lunes, 11 de abril de 2016

R.O.L. Beta — 53: Hanzel



El cielo se rompió de repente y una lluvia gentil mojó las calles de Verin. Mis ojos humanos no podían ver más allá de la oscuridad de la ventana, dándome la impresión de que no estaba pasando nada. El té de menta se enfriaba en el escritorio cuándo alguien golpeó la puerta. Ni siquiera había considerado que pudiera ser algún peligro hasta que ya había girado el picaporte. Mi mente estaba en una especie de laguna complaciente, donde había navegado toda la tarde. Todo estaba resuelto; era como estar en las nubes.
La mirada de Isaac había perdido rastros de vida después de la reanimación, lo que me hizo imposible distinguir algo en los segundos que se quedó en la puerta sin decir nada. Terminó dando un paso al frente y cerrando la puerta él mismo.
—¿Qué pasa? —dije.
—La ceremonia está lista. Considero que es lo menos que podíamos hacer —respondió el pistolero, sin demostrar ningún tipo de emoción. Ni siquiera hablaba con el acento tan típico de Havenstad.
—¿Ceremonia? —pregunté, incrédulo—. ¿El Deus ya está completo? —Era difícil estimar que el cerebro de mi viejo amigo estuviera funcionando correctamente. No lo culpaba; había pasado de ser un títere que solo estaba vivo por la mano de Karus a ser reanimado por el arte alternativo. Había tenido una semana dura.
—No —negó, con total firmeza—. La guardia que preparaste para el Deus fue aniquilada.
Isaac Robler habló sin ningún tipo de escrúpulo. Me limité a reír.
—¿Qué? ¿El koyeg?
—Immo —afirmo—. Los veintidós magos.
—Veintitrés —corregí, todavía intentando procesar la información. Mi mirada se clavó en la boca del pistolero, mientras el resto de mis sentidos parecía apagarse. Mi vista se enfocaba más y más en sus labios, que habían tomado tintes azulados, y en su piel grisácea. Y luego mi vista perdió sentido también. En el mismo momento en que los sonidos perdieron claridad comencé a sentir a los latidos de mi corazón ganando velocidad. Mis latidos tomaron todo mi pecho y toda mi cabeza.
Necesite una bocanada de aire frío para estabilizar mi cuerpo. El pistolero había seguido disparando información sin entender lo que me pasaba. Los textos no mentían cuando decían que los Humildes exigían el alma como precio para la reanimación.
—…Krieg Waltz se encargó de la veneración de los cuerpos de los cuervos, puntualmente. Esperamos que te sientas a gusto —terminó.
Sólo asentí a lo que decía y le pedí que me llevara hasta el lugar. Aparecimos en un templo luego de un parpadeo, gracias al anillo de Isaac.
Envuelta en la incandescencia tenue de las velas, la sala tomaba un aspecto más que lúgubre. La ausencia de iluminación en Verin lo hizo todavía más impactante. La luz dibujaba sombras inquietas en el piso y en las paredes dónde se veían los grabados sagrados. El silencio era meritorio de la situación. Estaba en frente de la masacre de mis propios alumnos. Isaac no se había equivocado; eran veintidós. Uno de los cuerpos no había podido ser encontrado.
Todavía no había dolor, lágrimas, arrepentimiento. Un vacío perfecto habitaba en mí.
La escena carecía de sentido, por lo que me convencí de que era un sueño. Sentía que estaba en Alles, dado que las velas y los ataúdes habían sido dispuestos de manera idéntica a la tradición de mi familia. Había vuelto a ver a Ítalo… Isaac estaba detrás de mí… la lluvia. Solo podía cuadrar si había viajado siete años al pasado.
Siete años atrás. Cuando me había levantado por la mañana y emprendí camino a Havenstad para competir en la final de las cruzadas de magos. Si papá hubiese logrado despertar a tiempo hubiésemos desayunado juntos. Antes de partir, hubiese podido decirle que el accionar de los señores de tierras se estaba volviendo inaceptable.
