. El cuervo intentó tomar por el cuello a Cregh, pero sonó un estallido feroz, y vi al ave desplomarse sin cabeza.
Estaba cortando la soga de nuestra Nereida cuando la escuche gritar.
—¡DALIA!
Cuando me giré ya era tarde para notar que otro verdugo había subido por el otro lado. Apuñaló a Dalia por la espalda, empujándola hacia su muerte en la horca. Esto fue seguido por una ovación; toda esa gente había venido a ver morir a unos herejes, y ahí iba la primera. Tal vez ni siquiera había terminado de concretar una sonrisita cuando mi daga le atravesó el cuello. El cuervo se estabilizó sin dejar de toser y escupir sangre, y levantó una de sus alas para intentar tirarme fuera. Su movimiento fue muy fácil de esquivar, y lo pateé hacia abajo. El verdugo cayó hasta el piso con un golpe seco. Al fin corté la soga que mantenía a Dalia colgada en el aire.
Entonces, una luz roja nos envolvió a todos. El escenario empezó a ser rodeado por una especie de membrana roja en forma de cúpula. Ahora apenas se escuchaba el bullicio de afuera. Se sentían golpes contra la pared mágica, pero no lo conseguían romperla. Nuestro mago había podido conjurar ahora que tenía las manos libres.
—Cregh, nos vamos. Ahora mismo —le advertí, al mismo tiempo que notaba que su mirada se clavaba hacia sus pies y Aldara lloraba sin consuelo. Ahí estaba Dalia en un charco de sangre, sin respuesta.
—Dioses, ¿por qué no se recupera como siempre? —Lang estaba en un piso inferior del escenario, tratando de revivir a Dalia de alguna manera.
—Cregh, vámonos, ahora —insistí—. Podemos curar a Dalia en otro…
—No respira —declaró Lang—. Va a morir.
Mi cuerpo se entumeció y mi mente pareció desconectarse. Caí arrodillado. Traté de controlar mi lengua para pronunciar palabras, pero nada funcionaba. Pude reaccionar después de un largo silencio.
—¡Cregh! ¡VÁMONOS, AHORA! —grité, desesperado.
Tomé mi daga y liberé los brazos de Aldara, que estaba llorando en el piso. Traté de ponerla de pie, pero solo se tomaba la cara. Cregh bajó al nivel donde estaba Dalia. Volví a gritarle que nos sacara de ahí lo más rápido posible. La membrana comenzó a agrietarse; insistí en irnos. La membrana se debilitó aún más.
Aldara levantó una mano hacia adelante y se puso de pie. En ese momento, en el mismo instante en que me preparaba para combatir cargando mi cuerpo con la energía de la piedra, vi los ojos de Aldara y noté que su tormenta había llegado.
La membrana se pinchó como una burbuja, y al instante miré hacía la enorme fuente que había detrás del escenario. El agua empezó a alzarse, tornándose en un remolino violento que hacía volar a las cosas alrededor. El tornado de agua comenzó a moverse y a repartir terror entre aquella multitud eufórica.
Bajé la mirada y vi que Lang y Cregh se estaban llevando a Dalia. Llené mi cuerpo con la rabia que sentía y recibí a los guardias ingenuos que intentaban acercarse. Acumulé energía en mis dos manos y la proyecté hacía afuera. Rayos surgían de mí y golpeaban a los guardias que se arrimaban por ambos lados del escenario.
Noté que de pronto la temperatura había descendido demasiado. Me volví hacía Aldara, que poco a poco estaba convirtiendo toda su agua en hielo; en un tornado sólido. Pedazos de cristal volaban en todas direcciones, cayendo al azar sobre todos los presentes.
Ya era demasiado tarde para impedir el baño de sangre que Aqlatan iba a recibir.
La gente corría en todas direcciones, totalmente perdida. La fiesta se había tornado en pesadilla en menos de un minuto. Traté de parar a Aldara, tomando sus brazos, pero se giró hacia mí y no me reconoció.
Me di vuelta, asustado, y me puse a correr por un lugar seguro. Volteé una sola vez antes de ponerme bajo techo. Me asomé para ver como todos esos bichos amontonados, deseosos de ver una ejecución, se convertían en los ejecutados, de manera impiadosa y a sangre fría.
Encima de nosotros nubes negras lloraban lluvia sobre Aqlatan, dándole todavía más poder de destrucción a Aldara, a quién no podía parar nadie. Y solo iba a parar cuando se hubiera hartado de matar, de vengar a Dalia.




miércoles, 10 de agosto de 2016

Madera & Hueso — 59 — Dalia


CAPITULO VI
LATAN


—Lang, ¿te pasa algo? —preguntó Aldara.
—No, Aldara. Estoy bien… —El pistolero se estaba refregando los brazos sin pausa alguna, a pesar de que estábamos junto a una fogata.
