lunes, 11 de abril de 2016

Madera & Hueso — 56 — Ítalo


Matarlos hubiera sido demasiado fácil. Y algo me detuvo. Solamente eran unos pobres delincuentes.
Miraba a cinco búhos que habían intentado robarnos. Notaba como mi mano izquierda relampagueaba, ansiosa por probar mis nuevos límites. Quizá ahora podía freír personas con solo chasquear los dedos. Quizá la electricidad me haría más fuerte y podría cortar sus cuellos. No sabía si eso era verdad, pero sentía cómo los rayos se mimetizaban conmigo. Era despacio; cada vez que respiraba me sentía más poderoso. Y si bien realmente buscaba cualquier excusa para usar mis nuevos poderes, algo me lo impidió. Y noté como ese algo ya estaba sembrado entre nosotros. Nos mostramos con demasiadas dudas, con demasiadas preguntas. Insisto en que matarlos no hubiera significado un problema. Ya había podido oler ese algo; lo sentía en nuestro círculo, incluso antes de que aquel halcón apareciera. Cuando se mostró entre los árboles como el jefe de los ladrones, habló y habló sobre muchas de nuestras preocupaciones.
¿Cuál era el precio que debíamos pagar por ser los elegidos?
Era consciente de que de ahora en más serían los días del trabajo sucio. Robar, correr, pero, ¿estábamos listos para cargar con tanto? ¿Eran todos los bichos culpables de algún crimen, cuando había personas como esos ladrones que preferían vivir fuera de las ciudades? Recuerdo que en ese momento miré mi mano izquierda y supe que iba a empaparse de sangre de ahí en adelante.
No quería creer que lo del Gangshi había sido un error. Contemplaba la posibilidad, pero no lo creía así. Sabía que las intenciones de esos cuervos que ataqué no eran buenas. Al menos, no eran buenas para nosotros.
Según el contacto con el que había hablado, Tammi, todo era perfecto en el Oeste, pero ese… intento de cuervo con pico blanco era como cualquier humano delincuente. Y al parecer ni siquiera era un delincuente, sino que solo trataba de sobrevivir. 
Luego de escuchar nuestras razones para pasar por el bosque, decidió dejarnos ir. Salimos del bosque después de una buena caminata.
No encontraba palabras para describir cómo veía al grupo. Pensaba que lo más acertado era decir que nos sentíamos sucios, o equivocados. Sabía muy bien que lo que nos esperaba si nos seguíamos adentrando en esa dirección no iba a ser mejor. Sabíamos que eso solo había sido el primer filtro, y en algún lugar de nosotros habíamos perdido la fuerza para seguir. Perder sería tan fácil como sentarse a esperar que el Deus despertase y dejar que nos matase a todos.
¿Y si los dioses habían elegido mal al grupo? 
Un pequeño destello salió de mi pecho. Recordé la piedra que se había incrustado en mí. Casi me había matado, pero luego había eliminado la oscuridad de mi ser y me había dado esas nuevas luces. Suspiré, y sonreí con muy pocas ganas.
En el cielo de la noche brillaba una de mis cosas favoritas en el mundo.
Me gustaría pasar unas vacaciones en la Luna cuando todo termine, pensé.
Débiles por la falta de sueño, pero vivos, seguimos por inercia hacia el oeste, bajo la luz de la luna. 
Estaba bastante seguro que la luz de la luna nos llevaría a Varoa justo antes del alba. Sin embargo, no había señales a la distancia. El camino, marcado vagamente, se perdía en el horizonte. Seguíamos muy cansados y la llanura del Oeste no daba ningún lugar adecuado para poder descansar. Con cada paso nuestros cuerpos estaban cada vez más motivados por la idea de apoyar las rodillas y caer de cara al suelo. El bosque se alejó poco a poco y la llanura nos recibió más y más.
Eran altas horas de la noche, y había que convenir que los descansos en ese continente no eran los más profundos y rejuvenecedores. Realmente quería encontrar cualquier tipo de refugio para poder recostarme, pero Varoa insistía en no aparecer. Ni siquiera se dignaba en hacer aparición algún cartel.
