jueves, 24 de noviembre de 2016

Madera & Hueso — 60 — Ítalo


Me quedé con Lang mientras el resto iba a buscarnos ropas. Íbamos a encontrarnos de nuevo en el puente, pero no teníamos razón para esperarlos ahí. Con Malo como guía, el pistolero y yo nos dirigimos a rodear la montaña. El tiempo pasó mientras bordeábamos la ciudad por la derecha. Encontramos otro puente colgante más bien apartado de la entrada principal, donde no había nadie que pudiera vernos. Ya habíamos caminado hasta el otro lado de Aqlatan, y recibíamos la mejor parte del sol. Nos metimos en una gran arboleada e insistimos con la caminata.
La flora del Oeste era hermosa, pero en una manera distinta a la del Este. Parecía tan… áspera; sus colores nunca variaban de un verde oscuro. Aun así, las formas de sus hojas eran muy diversas y de texturas que jamás había visto. Algunas parecían hechas a mano, o cocidas, o fabricadas con seda o algodón; pero había una extraña ley que prohibía que algo fuera distinto a ese color verde.
Al rato encontramos un gran claro con un lago en su seno. Decidí solo tirarme en el pasto, mientras que Lang tomó lugar en una piedra a la sombra. Ahí tirado pude notar cuán cerca estaban las nubes; parecía que podía soplarlas sin más. Mirando más allá de los arboles noté que parecía que se avecinaba una gran tormenta. Si no recordaba mal, no habíamos tenido ningún cruce con nubes en el viaje hasta la ciudad; solo había habido algunos pedazos dispersos por el cielo. Aunque claro, después de ver imágenes en movimiento y a un domo de raíces, nada podía negarse en el Oeste.
Con la suave brisa me quedé inmerso en sueño ligero y muy agradable… hasta que Lang me sacudió para que me levantara.
—Ítalo... mira eso… —habló Lang, casi susurrando.
Había un animal al otro lado del lago, que se había acercado a beber agua.
—¿Eso es… un oso? —murmuré, dormido.
—Dioses…es un oso de verdad, en el Oeste —dijo Lang, y por fin me desperté.
—Apenas vi unos pocos en Alles, ¿qué hace una bestia así acá? —dije.
—No me interesa, pero tenemos que cazarlo. Son cuatrocientos kilos de carne asegurada —dijo Lang.
Tomé mi arco y flechas mientras me incorporaba. Lang ya había desenfundado una de sus pistolas. Nos movimos, rodeando el lago tan sutilmente como pudimos. Nos acercamos paso a paso a la bestia, que bebía sin preocupación alguna. Cerca, más cerca, pero seguíamos sin poder dar un disparo letal. No podía procesar el hecho de que hubiera una criatura salvaje en el Oeste; ciertamente era la primera que veíamos después de aquellos caballos. Era nuestro boleto para comer carne roja después de un buen hiato.
Uno no debe entusiasmarse tanto, porque lo que fácil viene fácil se va. El oso levantó su cabeza, con las orejas en punta, y se escabulló hacía el bosque en un parpadeo.
—Mierda —concluyó Lang.
—Es imposible que sea el único de su especie; deben haber más como él —dije.
—Ya sé, pero realmente quería cazarlo ahora. No puedo sacarme de la cabeza que algo va mal.
Miré a Lang y después al cielo. Tal vez habían pasado cuatro horas desde que los otros habían entrado; quizá un poco más. El sol ya estaba descendiendo. Les habíamos prometido que íbamos a entrar si seguían ahí cuando saliera la luna.
—Calma, todavía falta para la noche —trate de calmarlo, pero Lang me interrumpió.
—No, no es eso. Algo me dice que esto va mal.
—Imagino que Cregh los hubiera transportado hasta acá si algo se hubiera ido de las manos.
—Como sea… todo esto me da mala espina —insistió—. ¿No lo sentís?
Notaba algo en mi piel, pero era cuestión de que la temperatura había bajado. También podía ver que la tormenta no estaba muy lejos de nosotros, a pesar de que podía olfatear algo más en el ambiente.
—No deberíamos dejarnos llevar por corazonadas —dije—. Pero puede que tengas razón.