Me rasqué el pelo. Ítalo y Lang estaban sentados junto a mí en un tronco, y mirábamos a Cregh y Aldara frente a nosotros. Habíamos marchado un par de horas, pero se había hecho demasiado oscuro y pronto habíamos necesitado montar campamento y descansar para el día siguiente.
Malo maulló hacía las estrellas.

Encontramos el final del bosque al día siguiente. El trayecto que siguió no fue rocoso, por suerte, sino una pradera; los kilómetros que seguían estaban cubiertos de hierba y arbolitos, donde había más frutas exóticas. También había caballos pastando en el camino; Ítalo, que venía de la mejor familia entre todos nosotros, supo decirnos que Alles había intercambiado ganado con el Oeste desde que los reinos se habían encontrado hace doscientos años.
Cregh creyó que era mejor continuar de pie. Si lo que habíamos oído de Azus era cierto, el camino adelante sería más y más duro… Aunque de alguna manera me costaba creer en eso, decidimos caminar, así podíamos saber lo que había frente a nosotros. Si el mago trataba de transportarnos, no podíamos saber dónde íbamos a aparecer. Además, Cregh ya se había esforzado bastante en el camino a Varoa.
Fueron dos semanas antes de que viéramos nuestro destino. A veces encontrábamos caminos, pero estos seguían direcciones extrañas; después de todo, no estábamos siguiendo las rutas, sino que solo caminábamos hacía el oeste. No esperábamos a la ciudad. No levantaba luces hacía los cielos, como en Varoa. Cuando apareció frente a nuestros ojos, pasando una colina, Ítalo simplemente suspiró.
—Así que ahí está Aqlatan.
La ciudad era una silueta a la distancia. En vez de una destinación deseada, brillante ante nuestros ojos, parecía ocultarse, estar unida a la tierra como solo otra roca más. La ciudad subía junto a una montaña, y la depresión que la precedía estaba cubierta por un puente. Hacía los lados, grupos de casas se separaban de la montaña y se desperdigaban por el valle. Edificios enormes se levantaban desde la montaña a medida que esta subía, con nubes bajas cubriéndolos y haciéndolos negros.
—Es enorme —dijo Aldara.
—Realmente hay mucha población en el Oeste —dije yo—. Son gente muy civilizada.
Lang también parecía muy impresionado, a juzgar por su expresión. Solo Cregh le restaba importancia al asunto, y dijo lo que todos debíamos haber estado pensando.
—Pero todavía no tenemos las ropas blancas que necesitamos, chicos.
Era verdad. No habíamos visto ningún humano en nuestro camino; sí habían pasado otros bichos en carruajes, pero nos habían dejado en paz. Por suerte, no habíamos visto más cuervos; parecía que estábamos haciendo un buen trabajo en mantener un bajo perfil hasta ese momento.
—Está bien —dijo Lang—. Todavía pueden pasar tres de nosotros con los trajes que tenemos. Y quizá ni siquiera pase nada…
—Es verdad, solo es un color de ropa —dije yo, animada.
—Ay, dioses, siento que todos se volvieron tontos —se quejó Cregh—. ¿Acaso se olvidaron de todo lo que nos dijo Azus? Es verdad, quizá la gente que no cree en esa iglesia no nos haga nada, pero cuando el tarní de esta ciudad es un “iluminado”, la opinión de esa gente ya no es muy importante. Azus dijo que los humanos no iluminados no tienen permitido pasar a las ciudades… ¿Entienden eso? ¡Vamos a ser apedreados!
—¿Cómo puede ser? —se quejó Aldara—. ¿Todas las personas en esa ciudad hacen lo que les dicen ciegamente?
Nos encontrábamos bajando una colina hacía la ciudad. Había un par de docenas de metros antes del puente, y allí ya podíamos divisar a unos guardias. Aldara caminó hasta un árbol y se apoyó en él, bajo su sombra.
—Mmm —dije—. Alguna gente puede estar muy unida a sus dioses… Los etéreos pueden servirnos como apoyo, como un sostén para cualquier situación. Yo entiendo a la gente de Aqlatan. —Aldara desvió la mirada, no muy convencida. Me sentí un poco tonta—.  Ey… Si no hubiera creído en los etéreos, en Destino, nunca hubiera partido en este viaje.
—Tiene razón. Ellos son libres de creer lo que quieran—dijo Ítalo—. No es culpa suya que esta iglesia les diga que los humanos van en contra de su amo y señor.
—Pero ellos van en contra, ¿no? —dijo Cregh con una risita—. Nosotros queremos matarlo. Es cierto, nosotros queremos matarlo. Así que creemos en él de alguna manera, ¿no?
—Bueno… eso vamos a saberlo en Verin —dijo Ítalo—. Pero Wendagon era como… un Oráculo, como el que vimos en aquel templo. Y él vio que este Deus estaba por despertar. Así que no se sí sea un dios, pero si debe ser alguna especie de animal.
