miércoles, 10 de agosto de 2016

Madera & Hueso — 58 — Li

Recuerdo que cuando vi las construcciones y la arquitectura de Alles pensé que debía ser el lugar más impresionante del mundo. Los templos alcanzaban varios pisos de altura con intrincadas formas que se mantenían siempre estables. Las paredes estaban recargadas de detalles y los vidrios de colores jugaban con la luz. Pero Varoa había superado todo eso. Ese teatro había logrado agrandar y superar el arte del Este.
Era de noche en el negocio de Azus. Siendo tan amigable con los humanos, de cierta forma Azus nos daba una sensación de familiaridad en medio de esa tierra extraña. Nos permitió quedarnos a dormir en el segundo piso, donde apoyamos nuestras mantas. Mientras veía tanta generosidad, pensaba en lo que había dicho Ítalo. Pronto íbamos a tener que empezar a robar para sobrevivir… En ese momento, Dalia habló.
—¿No le preocupa que podamos robarle? —le preguntó a Azus.
—Oh, para nada —respondió—. La puerta pesa varios kilos. Solo yo puedo abrirla —dijo, riendo—. Que duerman bien. —y se fue, dejándonos a oscuras.
Cregh produjo una pequeña llama de vela en la punta de su dedo mientras nos acomodamos para dormir. Con algo de concentración logro suspenderla en el aire.
—Cuidado con esa llama, Cregh. No vayas a quemarle la casa —dije.
—Lo dice el que tiene una mascota pirómana —reclamó—. No me sorprendería si hubiera sido el quien provoco ese incendio allá en Craster en medio de su borrachera. —A Malo no le hizo mucha gracia su comentario, pero en vez de protestar se fue a un rincón a dormir. Uno pensaría que lo dejaría pasar, pero yo conocía a Malo. Ya se vengaría más tarde.
Cregh se concentró en la llama y la movió lentamente hasta el centro de la habitación. La llama se mantenía estable.
—Excelente —susurró, y saco el libro que tomamos del Oráculo, el Thi-yit.
—Una pregunta, Cregh. ¿Creés que pueda aprender a usar magia? —dije.
Todos me miraron, y la llama se apagado de pronto. Cregh balbuceó mientras encendía otra llama. Ahora todos lo miraban a él, esperando su respuesta. Cregh se rascó la cabeza.
—Eso es... Em... Vení, acercate. —dijo, dejando el libro a un lado y sentándose directo bajo la llama. Me puse frente a el—. Mostrame tus muñecas.
Levante mis manos y Cregh empezó a examinarlas. Ítalo se acomodó un poco para mirar.
—Esto sería más fácil si te las lavaras —dijo—. Apretá las manos.
Apreté las manos y Cregh me empezó a tocar con los pulgares.
—Ya veo...
Y me soltó.
—Nop. Nada. Jamás producirás ni una chispa en tu vida.
—Vaya… —suspiré—. Ahí se fueron mis sueños y esperanzas.
Dalia se levantó entusiasmada, pidiendo que la examinara tambien. Cregh suspiró e hizo lo mismo, aunque se demoró un poco más.
—No estoy seguro, pero creo que tenés el potencial —le dijo.
—¿Que se supone que ves? ¿Las venas? —preguntó Dalia, mirándose las palmas de cerca.
—Sí. Fijate. Las mías apenas se notan.
—¿Y yo, Cregh? —Aldara se acercó a la luz y Cregh la examino un momento.
—Cielos, gente que no se lava... Nada, tampoco. Aunque podés controlar el agua…
Cregh miro a Ítalo.
—Quiero mirar el libro. ¿No me vas a pedir que te revise? —preguntó.
—Yo ya sé el resultado. —sonrió Ítalo.
Cregh volvió a donde estaba sentado para examinar el libro.
Me recosté sobre mi saco, mirando la llama de Cregh. Me cubrí los ojos con mi mano derecha, y rápidamente me quedé dormido.

