martes, 17 de mayo de 2016

Madera & Hueso — 57 — Cregh


Luego del esfuerzo físico que había sido llevarnos hasta la ciudad, me costaba mantenerme despierto entre la oscuridad del teatro y la comodidad. En poco tiempo, todos los asientos estuvieron ocupados y el telón rojo se cerró. No sabía si era mi imaginación, pero parecía que la poca luz que había seguía disminuyendo. Casi sin darme cuenta, decidí cerrar mis ojos por unos segundos.
—¿Es magia?
Debía haberme quedado dormido, porque el escenario se había iluminado y Aldara estaba preguntándome algo.
—¿Sabés cómo lo hacen?
Tarde un par de segundos en entender que se refería al teatro. El telón había sido recogido y ahora el frente estaba cubierto por un gran lienzo. Sobre él, como si se tratara de una ventana, no dejaban de verse personas. Estaba por explicarle a Aldara cuando me di cuenta que no lo sabía. Había visto magia que podía crear figuras, pero nunca eran más complejas que siluetas de luz.
—¿Te quedaste dormido? —me preguntó Aldara.
—No, no, solo estaba pensando —mentí.
En el lienzo seguían apareciendo cosas. Al principio solo mostraba un terreno llano. Entonces, una montaña surgía de este suelo, y esto empezaba a hacerse más y más pequeño, como si nos estuviésemos alejando. A medida que podíamos ver lo que había alrededor de la montaña más cosas surgían de la llanura; el lienzo dejaba ver que la tierra se llenaba de ríos, lagos, valles, cordilleras. Luego, el terreno se vio limitado por la aparición de una costa, y la imagen siguió alejándose hasta que pudimos ver un inmenso mar. Entendí que lo que se mostraba era la creación del mundo. Era increíblemente real… como ver a un cuadro cobrar vida.
Estaba tan concentrado que casi no noté al bicho que se encontraba en una esquina del escenario. Llevaba una túnica con una capa blanca, parecida a la del Oráculo que habíamos encontrado. Empezó a hablar en la lengua del Oeste. Podía entenderlo vagamente…
—Nuestro dios terminó de hacer el mundo y nos creó a todos. Cada uno de nosotros fue elegido por él, todos por igual. Pero nuestro dios no fue el primero en poblar… no. Algo más se encontraba en tierras desconocidas, creado por fuerzas perversas.
Las imágenes del centro del escenario cambiaron, y entendí que ahora estaban mostrando a los humanos. Pero el ambiente había cambiado: lo que antes era azul y verde se había tornado rojo y marrón. El hombre de blanco seguía gritando algo en su lengua.
—Entonces, ¿sabes cómo funciona o no? —dijo Aldara, de repente. Recordé que seguía esperando mi respuesta.
—No, la verdad no tengo la menor idea de cómo funciona.
—Oh.
—¡Criaturas salvajes y perversas eran! —el bicho hacía que su voz viajase por todo el cuarto—. Dominadas por la ira y el placer, trataron de invadirnos. ¡De dominarnos! Pero nuestro glorioso Dios no lo permitió.
Ahora el mapa dejaba ver ambas costas. El bicho de blanco continuaba su discurso. En la imagen se veía una luz surgiendo desde el este, pasando por el mar y llegando a los bichos.
—Pronto nuestro pueblo cayó bajo su efecto, pues los humanos nos acechaban ocultos como las bestias que eran. Siempre tratando de separarnos del señor, del amor de nuestro dios y de nuestro origen.
El rojo se extendía, cubriendo el continente. Noté que algunas personas se paraban de sus asientos y abandonaban el teatro.
—No hubieran podido hacerlo solos, no. El odio en sus entrañas era tan grande que atrajo a los espíritus malévolos que los crearon. Se dejaron poseer por esas fuerzas siniestras, y atacaron a nuestro pueblo. Cansados y poseídos por la maldad de esa tierra, fuimos derrotados. Pero el castigo no fue solo la humillación de la derrota, no. Bajo sus influencias macabras, esas criaturas afectaron nuestra mente. Nos hicieron creer que éramos inferiores, nos usaron como esclavos y nos convirtieron en objetos para su disfrute. Aun hoy en día nuestro pueblo es usado por ellos. La influencia de sus demonios es tan grande que afecta las mentes. Tan bajo hemos caído… que incluso muchos usan su lengua en nuestra tierra.
Más personas se empezaban a ir.