Aldara suspiró.
—Supongo que tienen razón. Es solo que la ciudad parecía tan bella antes de pensar en que iban a apedrearnos…
—Sí —dijo Lang.
Caminó unos pasos, hasta fuera de la sombra del árbol. Uso su mano para cubrirse del sol, y miró hacía la ciudad, hacía la montaña adelante.
—Una ciudad que se contempla mirando hacía las alturas. —El pistolero tomó aire. Meditó durante unos segundos—. Bien… no sería la primera vez que pasa una de estas cosas. Quien sea que controle esta iglesia seguro ni siquiera está interesado en este Deus. Pero puede usarlo para dirigir a la gente, hacer que ataquen a la especie que él quiere que ataquen… Seguro que hasta trabaja con ese grupo con el que nos estuvimos encontrando, los que quieren matarnos.
—Pues no sé —dijo Cregh. Se había sentado en el pasto—. Azus nos dijo que la iglesia venía tratando de influenciar a los tarníes de las ciudades hace más de cinco años.
—Oh, bueno. No ganamos nada con hablar de ello —dijo Ítalo, también saliendo de la sombra del árbol—. Es mejor que nos pongamos en acción. Creo que es muy peligroso solo pasar caminando, está bien… Así que podemos entrar tres de nosotros, conseguir ropas para el resto y volver.
—Bien. Que Dalia vaya —dijo Lang—. Yo no voy a ser de mucha utilidad, siendo franco. Ella puede aguantar una posible apedreada, pero yo no…
—Y yo tampoco voy a servir —dijo Cregh—. La magia deja un rastro fácil de buscar. Si no usé magia en el camino hasta la ciudad, de menos utilidad será en la ciudad misma.
—No seas tonto —dijo Ítalo—. Sos demasiado útil. Podes hacer fuego en los cuartos oscuros; transportarnos si nos atrapan. Además de que sos el que mejor habla su idioma. Sería tonto que no vayas.
—Bueno… si vos lo decís.
—Sí, supongo que está bien —dije. Ahora que era una posibilidad tan real, el aspecto de la ciudad entre las nubes me ponía algo nerviosa.
—Y yo también quiero ir —dijo Aldara, mirando a Ítalo—. Quiero ver a esa iglesia de cerca.
—Mmm… ¿estás segura? —respondió el arquero—. Digo, ahora puedo hacer esto, ya sabes cómo es. —Y una chispa surgió de su mano. Fue solo un segundo, pero se vio iluminada por la luz de rayo.
—Dejame tomar tu lugar, por favor —dijo Aldara.
—No me molesta —dijo Ítalo.
—Muy bien, vamos entonces —dijo Cregh, tomando una de las túnicas blancas. Aldara y él se las pusieron encima, y empezaron a andar.
—Vamos a estar del otro lado de la montaña —me dijo Lang—. Si no vuelven por la noche vamos a entrar a buscarlos. Recordá esto, Dalia. Vuelvan por la noche, aunque tengan que transportarse de repente para llegar a tiempo.
Asentí, con un escalofrió recorriéndome. Parecía como si estuviéramos tomando demasiadas precauciones. Desafiando a la suerte.
Me saqué mí vestido de abrigo y me puse la túnica. Incómoda como era, corrí colina abajo, detrás de Aldara y Cregh.
Pronto alcanzamos el puente. El valle se precipitaba hacia abajo en ese punto, volviendo a subir en la entrada de la ciudad, donde la montaña se elevaba a los cielos. Cubiertos por el sonido de los vientos a nuestro alrededor, volando nuestros trajes y haciendo que tengamos que sostenernos de las barandas del puente, alcanzamos a los guardias.  
Nadie dijo nada. Pasamos sin bajar el ritmo, como si fuera algo que hacíamos todas las mañanas, aunque sí los miré de reojo. Eran hombres lagarto, llenos de escamas y con una cola que parecía más larga que ellos. A su vez, todos ellos superaban nuestra altura. Uno de ellos giró su cabeza hacía mí, su armadura de hierro tintineando con el movimiento. Empezó a gruñirme. Pronto corrí la mirada; aceleré el paso.
—Eran como mi hermano… pero dos veces más grandes —dijo Cregh, sorprendido.
El puente llevaba a unas escaleras de piedra. Los tres subimos en silencio, escuchando con atención ante cualquier cosa. Pero con flores de la montaña saltando a los lados del camino, y el calor de la primavera apretando la túnica blanca contra mí, no pude evitar sentirme viva. Empecé a silbar una tonada, una canción de mamá, y cerré los ojos. Cregh y Aldara, un par de escalones delante de mí, escucharon por un minuto, y Cregh se dio vuelta.
