miércoles, 22 de marzo de 2017

Madera & Hueso — 63 — Dalia


Volvimos a Aqlatan de noche. Teníamos una idea de cómo recuperar el Thi-yit, pero necesitábamos encontrar iluminados para hacerlo. Fuimos hasta la capilla que había sido incendiada y esperamos. Esperamos toda la noche. Al final, empezaron a llegar con el amanecer: Muchos iluminados que se esforzaban en levantar los escombros y limpiar la capilla. Nuestras ropas blancas estaban destrozadas, pero también las de muchos otros. Luego de lo de la plaza, no llamábamos la atención.
Nos acercamos a un humano e Ítalo uso sus conocimientos del idioma del Oeste para preguntar por el líder de la capilla. Nos guiaron hasta otra capilla donde estaba reunida mucha gente, especialmente bichos.
—Parece que el grupo de la capilla incendiada se está quedando acá con otro grupo —explicó Ítalo.
El humano con el que había hablado sobre religión estaba ahí. Pocos momentos después, Ítalo lo había llevado atrás de la capilla y estaba apretando una daga contra su cuello.
—¡Está bien, está bien! Solo tomé el Thi-yit para preservarlo… por favor —dijo, sacando el Thi-yit de entre sus ropas.
—Muy bien —dijo Ítalo, tomándolo—. Hiciste lo correcto.
—No hagan esto —dijo el iluminado—. No les den la razón a los bichos. No logran nada amenazando a la gente.
Ítalo pareció molestarse, pero no dijo nada. Hubo un momento de silencio en el que solo se miraron, pero yo solo bajé la mirada. Él tenía razón… Nosotros éramos los responsables de que su capilla se hubiera incendiado.
—Una cosa más —dijo Ítalo—. ¿Sabés dónde está la Gran Biblioteca?
No teníamos tiempo que perder. Tras conseguir indicaciones, usamos el anillo del espacio para transportarnos inmediatamente. La Gran Biblioteca estaba frente a nosotros; un gran edificio que se extendía hacia la distancia.
—No creo que nos dejen entrar —dije—. Mejor usamos el anillo de nuevo.
Y así estuvimos adentro. No pude evitar soltar una exclamación. Había libros hasta donde se extendía la vista; más de los que había visto en mi vida. Solo conocía los libros con los que enseñaba mamá… como su enciclopedia… que había quemado.
—Dalia —Ítalo me sacó de mi ensoñación; no parecía impresionado con la biblioteca—. Vamos, necesitamos el Libro de Rossetta.
Empezamos a revisar los libros. El cuarto era oscuro; estaba mal iluminado. Pero no podíamos pasar a otro; no podíamos arriesgarnos a llamar la atención. Por más que tuviéramos túnicas de los iluminados, no creíamos que los humanos tuviesen permitido entrar a un edificio tan importante.
—¿Creés que solo haya una copia? Sería imposible encontrarla entre tantos libros —dije.
—Tenes razón —dijo Ítalo—. Necesitamos ayuda.
—¿Cómo la ayuda que le pedimos al iluminado? ¿A punta de cuchillo?
—Sí —respondió Ítalo, sin más—. No tenemos otra opción.
Salimos del cuarto y empezamos a atravesar los libros, buscando algún bicho.
—Escucho algo —susurró Ítalo—. Por acá.
Atravesamos unos pasillos oscuros. Al doblar una esquina apareció un bicho; un pequeño topo. Al vernos soltó un grito; era un tipo asustadizo. No tomó mucho más que mostrar la daga de Ítalo. Ítalo le habló en su idioma, pero él respondió en el nuestro.
—El Libro de Rossetta —dijo el topo—. El Libro de Rossetta, sí, sí. Está acá. Yo puedo guiarlos, sí. Ay, deus, humanos...
—¿Cómo podés hablar nuestro idioma? —pregunté.
—Yo me encargaba de cuidar El Libro de Rossetta… lo he leído muchas veces. Posee todos los idiomas; incluso el suyo.