—No les bastó con derrotarnos. Completamente dominados por sus demonios, los humanos zarparon a nuestro otro continente, a corromper nuestras tierras sagradas. Creímos ser capaces de enfrentarlos, pero la corrupción era demasiada y olvidamos a nuestro dios cuando más lo necesitábamos. Los humanos marcharon a través de nuestras tierras, hasta el corazón de nuestro hogar.
El rojo atravesaba todo el continente, avanzando hacía una brillante luz verde.
—Ahí. Tenemos que ir ahí —dijo alguien, y me giré. Dalia por fin había hablado. Estaba señalando hacía el punto verde—. Más allá de Aqlatan… ahí vamos a encontrar a los que nos persiguen. Ahí vamos a terminar nuestra misión.
—Abandonado nuestro dios, dejamos que las fuerzas malvadas corrompieran Verin —decía el bicho—. Los humanos tomaron a nuestro dios y lo encerraron. Aunque esto fue un intento de que nos alejáramos de él todavía más, él nos perdonó, porque su amor es eterno. Debemos aceptarlo en nuestros corazones y él va a devolvernos nuestra merecida gloria. Devolvernos a nuestro pueblo, a nuestro hogar.
—¿Allá, a Verin? —susurró Ítalo.
—¡Pero el camino no va a ser fácil! Para recuperar el amor de nuestro Deus debemos luchar contra quienes lo capturaron. Vamos a tener que liberar a nuestro pueblo en el este. En estos mismos instantes, nuestro pueblo está siendo torturado y humillado por los humanos. Debemos liberarlos y llevarlos al amor de nuestro señor.
La imagen había cambiado para mostrar una ciudad, y noté que reconocía los edificios. Estaba viendo hacia Alles, hacia Veringrad. En el lienzo, las paredes que la recubrían estaban cubiertas de sangre y pieles de bichos.
—Cada día se hacen miles de atrocidades contra nuestro pueblo. Hace unos años, un grupo trato de liberarse. No querían conquistar a sus captores; solo querían igualdad. Aun así, los humanos los masacraron, y los clavaron en las murallas de sus ciudades para que murieran al sol. Pero debido a las acciones de este grupo los humanos juzgaron que debían darles un ejemplo a los otros, y castigaron a muchos bichos que no habían luchado. Porque el odio humano no tiene límites. Nuestro pueblo fue purgado de esa ciudad. Hijos y madres ejecutadas como animales… solo por haber pedido lo que todos merecemos. ¡Libertad!
—Creo que ya tenemos lo que debíamos encontrar —dijo Ítalo—. Tendríamos que irnos. —Mientras tanto, el hombre contaba más de las supuestas atrocidades cometidas por los humanos. Era todo fabricaciones o eventos alterados tanto que no tenían ningún parecido con la realidad. Habían usado el saqueo de Veringrad, cuando un grupo de bandidos había tratado de saquear la ciudad a punta de espada… compuesto tanto de humanos como de bichos.
—En Craster, una ciudad donde la perversidad es lo cotidiano, anualmente seleccionan un grupo de nuestro pueblo y los ejecutan en público —decía el bicho.
—Sí, es mejor que salgamos de esta ciudad cuanto antes —dijo Lang. El vagabundo tenía intención de pararse, pero se detuvo cuando alguien en la fila siguiente se levantó. Era un bicho de al menos dos metros de altura.
—¡Mentiras! Eso es mentira. Yo estuve ahí, y la única actividad anual es el festival de la cosecha. Es exactamente como el levantamiento de la raíz que celebramos acá. —El grandulón se giró hacía el bicho con capucha—. Siempre las mismas mentiras. —Dicho esto, empezó a caminar hacia la salida.
—¡Ahí está! —exclamó el bicho del escenario, como si estuviera herido—. La influencia de los demonios es tan grande que perdió su mente. Le hicieron creer que las atrocidades son cosas aceptables. Por esto es que debemos liberarlos de la corrupción de los humanos.
Siguiendo al grandulón, más personas se levantaron.
—Ahora, hay que aprovechar la gente —nos guió Ítalo. Rápidamente, nos mezclamos con los otros que se iban hacia la salida.
Afuera, la luz de las raíces brillaba tanto como para cegarnos por unos instantes.
—Bueno, no fue una pérdida total de tiempo —dijo el arquero—. Aprendimos un nombre…
—Aunque esperaba algo más de información —interrumpió Lang—. Sobre todo, por la forma en que nos trajiste acá, Dalia. —Pero ella ignoró el comentario.
—No hay tiempo que perder. Cregh, anda a buscar nuestras cosas —dijo Dalia.
