sábado, 19 de marzo de 2016

Madera & Hueso — 55 — Dalia


—Así que la ciudad más cercana es Varoa, ¿eh? —bufó Lang, mientras subíamos una colina y dejábamos ese templo religioso atrás, junto a todas las pequeñas capillas.
—Sí. Y vamos a estar un paso más cerca de la Gran Biblioteca —dijo Ítalo. Cregh se rascó la cabeza.
—Ey, pero, ¿por qué habrá tantos templos alrededor de este lugar, en medio de la nada?
—Todos parecen congregarse alrededor del edificio grande —dijo Lang—. Supongo que ahí se reunía la gente para rezar, o algo así… Pensándolo bien, quizá era algún terreno sagrado.
—Y esos asesinos que nos persiguen masacraron a todos los que estaban ahí, ahí mismo —masculló Aldara, seca.
Malo, que andaba bajo ella, maulló algo.
—Sí, es una tragedia —dijo Lang, no muy preocupado.
—El solo hablar contra su Deus es considerado blasfemia. —Cregh tragó saliva—. Esos monstruos mataron a otros bichos, hermanos suyos.
—Sí, es muy malo, pero tenemos que pensar fríamente sobre lo que significa —dijo Lang—. Si escucharon las visiones del Oráculo, entonces ya saben que estamos en este continente. Podrían intentar algo.
Aldara dejó de caminar, girándose hacía Lang.
—El Oráculo dijo que ellos iban a volver antes de que se pusiera el sol, a confirmar su muerte. Quizá podríamos esperarlos y enseñarles que ellos no son los únicos que pueden intentar algo.
Me sorprendí. No esperaba cosas así de temerarias de Aldara, pero estaba claro que estaba afectada. Ver a ese Oráculo…Fue casi como una segunda oportunidad para ver a Wendagon morir.
—No —dijo Ítalo, de pronto—. Un Oráculo es alguien que está fuertemente conectado con Destino. Tenemos que seguir sus palabras. Y él nos dijo que fuéramos hacía la Gran Biblioteca, no a buscar venganza. Si nos advirtió que nos alejemos, él debía saber qué era lo más sabio.
Aldara miró hacía el suelo por unos momentos, pensativa. Parecía molesta, lo que hizo que Ítalo cambiara su cara.
—No hay nadie que quiera venganza más que yo —agregó.
—Está bien, Ítalo. Tenés razón —dijo ella, levantando la mirada—. El Oráculo habló del grupo como si fueran todos ellos a la vez. Y si es así, no tendríamos oportunidad de poder matarlos. —Entonces retomó la marcha, y cuando el resto reaccionó la siguieron por detrás.
—Eh… Dalia, estuviste muy callada —murmuró Lang, entonces—. ¿Te molestó lo que dijo el Oráculo sobre perder tus poderes?
Me giré hacia él, sorprendida. Había estado algo perdida durante la conversación.
—Ah… No, no es eso, Lang —dije—. Creo… que no me molestan mis poderes. Entendí que si quiero hacer que mi mamá deje de sufrir lo antes posible, si quiero poder reunirme con ella y consolarla, entonces solo tengo que procurar cumplir nuestra misión lo antes posible. Y para eso me sirven los sueños. —Sonreí, algo cansada. Pero mi corazón estaba latiendo con fuerza—. Solo hay… que matar a esos monstruos.
Lang sonrió a su vez.

No pasaron muchas horas antes de que se pusiera el sol. A medida que la meseta por la que caminábamos ganaba más y más elevaciones del terreno, también aumentaba la vegetación, y pronto estuvimos caminando sobre pasto. Fue un alivio para mis pies descalzos. Pensé sobre el libro que ahora llevaba en la mochila, el que nos había dado el Oráculo. El Thi-yit. Supuestamente contenía todas las profecías sobre el Deus… me pregunte si tendría ese “Antiguo Testamento” que nos había mencionado aquel cuervo gigante cuando luchamos en Laertes.