—Es algo más que una corazonada. No creo poder describirlo, en una palabra, pero esta acá. Por más que no pueda ver a esta sensación, siento que podría abrazarla hasta hacerme un retrato con ella, y aunque en el retrato no se vería otra cosa que mi rostro cada vez que lo mirase encontraría la misma sensación que tengo ahora.
Era difícil contestar al discurso de Lang cuando lo único que sentía era un poco de frío. Podía notar que pasaba algo, pero no me llevaba a la desesperación. Sabía que seguramente no era nada. Traté de recordar cuanto tardaba Cregh en llenarse de luz las manos cuando nos transportaba, y las posibilidades de que hubiera peligro parecían disminuir. Solo necesitaban un parpadeo para escapar.
—Todavía faltan dos horas para que anochezca, ¿qué preferís hacer? —le dije.
—Mientras dormías envié a Malo a conseguir información. Con un poco de suerte va a volver pronto.
—Ahorremos tiempo; empecemos a caminar hacia allá.
Ni siquiera habían pasado cinco minutos cuando vimos el puente colgante que llevaba a la entrada y a Malo en su forma canina. Hasta un estúpido podía darse cuenta de que algo no iba bien.
Malo soltó un ladrido con una voz mucho más ronca y seca, y Lang pareció entender algo.
—Mierda. Vamos, rápido.
El pistolero agachó la cabeza y empezó a correr hacía la entrada que habían usado los chicos; yo lo seguí atrás. Claramente eso se había ido de las manos.
—¿Cuán grave es? —pregunté.
—Más de lo que puedo explicar ahora mismo.
Llegamos al puente a toda velocidad. Lang se encontraba en buen estado físico, de hecho.
En el otro extremo había dos lagartos de guardia, uno a cada lado del camino. Tuvimos que parar y pensar nuestro siguiente movimiento, aguantando la ansiedad que nos pesaba en cada centímetro del cuerpo.
—Tenemos que ocuparnos de ellos —le dije.
—Del uno al diez, ¿cuánto debería confiar en tu puntería? —-me preguntó.
—Diez. ¿Cuánto debería yo?
—Once —remató—. Vamos.
Lang cruzó el puente colgante, con Malo como gato. Cuando faltaban unos pocos metros para toparse con los guardias crucé al puente y preparé la flecha. Tan rápido como levanté la mirada vi como la cabeza del guardia de la izquierda explotaba, dejando una obra primitiva de sangre en la pared con algunos relieves de carne. Antes de que su compañero pudiera reaccionar, la flecha ya había salido disparada desde mis dedos y en una fracción de segundo estuvo alojada entre sus ojos. Corrí hasta Lang y saqué mi flecha del guardia lagarto.
—La entrada esta libre —dije—. Bienvenido a Aqlatan, Lang. Ya podés empezar a darme detalles de lo que paso. —Lang suspiró.
—Bueno, voy a tratar de ser lo más directo posible. —El pistolero buscó en su cabeza por las palabras adecuadas, y se esforzó por verse más tranquilo de lo que estaba—… Yo diría que están por ejecutar a Aldara, Cregh y Dalia.
—Mierda. —Sabía que era grave, pero no tanto—. Al menos aún están con vida.
—Eso espero.
La ciudad parecía desierta, lo que nos hizo olvidar por un momento que necesitábamos prendas blancas si no queríamos que nos ejecutaran también. Malo nos guió hacia adelante por unas cuantas cuadras que ascendían por la montaña. Al pasar una esquina escuché pasos justo detrás de los nuestros. Tomé del brazo a Lang y nos metí en un pequeño callejón.
—Parecían voces humanas —susurré—. ¡Todavía necesitamos las prendas!
Se hizo un pequeño silencio donde pudimos escuchar mejor, y afirmé lo que sospechaba: eran voces humanas. Lang sacó un revólver.
—No queremos sangre en nuestras túnicas —reproché—. Malo, necesito que los distraigas.
El gato salió del escondrijo y anduvo derecho hacia el objetivo sin pensarlo dos veces. Saqué la cabeza para poder ver al fin a nuestros objetivos.
—Son dos. Yo tengo la derecha, vos la izquierda. ¿Bien? —Lang asintió—. En mi marca.