Cregh lanzó un fuerte suspiro y dejó caer las manos.
—Dioses, estoy cansado de esto. ¿Cuán lejos creen que este la próxima ciudad?
Nadie se atrevió a lanzar una aproximación. Nadie quería gastar saliva en abrir la boca.
—Bueno, no pienso dar un puto paso más en esta llanura eterna —dijo, con un tono muy poco común.
Levantó su mano y el brillo blanco nos envolvió.
—No sé muevan ni un poco —advirtió.
El brillo nos envolvió y se mantuvo más de lo normal. No tardó en aparecer la sensación de flotar justo debajo de nuestros pies. El aterrizaje fue suave como nunca lo había sido. La burbuja de luz blanca se deshizo rápidamente, y volteé. Parecía que nada había cambiado; el paisaje era exactamente el mismo.
Cregh levantó la cabeza y abrió sus ojos como platos.
—¿Dónde carajo está esa ciudad? —Se puso delante de nosotros—. Ojalá hubieran pájaros como en el bosque para incinerar.
No sabía de qué tipo de fatiga trataba el esfuerzo mágico, pero apostaba que Cregh solo pensaba en apoyar su cabeza en la cama y despertarse ante un desayuno servido por una doncella en azul sin ropa interior. 
Pude divisar algo en el camino, casi imperceptible. 
—Adelante, en el horizonte, parece haber una pequeña loma. —Levanté el brazo en su dirección—. Justo a la izquierda del camino.
—No alcanzo a ver nada—dijo Dalia, frustrada, poniéndose en puntitas de pie.
Di un salto, pero no alcancé a mucho más.
—Sigamos caminando, vamos —dijo Lang.
—Esperen —dijo Aldara.
Sacó sus cantimploras. Entonces hizo levitar toda el agua que traía encima, y la movió debajo de sus piernas. Mostró sus palmas al cielo e inflando el pecho levantó los brazos. El agua que la rodeaba empezó a levantarla del suelo. Una columna de agua sostenía un trono en la que ella estaba sentada y era ascendida. Escalaba centímetro por centímetro, y pronto llego a unos tres metros de altura.
—Allá está la ciudad —dijo—. Esa debe ser Varoa.
Era… impresionante. Nadie tuvo el aliento suficiente para expresar palabras sensatas; menos Cregh que parecía incapaz de entender qué veía.
—Está lejos. Pero es Varoa; algo me lo dice.
Aldara comenzó a bajar; la buena base de agua ahora era un delgado hilo. Hubo una pequeña distracción y la Nereida cayó al suelo. En un movimiento rápido pude atraparla con mis brazos y dejarla en el suelo.
—Aldara... Eso fue increíble —dije.
—Gracias… —dijo, ruborizándose.
Se levantó, y se apresuró a juntar el agua para perder la menor cantidad. Una vez terminada, Cregh estiró la mano en señal de pedir un poco. Aldara le dio una de sus bolsas y el mago dio un buen trago.
—¿Así que allá esta Varoa? Yo los llevo—dijo, muy seguro de sí mismo—. No se muevan.
El brillo blanco nos volvió a engullir, pero la sensación de flotar fue muy corta. El aterrizaje fue más forzoso, aunque estaba lejos de aquel primer viaje en Veringrad. Cregh yacía en el piso, respirando de a grandes bocanadas. Lang se apuró a levantarlo y sostenerlo de los hombros.
—Bienvenidos a Varoa —dijo el hechicero, con una gran sonrisa en su rostro—. Para serles sinceros, imaginaba que estaba mucho más cerca—Entonces rió, ocultando cuan débil se encontraba realmente. Aldara se acercó para ofrecerle agua. La terquedad de Cregh nos había salvado esa noche. Y era un hecho; estábamos en Varoa.
Adelante, justo frente a nosotros, estaba la entrada al enorme domo que era la ciudad; una gran pared que se inclinaba hacía arriba. Una entrada muy parecida a la de Veringrad, por cierto. Me pregunté si significaba algo. Había un cartel que parecía indicar su nombre, pero las letras eran ilegibles.