—Claro —dije—, voy a hacerlas aparecer.
La gente con la que salimos ya se estaba alejando del teatro. Iba a buscar las cosas en el callejón, pero me detuve al ver que ya estaba ocupado. Dos personas vestidas de blanco, como el presentador del teatro, se encontraban frente al grandote que había interrumpido el espectáculo. Las ropas ocultaban sus figuras, pero podía ver que uno tenía escamas y el otro una cola. Ambos tenían dagas en mano y hablaban en su propia lengua con el grandote.
Por el tono con el que hablaban, eso no parecía ser amistoso. Estaba por interrumpirlos cuando llegó Ítalo y el resto del grupo.
—¿Que está pasando? —dijo Dalia, y su mano viajo a su cintura, antes de recordar que no estaba cargando con su espada.
Cuando Dalia habló, los dos bichos se giraron hacía nosotros. Aprovechando la distracción, el grandulón del teatro derribó a sus atacantes con un solo movimiento. Uno quedo inconsciente de inmediato, pero el de la capucha pudo levantarse. Saltó sobre el grandote, pero este se movió y estrelló su atacante contra una pared. El golpe fue tan fuerte que la pared se agrietó. Tras eso, hice aparecer nuestras cosas a unos metros del gigante.
—Cielos —murmuré. Pensé en recoger las cosas, pero vi que el bicho nos estaba mirando.
Bajo la luz de las raíces, más brillante durante el día, era mucho más grande. Con casi dos veces mi tamaño, era calvo, con una cabeza que podía hacerse pasar por humana de no ser su color gris. Su camisa era blanca, pero tomaba un tono rojo en su brazo izquierdo, donde yacía la daga del encapuchado.
—¿Humanos? —dijo, hablando nuestra lengua. Dio un paso hacia nosotros—. No es tan raro ver humanos en Varoa, pero es raro que estén armados.
—¿Que paso acá? —Dalia dio un paso al frente—. ¿Por qué te atacaron esos tipos?
—¡Ah, lo de siempre! Pero primero lo primero; me llamo Azus. ¿Y ustedes, extraños?
Dalia dudo un segundo, pero se presentó. Luego nos miró a nosotros, esperando.
—Me llamo Aldara.
—Cregh.
—Ítalo.
—Me llamo Lorenzo, y este es mi gato Malo —digo el vagabundo.
—Bien, bien, bien —Azus empezó a recoger nuestras cosas—. Pero… tengo que saberlo. ¿Qué hacen unos humanos acá, y por qué necesitarían armas?
Hubo un silencio corto, que Ítalo rompió.
—Estamos de paso. Vamos hacia Aqlatan.
—¿Aqlatan? ¿Humanos en Aqlatan? —El grandulón soltó una risotada—. Eso sería algo digno de ver… humanos yendo a Aqlatan por voluntad propia.
—¿A qué te referís? —preguntó Ítalo.
—No lo saben, ¿no? —El bicho murmuró, como pensando—. Veo que tienen suficiente comida para una cena. Vamos a mi casa y les preparo un estofado de rinor excelente. Justo hoy había conseguido un buen pedazo, y estaba preguntándome qué iba a hacer con él. — Y así como así, empezó a caminar con nuestras cosas y todas nuestras armas.
—Tu brazo —dijo Aldara, señalando—. Está sangrando.
—Oh, cierto, cierto. Tené. —Ítalo tomó la olla, y casi podía escuchar cómo pensaba en correr con ella.
Azus sujetó la daga y se la sacó del brazo. La arrojó al suelo y presionó su manga en la herida, que ahora echaba más sangre.
—Listo, dame eso. —Y antes de que Ítalo pudiera negarse, Azus tomó la pila de cosas y volvió a caminar.
—¿Eso es todo…? —dijo Aldara, sorprendida—. ¿No te vas a limpiar, al menos?
—No; mi padre siempre dijo que era una deshonra para un gurag tratar sus heridas. Tienen que mostrarse con orgullo. Además, solo es un rasguño. Una lástima la camisa, eso sí.
—Increíble —murmuró Aldara.
—Aunque… papá murió cuando una herida empezó a echar gusanos. Quizá no era muy buen consejo. Yo solo era un niño… Da igual, pasemos por el mercado para comprar un par de cosas y después les muestro mi casa. Ahí vamos a poder hablar.
Azus continuó caminando mientras todos nos quedamos mirando a Dalia. Ella se limitó a encogerse de hombros y empezó a seguir al grandote.