Sentándome en la punta de la mesa, le hubiera pedido que me alcanzase la manteca para el pan. Hubiéramos hablado de los nuevos calibres que estaban llegando desde el puerto… Entonces sacaría el tema. Le comentaría que un amigo se había infiltrado en una reunión de peces gordos donde habían salido a flote cabos sueltos. Cómo los cadáveres que habían aparecido flotando de esos primos de mamá. O planes para hacer desaparecer del mapa a familias enteras sólo para conseguir posicionamiento. Habían mencionado, sin ir más lejos, la idea de que en la final de las cruzadas el ganador ejecutara al perdedor frente a la multitud. Pero papá no se despertó temprano, y partí con un sabor amargo. Pero no me afectó, porque las cruzadas de magos me importaban demasiado.
Estaba decidido a ganar.
Cualquier fantasía a la que me aferrara se desmoronó cuando escuché la armadura de Karus detrás de mí. Sí él estaba ahí, las palabras de pistolero habían sido ciertas y no era ningún sueño.
No quise girarme al mago. Respiré hondo y me decidí por aceptar lo que tenía en frente. Los ataúdes estaban dispuestos en dos semicírculos con un pasillo entre medio que llevaba a un altar. Deslicé mi mano por la madera de los cajones, uno por uno. Caminaba lentamente, recordando memorias de los últimos dos años. Iba a recitar un viejo poema de batalla de la familia que me agradaba bastante, pero mi respiración cargada derivó en un nudo en la garganta que me lo impidió. El nudo se tornó incontenible cuando no pude distinguir la identidad de un alumno por la manera en que una bala había hecho estallar su cabeza. Las lágrimas salían a pesar de lo fuerte que apretaba los ojos; mi cabeza se llenó de una culpa que jamás había sentido. Era cómo una soga en mi cuello que me estrangulaba.
Los pasos metálicos de Karus se pusieron justo detrás de mí. Si algo no necesitaba en ese momento era el tono soberbio de su voz. Llevé mi mano al revólver, quizás no tan inconscientemente.
—Es una tragedia para el reino que vendrá. Eran buenos soldados —dijo, en un tono tan sincero cómo las llamas con las que había incinerado a la Nereida. A pesar de nuestro conflicto, no percibí otra cosa que dolor en su voz—. Y lograron hacer este desastre sin su Caballero… los subestimamos otra vez. —Había abandonado su “yo” por una humilde primera persona en plural. No podía comprender que fuera Karus.
—No necesito tus condolencias falsas —dije, con voz ronca, insistiendo con que debían haber malas intenciones. Karus odiaba a los humanos, y tener al humano más poderoso de su lado destrozaba su mente.
—¿Condolencias falsas? —Su tono inocente no parecía venir de alguien que había derramado tanta sangre—. Acabamos de perder la élite de la defensa del Deus. Detrás de nosotros solo estaban sus almas para sostener la oscuridad. Las situaciones límites nos demuestran lo poco que importa qué calculemos las variables; la sangre del Caballero no nos significó ventaja alguna. —Karus hablaba fuerte y claro. Terminé creyendo en su piedad por las vidas que se habían perdido, entendiendo que entre los veintidos no había un solo humano.
El hechicero extendió su mano hasta encontrarse con mi hombro. La escena no podía ser más irreal. Deteniendo su papel paterno, hizo contacto con mi mirada y luego de eso decidió desaparecer. Una vez que se había ido, dejé salir más lágrimas. Mis piernas me llevaron hasta los primeros escalones del altar, donde me senté y pude desplomar el peso de mi cabeza en mis manos. Unos momentos después, Isaac se acercó y se sentó a mí lado, dándome a entender que todavía tenía alma.
—Quizás deberías salir afuera de Verin. La oscuridad causa síntomas particulares en nosotros.