La casa del bicho tenía muchos libros… Mamá solo había podido conseguir tres o cuatro con los que dar clases, y era la única en nuestro pueblo que los tenía. Los libros no eran fáciles de hacer; el Oráculo debía ser rico como un señor de tierras. Entonces pensé en las extrañas raíces luminosas que vimos en Gangshi, iluminándolo todo. Quizá las cosas simplemente se hacían de manera diferente en el reino de los bichos…
Pronto también aparecieron árboles, y estuvimos metidos en un pequeño bosque. La luna se había levantado. Anduvimos hasta encontrar un claro, e hicimos campamento. Como antes, Cregh preparó una hoguera, e Ítalo salió a buscar comida.
Cregh pronto estuvo listo, y nos sentamos todos alrededor del fuego a esperar al arquero. Rodeados de árboles, con solo negro por encima, parecía que estábamos aislados del mundo.
—Hm… No escuchó ningún animal, espero que Ítalo encuentre comida. —dijo Lang, haciendo conversación.
—Bah, ¿por qué no solo comemos las verduras que conseguimos? —dijo Cregh, haciendo que el fuego baile entre sus dedos, ansioso.
—Es mejor guardarlas hasta que volvamos a estar en un desierto o algo así, tonto —dijo Lang.
Al igual que Cregh, Aldara abrió una de sus cantimploras, e hizo que el agua se elevara hasta su dedo y bailara alrededor de él.
—Guau… —dije—. Ya lo controlas muy bien. —Aldara parecía seria, pero al escuchar esto sonrió.
—¿Segura que no hacés magia, Aldara? —comentó Cregh.
De pronto, Lang aplaudió con fuerza. Aldara dejó caer su agua, y Cregh soltó su control sobre la fogata, quemándose el dedo.
—¡Au! —se quejó—. ¿Qué hacés?
—Bien, suficiente descanso. Es hora de pensar en la misión. Cregh, necesito que hagas un dibujo luminoso con tu magia.
Cregh levantó una ceja, cubriéndose el dedo quemado, pero prendió una luz con su otra mano.
—Uf, ¿qué querés?
—Muy bien, vos anda dibujando mientras yo hablo. Nosotros entramos al continente desde Havenstad, así que estaríamos por el centro de nuestro reino… Fueron nueve días de viaje, así que más o menos esta distancia… Mmm… y unos dos días desde que vimos tierra hasta que encontramos Gangshi… Ítalo hablo con un contacto que le dijo que el puerto más cercano a la costa se llamaba H’vyah, escribirlo ahí, Cregh… Escribí Gangshi en esa parte… Bien, perfecto, y Dalia dijo que teníamos que seguir al oeste. Así que la ciudad de Varoa puede estar más o menos por acá, y también la Gran Biblioteca esa.
Cregh corrió la mano. Sobre el aire había dibujado una suerte de mapa, mostrando adonde habíamos dejado Alles y lo poco del continente de los bichos. Más allá de Gangshi, dos puntos estaban marcados hacía la izquierda, marcando Varoa y Aqlatan.
—Vagabundo, este mapa es inútil, nada más nos dice que tenemos que seguir caminando hacia adelante —dijo Cregh.
—¡Bah! —bufó Lang—. Al menos tenía que revisar donde estábamos.
—Me hacés gastar mi magia solo por esto, y…
Cregh iba a quejarse un poco más, pero de pronto se escuchó movimiento por detrás. Ítalo apareció entre los arbustos; llevaba su capucha puesta, y el arco en una mano.
—Ítalo —saludé—. ¿Conseguiste algo…?
El arquero se llevó un dedo a la boca, ordenando silencio.
—Sí —susurró—. No había ningún animal salvaje en todo el bosque, pero tengo frutos en los bolsillos. Ahora escuchen…
Miró hacía la fogata de Cregh, y se mordió el labio. Se acercó a la fogata, pero se quedó parado, y siguió susurrando.
—No estamos solos. Hay alguien más en el bosque; escuche demasiados ruidos mientras buscaba comida, pero no hay animales. Ahora es muy tarde para apagar el fuego… Ya deben saber que estamos acá.
Lang se mantuvo impasible, calculador.
—¿Que sugerís?
—Sí todavía no nos atacaron, quizá estén esperando que nos durmamos…
Aldara perdió la compostura, y su cuerpo se volvió tenso.
—Ay… ¿No creen que sean arañas de nuevo, no?
Le puse una mano en el hombro.