Lo de comprar un par de cosas terminó siendo una gran mentira. Pasamos toda la tarde siguiendo al gurag por los mercados de la ciudad; todo el mundo lo conocía y él les compraba a todos. Al final llegamos a su casa cargados de bolsas y cajas. Estaba seguro que había dicho lo de la comida solo para usarnos de cargamento. Durante todo el viaje tratamos de preguntarle qué había pasado en el callejón.
—Ya vamos a tener tiempo para hablar en mi casa —era todo lo que decía.
Cuando la vi por primera vez creí que era una posada, pero resultó ser un restaurante. Uno bastante grande.
—Bienvenidos a mi humilde hogar y negocio. Por si no pueden leer el cartel, lo llamo “Este Al Fuego”. Me especializo en comida de sus tierras; de Alles y más allá.
El lugar estaba vacío. Azus tomó unas sillas y las puso en unas mesas.
—Ahora bien, usualmente no cocino en mis días libres. Puedo hacer una excepción por ustedes con una pequeña condición. No voy a cobrarles… dudo que tengan algo de dinero. No; lo único que pido es poder usar esas hermosas verduras y nada más. Es difícil conseguir plantas de tan buena calidad en Varoa.
—Decinos que paso en el teatro y son tuyas —sugirió Dalia, en seguida—. ¿Por qué te atacaron esos tipos?
—Es un trato; una cena y una charla a cambio de unas verduras. Siéntense y esperen.
Pronto el fuego estuvo encendido y el lugar se llenó de aromas exquisitos. La cocina estaba muy cerca de las mesas y podíamos verlo trabajar. Afuera, la luz disminuyó y supuse que era de noche. Cada uno recogió sus armas y empezamos a discutir lo sucedido. Les conté lo que habían dicho en el teatro. Todo era mentiras. A pesar de todo, no todos los bichos parecían tragárselas.
—Por cierto —dijo Azus, mientras cortaba un vegetal extraño—. Vi que llevan el Thi-yit entre sus cosas. —Siguió cortando—. No son iluminados… —Azus se giró para mirarnos a todos, cuchillo en mano—. ¿…No?
—¿Qué es eso? —respondí, simplemente.
—Bueno, supongo que no lo son. Hubiera sido una lástima.
—¿De qué hablas? —pregunté.
—Los iluminados son los humanos que, digamos, ascendieron según la iglesia. Los que creen en sus enseñanzas y en el objetivo de ayudar a nuestro pueblo yendo en contra del suyo. Desde mi punto de vista, no son más que idiotas a los que les lavaron el cerebro. —Sin nada más que agregar, volvió a mirar su cocina y vertió el vegetal cortado en un recipiente sobre el fuego.
—No sé si lo notaron —dijo Ítalo—, pero acá en Varoa me pareció ver a un par de humanos. Quizá solo se parecían mucho.
—No, es cierto —dije—. Vi uno mientras esperábamos en el teatro, y la gente no se nos quedaba mirando, no como en Gangshi. —Estaba caminando junto a alguien; me recordó a mí y a Cresso. Pero no era que lo extrañara. No, eso era imposible.
—La gente acá es diferente —accedió Ítalo—. Y la ciudad parece estar en buen estado. Los mercados están llenos, la gente anda bien vestida…
—Y la comida es buena, ya van a ver —interrumpió Azus, mientras ponía unos platos en la mesa.
Y no mentía. Unos minutos más tarde, la mesa estaba llena de comida. Era una mezcla de platos de Alles y comidas que jamás había visto.
—Este es el rinor —dijo, señalando una carne blanca en un caldo—. Es un ave de un metro y medio. Tiene un pico que puede arrancarte la mano, pero su carne es exquisita…
Las explicaciones quedaron pospuestas para después de la comida. Después del primer mordisco, nadie quiso dejar de comer para ponerse a hablar.
—Están disfrutando de algo que muchos desean; una cena privada en Este Al Fuego —decía Azus, entre bocanadas.
Después de comer, y comer un poco más, Azus se levantó de la mesa y nos guio hasta las escaleras de la casa. Subimos dos pisos para llegar al techo. Desde ahí podíamos ver gran parte de la ciudad.
—Bueno, empezó la hora de las preguntas —dijo Azus—. ¿Qué querían saber? —Dalia bufó un poco.
—¿Qué paso afuera del…?
—¡Sí! Cierto, claro, tendría que haber supuesto que iban a empezar por ahí. Esos dos que estaban en el callejón del teatro eran miembros de la iglesia. Los mismos que mostraron esa obra estúpida. Querían silenciarme por blasfemar. —Azus pareció reír un poco ante esto—. Sí, claro. Todo el mundo sabe que lo único que puede callar a un gurag es otro gurag. Claro, o una buena cena, eso también sirve.