Empezamos a caminar atrás del bicho. Pasaron cinco minutos, diez minutos, quince minutos. Ítalo se estaba impacientando.
—No nos estás engañando, ¿no? —le preguntó. El topo estaba temblando.
—No, no, sí, digo…
Y abrió dos puertas enormes. Tras ellas, una bola de pelo con dos ojos nos estaba mirando, igual que Dalir. A diferencia del pequeño Dalir, sin embargo, este era más alto que Ítalo, y llevaba un sable envainado en la cintura. Al vernos soltó un grito que a mis oídos sonó gutural, pero era el idioma del Oeste.
—Un guardia —masculló Ítalo. Cuando me di cuenta, el topo había salido corriendo hacia atrás.
—¡Debe estar yendo hacia el libro! —exclamé.
—¡Seguilo, Dalia!
El guardia desenvainó y arremetió contra Ítalo. Este se cubrió con su daga, pero salió despedido hacia atrás de todas maneras. Yo sabía que tenía que hacerle caso y lo dejé, corriendo hacia el topo. No era muy rápido, pero me mantuve atrás; quería dejarlo llegar a su objetivo.
Pasamos tres pasillos antes de que se detuviera en otra gran puerta. No dejaba de mirar atrás, nervioso. Tenía que ser ahí. Me dejé ver, y el topo soltó un chillido. Le mostré mi espada, y se tiró al piso, aterrado. Pero no me sentía grande, no me hacía sentir poderosa. Tratar así a alguien más débil se sentía mal.
Aun así, tenía que conseguir lo que buscábamos. Abrí la gran puerta, y me encontré con un estrecho cuarto que solo tenía un libro. Tenía que ser: Rossetta.
—¡No! —lloriqueó el topo—. ¡Déjenlo!
—No… no puedo —balbuceé.
En ese momento, mis oídos parecieron estallar cuando un tiro resonó por el pequeño ambiente. Alguien había disparado, y lo sentí en mis caderas. Solté un grito atroz, pero mi espada estaba en contacto con mi cuerpo, y la bala volvió por donde había venido y abandonó mi cuerpo. El topo salió corriendo, y el tirador lo dejo pasar… Era el pistolero de Craster.
—Mierda —susurré.
—Mierda —oí decir. Me incliné para ver, y vi que Ítalo estaba justo atrás, tenso.
El pistolero nos miró a los dos en silencio. No decía nada; no mostraba ninguna expresión. Creía haberlo matado en Craster… había sobrevivido de alguna manera, pero no era el mismo. Era como si no estuviera realmente vivo.
—A la mierda con esto —dijo Ítalo—. Dalia, ¡¿tenés el libro?!
Asentí, e Ítalo asintió a su vez. Tocó el anillo en su mano, y el pistolero levantó su arma y disparó. Pero Ítalo ya no estaba allí. Apareció detrás de mí, me tomó por la cintura y desaparecimos. El mundo pareció recortarse a nuestro alrededor, y en su lugar aparecieron los bosques en las afueras de Aqlatan.
—Dioses, eso salió mal —dijo Ítalo—. Pero ahí tienen.
Y dejamos caer el Thi-yit y el Libro de Rossetta entre Aldara, Cregh y Lang.
Cregh se apresuró a tomar el Libro de Rossetta y lo abrió. Nos quedamos observándolo. La cubierta estaba casi desprendida, y las paginas amarillentas de lo antiguo.
—Esto es genial... —dijo.
—¿Tuvieron problemas? —pregunto Lang.
—Resulta que los humanos no estaban permitidos… —dijo Ítalo.
—Pero había uno de todas maneras —continué—. El Pistolero del Oeste.
—Mierda —dijo Lang.
—Bueno, esto nos va a ser muy útil —dijo Cregh, cerrando el libro—. Pueden descansar si quieren. Yo me encargo del resto.