—Están siendo demasiado inteligentes para eso… Deben ser simples bandidos…
—No crees que alguien nos haya seguido desde Gangshi, ¿no, Ítalo? —dijo Cregh—. Con las buenas obras que hiciste allí.
Esperaba que Ítalo respondiera con enojo, pero solo le sonrió al mago.
—Puede ser. Pero no van a ser arañas, al menos.
—Entonces, ¿qué? —dijo Lang—. Vamos a tener que tomar turnos para hacer guardia…
Y la fogata se apagó.
Estábamos en un negro absoluto. Empezaron a oírse arbustos moviéndose a mí alrededor. Me aferré a mi espada. Se escuchó el rumor de Aldara moviendo agua. Lang cargando su revolver. Pasos que se acercaban. Entonces, Cregh generó una explosión de luz, y todo el claro quedó cegado. De alguna manera, quizá por mi espada, yo pude ver: cinco seres alados, plumados, se acercaban al campamento entre los árboles, cuchillos en mano. Aunque Ítalo tenía la capucha baja, había sido cegado por el resplandor de luz como todos, pero ya estaba apuntando sus flechas en dirección a uno de los atacantes. ¿Se había guiado por los sonidos? Lang también tenía los revólveres en alto, y Malo estaba agazapado delante de él, como protegiéndolo.
El instante de ceguera paso. Cregh cambió la magia que salía de sus manos a dos bolas de fuego, iluminando más normalmente; entonces Ítalo liberó su flecha, y el agua de Aldara salió disparada desde su cantimplora. Una de las criaturas se agachó, esquivando la bala; el látigo de agua le pegó y lo sacudió hacía adelante, haciéndole caer dentro de nuestro circulo. Los otros cuatro ya habían entrado, mientras tanto, y avanzaban hacía Lang y Cregh. Corrí hacía ellos, tomando mi espada con las dos manos, y ellos giraron hacía mí. Nuestros filos chocaron; el otro se lanzó hacía el suelo y pateo mis piernas. Me golpearon de nuevo y mi espada cayó de mis manos.
Aldara apareció detrás de mí… y me tomó de los hombros para hacerme caer al suelo, esquivando la ruta de un cuchillo. Entonces movió su mano hacia adelante y otro látigo de agua golpeó a uno de los pájaros. Mientras ese se agarraba el estómago, los otros daban un paso adelante hacía Lang. El pistolero mostraba sus revólveres por lo alto, dubitativo.
—Oigan, bichos, no quiero matarlos.
Cregh no podía lanzar su fuego, pues acabaría con la luz.
Silbó una flecha, y cayó en el centro de toda la muchedumbre. Los pájaros dejaron de avanzar.
—Suficiente —dijo Ítalo—. ¿Qué quieren?
Las aves se miraron entre ellas, y retrocedieron de un salto. El que Aldara había tumbado antes también había vuelto en dirección a los árboles. Cregh movió la luz de sus flamas, revelando plumas blancas y unos rostros de búho. 
—No tendrían que haber cruzado este bosque —dijo uno.
—¿De qué hablan? —exclamó Cregh—. ¡Solo estábamos por comer!
—Si pasan por acá, entonces tienen que tratar con nosotros.
Eran ladrones, mascullé en mis pensamientos. Simples y llanos ladrones.
—¿¡Y qué se suponía que hiciéramos?! —Protesté mientras levantaba mi espada del suelo—. Este es el único pasaje hasta otra ciudad…
—¿Qué? —El búho giro la cabeza—. ¿Qué dicen? Deberían usar los caminos la próxima vez.
Caminos… Me aplasté la cabeza. Quizá salir de un pueblo por el oeste no había sido la mejor idea. Por supuesto que habíamos encontrado una meseta en vez de la salida del pueblo.
—Muy bien, escuchen —alzó la voz Lang—. La situación es muy simple. Nosotros tenemos revólveres, y ustedes no. Tenemos un mago, y un quitnar… y ustedes no. Podemos parar con esto o puede salir alguien herido.
El búho ululó algo. Los ladrones se miraron entre sí, los cinco reunidos, e intercambiaron algunas palabras. No estaban muy lejos, pero no podía entender el lenguaje que usaban. Al final, el portavoz nos miró de nuevo.