Faltaban unos buenos doscientos metros para la entrada. Me acerqué a Lang, para serle de ayuda en cargar al mago. Cregh había dejado de hablar y tenía la cabeza baja; ahora era peso muerto. Realmente había salvado el día. Supuse que nos había transportado unos buenos sesenta kilómetros, a todos juntos, y seguía despierto. Me pregunté cómo se sentía gastar la magia… parecía un cansancio tan diferente al físico. Quise comprender qué era lo que había hecho Cregh por nosotros. Sentía mi corazón palpitando muy fuerte; sabía que era una pregunta que moría por ser respondida. No podía aguantar el momento de llevar mi nueva habilidad al límite. 
Esperaba que los guardias se negaran a dejarnos pasar, siendo cinco humanos. Es más, esperaba tener que pelear. Pero no pasó nada de esto. La garita de seguridad se encontraba vacía.
—¿Será un cambio de turno? —dije.
—Vamos, hay que encontrar un lugar para que pueda descansar—dijo Lang.
Apuramos el paso en los últimos veinte metros. Me despedí de la luna y le prometí que volvería a ser mi acompañante cuando saliera de la ciudad.
Al estar dentro de Varoa aprecie las grandes paredes que rodeaban todo. Parecían unas grandes barras de metal enlazadas y unidas en rombos, pero eran raíces lo que enfocaban su brillo hacía el interior. Las mismas de la fortaleza de los Robler. La ciudad no veía al sol o a la luna; eran iluminados y protegidos por estas raíces.
—Vamos, rápido —insistió Lang.
Las calles de Varoa parecían perfectamente planeadas, con cada manzana del mismo tamaño. Las casas eran altas y de buena piedra. Parecía un lugar muy tranquilo. Como en Gangshi, no había ni una sola persona en las calles debido a la noche. Las calles empedradas me hacían recordar a las calles del distrito privado de nuestra capital.
Ningún lugar parecía un buen punto de descanso y nada se parecía a una posada. El cansancio ya nos ganaba la pulseada. Cada esquina se parecía a la anterior. Era como un laberinto cuadriculado. Levantando la cabeza, podía verse como hacía el centro del domo se levantaban unos edificios bastante más altos, grandes como templos. Estaba realmente impresionado por la arquitectura del Oeste. Esas debían ser las maravillas que contó Tammi.
—Ahí. Eso. Tiene que ser una posada —dijo Dalia, suspirando de alegría. Casi suelto a Cregh para entrar corriendo. Apuré el paso, pero noté que Lang no lo hacía. Dalia y Aldara se encontraban a punto de tocar la puerta cuando habló.
—No es que conozca al Oeste, pero imagino que nada es gratis. No tenemos monedas de acá, no podemos pagar —comentó el pistolero, intranquilo, pero con la cabeza más fría que el resto—. Somos humanos, así que descarto toda posibilidad de que actúen por buena fe.
No teníamos a Dalir en ese momento, ni a ese Oráculo que estaba de nuestro lado; estábamos completamente solos. Entendimos cuán hostil podía ser una ciudad tan hermosa, un continente tan vasto. Esta vez nos tocaba ser los bichos.
Agachamos la cabeza resignados. Realmente no quería dar ni un paso más. Mi respiración se había cargado de sentimientos. Mis hombros yacían incómodos
Por el Este.”
—Mañana vamos a salir a robar —advertí.
Nadie dijo nada, pero todos parecían entender eso. No íbamos a conseguir un trabajo.
—Mañana vamos a salir a robar —repetí, mientras Lang solo señalaba un callejón donde podíamos pasar el resto de la noche.
El callejón limitaba entre paredes altas. Por suerte, más allá de eso parecía un callejón limpio, lejos de los que había en nuestros barrios.
Nos apuramos a acostar a Cregh contra la pared. Una vez que encontró cierta comodidad se durmió casi al instante. El resto, uno a uno, nos fuimos acomodando al lado, formando una línea mirando para la salida.