—Dalia… No quiero ser bruto, pero sería mejor que no cantaras ahora.
—Vamos… estas preocupándote demasiado —protesté—. Los guardias nos dejaron pasar sin problemas, ¿no?
—Sí, pero no queremos llamar la atención. Buscamos asaltar a dos personas, ¿te acordás? —dijo Aldara, susurrando esa última parte.
—En serio. Se están preocupando demasiado. Nos dijeron que acá apedrean a los humanos, pero, ¿no nos habían dicho la misma cosa acerca de todo el continente? Y aun así… Dalir, Azus; toda esa gente fue amable con nosotros. En este lado del mundo no se ven arañas por ningún lado… Es casi más pacífico que allá.
—Bah, ¿qué? ¿Te vas a quedar a vivir acá? —masculló Cregh, sin ningún tacto.
—No, solo digo… que no me pidan que tenga miedo —dije, algo molesta.
Pero al parecer eso molestó a Aldara. Frunció el ceño ante mi comentario, y se dio vuelta y siguió subiendo.
—No tiene nada de malo tener miedo —dijo entonces.
Cregh y yo nos miramos. Aldara ya había subido hasta la calle. Pronto la alcanzamos.
—Si la gente apedrea a los humanos que no usan esta ropa de iluminados… —siguió—. Lo harán por miedo. Y si nosotros viajamos hasta Verin y matamos al Deus para que no destruya nuestras ciudades… también será porque tenemos miedo.
Ahora estaba mirando al suelo. Por un segundo fui incapaz de moverme. Entonces avance hacía ella y le puse una mano en el hombro. Le sonreí. Ella me miró, pero no me devolvió la sonrisa.
Cregh, mientras tanto, miraba alrededor un tanto incómodo. Seguí su vista, y vi que estábamos en una calle de piedra que se dividía en varios caminos.  Las casas se repartían sin ningún orden, y más adelante aviste otra escalera. Debía llevar a otro nivel de la ciudad, supuse.
Una de las casuchas frente a nosotros se abrió, dejando salir a una mujer lagarto. Tomados por sorpresa, intentamos salir del centro de la calle, pero ella ya nos había visto. Llevaba un balde en las manos, y ropa colgada en un brazo. Sus ojos se cerraron ligeramente y nos habló en su idioma. 
Cregh se mostró confundido durante un momento, y entonces sus labios empezaron a temblar. Muy despacio, con dificultad, intento darle una respuesta a la señora, hablando su idioma. Por la forma en la que giro la cabeza, supe que no había tenido mucho éxito.
—Qué mal —suspiro Cregh—. Intenté decirle alguna de las frases que Cresso soltaba a veces… Bueno, ¿acaso son todos tilisios en esta ciudad?
—¿Son humanos? —dijo la mujer lagarto, de pronto—. ¿Son… son nuevos en la ciudad?
Iba a decirle que sí, pero Aldara me paró. Miré bien a la mujer. Estaba estudiando nuestros vestidos blancos de arriba abajo; ¿cómo podíamos tenerlos si éramos nuevos?
—Somos… bueno, es complicado —balbuceé.
—Sí. Somos nuevos —dijo Cregh entonces. La señora solo dejó el balde en el suelo y se frotó la barbilla.
—Mmm… no saben, entonces, supongo yo. Sí, sí, acá los tilisios somos muchos… ocupamos toda la parte baja de la ciudad.
—No sabía que se dividieran por especie —dijo Aldara.
—Mm, nueva acá, ¿eh? —dijo la mujer. Con “acá”, estaba refiriéndose a todo el Oeste, pensé—. Sí, es muy común, muy normal que los pueblos se junten, al menos fuera de las ciudades de comercio… Nosotros los tilisios solo ocupamos la parte de debajo de la montaña, igual. Pero somos baratos, somos simples y fáciles de conseguir y buenos para ser soldados o guardias… —en este punto, el discurso de la señora se quebró y su mirada se hizo melancólica. Me pregunté si su hijo había sido tomado para trabajar como escolta o algo así, pero la verdad era que no teníamos tiempo para esas cosas.
—Muy interesante —agradeció Aldara, mientras Cregh empezaba a andar y a dejarnos atrás. Aldara pronto fue tras él, pero la señora lagarto me detuvo.
—Sin embargo… escuchá, nena, escuchá. Somos buenos para matar, somos baratos, pero no somos tontos. Acá abajo no nos van a convencer de que hablar este idioma está mal, pero arriba…
—¿Q-Qué dice? —dije, algo confundida.
—Nada. —Se rindió, entonces—. Anda con cuidado, nena. —Y me dejó ir.
Mientras se daba vuelta hacía su balde, me di vuelta y troté hasta el resto.
—Um… Qué cosas, ¿eh? —dije.
—Sí. Incluso debe haber una Ciudad cuervo… —dijo Aldara, abstraída.