—No —dije, secándome los ojos, intentando dejar el luto atrás—. Voy a estar bien. Es solo que… compartí mucho tiempo con ellos. La gran mayoría estaba plenamente convencidos de lo que hacían, quiero decir, estaban entregados en un nivel más profundo que el de nosotros. No merecían esto; morir por una mala decisión. Y peor aún, ni siquiera murieron defendiendo al Deus, cómo les había prometido. —Hablé como en un largo suspiro, sacando aire desde el punto más profundo de mi pecho.
—Discípulos del mejor mago… El Hechicero realmente falló en sus cálculos.
—No —volví a negar—, yo también me equivoqué. Ni siquiera les concedí los amuletos del arte de tu familia antes de la cacería. Se suponía que eran el diploma para pasado mañana —dije. Debía aceptar la culpa que me correspondía.
—No hubiera supuesto diferencia; no hubo ni una gota de sangre humana en la batalla —dijo el Pistolero, manteniendo el tono neutro. Sacudí la cabeza, buscando olvidar lo que me decía Isaac.
—Me hubiera gustado que vean al Deus despierto. Creo que podría resumirlo en eso; no me gusta faltar a mis promesas —aseguré, clavando mi mirada en el piso. Suspiré, esperando largar la bola de sentimientos que se acumulaba en mi pecho. El pistolero rompió el silencio, empezando a hablar sobre la manera en que la sangre humana se reflejaba en la luz de una manera en que ninguna otra lo hacía, sin darse cuenta de que el silencio me ayudaba mucho. Pero su voz no era molesta para nada; llena de imparcialidad y neutralidad, era un zumbido que regulaba el ritmo de mis latidos.
Miraba mis manos con temor, dándome cuenta que no había rumbo aparente. Las velas consumiéndose en las esquinas daban una sensación de final. De cierre amargo, de impotencia. De una oración definitiva.
Pero la oración no se había completado del todo. Un par de pasos avivaron mis oídos, al tiempo que volvía a procesar las palabras del pistolero.
—…Y la fui a buscar a ella. Creí que necesitabas esto, porque tal vez mañana el sol ya no salga. —Isaac dibujó una pequeña sonrisa con el resto de alma que le quedaba. Me gire hacía la mujer detrás de nosotros.
Su piel retumbaba la luz en todas las direcciones, haciendo que la capital pareciese un festival de Craster. Se paró en los semicírculos, como un ángel a punto de sembrar las almas y llevarlas a la tierra prometida. Sus ojos estaban clavados en los míos, aunque su expresión no era benevolente.
No hubo palabras de mí lado; ella se limitó a brindarme un abrazo vacío y me permitió sentir el tacto cálido de sus labios. Movió la mirada para entender que la totalidad de los alumnos habían muerto, y notar que había un mago ausente. Quiso mostrar algún sentimiento parecido a la empatía, pero ese día no había nada de eso dentro de ella.
Tomé su mano, acariciándola. Aclaró su garganta y habló.
—Deberíamos irnos —dijo, devolviendo las caricias con su dedo pulgar.
Althea movió la cabeza en dirección a Isaac, delegándole el cierre de la ceremonia. Levantó su mano para envolvernos en un manto de luz blanca y transportarnos a casa.
Todo estaba quieto, y el té ya se había enfriado. La lluvia perdía protagonismo sin el eco del templo. Y sin ninguna luz, lo único que tenía en frente era su suave respiración. Encendió un cigarrillo sacando una pequeña flama de su mano. Lo puso en mis labios y se dirigió a la cocina. Di la calada más profunda de toda mi vida. Dejé que el humo se escapara de mi boca, sin prisas.
—Tomá —dijo, apareciéndose con una botella y dos vasos.
—No sé si quiero —afirmé, con voz débil.
—No es una sugerencia —replicó, dejando el vaso lleno al borde de la mesa y tomando asiento.