Me senté contra la pared y apoyé la cabeza contra mi rodilla. Arrastré la capucha bajo mis ojos. Por fin podría descansar un poco. Mis ojos se cerraron por un largo minuto antes de empezar a combatir contra las ideas de que nos podían robar, matar, violar o cualquier otra cosa que se me cruzaba por lamente. Por suerte, el cansancio volvió a ser más que la paranoia y me dormí pegando el entrecejo en mi rodilla.

Mi sueño se sintió durar menos de un segundo. Ni siquiera había podido dejar de pensar en el grupo del Oeste que nos perseguía, y ya estaba despierto. Mi cansancio se había ido, pero mis ojos todavía se encontraban secos. Estaba solo; el resto ya debía haber empezado sus actividades para sobrevivir; incluso Cregh.
—Dioses, ¿cuánto dormí?
Me refregué los ojos y vi que el gato de Lang estaba arriba de la pila de cajas, mirándome. No estaba solo después de todo.
—Buen día, Malo.
Malo maulló.
—Si te dejaron cuidándome, ya podés irte con Lang de nuevo.
Maulló de nuevo, saltó de su pequeño trono de basura y meneó la cola. Pero no se movió.
—¿Queres que te siga? —dije, y comenzó a caminar hacia afuera.
Malo anduvo ágilmente entre los bichos que pasaban a mí alrededor. Las calles estaban repletas, pero el gatito saltaba y eludía a todos. Parecía un pequeño fantasma. En cambio, las miradas se dirigían a mí, pero esta vez no sentí la paranoia de Gangshi. De todas maneras mantuve mi capucha puesta y la cabeza gacha, mirando los pasos de Malo.
Perdí a Malo en un cruce de calles. Levanté la cabeza, pero fue inútil. Anduve unos momentos, y no tardó mucho en aparecerse, meneando la cola con unos pescados en la boca. No me molestó tomarlos prestados y llenarme el estómago.
Con el estómago lleno, quise saber qué era del resto del equipo. Caminamos despreocupadamente hasta que se me ocurrió una idea brillante.
—Malo, quiero probar algo —le conté—. Creo que podemos tener comida por el resto de la eternidad.
Pareció bastante convencido con eso último que le dije. Me siguió y nos dirigimos a calles más pobladas y con más puestos. Imaginé que había muchísima gente viviendo dentro de ese domo.
Encontré un pequeño callejón que daba discretamente a un gran puesto de... ¿talismanes? Parecían tener un motivo religioso. Apoyé mi espalda contra la pared y esperé a que viniera un cliente, pero estaba muy lejos para ver con qué tipo de moneda pagaba. Entonces le indiqué a Malo que esperara una seña.
Uno de los humanos habitantes del Oeste, vestido de cabeza a pies de blanco, se acercó a comprar algo. El cliente era zurdo, así que tenía vista preferencial para ver su mano pagando con unas monedas como las que tenía. Hice mi seña a Malo y apunté hacía el humano. Cargué un poco de mi energía en la mano y pensé en lanzarla. Imaginé a Cregh y a Aldara manipulando su magia, y el rayo fluyó solo. Un pequeño hilo salió de mí y dio en el humano justo en el momento que iba a pagar. Por suerte, el efecto fue el deseado; él sintió algo más que un escalofrío y algo menos que una trompada. Malo entendió a la perfección la situación y tomó la moneda que el humano dejó caer cuando recibió el impacto.
Nos alejamos con Malo, victoriosos por nuestro botín. Guardé la otra moneda en mi bolsillo.
—Bien hecho, Malo. ¿Sabes dónde están los demás? Estoy preocupado.
Malo maulló.
Caminamos veinte minutos por la ciudad donde no atardecía, hacía los distritos más altos del centro. Caminé sin decir nada y sin mucho apuro. Pensé en que si hubiera habido algún tipo de emergencia no me hubieran dejado dormir tanto.
Malo me llevó hasta un parque donde se encontraban las torres más altas de la ciudad. Caminamos unos metros y pude ver una gran acumulación de gente. Un tipo parecía estar parado encima de una caja con un cuerno para que su voz sonara más fuerte.