Desperté poco después, aun cansado. Había un ruido que no podía identificar. Me levanté para ir a revisar, cuando recordé lo que había dicho Azus sobre la puerta. Me dejé caer de vuelta sobre el saco.
—¿Estas despierto, Lorenzo? —susurro Ítalo, que se había acostado frente a mí.
—No, Lang… —respondí—. ¿Qué es ese ruido?
—Suena a una gran cantidad de gente. Quizás sea un carnaval…
De pronto, una luz se filtró por debajo de la puerta y se abrió.
—Me parece que van a tener que irse —dijo Azus. Estaba vestido con un pijama que le quedaba pequeño—. Los de la Iglesia están protestando afuera porque los dos tipos que me atacaron murieron.
—¿Qué carajo? —dijo Ítalo. Miré al resto, que recién se estaban despertando.
—Nos vieron a todos juntos —dijo Azus—. No es seguro para unos humanos. Creo que es mejor que se vayan antes de que se ponga peor.
Juntamos nuestras cosas y seguimos a Azus hasta la salida trasera. La luz del domo parecía estar volviéndose más brillante, así que debía estar amaneciendo.
Azus caminó cautelosamente hasta el final del callejón y se asomó a mirar. Hizo una seña para que nos acercáramos.
—Parece que por acá no hay nadie. Corran hacia allá —dijo, apuntando a la derecha—. Hasta llegar a las puertas de la ciudad.
—Venimos de esa dirección —dijo Dalia—. Tenemos que ir al oeste, no al este. Es nuestra misión.
Azus suspiró.
—Miren, hablo en serio cuando les digo que las cosas se ponen peores.
—No te preocupes, un Oráculo nos dijo que no parasemos en ninguna ciudad —dijo Dalia.
—A menos que necesitemos traducir el libro… —dijo Cregh—. Intenté leerlo anoche y no pude. Creo que debemos ir a la Gran Biblioteca. —Azus se ponía más ansioso con cada segundo.
—¡Escuchen! Es imposible que entren ahí —exclamó—. No se permiten humanos.
—¿Aunque sean iluminados…? —se me ocurrió. Azus se quedó pensando.
—Mierda, nos vieron —dijo Ítalo. Azus nos empujó hacia la derecha, pero empezamos a correr en dirección opuesta. Azus fue tras nosotros.
—¡Tontos!
Las manos de Cregh brillaron, y una luz blanca nos envolvió. Al dar el siguiente paso, mis pies no tocaron el suelo. Caí de cara contra el piso, pero los demás aterrizaron bien.
Traté de levantarme, pero volvieron mis dolores. Lo ignoré y me esforcé en ponerme de pie.
—¿No podías hacer esto antes? —dijo Azus. Cregh estaba mirando alrededor. En las calles solo había un par de bichos que no nos prestaban atención.
—Un grupo nos estuvo siguiendo —dijo Cregh—. Quería comprobar que estuvieran acá… Pero creo que no son iluminados. Han matado a gente de la iglesia. Apurémonos, de todas formas.
—Azus, ¿Qué salida nos lleva hacia la biblioteca? —preguntó Dalia.
—No van a cambiar de opinión, ¿eh? —suspiró Azus. Síganme.
Cregh nos había dejado cerca de las puertas. Llegamos luego de unos minutos.
—Acá los dejo, entonces —dijo Azus, luego de recuperar el aire—. Este camino los va a llevar hasta Aqlatan.
—¿Vas a volver? —preguntó Dalia—. ¿Con toda esa gente? —Azus rió.
—Tranquilo, Lorenzo. Pensaba viajar a Alles pronto, pero quizá tenga que hacerlo antes de lo previsto…
—En el puerto de Gangshi hay un marino llamado Ernesto Alibar —dije—. Decile que venís de parte nuestra, seguro te hace un buen precio.
—Lo voy a tener en cuenta. Estoy pensando en poner un restaurante y servir comidas de acá. Si vuelven vivos y nos volvemos a encontrar… les voy a preparar un buen almuerzo.
—Espero poder probar tu comida de nuevo —dijo Aldara. Azus soltó una risotada.
—Gracias. Me voy antes de que esos idiotas empiecen a vandalizar mi negocio. Hasta luego.
Azus dio la vuelta y nosotros cruzamos la puerta de la ciudad.