—Ay, dioses. No gracias —dijo Cregh.
—Cielos —bufé, removiéndome el pelo. El comentario de Aldara logró distraer mi cabeza—. De verdad era una mentira que los últimos cuervos estaban en Veringrad, ¿eh?
—Bueno, no es tan así —dijo Cregh—. Al menos eran los últimos cuervos en nuestro reino. No conozco muy bien los detalles, pero creo que esa especie era tan agresiva que apenas podía convivir con los humanos. Y pronto el puñado que quedo se tuvo que resguardar en la capital, donde las leyes de protección contra bichos se toman más en serio.
—Sí, yo también escuche algo así —dijo Aldara.
—Entonces, ¿cuál es el plan? —preguntó el mago.
—Esa señora dijo que habían más especies más arriba. No debería tomarnos mucho encontrar algún humano —dije.
—A mí me interesa más saber algo de la iglesia… —dijo Aldara.
Subimos hasta otro acceso, y todo se hizo oscuro. El sol tapado por las nubes, todo a nuestro alrededor se cubrió de sombras. Seguimos avanzando. Las calles ahí se elevaban naturalmente siguiendo a la montaña, pero las casas continuaban siendo sinuosas. Parecía como si nos adentráramos en un laberinto de piedras. Siguiendo esa caminata hacia arriba, muchos más bichos empezaron a aparecer, pero todos evitaban nuestra mirada. Esos vestidos blancos no eran muy amigables, pensé. Y destacaban mucho contra la oscuridad que causaban las nubes.
Cregh y nosotras nos separamos. Nos dividimos por dos caminos diferentes, y dimos una vuelta a la redonda. Luego de alrededor de una hora, Aldara pareció ver algo y me pidió que encontrásemos a Cregh. Volvimos hacía atrás, buscamos al único humano de traje blanco que había por esas alturas y luego volvimos.
—Miren, ahí —dijo Aldara.
Doblando en una esquina, un grupo de hombres lagarto y un hombre peludo salían de un edificio con escrituras talladas en las paredes.
—Ey, es como… es como… —empezó a decir Cregh.
—Una capilla —termino Aldara—. Vamos, quiero hablar con esa iglesia.
—¿Estás loca? —exclamé. Fui incapaz de evitar levantar la voz—. ¡En cuanto hablemos con ellos van a saber que no somos parte de la religión!
—Pues les decimos que encontramos las ropas en un callejón, y estamos interesados en unirnos. Vamos, Dalia…
Me miré con Cregh, insegura. Entonces, una mano rosada se extendió desde la capilla. Cuando el último hombre lagarto paso, cerró las puertas detrás de él, y pudimos ver el rostro de un humano al final de esas palmas. Un humano con túnica blanca. Me miré con Cregh de nuevo, y cerró los ojos. Ya no podemos protestar, decía.
Pasamos adentro de la capilla. Era un cuarto pequeño, con solo algunas sillas y un banco grande al frente de todo. En la pared del fondo, un lienzo colgando desde arriba separaba el paso a otro cuarto.
La habitación estaba vacía, pero no tuvimos que quedarnos mucho tiempo antes de que viniera alguien. Era el humano de antes. Bajo mi túnica tanteé el borde de mi espada, nerviosa. Nos saludó con una sonrisa, hablando nuestro idioma.
—Bienvenidos. No los había visto antes por acá.
—Pues… eh, venimos de otra ciudad —empezó a decir Cregh, improvisando con torpeza—, de una capilla de otra ciudad…
—¡No! —Lo calló Aldara—. Digo, sí, venimos de la capilla de otra ciudad pero no éramos parte… Unos amigos nos prestaron sus ropas…
—Entiendo, entiendo —dijo tranquilo el hombre. Era un hombre moreno, flaco, de bastante edad. Usaba uno de los vestidos blancos. Se parecía un poco a Cregh, excepto por lo de que era flaco—. Si vinieron por una de las charlas, la verdad es que tuvimos una hace justo un momento…
—En realidad —dijo Aldara, eligiendo las palabras con cuidado— no somos parte de la religión. Ósea, iluminados. Quiero decir… que nos gustaría aprender.
—Mmm —murmuró el hombre—. Ya lo suponía. Porque hablan este idioma, quiero decir.
Hasta ese momento, la actitud de ese hombre me estaba poniendo nerviosa. Estaba tranquilo, demasiado tranquilo para un humano en un edificio que buscaba que ejecutasen a todos los humanos, y para estar hablando con un grupo de ellos que no creían en eso. Pero entonces se sentó en uno de los asientos pequeños, y acostó la cabeza entre los brazos.
—Sí… hablarlo es una de las cosas que más extraño —y soltó una risa amarga.
Aldara lo miró con una mirada profunda, sus ojos brillando ante un posible aliado.
