jueves, 24 de noviembre de 2016

Madera & Hueso — 61 — Cregh


Una vez más lo había arruinado todo, había fallado en defender al grupo. Siempre había pensado que iba a terminar de alguna manera diferente. Moriría cayéndome por unas escaleras, o apuñalado por la espalda; no ahorcado en medio de una gran ciudad. Eso era demasiado grande para mí.
Antes de que pudiera continuar analizando mis posibles finales, alguien sujetó mi espalda. Grité lo primero que me vino a la mente, pues no iba a morir callado. Pero entonces cortaron mis cuerdas. Ítalo me había salvado. Antes de que pudiera reaccionar, Dalia había sido apuñalada, y se encontraba en el suelo del escenario, con el cuello todavía atado a la soga.
Antes, Dalia había sido golpeada para luego recuperarse como si no hubiera pasado nada. Pero ahora no se movía, no se recuperaba; nada. Estaba tiesa en el suelo. Escuché a Ítalo gritarme algo, pero no podía quitar mis ojos del cuerpo de Dalia. Ella no podía morir así, en ese momento. Entonces lo recordé, recordé como la mujer que nos había atacado había tratado de apuñalarme y no había pasado nada. Había usado la espada de Dalia, pero no tenía uso en las manos de aquella mujer. Sabía que había algo especial en esa arma; una cierta conexión con Dalia. Ya tenía un plan. Era un plan estúpido, pero debía intentarlo; no podía hacerle más daño a un muerto.
La espada estaba en un nivel inferior del escenario, en una esquina. Necesitaba ganar tiempo, y logré hacer un hechizo. Creé una barrera alrededor del escenario y bajé al otro nivel. Tomé la espada y me acerqué a Dalia, que estaba siendo sujetada por Lang. No gasté un segundo y la apuñalé; justo donde había sido herida. Lang me miró con sorpresa, pero en seguida le dije que tomara a Dalia y se la llevara lejos. Sin responderme, Lang empezó a hacer caso. Los guardias seguían encima de nosotros, tratando de romper la barrera; podíamos escuchar que la multitud gritaba, aunque insistían en quedarse a mirar. Abrí un espacio entre la barrera por detrás del escenario, y Lang salió por ahí. El vagabundo empezó a correr hacia un edificio, con Dalia por los hombros y sin dejar de disparar uno de sus revólveres. Corrí tras él mientras lanzaba mis llamas. Entramos a un negocio justo antes de que estallara la furia de Aldara.
Cuando los guardias rompieron mi barrera, revelando a Ítalo y a Aldara, en su rostro pude ver un ansia de destrucción. El agua de una fuente se levantó por sus aires, e Ítalo también empezó a correr en nuestra dirección.
No sabía que Aldara tenía tanto poder. Toda la plaza estaba llena de agua y hielo; iba destrozando todo a su paso, fuera personas o edificios. Todos se cortaban bajo el filo y el peso bajo ese desahogo. No iba a pasar mucho antes de que llegara a nuestro negocio. Vi que Malo había logrado escapar la masacre, y estaba saltando sobre Lang.
—¿De verdad está muerta? —preguntó Ítalo, que se había acercado.
—Aun no… —dije—. Pero no hay tiempo; voy a movernos a un lugar seguro —Y sin dejar que el arquero dijera nada, me concentré en una torre a un par de calles de distancia. Los cuatro caímos sobre el tejado, que por suerte era lo suficientemente plano como para no rodar hasta nuestra muerte. Sin embargo, justo así es como esperaba morir. Nada tan grande.
Desde arriba teníamos una buena vista de la destrucción que Aldara estaba causando. Se había bajado del escenario, y recorría la plaza mientras dejaba cuerpos destrozados. La pequeña tienda donde habíamos estado hacía segundos ya no era más que un cúmulo de madera y escombros, bajo toda la lluvia que Aldara convertía en un arma. Lang recostó a Dalia y señaló hacía Aldara.
—¿Qué vamos a hacer con eso?
—Esperar que se calme, supongo —dije.
—¿No podés hacer algo? ¿Controlarla? —quiso saber Lang.
—No… no sé qué es lo que hace, pero no es magia. Al igual que la mujer que nos atacó.
—Ahora que mencionas magia… ¿Por qué usaste a la chica como vaina? —pregunto Lang, mientras señalaba a Dalia. Ítalo no lo había notado, y trató de sacar la espada.