Malo se había puesto en el camino de la pareja de humanos, y jugueteaba con sus túnicas como afilando sus garras. Era más que suficiente; estaban quietos y de espalda a nuestra posición.
—Ya.
Llegamos hasta sus espaldas en tres pasos rápidos. Lang tomó su posición y con un culatazo en la cabeza termino con su trabajo. Opté por cargar energía en mi mano izquierda, y fundir a mi iluminada. No sabía cuanta energía sería necesaria, pero pegué mi cuerpo al de ella, y pude sentir como sufría las mismas descargas que aquella noche en el castillo de los Robler cuando la piedra se pegó a mí. Cerré los ojos mientras sentía como su cuerpo se unía a la violenta vibración. Sin que siquiera pudiera largar un suspiro, ella yacía en el piso. Y sin sangre; lo más importante. Levanté mi cabeza y pude confirmar que nadie nos observaba en ninguna de las cuatro direcciones.
—Sin testigos.
Estábamos arrastrando los cuerpos hasta el pequeño callejón cuando un lagarto apareció por una ventana y nos encontró. Saqué mi arco en un instante y el lagarto tuvo una flecha en su trompa un segundo después. Ya había notado como la piedra aumentaba la velocidad de mis reacciones y de mi cuerpo en prácticamente todos los aspectos.
—Sin testigos —me repetí.
Les sacamos sus prendas a los humanos, y nos convertimos en unps iluminados más. Comprobé que tenían una simpática capucha de la que hice uso.
—¿Está muerta? —preguntó Lang, mirando a la humana a mis pies.
—No sé. Es la primera vez que pruebo esto en alguien con la intención de matar. Es posible que este en un estado de conmoción, pero sigue viva. ¿Deberíamos...?
Lang estiró la mano, pidiendo algo. Le alcancé la daga que Marco me había regalado. Lang se arrodilló y puso la daga en el cuello de su humano.
—Sabíamos que en cuanto pisáramos el Oeste solo quedaba el trabajo sucio —dijo, justo antes de que una lenta cascada roja surgiera del iluminado. Se dirigió a la chica sin perder el tiempo—. Sin testigos, ¿no?
El pistolero ejecutó el segundo corte y me devolvió la daga. Lo miré de pies a cabeza, asegurándome de que realmente fuera Lang; su mirada había cambiado. ¿Cuánto estábamos dispuestos a cambiar por el bien de nuestras tierras?
—Vamos… no tenemos tiempo de sobra —balbuceé.
Malo movió la cabeza para que nos apurásemos y para guiarnos en nuestro camino. La ciudad parecía desierta; no había un alma fuera en las calles. Habíamos tenido mucha suerte en encontrar a esos iluminados. El camino se volvió cada vez más empinado, buscando llegar a la cima de la montaña. Nuestro paso se aceleró hasta convertirse en un trote intenso. Comprendimos cuán grande era Aqlatan.
Las calles se bifurcaban junto al suelo irregular; la ciudad parecía volverse un laberinto en el que los colores claros eran los protagonistas principales. Sus paredes blancas parecían funcionar como reflejos del sol para aprovechar cada segundo de luz, mientras que las nubes bajas cubrían a la ciudad en sombras.
Cuando parecía que de verdad no íbamos a encontrar más que los cadáveres que habíamos dejado, apareció una pareja de lagartos parecidos a los guardias de la entrada. Se encontraban una cuadra adelante; bajamos el ritmo. Justo delante vimos más gente caminando en una misma dirección. Lang se me acercó.
—¿No te parece que nos vemos sospechosos?
—Ciertamente, y va a ser aún más si alguien nos escucha hablando nuestra lengua. ¿Esa gente está relacionada con lo que le esté pasando a los nuestros? —pregunté. Malo maulló algo y Lang escuchó.
—Sí —dijo—. No estamos lejos. No hablemos más, y caminá un poco más rápido.
Unos segundos más tarde nos mezclamos entre el resto de los seres que marchaban, andando como ganado en una dirección única; pero tenía que guardarme todos los comentarios hasta que llegásemos a donde sea que estuvieran los chicos. Avanzar se volvió un problema cada vez más grande mientras el flujo de gente crecía. La gran mayoría eran lagartos como los que habíamos matado. Resaltaba algún que otro iluminado, con sus prendas blancas entre las escamas oscuras. No parecíamos llegar a nada, y las ansias empezaron a ganarnos. Bufí impaciente mientras un puto lagarto nos tapaba el camino, y ni siquiera podíamos abrir la boca para que se corriera.