Me privé de tomar asiento frente a ella, pero tomé el vaso y vacíe el interior de un solo trago. Dejé el vaso encima del mueble, mientras ella bebía de a sorbos pequeños. Todavía de pie, seguí dándole caladas profundas al cigarro. Mis ojos empezaban a acostumbrarse a la oscuridad y noté que ella parecía ignorar mi presencia por completo. Althea tenía su vista clavada en la insignia de la puerta de entrada. De sus prendas sacó otro cigarrillo, en un movimiento tan lento que me resultó absurdo. Para ese momento el contenido de su vaso era historia, por lo que volvió a llenar los vasos hasta el tope. Me pidió que dejara de mover la pierna, cosa que ni me había percatado que estaba haciendo. Dijo que me hacía ver intranquilo. Reí irónicamente, pensando que tenía más de una buena razón para verme así. Althea permanecía con una neutralidad tan perfecta que era imposible determinar qué quería lograr. No era el mejor día para leer expresiones en la cara en las personas. Pero tampoco le pregunté, optando por quedarme con el sonido de la lluvia.
Reemprendí la tarea de terminar mi vaso de un solo trago. Ella renovó su ritmo, manteniendo elegancia. Rellenó los dos recipientes y me pidió que me sentara. La escena se repitió.
Ahora solo había suficiente bebida para llenar nuestros vasos hasta la mitad. Ella me pidió que me acercase un poco más y me uní a su ritmo, tratando de disfrutar esos últimos sorbos que no eran nada baratos. Althea dejó su fascinación con la puerta de entrada y se giró hacía mí, atravesando mi ser con sus ojos inmensos. Bajo la mesa, advertí la presencia de sus pequeños pies chocando contra los míos. Sus pies estaban desnudos y no tenía la menor idea de cuándo se había quitado el calzado. Apoyó su cabeza en las manos, sin dejar de mirarme o jugar con mis piernas. La quietud se empezó a corromper con la distorsión que fabricaba el alcohol en sangre. Las sensaciones de mi cuerpo se difuminaron más rápido de lo que esperaba. Me deslicé sobre la silla, perdiendo la buena postura hasta encontrar un punto donde no creía poder estar más cómodo. Todo parecía lo suficientemente distante para no lastimarme. Distante y estático. La lluvia me incitaba a desplomarme en el suelo y desmayarme, pero algo permanecía no encajaba. Había una expresión oscura en la mirada de Althea que no encajaba con las caricias en mis pies. Las palabras se atolondraron en mi garganta, pero ella se adelantó a hablar.
—¿Sabes qué poco falta? Quiero que imagines la oscuridad —dijo, sin abandonar su voz opaca y su extraña presencia.
—Sin la bebida sería más fácil crear imágenes en mi cabeza —respondí, con una pequeña risa.
—No, no, no estoy hablando de eso —dijo, sacudiendo torpemente la cabeza—. Es algo más grande que tu mente; imaginálo con tu ser. Contemplá las sombras llegando a cada esquina, a cada ciudad, a cada mar, para nunca irse —dijo, abriendo más los ojos y pegando su espalda a la silla. Su figura se mezclaba con la oscuridad, convirtiéndose en un torbellino negro. Respiré, buscando concentrarme. Cerré los ojos y pensé en las tierras infinitas del oeste, el este, el cielo y el océano. Cada rincón siendo negado de luz, revolucionado por la presencia del Deus. Subordinando la voluntad de todos, el Deus que defendía nuestro imperio se convertía en el líder ideal. No había egos ni política. Su nobleza no daba lugar a la subjetividad. Porque el castigo que repartía era justo y necesario, nunca estaba equivocado. Porque la oscuridad era también nuestra imparcialidad, haciendo que la igualdad entre los seres prime. Era el equilibro. Era la paz eterna.
Abrí los ojos, encontrándome con que Althea estaba subida a la mesa. Acercó su boca a la mía hasta que respiramos el mismo aire.
—Lo imaginaste, ¿no? —me preguntó, mientras sentía el suave y frío tacto de su lengua en la comisura de los labios.
—Cada detalle —respondí.
—Tan cerca... —suspiró—. Va a ser un nuevo comienzo, pero hoy todo va a ser igual. Bajo de las sábanas va a pasar lo mismo que siempre —dijo, ensanchando su sonrisa frente a mí.