Una vez fuera del domo volvimos a ver el cielo claro y azul.
—Bueno, entonces… —empezó a decir Dalia.
—¿Sí? —pregunté.
—Necesitamos esas túnicas blancas. Cinco de ellas.
—Mantengamos cierta distancia del camino —dije—. Si vemos a un grupo de Iluminados, los asaltamos.
—Si vos lo decís... —dijo Dalia.
Empezamos a atravesar un bosque junto al camino. Cregh se aclaró la garganta y empezó a hablar.
—Estuve analizando el Thi-yit anoche. Sucede que no usa el idioma del Oeste, es más antiguo. Es una variación muy arcaica, con glifos especiales… Por lo que supongo que el “Libro de Rossetta” que menciono el Oráculo será una especie de diccionario.
—Si era un Oráculo tiene sentido que tuviera una copia de su texto sagrado cercano al original —dijo Ítalo—. Leí algunos libros con la lengua alta, quizás pueda entender algo. —Ítalo le extendió la mano a Cregh y este le entrego el libro. Luego de ojearlo un momento, se acercó a Cregh para preguntarle cosas. Mientras tanto, yo miraba el bello paisaje.
—Espero que no haya más pajarracos en este bosque. No quiero tener que salir de noche a un área abierta...
—Ya veo… —dijo Ítalo. Nos lo quedamos mirando un momento.
—¿Y? —preguntó Dalia.
—No entiendo una mierda. —Ítalo le devolvió el libro a Cregh—. Es demasiado antiguo. Solo un profesor podría descifrarlo.

En poco tiempo nos encontramos con un extenso campo de trigo con un molino en medio. No muy lejos había a una casa con un bicho descansando enfrente, que nos saludó desde lejos.
—Ya quisiera que todos fueran así. Incluso en Alles —comenté, sin pensar mucho.
Dejamos la casa atrás y nos encontramos con un pozo. Aldara logró sacar agua para llenar sus canteras.
Descansamos bajo la sombra de unos árboles por unos minutos, y luego continuamos nuestro viaje. El sol golpeaba más fuerte a cada momento, pero luego nos volvimos a encontrar con un bosque. Encontramos algunas frutas que no habíamos visto antes.
Oímos una gran cantidad de carretas acercarse a nosotros, en dirección a Varoa. Nos acercamos un poco al camino y nos detuvimos a observar. Eran lagartos. Nos quedamos observando hasta que pasaron todos.
Luego de una hora de camino encontramos una calavera vieja al pie de un árbol. No reconocí la especie.
—Espero que no haya sido grave —dije.
—Le paso por cabeza dura —agregó Cregh. Solo él y yo reímos.
—Deberíamos detenernos a comer y descansar un rato —dijo Dalia.
—Diría que pronto va a atardecer —dijo Ítalo—. Preferiría tratar de encontrar refugio.
—No sé... a mí no me agrada mucho la idea de dormir en un lugar donde podría llegar gente —dijo Aldara—. Aun pienso en lo que ocurrió más atrás...
—Aldara tiene razón —dije—. No creo que detenernos un poco haga mucha diferencia. Disfrutemos el viaje un rato...
Así pasaron unos minutos, cuando noté una nube de polvo levantándose por sobre los árboles. Les dije a los demás que se quedaran atrás, y me acerqué a ver. Se acercaba una carreta. Pude ver que venían tres personas vestidas de blanco.
Corrí a la mitad del camino y me puse en su camino. Los caballos se detuvieron a un metro de mí. Los tres bichos definitivamente eran Iluminados.
—Hey, ¿qué te pasa? —gritó uno, mientras se bajaba—. ¿Quién sos?
—Andrea —dije, sin pensar.
—Eh… bonito nombre.
Saqué mi revolver nuevo.
—Esto es un asalto —dije, apuntándoles. Los tres me miraron confundidos.
—¿Qué es eso? ¿Un juguete? —dijo un alto. Apunté hacia un árbol y disparé. La rama salió volando y todos saltaron, incluso los caballos. Yo también; todavía no había probado el revólver, y casi me vuela la mano.
—No quieren ver lo que le hace a una persona —dije. Los sujetos retrocedieron.
—E-Está bien. Román, entrégale la carga —dijo el alto, empujando a uno de sus compañeros. Este se subió a buscar algo—. ¿Un humano robando en estas tierras? El Deus te castigara por tus actos...
—¿La carga? —alcancé a preguntar. Me lanzaron una bolsa a mis pies. Salieron un montón de cubiertos y cálices de plata—. No pedí tenedores. Quiero las túnicas. —Los tres sujetos se miraron entre ellos.
—¿Qué?