—¿Podría ser…? Señor, ¿usted cree en las cosas que dice esta iglesia? —Le preguntó. El hombre sonrío. Era una sonrisa pesada.
—Sí, linda. Lo lamento. Yo nací acá.
—¿Eh? —dijo Cregh—. ¿De verdad?
—Pero, ¡esta gente dice que los humanos son torturadores que deberían morir! —exclamó Aldara—. ¿Cómo podes creer en eso?
El humano rio de nuevo, al parecer complacido ahora que Aldara había abandonado toda pretensión de estar interesada en unirse. Quizá no éramos los primeros que habían entrado a esa capilla para discutir, pensé, pero los ojos cansados de ese anciano parecían tener mayores pesos que un par de desacuerdos.
—Así que escuchaste de eso, eh… Supongo que los teatros ya habrán alcanzado Varoa. Sí… es verdad, nuestra gente está diciendo eso. Pero en realidad están hablando del este, no de los humanos.
Aldara parecía extrañada. El viejo levanto su sonrisa hacía nosotros. Gesticuló con la mano para que nos acercáramos, para que habláramos con calma, y tomamos asiento frente a él.
—Vienen de allá, ¿no? —dijo entonces.
Aldara dudo un momento, y asintió despacio.
—Mmm. Lo suponía. Digamos las cosas con franqueza. Está bien, yo también soy humano. Sí, la iglesia en realidad está hablando del Este, no de los humanos. Piensen en eso durante un momento. Verán, nosotros en el Oeste escuchamos las historias. Lo que los humanos les hicieron a sus huginn, por ejemplo. —Tragué saliva—. E incluso sin eso, el hecho es que Alles nos invadió. Invadieron Veringrad y la hicieron suya.
—Veringrad fue construida por humanos —saltó Cregh, con la voz algo reseca.
—Eso… no es verdad —se limitó a decir el hombre—. Y… en fin… algo tiene que hacerse. Ustedes entienden esto, ¿no? Yo sé que mentimos en nuestras propagandas, con esos teatros, al fin y al cabo. La verdad es que mentimos, pero es un medio para que se haga justicia. Lo entiendo. Aunque toda esa propaganda cause que tenga que usar estas ropas para que no me confundan con un humano que no está iluminado.
Aldara parecía confundida. Parecía enojada. Decidí hablar yo.
—Pero, entonces, ¿no crees en los Etéreos? —pregunte, incapaz de contener mi curiosidad.
—No, linda —rió—. No voy a creer en ellos solo por ser humano. Ni siquiera puedo ver a los etéreos. Deus es real. Todos saben que yace en Verin.
—Pero los Etéreos son la naturaleza —dijo Cregh de pronto—. Si tomar energía del aire nos permite hacer un hechizo, tiene que ser porque el aire es divino, más que normal, ¿no?
Me sorprendí durante un momento. Cregh nos había dicho que enseñaban religión en las escuelas de magia, pero que él no creía en eso. Cregh solo quería ver que iba a responder el hombre.
Él pareció pensar su respuesta durante un momento.
—La magia solo es parte de las cosas que Deus creó cuando creó el mundo —dijo al fin.
—¿Entonces eso es todo? —Cregh levanto la voz, enojado—. ¡¿Todo lo que hay hasta donde llega la vista son regalos de este Deus?! Entonces somos… qué… ¿sus putos sirvientes al vivir la vida?
El hombre frunció el ceño.
—Cuidá tus palabras. Deus nos dio la vida… No es servidumbre. Seguir sus caminos, es decir, las escrituras, solo es apoyar a la vida. Seguir el camino que va a darnos mayor prosperidad.
—Cielos… —susurró Aldara a mi lado. Me giré hacía ella—. Es verdad, esta gente no cree en Destino.
—No, no lo hacemos —dijo el hombre—. Pero creemos… es decir, creo… en el destino mismo. El destino del Oeste. El camino que lleva al bienestar en el mundo.
—Y “el mundo” serian solo las tierras de los bichos, ¿no? —masculló Cregh.
El anciano le dirigió una mirada molesta.
—Yo conozco a los etéreos —dijo—. Los estudié. Sé que se supone que ellos son todas las cosas que forman el mundo, y que se dice que Destino siempre visita a las personas, tarde o temprano. Y Destino es parte de los etéreos, así que sus caminos son los caminos del mundo. Pero Deus es igual. Deus nos creó. Apoyarlo es hacer lo correcto para el equilibrio del mundo… Lo que esta iglesia hace contra Alles. Estoy seguro de que ustedes piensan igual acerca de su tal Destino.
Ninguno dijo nada. Todos nos quedamos callados por unos momentos. Pensé que, después de todo, estábamos en esa ciudad en medio de su continente para matar por el favor de nuestra tierra.