Ítalo se dio vuelta y, tan pronto como llego, se quedó dormido. Yo estaba cansada, pero no quería dormir. Lo de la plaza de Aqlatan… Haber sido ahorcada… había sido como un sueño profundo. Descansamos por algunas horas.

La mañana estaba terminando cuando me levanté. Contemplé el Libro de Rossetta y el Thi-yit, apretando la espada.
—Con esto vamos a poder seguir adelante. Vamos a lograrlo... —Me giré hacia Lang—. ¿No creés?
No, Lang no lo creía. Podía verlo en sus ojos. No parecía quedar mucho espíritu en el cazarrecompensas. Por otro lado, Cregh estaba vibrante, y tomó el libro de las leyendas de mí, ojeándolo a pesar de que no podía leerlo. No tardó en golpear a Ítalo para que despertara. El arquero se levantó pronto, incapaz de haber logrado conciliar un sueño profundo.
—Muy buen trabajo, Ítalo, Dalia —dijo.
—Sí, puede ser… —dijo Ítalo, plácido. Supuse que no era tan malo despertarse ante halagos.
Noté que Aldara me estaba mirando. No habíamos hablado desde lo de la plaza. Se tornó hacía mí.
—¿Estás bien? —me preguntó entonces.
—Sí… sí. Yo apenas noté que pasó nada, apenas tengo recuerdos después de que perdiéramos el conocimiento en esa capilla y, eh, nuestras cosas se quemaran… —mi voz bajó a medida que recordaba. La imagen de mi bolso en llamas volvió a mí, y de la enciclopedia de mamá quemándose. Me refregué el pelo—. Supongo que el tirón que sufrí en mi cuello hizo que todo mi cuerpo dejara de responder, aunque aún no estaba… muerta del todo… dioses. Todo paso muy rápido… Cuando desperté las cosas eran difíciles de creer.
Recordé todo lo que había estado pasando. Las calles destruidas, el fuego, la lluvia congelada. Me acerqué hacía Aldara, que estaba jugando con una manzana sin comerla.
—Gracias por todo lo que hiciste, Aldara —dije a la Nereida, y ella me miró conmovida. Se puso de pie, y trató de alejarse, al parecer disgustada consigo misma… con los que habían muerto… pero no la dejé. Avancé hasta ella y la envolví con mis brazos, pero ella se sacudió y cayó al suelo con un gemido. Cregh vino corriendo.
—¡Cielos! —exclamó, y se puso a revisar sus bolsillos—. Está herida. Le apretaste la herida, Dalia. A ver, Valma, debo tener hojas de Valma por acá…
Cregh se acercó a Aldara, y le revisó el brazo derecho. Las ropas de Aldara habían sido caras y hermosas cuando las había aceptado en Veringrad, pero ahora se encontraban arrugadas, sucias y negras por quemaduras en la batalla; y sobre la tela se extendía una mancha húmeda, mostrando la sangre en su brazo. Cregh dejó de buscar, resignado.
—Ah, mierda, aquella puta nos quemó todo, nos quemó cada una de nuestras cosas… No me queda nada. Ni siquiera sé si me quedaba Valma.
Pero yo no lo estaba escuchando. Solo miraba hacía el rostro de Aldara, acongojado y mirando hacía el suelo, corriéndose de mí. Tomé su brazo bueno y lo crucé sobre mí, acercándola, y abarqué a Cregh para abrazarlos a ambos. Los sostuve contra mí, sintiendo su cercanía. El mago estaba extrañado, pero pronto me devolvió el abrazo. Aldara hizo lo mismo, sin decir nada. Los sentí, y agradecí a esas dos personas por mi vida.
Esto duró unos momentos, y me levanté. Aldara miró detrás de mí, hacía Ítalo.
—Perdón —le dijo—. Perdí la cantimplora que me regalaste.
Ítalo mostró una sonrisa que parecía casi cómica. Debía ser lo último en lo que estaba pensando.
