jueves, 21 de enero de 2016

Madera & Hueso — 54 — Li



Nos miramos entre nosotros, sin saber qué hacer con esa extraña criatura, hasta que esta se desplomó. Aldara lo movió y trató de que siguiera hablando, pero la criatura parecía solo mirar más allá del cielo, respirando levemente. No tenía parpados, nada que indicara si estaba inconsciente o solo demasiado cansado para hablar.
—Vamos, hay que hacer algo —dijo Ítalo, y se acercó a la criatura para levantarla.
Dalia se acercó a ayudar mientras yo abría la pesada puerta del templo. Cregh se me sumó. Echamos solo una mirada al interior, oscurecido por las gruesas cortinas que cubrían las ventanas. Apenas distinguía los asientos que estaban cerca de la puerta. Pero había un olor extraño, como… sangre.
—¿Ves eso, Lang? Ahí en el piso… —señaló Cregh, pero no podía ver nada.
—Por allá hay una casa. Quizás sea la del Oráculo—escuchamos decir a Dalia. Nos unimos al resto.
La casa del Oráculo era de madera y muy modesta, algo destruida. La puerta estaba rota y no se podía cerrar completamente. En su interior solo había una habitación con una cama, llena de libros. Recostamos al Oráculo en la cama, y nos quedamos mirando el lugar.
—¿Vamos a esperar a que despierte? —preguntó Dalia.
—No creo que tengamos opción —dijo Ítalo—. Él sabe cosas.
—Podría ser una trampa… —dije.
—Estaba casi muerto cuando lo encontremos. No creo…
—Pero los del Oeste podrían saber que íbamos a llegar acá —interrumpí—. A eso me refiero.
—Pues vamos a tener que arriesgarnos —dijo Ítalo.
Esperamos por una hora. Eso ya volvía a ser el tedio del hospital, solo que estaba ahí por voluntad propia. Pero finalmente escuchamos un suspiro.
Aldara fue la primera en acercarse. El Oráculo giró sus ojos hacia ella y trató de hablar.
—Nereida... —susurró—. Al fin llegaron.
—¿Quién es usted, exactamente? —dijo Ítalo, directo al grano.
—Olvidamos nuestros nombres al tomar nuestra profesión —dijo, ganando un poco de fuerza—. Cualquier reconocimiento personal queda atrás, para ver la realidad libre de prejuicios. Soy el Oráculo de Bandao.
Nos quedamos unos momentos en silencio, tratando de entender.
—Eh, ¿y cómo supo que vendríamos, señor Oráculo? —pregunto Dalia.
—Usted es el Caballero, ¿no? Usted debería saber... —El Oráculo se inclinó y pareció sonreír. Tanto como se lo permitía su estado, al menos—. Lo vi... Lo vi en sueños. Noche tras noche veía su llegada y más, siempre igual, siempre algo nuevo. Nunca tuve visiones tan vividas…Pensé que me había vuelto loco.
—¿“Y más”? —preguntó Dalia—. ¿Qué más vio? ¿Es sobre nuestro viaje?
El Oráculo no dijo palabra.
—¿Señor Oráculo?
—Es peligroso que estén acá. Los elegidos podrían volver…
—¿De qué está hablando? —dijo Ítalo.
—Los elegidos del Deus atacaron las capillas. A mí y a todos los que creían mis palabras. Fue hace unas horas…Encerraron a todos en el templo y los desangraron para entregarlos de sacrificio. —Sentí un escalofrió en la espalda—. El Mago me arrastró a la entrada, y me regaló una muerte lenta por mis blasfemias. Dijo que moriría antes de que se ponga el sol… Podrían volver en cualquier momento.
—¿Por qué hicieron eso? —dijo Dalia—¿Qué fue lo que predijo?
—Que el Deus iba a traer muerte. Que iba a traer una guerra que no va a acabar…Una vez me volví el Primer Oráculo, pero mi talento desapareció por años. Muchos aprendieron a creer en mí. Fue solo ahora que volvieron las visiones… cuando ustedes se acercaron. Ahí, en mi biblioteca —dijo, señalando con dificultad—. Ese libro grande. Aquel es el Thi-yit. El libro santo que recuenta las antiguas leyendas del Deus. Tómenlo. Tómenlo y llévenselo con ustedes. Todo lo que vi no es más que una confirmación de las Profecías.
Cregh sacó el libro del estante y abrió la primera página. Nos acercamos a ver, pero solo vi letras que no entendía.
—Está en su idioma —dije, consternado.
—No es su idioma —dijo Cregh—. Pero no puedo entenderla, es muy antigua… No sé si voy a poder interpretarlo…
—En Aqlatan se encuentra la Gran Biblioteca —dijo el Oráculo, mirando fijo hacia el techo—. Si tienen problemas, busquen el Libro de Rossetta. Todas las lenguas del mundo están en él. Úsenlo para entender...
El oráculo jadeó por unos momentos, sin aire.
—Sigan los letreros. Caminen juntos, eviten cualquier contacto. Después de Varoa, nunca más pongan pie en un pueblo hasta su destino...
De pronto, Malo maulló. 
—¿Dijiste algo, Malo? —susurré. Maulló de nuevo—. Oh… —Al levantar la vista, noté que los demás se me quedaron mirando—. Creo que tiene hambre —mentí.
—Tengo provisiones afuera… y un huerto —dijo el Oráculo—. Pueden tomar lo que sea… Creo que ya no lo voy a necesitar más. —rió.
—Sí. Creo que deberíamos irnos rápido. El grupo del Oeste podría volver —dije, queriendo salir.
—Pero podemos ayudarlo —dijo Dalia—. Sacarlo…
—No —dijo el Oráculo, inclinándose—. Estoy maldito. Llevarme solo va a hacer que los sigan. No hay nada más que pueda hacer por ustedes. Nada más…Váyanse.
Dalia nos miró durante un momento, y se acercó al Oráculo. Nosotros empezamos a salir.
—Señor, un Oráculo me dio el poder de ver visiones, pero murió. ¿Van a detenerse alguna vez…? ¿Las visiones?
El Oráculo miró al techo una vez más, pensativo. Al final respondió:
—Sí.
Malo maulló una vez más, ahora un poco más fuerte. Me acerqué y tomé a Dalia del brazo.
—Hay que irnos, Dalia. No hay tiempo. —Empecé a llevarme a Dalia del brazo, y nos alejamos de la casa.

Por atrás encontramos varios vegetales, y los juntamos con apuro. Pero cuando Malo maulló de nuevo, empezamos a correr. Corrimos hasta perdernos en un bosque cercano. Malo repetía una y otra vez lo mismo. Que veía un espíritu negro sentado junto al Oráculo, esperando. Teníamos que irnos.

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