Pero estaba segura de que Cregh solo estaba pensando en asaltarlo y quitarle sus prendas para poder irnos de una vez. Aldara no parecía haber respondido sus preguntas. Pero yo tenía otra duda en la cabeza. Quizá no necesitaríamos ir a la Gran Biblioteca.
—Um… Por cierto… —hablé, temerosa de romper el silencio—. Por casualidad, ¿sabes qué es el Thi-Yit? ¿O el “Antiguo Testamento”?
La mirada del anciano cambio. Parecía sorprendido.
—¿Qué…? —me dijo—. ¿Dónde escuchaste esos nombres?
—¿Qué son? —insistí.
—Son, bueno… —Recostó su cabeza y se resignó a contestar—. A ver… Deus duerme hace doscientos años. Algunas personas creen que está escrito que cuando despierte, eso va a significar que el Oeste también va a levantarse en poder, y a recuperar todas sus tierras de Alles… Este escrito seria el Antiguo Testamento. Pero es solo una leyenda que se cuenta entre grupos revolucionarios. Si el Antiguo Testamento de verdad existe, entonces sería un registro de las palabras del Deus, y eso es casi imposible de creer. Además, sería tan viejo que… No, es imposible. —Permaneció pensando durante unos momentos—. Y el Thi-Yit es aún más raro. Un libro que cuenta todas las historias sobre Deus, incluyendo el Antiguo Testamento. ¿Dónde escuchaste esos nombres?
—Bueno… lo escuché de un cuervo en el Este —dije, intentando evadir el hecho de que teníamos el libro. Pero mi respuesta agitó al hombre de todas maneras.
—¿Un cuervo hablando del Antiguo Testamento? ¿Dónde paso esto?
—Em… No tenemos por qué decirte nada —balbuceo Cregh, algo confundido por la reacción del hombre.
—No, ¡escuchen! —exclamó, alzándose de la silla—. La iglesia estuvo escuchando muchas cosas acerca de un grupo hablando del Antiguo Testamento… Dos cuervos y un mago, de más no estamos seguros… pero se los está viendo por demasiados lugares, están matando a gente de la iglesia. Tienen que decirme, o más gente podría morir.
—¿Qué? —preguntó Cregh—. ¿Ellos no están trabajando con esta iglesia?
—No —dijo el hombre—. ¿De qué estás hablando?
—Bueno, ya es suficiente charla —dijo Aldara. Se levantó de su asiento, y abrió su túnica para tomar una cantimplora. Cregh entendió el gesto, y se levantó también.
El mago saltó contra el viejo, apretándolo desde el cuello contra una pared.
—Tiene razón. Ya hubo demasiada cháchara. Ahora te vamos a mostrar un libro, y es mejor que lo puedas leer.
Cregh abrió su cartera, sacando el Thi-Yit. Los ojos del hombre se abrieron en incredulidad. Sus palabras se chocaban las unas con las otras.
—¿Leer? ¿Leer eso? Pero no… No…
—Ay, dioses. —Cregh se aplastó la cara—. ¿También nos vas a decir que no podés leerlo?
—Este texto… Este texto es… —El hombre intentó liberar las manos para poder alcanzarlo. Cregh se corrió un poco para atrás, solo un poco, liberando algo de presión. El hombre tomó el Thi-Yit y hojeó algunas páginas—. Este texto es demasiado antiguo… Es sagrado… Solo un alto sacerdote de la iglesia debe ser capaz de leerlo, o un Oráculo…
—Puta mierda. Puta madre que lo parió…
Y antes de que Cregh pudiera seguir insultando, apareció una luz del otro cuarto. Y Cregh se quedó completamente callado.
Todos mirábamos hacía la cortina que ocultaba el siguiente cuarto. Ninguno decía nada. Y de pronto Cregh gritó.
—Fue magia. ¡Acaban de usar magia ahí adentro! —Y el olor a quemado alcanzó mi nariz.
Cuando me di cuenta, Aldara ya estaba corriendo hacía el cuarto. Pero la cortina se prendió fuego; la tela se deshizo. Entonces, la capilla se iluminó. La luz del fuego. Pronto, el humo cubrió todo y empezó a pasar a nuestra habitación. Aldara estaba inmóvil, contemplando.  Y vi a una figura entre el humo. Viniendo del otro cuarto, como si las llamas no le significaran nada.
Aldara movió sus manos hacía su cintura. Trató de alcanzar su cantimplora, de abrir la tapa para poder lanzar el agua en su interior. Pero antes de que sus dedos alcanzaran abajo, su cuerpo se llenó de fuego, llamas surgieron de su piel y la cubrieron, y cayó al suelo. Cregh exclamó su nombre. Mi corazón pareció detenerse cuando entendí que el siguiente en encenderse iba a ser él. La figura entre el humo levantó su mano hacía Cregh. Salté hacía ella. Sin embargo, ya era demasiado tarde.
