domingo, 5 de febrero de 2017

Madera & Hueso — 62 — Li


Nos habían dado muchos roles desde que había empezado todo, nos habían llamado personajes de leyenda. Pero la palabra que habían usado para Aldara era Nereida. Si las nereidas estaban relacionadas con el agua, no entendía que hacía aquella mujer manejando fuego. Aunque era evidente que era la misma magia que la de Aldara. Ella era la Nereida del Oeste.
Las nereidas chocaban entre sí. El mago negro intentaba atacarlas, pero Cregh hacia algo para atenuarlo. Con dificultad logré llegar a su lado.
—Esto es igual al puerto, no podemos hacerle nada —dije, casi gritando por sobre la lluvia y el estruendo—. Necesitamos a Malo, pero lo dejaste en los techos. Hay que acercarnos al mago.
—Estás loco —dijo Cregh.
—Ya sé. —Y empecé a caminar. Sin más opción, Cregh me empezó a seguir. Alcanzamos a dar algunos pasos antes de que nos tuviéramos que apoyar entre nosotros. Paso a paso, acortábamos la distancia, y el mago parecía golpear con más fuerza.
—No puede seguir así para siempre —dije—. Debe cansarse en algún momento.
—Sí, yo también —masculló Cregh. Si flaqueaba el viento nos iba a hacer volar por los aires.
Llegamos al punto en que era imposible avanzar más sin caer, a solo unos metros del mago. Era increíble cuanto había mejorado Cregh. Se agachó para mantener su puesto, y yo apunté con mí viejo revolver.
Disparé, pero pude ver a la bala deteniéndose a centímetros del mago. Entonces, el viento me la devolvió y me golpeó en el muslo.
—Puta… —dije, aguantando el dolor. El mago empezó a caminar hacia nosotros. Perdí el equilibrio por un momento, mientras el viento se hacía cada vez más fuerte. Con el revólver nuevo, y a punto de resbalarme, apunté con ambas manos.
Disparé, y el viento cesó.
Vi al mago cayendo de espaldas, su máscara fracturada. Santas putas, sí. Volví a apuntarle, pero al presionar el gatillo no ocurrió nada.
—¡Cuidado!
Cregh saltó junto a mí y logró absorber una inmensa llamarada que venía dirigida a mí. Pero el calor nos golpeó fuertemente de todas formas, y Cregh nos alejó con una transportación. Teníamos la vista despejada, pero cuando era el momento de atacar oímos un disparo. Nos tiramos al suelo, y desde lejos vimos al pistolero de Craster acercándose a paso rápido. Se sumaba uno más. Empezó a dispararnos, pero las balas no alcanzaban a llegar.
—Hago lo que puedo, Lang —dijo Cregh, a duras penas—. No puedo pararlo como hace el mago negro. Apurate.
Cuando levanté la cabeza vi al pistolero, y a Malo junto a él. Tenía su forma canina, y se abalanzó sobre él. El mago se acercaba, pero Cregh podría pararlo. Confiando en mis compañeros, me levanté para ir por Aldara.
Ella se encontraba rodeada de hielo, cubriéndose contra el fuego de la otra Nereida. Sin embargo, esta se veía débil, sangrante. Tenía que usar la daga que me había prestado Ítalo. Me acerqué por detrás y puse la daga a su cuello.
Era interesante como la idea de matar cambiaba con la situación. Se volvía distinta bajo presión, con una misión en tus hombros. Se volvía una necesidad, una fácil de pensar. Los bichos eran tan distintos a los humanos que era como si no pensará en ellos como seres vivientes. Incluso con los humanos; mientras los considerara el enemigo y no les vea el rostro, era como si solo fueran un objeto, una representación, una túnica blanca, un uniforme. La empatía se iba por la ventana, porque era para un bien mayor.
Pero entonces… Ves a una persona a los ojos y la ves asustada, y todo cambiaba. Más aún si era una mujer o un niño. Te hacía preguntarte si la gente salvada lo justificaba. Esa mujer era hermosa, incluso. Era humana, ¿por qué teníamos que pelear? Y mientras acercaba la daga a su cuello, me pregunté, quizás por primera vez: ¿Cuánto estamos dispuestos a hacer por el Este?
Pero no tuve que tomar una decisión. Noté que la Nereida llevaba un anillo, uno de esos anillos mágicos, e hizo uso de él. Desapareció en el aire, pero yo estaba aferrado a ella, y nos transportamos juntos.
Caímos en otro lugar de la plaza, dando vueltas por la calle. Ella me agarró del brazo de la daga y empezó a arder como si tocara fuego vivo, pero no pensé en eso. Tomé el anillo y se lo quité de un tirón.
Traté de alejarme, pero ella me tomó la pierna y caí de frente, soltando el anillo. La nereida se levantó de inmediato, y yo apenas logré interponerme. Me empujó de vuelta al suelo, y produjo una enorme llama en su mano.
La llama creció… Mi ropa se prendió…
Y una ola nos golpeó de frente. La nereida rodo a un lado mío, y cuando trató de levantarse, el agua la golpeó de nuevo. Atrás estaba Aldara, con su brazo estirado… Y Dalia abrazándola. Se había recuperado. Detrás de ellas, podía ver a Ítalo. Se habían sumado a la plaza.
Me levanté una vez más, con nuevos ánimos. Daga en mano, me acerqué una vez más a la nereida, indefensa en el suelo.
Había que preguntarse, ¿cuántas vidas iban a salvarse si teníamos éxito?
Al acercarme, el agua dejó de moverse. La nereida quedó sola.
Generaciones iban a vivir si evitábamos una guerra.
Quedé a un lado de ella, y me agaché. Vi su cara una vez más. Presioné la hoja contra su cuello. Ella apenas pudo mirarme.
¿Cuánto estamos dispuestos a hacer por el Este?
Una mano metálica me rodeo. Una ráfaga de aire me envió a través de la plaza.
—Ya fue suficiente —dijo el mago negro.
Aldara y Dalia me ayudaron a levantarme. Cregh e Ítalo se reunieron con nosotros. Al mismo tiempo, el Hechicero negro estaba reunido con su Nereida y el Pistolero. Malo se estaba acercando, pero algo lo hizo detenerse. Alguien más había llegado. Todos lo mirábamos; a algunos metros, el cuervo de Laertes apareció bajo la lluvia. A su lado había un segundo cuervo, un huginn más bajo cubierto por una túnica negra.
—Esto fue demasiado lejos, ¿saben? —dijo el cuervo que conocíamos—. Teníamos un mensaje para ustedes. Desistan y váyanse del Oeste de inmediato. Pero eso cambió. Ahora entiendo que todo estuvo llevando a este día. Les agradecemos.
—¿Quién te creés que sos …? —contesté, molesto, quizás contra mi buen juicio. El cuervo solo me quedo mirando.
—No soy yo quien lo dice. Cito el Thi-Yit:
El cuervo golpeó el suelo con las patas.
—¿Qué…? —dijo Dalia.
—“30. ¡Silencio!” —exclamó el cuervo, interrumpiéndola. Y empezó a recitar:

31. Todos ellos se arrodillaron ante el Deus,
Su brillo opacó el sol y los cielos,
Y fue lo único que pudieron ver.

32. NO eran bienvenidos en esos lugares,
O en cualquier lugar de Su Creación.
Debían LAVAR de sus cuerpos la sangre,
O sufrir la furia del Hacedor.

33. La ira de Deus los sobrecogió,
Su voz TOMÓ a los divinos,
Y desnudos quedaron frente a Él.

34. Cada gota que habían derramado,
Como respuesta a su miedo de aceptarlo,
Se contó en SU Libro Divino.

35. AQUEL es el Creador,
Soberano de todas las tierras.

36. Los cinco mueren,
Sucede antes del Juicio,
No queda ni un alma impura,
Y el pueblo del Oeste goza.

37. ¿Por qué quisieron elegir ese destino?

Tras esas palabras, los cinco desaparecieron. Quedamos solos, entre las ruinas y los restos de lo que había sido una plaza repleta de gente. El aire olía a lluvia y a sangre. Hubo unos momentos de silencio en los que trataba de procesar lo que había ocurrido.
—¿Estás bien, Lang? —me preguntó Dalia.
—S-Sí, estoy bien... Yo debería estar haciéndote esa pregunta. —le respondí, mirándola como si no pudiese creer que estuviera ahí—. Por un momento pensamos que ibas a morir. Por suerte Cregh te…
—Después podemos hablar —interrumpió Cregh—. La multitud podría volver con soldados. Voy a sacarnos de acá ahora mismo.
Las manos de Cregh brillaron antes de que pudiera decir algo. La luz nos envolvió, y apreté fuertemente mi mano.
Llegamos en medio de la oscuridad. Por un momento me sentí confundido, tirado sobre lo que noté que era pasto. Empecé a tantear, hasta encontrarme con otra persona. Se encendió una luz, y noté que la persona al lado mío era Dalia.
—Bueno, los saqué de Aqlatan —dijo Cregh, mientras Ítalo se levantaba a mirar. Estábamos debajo de la montaña, en un bosque—. Parece que ya es de noche… esto… es… —De pronto, se desplomó, e Ítalo apenas alcanzó a sujetarlo.
Dalia lo ayudó a levantarlo, pero Cregh se paró solo.
—Estoy bien, estoy bien... —dijo, mientras se acercaba a un árbol para apoyarse—. Me esforcé de más en la pelea. Fueron muchas emociones... Mierda. Todavía no le llego ni a los talones a ese mago. —Cregh se deslizo hasta quedar sentado y apoyo la cabeza en las rodillas—. Me duele todo el cuerpo, y creo que mañana va a ser peor.
—Aun así, creo que ganamos ventaja —dijo Dalia, mientras se sentaba con los pies cruzados.
—Mierda… Estuve cerca —lamenté, apoyándome contra otro árbol—. Tenía la hoja de la daga presionada contra el cuello de la nereida. Necesitaba un segundo. No; menos que eso. —Me refregué la cara con las manos—. Quizás hubiera cambiado el resultado… Podríamos haber acabado entonces… Pero…
—No logran nada con lamentarse así —dijo Ítalo.
“Los cinco mueren, sucede antes del Juicio…”
—Ellos tienen una deidad de su lado —dije, mirando hacia el cielo, tapado por las hojas—. Dijeron que creó el mundo.
—Está durmiendo —dijo Dalia, levantándose— Alguien lo derribo la primera vez. Podemos hacerlo de nuevo...
—Pero, ¿cómo? Perdimos el Thi-yit —dijo Cregh.
—Un momento —dijo Dalia—. Ahora lo recuerdo. No lo perdimos… el humano de esa capilla escapó con él.
Pero yo no estaba escuchando. Apreté mi mano, y en mi dedo anular encontré el anillo de la Nereida.