—¿Ese fue el plan todo el tiempo? —dije—. ¿Qué fue toda esa actuación?
—No —contestó, terminando de sacarse esa extraña esencia—. Tenía que hacerte entender qué es lo que querías en verdad. Ojala hubieras podido ver tu sonrisa cuando cerraste los ojos y te concentraste sólo en eso. No tiene caso el llorar a los mártires, Hanzel —explicó Althea, al tiempo que se bajaba de la mesa para sentarse sobre mí.
—¿Mi cara realmente cambió? —inquirí, incrédulo a las habladurías de la de piel escamosa.
—Se llenó de paz en un pestañeo —dijo, chasqueando los dedos para envolvernos en un manto blanco, tomando la picardía de transportarnos a la habitación.
Cumpliendo con su palabra, bajo las sabanas pasó lo mismo que siempre.
Desde los besos hasta la caricia más ínfima, todo se sintió perfecto. Ella cayó en un sueño pesado después de terminar, acurrucándose sobre mi pecho. Quise aprovechar los destellos del alcohol en mi cabeza para apagarme y dormirme. Pero mis ojos abiertos de par en par y las vueltas que daba en la cama me daban indicios de que no iba a ser fácil.
A pesar de que Althea había sanado muchas heridas, me encontraba mirando el techo. Esperaba algo más, sin saber qué era. Decidí buscar calma en el calor de ella, acomodándome bajo su cuello, donde escuchaba sus latidos. Bajando un poco más, eran todavía más claros. Se escuchaban dulces y tranquilos. Me sentía más que afortunado por estar cerca de ella. Ningún otro trato con otro ser había llegado a ser tan profundo y sincero. Esos pensamientos hicieron que mi cabeza bajara la guardia, comenzando a ceder contra el sueño.
Ni despierto ni dormido, el tiempo se vuelve imposible de contar. Pareció que solo hubo un instante de descanso antes de que mis los latidos perdieran coordinación, exaltándose para terminar separándose por completo. Ella abrió los ojos sin entender qué era todo eso. La casa entera vibraba.
El cielo se llenó de una luz incandescente que entraba por la ventana. La luz blanca me hizo pensar en un nuevo sol. Pero fue uno breve y efímero; solo era una bengala que me recordaba que esa luz se iba a ausentar por mil años.
Althea sonrió, media tapada con las sábanas, y me miró mientras me vestía.
—Es él, lo sé —juró.
—No —afirmé—, todavía hay una guerra por ganar.
—Anda por ellos, humano.
Me acerqué hasta el armario para tomar uno de los amuletos del arte alternativo. Sentí que era importante que defendiera a la capital usándolos. Esperaba que los humildes redimieran las almas de mis alumnos. Subí a la cama y besé a Althea. Ella quiso decir algo, pero sólo llego a abrazarme antes de que la despidiera. Dando un paso atrás, un halo blanco me cubrió. Y como siempre, el aterrizaje fue ideal.
En la terraza de la torre uno, dónde se había activado la bengala, Karus y el resto ya se habían reunido. Ellos podían llegar más rápido gracias al poder de sus anillos. Karus, Isaac y los cuervos estaba ahí.
—Mis cálculos fueron erróneos; esto debía pasar dentro de noventa y dos horas —dijo Karus—. Pero es para mejor. Sus latidos ya están coordinados con la tierra que le pertenece —exclamó, sacándose el casco de la armadura—. El esfuerzo de miles… en ambos bandos… llevo a que sucediera en este momento. En esta ciudad, en este presente. Los oráculos podían ser fieles o podían ser traidores, pero todos profetizaban sobre un día así.
Karus tomó un respiro, volviendo a ponerse el casco y observando su anillo de cerca antes de colocarlo en su dedo anular.
—Pasaron dos siglos… Dos largos siglos llenos de luz del este. Hoy… el Deus va a despertar.
Un silencio sepulcral se apodero del lugar, interrumpido solo por la fina lluvia.

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