Pero Cregh no se quemó. De alguna manera, flamas aparecieron en el aire una tras otra, pero eran arrastradas hacía el cuello de Cregh. Solo entonces noté que llevaba un collar rojo en el cuello.
En ese momento, el iluminado salió corriendo, con el Thi-Yit entre sus manos. Huyó de la iglesia.
—¡No! —exclamó Cregh, mientras se quitaba su traje blanco. 
Mientras Cregh usaba el traje para apagar las llamas alrededor de Aldara, salté hacía la figura, que vislumbré como una mujer humana. Para mi sorpresa, llevaba uno de los trajes blancos de la iglesia. Pero eso no tenía sentido, porque la reconocí…
—Vos… Te vi en Havenstad —balbuceé. Y ese momento de pausa me condeno. Encendió mi cuerpo en llamas, aunque mi espada me protegía; entonces Cregh apareció entre nosotras. No tenía sentido lanzar fuego contra una mujer de llamas, así que la golpeó en la cara, doblándole la mirada y lanzándola contra una pared.
La mujer se dio vuelta hacía Cregh, que se preparaba para golpearla de nuevo. Vi que ella estaba sosteniendo un cuchillo, y salté con mi espada. Ella pudo evitar mi corte, pero dejó caer su arma. Entonces estiró su mano hacía mis ojos; no había esperado eso. Las flamas aparecieron en mis pupilas y no pude evitar chillar de terror. Levanté mis manos hacía mis ojos, dejando caer mi espada… Ella no tuvo problemas en tomarla.
Cregh la sujetó de un brazo, tratando de pararla. Ella lo abrazó y le clavó mi espada. Cregh cerró los ojos, pero entonces los abrió confundido. La espada no hizo ningún corte. Era inútil en sus brazos, no tenía filo si no la sujetaba yo. El mago saltó sobre ella, lanzándola al suelo de ese cuarto incendiándose. Le apretó el cuello, y estrujó… Pero sus ojos perdieron fuerza, y al final se cerraron. Cregh cayó al suelo, inconsciente. Su collar absorbía el fuego, pero no podía hacer nada respecto al humo que cubría todo el cuarto. Yo vi todo esto casi sin fuerzas, casi sin aire, intentando arrastrarme hacía mi espada. Pero ella me vio. Se levantó tranquilamente y la junto del suelo.
—Pedazo de metal inútil —susurró, aclarándose la garganta. Lanzó la espada a un lado, y miro alrededor—. Blasfemo.  Él tenía razón. Todo esto es blasfemo.
—No… No entiendo —me quejé, con los ojos llorosos—. Tenes un vestido blanco, ¿por qué haces esto…?
—Karus sabe qué hacer —susurró en respuesta, sin mirarme—. Karus siempre sabe. Siempre nos dice que hacer… y sabe que esta gente es blasfema. Yo no lo sabía. Karus me dijo la verdad.
Se puso a mirar alrededor del cuarto. Aldara estaba inconsciente, al igual que Cregh. Despacio, muy despacio, como si pensara en cada paso, avanzó hasta mi bolso, que había dejado en la entrada del lugar. Era el único que aún no se había sido alcanzado por las llamas. Bajó la mirada hacía él.
Me atraganté para hacer que palabras salieran de mi boca; le grité que parara, que no lo hiciera. Me arrastré hasta mi espada y la levanté hacía ella. A pesar de eso, simplemente movió un dedo, y el bolso se llenó de fuego. La enciclopedia de mamá ardió.
Entonces tomó a Aldara del cuello y la arrastró hasta la salida de la capilla. Hizo lo mismo con Cregh, y entonces llegó a mí.
Le rogué que se detuviera, pero no tenía fuerzas para levantarme y huir.
—Karus dijo que era mejor sacarlos afuera. Que ser humano en esta ciudad es… pecado. Que van a ejecutarlos solo por estar en la calle… pero van a hacerlo en público… frente a todos —masculló la mujer. Le seguí pidiendo que parara, pero mi voz era apenas reconocible ya. Me tomó del cuello de mis ropas, y me dejó afuera. Un grupo de bichos se había juntado y miraban preocupados.
Cuando me giré hacía la mujer, ya no estaba ahí; con mis últimas energías entendí que debía haber desaparecido como siempre hacía esa gente. Debía haber puesto su dedo en un anillo, en un mísero anillo, y se había ido en un instante para aparecer en otro lugar en un instante y acabar con todo en un instante… Para arruinar vidas, para acabar con vidas. Con mi último pensamiento, supe que nada de lo que había dicho ese anciano iluminado era cierto si llevaba a eso. A pesar de las atrocidades de Alles. Simplemente no podía ser defendido. La enciclopedia de mamá. Y supe que me había equivocado. Mientras subíamos por Aqlatan, y cantaba en las escaleras, me había equivocado acerca del Oeste. No había nada de piadoso en él.