—Dejen el bosque —dijo al fin.
Miré a Ítalo. No podíamos hacer eso. El bosque era el oeste.
—No lo creo —dijo Cregh.
—¿Creen que podríamos tener el control de este bosque con solo cuchillos? En nuestras garras se convierten en revólveres, en magia, son más que eso; los ibines sabemos manejar cuchillos… Nosotros somos capaces de acabar con los huginn, y los humanos no son mucho comparados a eso…
El fuego de las llamas de Cregh empezaba a morir. El mago empezaba a prepararse para lanzarlas, poco preocupado en servir de iluminación. Temí que las cosas volvieran a ponerse violentas… y en eso se escuchó como se movían otros arbustos. Una silueta apareció detrás de los búhos, más alta que todos ellos; era más alto que nosotros, como un huginn. Los búhos dejaron paso, y un enorme halcón entro a nuestro claro.
— ¿Humanos? —gañó.
Su voz era profunda, y ninguno de los presentes pensó en decir nada mientras él nos escrutaba despacio. Antes temía que tuviéramos que enfrentarnos a unos bandidos; ahora temía que se repitiera el debacle de Laertes. El halcón se volvió hacia las aves.
—¿No quieren pagar el tributo?
Los cinco búhos negaron enérgicamente, agazapado. El halcón nos miró.
—Bueno, bueno. Ustedes decidieron pasar por nuestro bosque, así que tienen que pagar. Ustedes fueron los que quisieron pasar.
—No siento capacidad mágica en él… —susurró Cregh. Más confiado, dio un paso adelante ante ese líder—. Ey, ¿quién dice que este bosque es suyo? ¿Acaso estas cosas son normales en este reino?
—Tan normales como las serán en el suyo, bichos.
El mago respingó ante oírse llamado así.
—No pedimos mucho. Llevamos nuestras vidas adelante como cualquier otro, y tenemos necesidades que llenar para vivir. Vamos a querer la mitad de lo que estén llevando, y les vamos a permitir quedarse.
—Eso es un cuento —dijo Ítalo—. Necesitamos nuestro dinero y mantas para sobrevivir; estarían matándonos.
—Todos quitan y dan… Esa es la esencia de todo. Edificios y viviendas dignas vienen a cambio de impuestos, el salario viene a cambio del trabajo… Ya saben, es el principio de todos los pueblos que nos rodean… por eso estamos en el bosque.
—Pero…
Ítalo parecía consternado. El halcón notó eso.
—¿Sí? —Incitó el halcón.
—Es que… ¿Cómo pueden hacer esto? Bichos… ¿Cómo pueden pretender ser mejores que nosotros, querer barrernos, y solo para que todo sea lo mismo? Creí… imaginé que las cosas serían diferentes acá.
—Humano…
El halcón parecía confundido. De pronto, Lang alzó la voz.
—Voy a decirte lo mismo que le dije a esos búhos. Nosotros tenemos revólveres… Y no queremos matar a nadie.
—¿Búhos? Ah, los ibines… Sí…
Gotas de sudor caían por mi rostro. No entendía la manera de pensar de ese halcón, ni entendía qué sería capaz de hacer si se desataba un combate.
—Díganme… ¿por qué se desviaron de los caminos?
Lang e Ítalo se miraron. Pero antes de que pudieran decidir nada, Cregh habló.
—Tenemos que caminar hacia el oeste… Nuestra misión hace que tengamos que caminar en esa dirección.
—Cregh, ¿por qué le estás diciendo…? —No pude evitar preguntar.
El ave enorme agudizó la mirada.
—El oeste. ¿A Varoa?
Todos permanecimos en silencio. Nuestras armas estaban en alto, pero noté que Malo ya no gruñía.
—Cinco humanos andando por estos lares… ¿qué buscan hacer? ¿Qué es esta misión de la que hablan?
Ítalo no dio vueltas en el asunto.
—Ustedes tienen escrito que van a tomar sobre las tierras del este, ¿no? Si Veringrad va a caer, y nuestro rey morir, entonces es justo que nosotros cacemos al suyo.
—¿Nuestro rey?