—¡No, esperá! —lo paré. Ítalo se detuvo y me miró, aún más sorprendido; al igual que Lang—. No estoy seguro, pero creo que esa espada es la razón por la que Dalia siempre se recuperaba. Quiero decir… no pierdo nada en intentarlo.
—¡¿Y va a recuperarse con la espada atravesándole medio cuerpo?! —gritó Ítalo.
—Puede ser que tengas razón —admití—. Tratá de sacar…
—¿Qué es eso?
Lang estaba señalando a Aldara. En su lugar, la calle estaba cubierta por elevaciones de hielo, y sobre ella se elevaba una pared de fuego. Pronto entendí.
—Tiene que ser ella, la mujer que nos atacó —dije—. Supongo que quiere terminar lo que empezó… —noté que el resto me estaba escuchando, y les expliqué—. Es la misma mujer que sacó al mago de Havenstad.
—Tenemos que ayudar a Aldara; llévanos allá —dijo Lang.
—Sí. Ítalo, cuida a Dalia.
Nos transporte rápidamente, para evitar oír las protestas del arquero. Nos moví a otro tejado, mucho más cerca de la batalla. Aldara estaba moviéndose por la plaza, esquivando llamaradas mientras creaba paredes de hielo.
El pistolero no perdió un segundo en empezar a correr por los tejados, acercándose.
Me moví frente a Aldara. La mujer que nos había vencido estaba ante mí. Apenas me vio, giró una mano en mi dirección y mi amuleto empezó a absorber fuego; ese era el momento perfecto para que Lang disparara. Vi un destello en los tejados, y el sonido de sus dos revólveres resonó en la plaza. Pero la mujer parecía ilesa. No creía que Lang hubiera fallado. De pronto, el aire se sacudió con una explosión. La casa por sobre donde estaba Lang se partió en todas las direcciones; la mujer se giró hacía allá, y al mismo momento noté la magia en el ambiente. El mago oscuro tenía que haber regresado.
Aldara tomó su oportunidad, y antes de que la mujer reaccionara, una bola de hielo la golpeó y dejó rodando por el suelo. Antes de que pudiera levantarse, Aldara la cubrió bajo trozos de hielos. Parecía que no necesitábamos defenderla, después de todo.
—¡Cregh! —oí. El pistolero estaba corriendo por el medio de la plaza. Detrás de él apareció el mago de la armadura negra, desde los escombros de aquella casa, que volaban a su alrededor. Una ráfaga de magia puso al pistolero en el suelo. Lancé una llamarada contra el mago, pero este solo desapareció.
Lang se puso de pie y nos reunimos. Aldara me miró, sin reconocerme… y pronto vi que una estaca de hielo estaba dirigiéndose hacia mí. Me transporté fuera de peligro; aparecí detrás de Aldara.
—Aldara, ¡soy yo, idiota!
Pero me ignoró por completo, y volvió a generar una estaca de hielo. Ahora apuntaba hacia el mago del Oeste. Sin embargo, la lluvia solida solo estallaba antes de golpear al mago.
Lang empezó a disparar sus armas, sumándose, pero no tenían efecto alguno. El mago preparó su brazo para otro ataque.
Creé una muralla de mi propia energía, y logré bloquear la mayor parte de la ráfaga de viento. Lang y Aldara pudieron seguir en pie. En seguida me concentre en crear una burbuja alrededor de la magia del mago, pero no tenía la menor de idea en cómo hacerlo. Su yelmo se giró hacia mí; debía haber sentido mis intenciones. Respondió lanzando otra onda, y mientras la detenía pensé que no podía hacer nada si seguía así.
Aldara cumplió el trabajo y empezó a atacarlo sin parar. Cristales de hielo se formaban en el aire uno tras otro, disparados hacia el enemigo. Me transporté detrás del mago, y me concentré en crear una llama como nunca había hecho.
Solté el flujo hacia el mago, y mantuve la presión. Ahora el mago había tomado una posición defensiva, y trataba de desviar nuestros ataques con ambas manos. Este era el momento.
—¡Lang! —grité.
Lang se había posicionado al frente del mago, y levanto su revólver. Entonces, un rugido resonó por toda la plaza, mientras una llamarada de fuego se veía cubriendo el cielo. Aunque sangraba por todas partes, la mujer de fuego se había levantado.


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