Si bien parecía un humano había algo en él que me extrañaba, partiendo de que sus prendas no eran blancas. Parecía más pequeño y encorvado, y algo en su cara simplemente no me daba buena espina. Tenía una voz más que irritable con la que promocionaba algo. Cuando me vio entre la multitud empezó a usar mi lenguaje.
—¡Vengan! ¡Vengan! ¡Acérquense! Están a instantes de presenciar la gran inauguración del teatro de Varoa. ¡Pasen y deslúmbrense con lo que tenemos para ofrecer! ¡Totalmente gratis! ¡Immo!
¿Teatro? Había una gran convocatoria de bichos. Todos parecían tan entusiasmados que ignoraban mi presencia. Y tampoco parecían notar que el resto de mi equipo también estaba allí. Malo me guío hasta ellos, esquivando los pisotones de la gente cada vez más emocionada.
—Ey, chicos —saludé.
—Ítalo, al fin despertás —dijo Cregh.
—¿De qué se trata todo esto?¿Un teatro? ¿Acaso vale la pena dejarme por esto? —dije. Malo maulló—. Digo, dejar a Malo a cargo mío —corregí.
—No lo decidimos; Dalia nos guío hasta acá. Se despertó y sin decir una palabra corrió hasta acá —dijo Lang. Miré a Dalia y pude ver que tenía la mirada fija en aquel hombre del cuerno—. Luego le dije a Malo que fuera a buscarte.
—Oh... ya veo. ¿Falta mucho para que esto comience? Realmente no tengo ni idea de qué va esto.
—Un teatro… —susurró Aldara—. Dalia no abrió la boca desde que se levantó.
—Solo queda esperar —dijo Cregh.
Se organizó una fila, y en menos de diez minutos la gente comenzó a pasar al teatro despacio. Entonces noté que tenía nuestra bolsa con alimentos entre los pies.
—Eh, Cregh, dudo que nos dejen entrar con eso. Y mirando mejor, tampoco con estas, o esas —dije, señalando a mi arco y a las pistolas de Lang.
—¿Alguna sugerencia? —dijo el mago, bostezando. Parecía que todavía se estaba recuperando del esfuerzo titánico que había hecho la noche anterior.
—No podés hacer que desaparezca y... ¿volver a hacerlo aparecer después? —dijo Lang.
—Eh… ¡Sí! ¡Sí puedo! —exclamó Cregh, feliz—. Dioses… ¿cómo se hacía? —Se refregó la cara—. Hace años que no uso algo así.
Cregh dispuso sus manos para hacer un hechizo en la fila. Se las tome, y le hable al oído.
—¿Todavía estas dormido? ¿Se te ocurre algo más llamativo que hacer un hechizo en la fila?
Cregh se limitó a asentir con una expresión de estupidez.
—Llévate todo, y hace como si fueras a mear, o algo así. Si es que en este continente mean, claro —dije.
—Tranquilo, Ítalo, ahora vuelvo —exclamó, en voz alta y con mucha seguridad.
Se llevó nuestras cosas, y se metió en un pequeño callejón. Al salir tenía las manos vacías, y casi nos tocaba en la fila. Entramos gratis, tal cual prometió el del cuerno. Al entrar había un largo pasillo de roca muy pura y pulida como mármol, que seguía hasta el final del pasillo donde había un telón rojo. Pasando el telón nos encontramos con un escenario todo oscuro. No había ni una sola luz prendida. Apenas brillaban algunas raíces, aisladas en el suelo a lo lejos. Dalia fue al frente del grupo, y a paso muy acelerado se metió y busco un asiento. Seguimos sus pasos y nos ubicamos a su lado. Nos pusimos cómodos y esperamos. Nos avisaron que el espectáculo estaba por comenzar y que guardáramos silencio.
Creí que habíamos hecho un buen trabajo evitando la atención de los pobladores de Varoa. Su aire era muy diferente al que respirábamos en Gangshi. Era mucho menos denso, no sentía pesadas miradas condenatorias, y estábamos más adentrados en el continente… Quién sabe, pensé.
De repente, se abrió el telón negro y una luz salió por encima de mi cabeza. El espectáculo había comenzado.




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