—Cregh —balbuceé.
El levantó la cabeza, y alcé el anillo.
—¿Qué es eso? —preguntó.
—El anillo que traía la nereida.
Cregh de un salto se acercó, y lo tomó en sus manos.
—¡Es un anillo del espacio! —Cregh lo inspeccionó unos segundos y se lo colocó en un dedo, y en un momento se desvaneció. Sin luz, sin ruido. Volvió a aparecer a unos metros—. Usa un rastro mínimo de magia —dijo, caminando atrás de mí—. E-Es increíble. Podemos ir a cualquier lado en un segundo, sin cansarme… Pero… —Cregh se detuvo entre todos—. Es demasiado eficiente. Juntar la magia para crear algo así… Ese Hechicero es demasiado poderoso... —Cregh contempló el anillo durante unos momentos, y se lo coloco en el dedo anular una vez más—. Hay que volver a Aqlatan. Hay que recuperar el Thi-yit y encontrar la Gran Biblioteca. Si me descubren, puedo usar el anillo…
—Esperá un momento, Cregh —lo paró Ítalo—. Acabas de decir que estabas cansado. Yo voy.
—¿Qué? No podes, no sabés nada de transportaciones…
—Sé qué buscar, y no puede ser muy diferente a usar un pergamino. Están hechos para que esa gente del oeste pueda transportarse sin poder usar magia, ¿no? —Ítalo le quitó el anillo de la mano a Cregh, sin que este se opusiera. Se lo puso en un dedo, y luego de unos momentos logro transportarse—. ¿Ves? Pan comido.
Ítalo dejó su arco y su carcaj reposando sobre un árbol, y se tapó la cabeza con su capucha.
—Ítalo —dijo Dalia—. Dejáme ir con vos.
—Pero acabás de recuperarte…
—Por favor. Todo esto es mi culpa. Dejáme.
Ítalo dudó unos momentos.
—Si no volvemos para el amanecer, no nos busquen. —Le dio la mano a Dalia, y con eso, desaparecieron en medio de la noche.
—…Suerte —le dije al aire.
Nos quedamos en silencio. Cregh se sentó una vez más y se acomodó para dormir. De pronto nadie hablaba. Aldara se recostó, mirando a otro lado y no hablo más. Había creado un infierno allá atrás...
No paso ni un minuto para que la llama se apagara. Cregh debió haberse quedado dormido.

Desperté cuando estaba aclareciendo. Algunas aves cantaban y volaban entre los árboles. Malo se trepó a uno y trató de atrapar algo, pero fracasó.
Podíamos ver a Aqlatan en la montaña. Era casi una vista hermosa, con los rayos de sol pasando entre las nubes. Desayunamos allí mismo.
Las horas pasaron en silencio, sin señal de Ítalo y Dalia. Luego despertó Aldara, y comió un poco.
—¿Hacemos algo? —preguntó Cregh.
—Esperemos un poco más —dije.
—¿Ayer maté gente? —dijo Aldara, de pronto.
La pregunta nos tomó por sorpresa, y miré hacia Cregh, esperando que dijera algo. Pero el mago solo miró a otro lado. Pensé una respuesta, pero finalmente dije la verdad.
—Sí.
Aldara no pareció reaccionar. Probablemente ya lo sabía.
—Ellos se lo buscaron —dije, tratando de restarle importancia—. Ejecutarlos solo por ser humanos…
—Porque crecieron con esas creencias —dijo Aldara, de pronto—. Justo como nosotros. Y los maté con la misma facilidad.
Ninguno se animó a decir nada. Aldara solo miró al suelo.
—Y ahora además temo que esto nos vaya en contra.
—¿En contra? ¿A qué te referís? —pregunté.
—Una retribución. Un castigo por lo que hicimos —dijo, mirándome—. Nos enfrentamos a una deidad... eso es lo que dicen. ¿No creés, Lang?

Continuar