—Las túnicas. Quítenselas. —Hice golpear el martillo de mi revolver—. No quiero tener que mancharlas con sangre.
Los tres hombres se quitaron las túnicas, y uno de ellos... quedo sin nada con que cubrirse. Me las lanzaron y se acercaron a recuperar las dos bolsas. Se fueron tan rápidos como el viento.
—Ya volviste —dijo Cregh, cuando me acerque—. ¿Y eso?
—Son tres túnicas —respondí—. Pasaron unos bichos y aproveche de sacárselas.
—Por lo menos tres de nosotros van a poder entrar a Aqlatan.
—Es algo —mascullé—. Cregh, ¿podes prender un fuego? Tengo algo de frio.
—Cuatro años en la universidad para servir de hoguera… —suspiró Cregh.
—No te preocupes; te queremos igual —bromeó Aldara.
—Este bosque me deprime un poco, la verdad —dije—. No estoy seguro de por qué.
—Ah, entonces no era la única —dijo Dalia. Levanté una ceja—. Me da cierta nostalgia. Vivía junto a un bosque parecido a este.
—Yo tambien —dijo Aldara—. Lo extraño, aunque no tenga muchos buenos recuerdos.
—¿A qué te referís? —pregunté, sin tacto alguno.
—No… no creo que te interese, la verdad. No quiero deprimirte.
—Podes decírmelo. No creo que me importé tanto —dije. Aldara me miró fijo.
—Bueno… mi mama no me quería mucho —empezó a contar—. Recuerdo que de pequeña no era así, pero cambio luego que se fuera papá. Empezó a tomar alcohol y a decirme que papá se había ido por mi culpa… Y me insultaba... Bueno, nos insultaba a todos.
—¿Tenias hermanos? —pregunté, interesado.
—Tenía tres. Uno un poco mayor que yo. Él siempre trataba de ayudarme; me ayudaba a juntar dinero. Mama inventaba historias y ponía a los dos menores en mi contra, aunque pienso que quizá sabían que algo andaba mal.
—¿Entonces te escapaste de la casa?—dije.
—No... realmente. Papá había arreglado un matrimonio con un amigo antes que se fuera. Pero era un cerdo. —Al principio Aldara había hablado con tristeza, pero ahora se podía sentir un fuerte odio en su voz. Me tomo por sorpresa—. Mama me hizo irme a vivir con él, y yo acepté creyendo que sería mejor que estar con ella. Pero me equivoque. —Bajó la mirada y se puso a ver el suelo—. Por lo menos mamá solo me insultaba. Rodrigo usaba los puños… cuando hacía algo mal o cuando se le daba la gana.
—Aldara… —dijo Dalia, que parecía haber olvidado sus propios problemas por primera vez en mucho tiempo. Todos estábamos escuchando.
—Pero algo me mantenía con fuerzas —dijo Aldara—.  El mejor amigo de mi padre… él era como mi segundo papá. Tuvo que irse, pero le prometí que siempre lo iba a esperar… Todavía lo espero. Por eso tengo que sobrevivir. Por eso me fui. Poco después recibí el llamado de Wendagon, y los conocí —y sonrió. La historia había terminado de repente.
—Esperá, esperá —rompí el silencio—. El otro día dijiste que fuiste con Wendagon porque escapaste de un calabozo. —Aldara sonrió aún más.
—Ah, sí —rió—. Traté de entrar a Veringrad sin que me vieran y los guardias me encerraron. Luego me escapé y me encontré con Wendagon.
—Ya veo. Ya estaba pensado que había sido por algo grave —dije, riendo tambien. Que había matado a alguien… Qué gracioso.

Descansamos en silencio por unos momentos. En cierto punto, noté que había cerrado los ojos. Quizá estaba más cansado de lo que creía… Entonces me llamó.
No creía haber escuchado nada, ni siquiera sabía porque había tenido esa sensación. Traté de ignorarlo, pensando que ya estaba a punto de caerme dormido. Pero lo escuché claro como el día.
Hijo.
Me llamaron de nuevo. El viento empezó a soplar.
Hijo.
Las estrellas brillaban con más fuerza.
Te extrañé.
Puso su mano en mi espalda.
—Yo también, papá —dije, tratando de alcanzar su alto hombro. Había caminado lejos de casa por tanto tiempo…
Y de pronto, todo se fue. Abrí los ojos. Cregh me estaba tocando el hombro para que me despertara.
—Vamos, vagabundo. Nos ponemos en marcha.
—Eh… Sí. Sí —balbuceé. Ese había sido un sueño extraño. De la clase que odiaba.

—Hay que seguir hacia adelante —dijo Ítalo, levantando la vista y sonriendo—. Al menos la luna nos acompaña de nuevo.

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