Seguimos avanzando tan rápido como se nos era permitido, con el perfil bajo y la mirada clavada en el piso.
Fue cuando seguir delante en verdad era tener que forzarse entre los hombros del resto; ahí fue que aparecieron los cuervos. Si el ambiente no era lo suficiente malo, la presencia de sus picos y plumas negras inundó mi mente; mi sangre parecía incapaz de fluir. Caminé con la cabeza todavía más baja.
Me atreví a levantar la cabeza y mirar el cielo. Por si nada pudiese ser peor, todavía faltaban varias horas para que la luna nos estuviese acompañando y aconsejando. Los días eran cada vez más largos, y parecía que nuestras esperanzas se derretían bajo los rayos de sol.
De pronto, un pequeño zumbido en mis oídos se transformó en una voz que se hacía más nítida con cada paso. La gente ahora parecía dedicarse a tomar un lugar y ponerse cómodo. Miré a Lang, que tenía los ojos como platos al escuchar la voz. No entendíamos las palabras, claro, pero nos decía que estábamos cerca. Y estábamos entendiendo que todo eso no iba a ser muy diferente a cualquier ejecución pública en Alles. En esa tarde se asesinaría por un crimen; el de existir.
La voz entorpecía el aire, hablaba con mucha claridad. No escuchaba bien, pero podía entender algunas palabras gracias a mi educación.
Lang me golpeó el brazo y señaló hacia arriba. Me puse en punta de pie, y entre las bestias pude ver un escenario de madera con sus tres protagonistas sobre él. Ahí estaba nuestro grupo, junto con un vocero que hacía sonar su voz con un cuerno.
Una multitud nos separaba del lugar; llegar hasta allá de verdad era imposible.
—Ítalo, necesitamos un plan… ahora.
Traté de buscar algo que sirviera con la mirada, pero simplemente no lo encontraba. De verdad no había lugar a donde ir. Nuestra movilidad no hacía más verse reducida más en cada momento. Nos hallábamos rodeados de cuerpos enormes, sin poder ver bien nada a nuestro alrededor. La voz le daba vida a la multitud, que parecía empezar a enojarse. El vocero ya no estaba solo; ahora el público respondía y magnificaba todo lo que decía. El lugar se volvió una jungla, en un bullicio constante que anulaba cualquier idea distinta. Nuestro tiempo se agotaba.
Mi cabeza dejó de pensar en un plan para considerar la situación de que tuviésemos que llegar a Verin siendo solo dos. Tendríamos que derrotar al mago negro, a aquel cuervo enorme, al deus. Mis ojos se perdieron pensando en lo remotas que se volverían las oportunidades, que si nuestros tres compañeros morían ahora nosotros les seguiríamos pronto. Qué pequeños éramos frente al Oeste, qué diminutos nos volvíamos frente a esa multitud que latía al ritmo de los tambores del discurso del vocero. Qué inútil se volvía todo; qué fracasados habían sido los Oráculos; qué malditos fueron los dioses al ponernos en un camino donde los nuestros morían y las almas que quedaban no serían suficientes. Si éramos dos sería poco más que una misión suicida. Pero entonces recordé que no éramos dos.
Busque en mi bolso por mis pergaminos verdes. Una vez que tuve uno en cada mano, trate de encontrar a Malo por el suelo.
—¿¡Dónde está Malo!? —exclamé a Lang, por sobre el ruido—. Decile que se suba a mi hombro.
Lang buscó a su gato negro por el piso y le dio indicaciones. Mientras tanto, yo pegaba el papel adhesivo en mi antebrazo izquierdo.
El quitnar se subió a mí de un salto ágil.
—Necesito que lleves esto hasta los techos —le dije mientras posaba el segundo pergamino en su boca.
Los segundos en los que Malo andaba se hacían eternos. No había manera de controlar las pulsaciones de nuestros corazones; cada segundo que seguíamos ahí sin poder hacer nada era un tormento. Cuando pensamos que nuestra tortura estaba por llegar a su fin, cuando Malo estaba cerca, la voz cambió. Me esforcé por recordar mis lecciones y entenderla.