Casi cierro los ojos, esperando que algo me golpease. Ítalo ya había declarado nuestras intenciones. Pero cuando los abrí, el porte del halcón era la misma. Su postura no era agresiva.
—Rey de los bichos… ¿Hablas de dios? —El halcón bajo la mirada—. Bah, esa iglesia…
—¿Eh? —susurré.
—Esos que se llaman a sí mismos mensajeros del señor… Y los Oráculos… Nunca me gustaron mucho esas personas. Pero, claro, por eso vivimos en el bosque.
—Pero no hay mucho de comer acá. No hay animales —dijo Ítalo.
—Por eso tenemos el tributo, immo.
El ave parecía pensativa. Mientras tanto, los búhos habían bajado sus armas; no entendía mucho qué estaba pasando, pero las alianzas en el oeste no eran lo que había creído; de eso estaba segura.
—¿Así que quieren matar al dios? Pero… él creó el mundo. No puede ser fácil. ¿Van a hacerlo cinco personas? —El halcón sonaba curioso.
—Pues no van a hacerlo seis pájaros —dijo Ítalo, al parecer ofendido.
—Ah, humanos —El halcón sonrió---. Nuestra familia en este bosque es de varias docenas. No todos seguimos al Thi-yit como los huginn… En fin… No son como los otros humanos por acá, ¿eh? Ustedes realmente vinieron de las viejas tierras para atacarnos.
—Ustedes son los que van a atacarnos primero.
—No estaba quejándome —El halcón se cruzó de brazos—. Solo díganme… ¿Piensan acabar con todos los “bichos”? ¿Eh?
—Pues… pues…
Ítalo dudaba, pero nos miró a todos, y entonces fue claro.
—Solo a los cinco que pretenden despertar al deus… De eso estamos seguros.
El búho gruñó.
—Y si nos sacas la mitad de nuestras cosas, no vamos a ser capaces de sobrevivir ahí afuera.
—Váyanse de este bosque.
—¿Eh?
—Solo voy a permitirles esto. Sigan su camino, levanten el campamento ahora, y no voy a cobrarles la estadía. Considérenlo un gesto de buena fe.
Ítalo no sabía bien qué responder. Lang reaccionó primero, juntando todas las verduras y levantando las mantas.
—Vamos, apúrense, idiotas —dijo.
El halcón había dado un paso atrás, cubriéndose entre las sombras de los arboles; solo su pico amarillo resaltaba. Los búhos que lo acompañaban se habían ido, fundido con el escenario, y ahora solo se escuchaban murmullos indefinidos. Realmente podía creer que hubieran muchos más en esos lares. Miré al ave, absorbida. Sin darme cuenta, avance hacia él.
—Ay, humanos, humanos —gañó jovial al notarme.
—¿Por qué no querrían vivir en las ciudades de su propia tierra? —Me sorprendí preguntando.
—No todos estamos de acuerdo con la forma en que son llevadas las cosas, humana. Quizá algunos estábamos preparando un cambio hace tiempo.
—Pero… Pero… —Había mucho que no comprendía. Entendía que el Oeste estaba en contra de los humanos por haber tomado sus tierras, y eso era todo, y todos estaban del mismo lado… El Oeste era más grande de lo que había creído.
No pude evitar preguntarme si aquel halcón tenía más planes en su cabeza de los que dejaba ver.
—¿Por qué? —dije entonces.
—Estos bosques… son mi tierra. Un pequeño territorio sobre el que mando. No tengo problema con que maten a un rey, cuando yo soy uno.
—¿Dalia?
Era Aldara. Me di vuelta para ver que el resto ya había juntado sus cosas.
—Hacía el oeste —bufó Lang, cansado a esas horas de la noche.
Asentí, y corrí a juntar mi bolso. El halcón ya se había ido. Pronto salimos del claro, marchando entre los troncos oscuros; teníamos hambre, y nuestros cuerpos estaban agotados, pero caminamos sobre la hierba sin detenernos. Caminamos y caminamos hasta encontrar que los árboles se abrían, y las tierras volvían a expandirse ante nosotros. Mientras salíamos del bosque, miré hacia el cielo negro, y volví a pensar que el oeste era más grande de lo que creía.


No hay comentarios :

Publicar un comentario