—Pero, ¿por qué querían silenciarte? —dijo Dalia— ¿Por qué mostraban esas mentiras?
—Eso… eso ya es más complicado, nena. —Azus dejo soltar un suspiro—. Es esa iglesia, la iglesia del Deus. Según mi madre solían ayudar a la gente, pero no sé nada de eso. Desde que tengo memoria que hacen todo lo contrario. Supuestamente, hace unas décadas pasó algo. La iglesia empezó a ganar influencia en los tarníes. El primero en ser afectado fue el de Verin. Al inicio nadie los tomaba en cuenta; un solo tarní no era nada, incluso si era el de Verin. Pero todos juntos…
—Perdón, ¿qué es un tarní?
—Ay, se me olvida que no son de por acá. Los tarníes son… son como…Son como sus reyes, así lo llaman ustedes, ¿no? Pero no son como reyes, exactamente. Cada tarní rige una región. Quizá se den cuenta de que ellos son la razón por la que no entramos en guerra con su territorio. Eso requeriría que la mayoría de los tarníes estuvieran de acuerdo en algo, y… bueno, eso es imposible —Azus empezó a reír, pero fue interrumpido por Ítalo.
—Creo que empiezo a entender. Los tarníes están cediendo ante la influencia…
Dalia miró a Azus, pensativa.
—Entonces, ¿por qué no podemos ir a Aqlatan?
Azus había perdido el buen humor.
—Todo funcionaba bien hasta que la iglesia empezó a aumentar sus influencias. Primero lo consiguieron en la región de Verin, y Latan fue la segunda. Aqlatan está en esa región. Lentamente, la iglesia fue cambiando cosas. Primero fomentaron la separación de los humanos, y al final se les prohibió la entrada a las ciudades.
—Verin —repitió Dalia—. La ciudad que marcaron en el teatro… Ahí está el Deus.
—Los otros tarníes tardaron mucho en darse cuenta, y cuando lo hicieron ya era muy tarde —continuó Azus—. La iglesia ahora controla más de la mitad de las regiones. Yo creo que empezar por Verin los ayudó mucho… Verán, es nuestra ciudad más importante. Todos los tarníes suelen hacer negocios a través de Verin. —Por eso les digo que no pueden ir a Aqlatan. Hace unos meses llegaron rumores de que el solo hablar la lengua de Alles era un crimen…Y el castigo era la ejecución pública. Ustedes vieron lo que hacen para cambiar la opinión de la gente. El teatro solo fue una de esas cosas. Aunque dudo que funcione en Varoa… la mitad de la gente tiene algún familiar en Alles.
Azus no había mentido con lo de que nadie podía callar a un gurag; continúo hablando a lo largo de la noche. Nos la historia de su pueblo y muchas cosas más; nos contó cómo había visitado Alles y cómo se había enamorado de la cocina.
—¿Y por qué hay un domo sobre la ciudad? —preguntó Ítalo.
—Es por el Deus, para honorar su ceguera. Hay algunos que están pidiendo cortar las raíces, que no haya luz en ningún momento. La gente está loca.
—Vaya…
—Pero, en fin… humanos en Aqlatan… eso es la cosa más absurda que puedo imaginar —terminó.


2 comentarios :

  1. No se atrevan a terminar la historia en el proximo capitulo :(
    Terminenla en un capitulo especial escrito en tercera persona asi hay chances de que Italo muera usando sus poderes. Ciertamente lo implico cuando menciono en este capitulo que la piedra consume su sangre y "podria estar por morir". Si la historia termina en un capitulo narrado por el, sabemos que se va a salvar. Y es lo mismo para cualquier otro personaje. Tiene que ser en tercera persona el final!

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    1. La idea es muy buena.
      Y no, no creo que termine en la próxima parte. Los otros autores despertaron de su letargo junto con el Deus. Eso va a ayudar a hacer menos obvio que el que relata mientras escribe se encuentra en una suerte de invencibilidad.
      Diría que faltan... unas 4, o 5 partes. Tal vez un poco más 7,8.
      Otra cosa, una pregunta para el público, te parece que Hanzel ganó suficiente relevancia? Con sus 2 partes y las últimas de Ítalo. Era uno de mis miedos a que quedara como un simple peón que casualmente es el hermano de uno de los elegidos lol.

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