—Cuan poco les falta para abrazar la eternidad… —decía—. Humanos… —masculló, y se giró hacía la multitud—. Hermanos, acá tenemos tres ejemplos de lo que ellos están hechos. Podríamos abrir sus cerebros y sus corazones, cortarlos justo en dos para poder admirar cuan oscuro es lo que llevan adentro. Cuantas tinieblas, cuanta muerte, cuantos pecados, cuantos vicios afloran y se festejan. Pero ya tenemos suficiente en el exterior…
Al fin vi una mancha negra a unos cuantos metros sobre el suelo. Perdí toda conexión con el discurso. Malo se encontraba trepando hasta lo más alto de un edificio.
—Lang, apoya tu mano acá —le dije, señalando el pergamino pegado en mi brazo—. Ya.
Miré arriba, buscando al gato que ya estaba en los techos. Lang puso su mano en mi brazo y en un abrir y cerrar de ojos estábamos donde queríamos.
—Cómo… ¿Qué? —balbuceó el pistolero.
—Pergaminos mágicos; un regalo de la familia. Por cierto, gracias, Malo.
—Pero... —Lang iba a hacerme más preguntas, pero se concentró—. Bueno, ahora sí podemos hacer algo.
—No tenemos tiempo. Están a punto de ejecutarlos —volteé para ver a Cregh, Dalia y Aldara con una soga en sus cuellos y miré alrededor—. Dioses, creo que jamás vi a tanta gente junta.
—El que está hablando, ¿será el tarní de esta región? —pregunto Lang.
—Es posible. Toda esta mierda tiene características de algo más que trascendental… Dioses, cuánta gente.
¡Pusieron a dormir a nuestro dios y se atreven a pisar nuestras tierras! —gritaba el vocero—. Y no solo eso, quemaron una de nuestras capillas en cuanto pusieron un pie en la ciudad… traigan la muerte a ellos —y la multitud perdió la cabeza.
—Lang, mirá la fuente aquella. ¿Ves cómo se mueve el agua? Estoy seguro de que es cosa de Aldara.
—No creo que pueda salir de esto sola —me dijo—. Mirá, no hay nadie detrás del tarní. Solo hay algunos de esos lagartos guardias por el frente.
—No digas más.
Até el pergamino a una flecha y disparé. Era un tiro de unos ochenta metros y el peso extra del papel lo hacía algo bastante difícil, pero la flecha cayó justo detrás del escenario. Le ofrecí mi brazo a Lang para que pudiésemos transportarnos.
Al llegar, levanté el pergamino y vi que su efecto había expirado. Llevar dos personas consumía mucho más de lo normal.
Al levantar la cabeza podía verse a nuestros tres compañeros subidos en el escalón que debía causar que sus cuellos se rompiesen al caer.
—Bien, todavía no terminó su discurso —susurró Lang. La voz del vocero seguía retumbando, lanzando gritos en su idioma.
Rodeamos el escenario y nos escondimos detrás de unas escaleras para bajar.
A unos metros estaba el cuervo que parecía ser el verdugo. El vocero terminó su discurso y, lleno de rabia, lanzó su cuerno al piso. Bajo del escenario riendo como un enfermo y se dirigió hacía al verdugo.
—Cubrime —murmuré.
Subí las escaleras hasta el nivel donde estaban los tres colgados. El más cercano era Cregh.
—Que le den a toda tu puta iglesia y tus creencias —lanzó cuando sintió a alguien por su espalda.
Corté la soga de su cuello, y la multitud no tardó en darse cuenta que algo iba mal. Cregh se giró hacia mí, sorprendido.
—¿Qué carajo?
—Inventá algo para protegernos, rápido —le dije mientras cortaba las cuerdas en sus manos.
Me dirigí hacía Aldara para ocuparme de sus nudos. El cuervo intentó tomar por el cuello a Cregh, pero sonó un estallido feroz, y vi al ave desplomarse sin cabeza.
Estaba cortando la soga de nuestra Nereida cuando la escuche gritar.
—¡DALIA!
Cuando me giré ya era tarde para notar que otro verdugo había subido por el otro lado. Apuñaló a Dalia por la espalda, empujándola hacia su muerte en la horca. Esto fue seguido por una ovación; toda esa gente había venido a ver morir a unos herejes, y ahí iba la primera. Tal vez ni siquiera había terminado de concretar una sonrisita cuando mi daga le atravesó el cuello. El cuervo se estabilizó sin dejar de toser y escupir sangre, y levantó una de sus alas para intentar tirarme fuera. Su movimiento fue muy fácil de esquivar, y lo pateé hacia abajo. El verdugo cayó hasta el piso con un golpe seco. Al fin corté la soga que mantenía a Dalia colgada en el aire.
Entonces, una luz roja nos envolvió a todos. El escenario empezó a ser rodeado por una especie de membrana roja en forma de cúpula. Ahora apenas se escuchaba el bullicio de afuera. Se sentían golpes contra la pared mágica, pero no lo conseguían romperla. Nuestro mago había podido conjurar ahora que tenía las manos libres.
—Cregh, nos vamos. Ahora mismo —le advertí, al mismo tiempo que notaba que su mirada se clavaba hacia sus pies y Aldara lloraba sin consuelo. Ahí estaba Dalia en un charco de sangre, sin respuesta.
—Dioses, ¿por qué no se recupera como siempre? —Lang estaba en un piso inferior del escenario, tratando de revivir a Dalia de alguna manera.
—Cregh, vámonos, ahora —insistí—. Podemos curar a Dalia en otro…
—No respira —declaró Lang—. Va a morir.
Mi cuerpo se entumeció y mi mente pareció desconectarse. Caí arrodillado. Traté de controlar mi lengua para pronunciar palabras, pero nada funcionaba. Pude reaccionar después de un largo silencio.
—¡Cregh! ¡VÁMONOS, AHORA! —grité, desesperado.
Tomé mi daga y liberé los brazos de Aldara, que estaba llorando en el piso. Traté de ponerla de pie, pero solo se tomaba la cara. Cregh bajó al nivel donde estaba Dalia. Volví a gritarle que nos sacara de ahí lo más rápido posible. La membrana comenzó a agrietarse; insistí en irnos. La membrana se debilitó aún más.
Aldara levantó una mano hacia adelante y se puso de pie. En ese momento, en el mismo instante en que me preparaba para combatir cargando mi cuerpo con la energía de la piedra, vi los ojos de Aldara y noté que su tormenta había llegado.
La membrana se pinchó como una burbuja, y al instante miré hacía la enorme fuente que había detrás del escenario. El agua empezó a alzarse, tornándose en un remolino violento que hacía volar a las cosas alrededor. El tornado de agua comenzó a moverse y a repartir terror entre aquella multitud eufórica.
Bajé la mirada y vi que Lang y Cregh se estaban llevando a Dalia. Llené mi cuerpo con la rabia que sentía y recibí a los guardias ingenuos que intentaban acercarse. Acumulé energía en mis dos manos y la proyecté hacía afuera. Rayos surgían de mí y golpeaban a los guardias que se arrimaban por ambos lados del escenario.
Noté que de pronto la temperatura había descendido demasiado. Me volví hacía Aldara, que poco a poco estaba convirtiendo toda su agua en hielo; en un tornado sólido. Pedazos de cristal volaban en todas direcciones, cayendo al azar sobre todos los presentes.
Ya era demasiado tarde para impedir el baño de sangre que Aqlatan iba a recibir.
La gente corría en todas direcciones, totalmente perdida. La fiesta se había tornado en pesadilla en menos de un minuto. Traté de parar a Aldara, tomando sus brazos, pero se giró hacia mí y no me reconoció.
Me di vuelta, asustado, y me puse a correr por un lugar seguro. Volteé una sola vez antes de ponerme bajo techo. Me asomé para ver como todos esos bichos amontonados, deseosos de ver una ejecución, se convertían en los ejecutados, de manera impiadosa y a sangre fría.
Encima de nosotros nubes negras lloraban lluvia sobre Aqlatan, dándole todavía más poder de destrucción a Aldara, a quién no podía parar nadie. Y solo iba a parar cuando se hubiera hartado de matar, de vengar a Dalia.




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