—Ítalo, disculpa —dijo Cregh, llamando su atención—. Pero estoy algo ansioso. El libro de Rossetta traduce las profecías… pero lo hace en un lenguaje que no entiendo. La Lengua Alta.
El arquero miró hacía el Thi-yit, sopesándolo en las manos.
—Mis padres me enseñaron Lengua Alta —murmuró—. Es un lenguaje antiguo, pero puedo leerlo.
Ítalo se dejó caer al pasto, cruzó las piernas, y abrió el libro. Se sacó el anillo del espacio, y se lo pasó a Cregh.  Entonces avanzó hasta el final del libro, buscando la última sección. El Antiguo Testamento, la leyenda sobre lo que iba a pasar en el futuro. Malo anduvo hasta él, y se acurrucó a un lado.
Me senté junto a Aldara, y lo miré. Ítalo leía con ojos brillantes. Estábamos cerca, muy cerca. Solo nos faltaban algunos kilómetros para alcanzar la ciudad capital; para encontrar el lugar donde dormía el Deus, o donde estaba sellado.
De pronto noté que alguien estaba gritando, y me giré para ver que Lang estaba discutiendo con Cregh. Supuse que iban a tomarse un buen rato, como siempre que discutían, pero de alguna forma Cregh asintió, resignado, y pareció ceder ante Lang. El pistolero se puso de pie con debilidad.
—No es nada, ¿no escuchás? —masculló—. No importa que hayas perdido las hojas de Valma, ¡ya estuve en peores!
El pistolero hacía gestos hacia su pierna derecha, y me di cuenta de que había recibido un tiro en la pelea de Aqlatan. Aunque su herida parecía más un moretón que una mancha roja.
—Pero no vamos a poder andar si tenés la pierna en ese estado —insistió Cregh—. Dejame verla, quizá puedo tratarla con algo.
—Viví en este cuerpo por muchos años; creo que puedo decir si está bien o mal. Fue mi propia bala, por los dioses; no me pegó de lleno. Iba despacio.
—Bueno… —Cregh mostro una expresión que ya había visto en otras discusiones, cuando estaba por alzar su voz y repetir sus puntos con más fuerza. Pero esa mirada no duró, y la remplazó una de respeto—. Está bien. Es verdad que supiste qué hacer ayer. Me cubriste bien, Lang. Voy a dejarte esta vez.
Lang bufó, y mostró algo que parecía una sonrisa, pero no llegaba a eso.
—Vos conseguirme unas hojas largas, y puedo hacerme unas buenas vendas. Eso es más que suficiente.
Y cumplió su palabra. Un par de horas después, la pierna de Lang y el brazo de Aldara estaban vendados y nos encontrábamos andando. Ítalo no podía soltar los libros, y caminaba mientras leía y sin decir una palabra.
—Puede que estemos a dos días de Verin —dijo Cregh, mientras atravesábamos las praderas—. Quizá tres días. ¿Crees que puedas leerlo para entonces, Ítalo?
—¿Por qué no podemos transpórtanos con el anillo? —pregunto Aldara, con tono agobiado.
—Porque vos y el vagabundo no servirían de nada si no tuvieron tiempo para curarse…
—Sí, los versos son más bien cortos —dijo Ítalo por sobre el mago—. Pero es increíble. Estoy leyendo todo sobre lo que me habían contado de niño… La historia de mi apellido… Del primer Del Valle.
Nos giramos hacía él, curiosos. Ítalo leyó un poco más, sin bajar el ritmo de su caminata; iba al mismo paso que nosotros, y nunca se tropezaba. Era increíble que ni siquiera hubiera estado agotado después del combate. Era incansable desde que tenía esa piedra clavada en el pecho.
Al final levantó la mirada.
—Fue durante La Gran Guerra que hubo, cuando los humanos descubrimos a los bichos y tomamos Veringrad… Los ejércitos recorrían las ciudades y barrían a todos los bichos de ahí, exterminaban a todos los que no fueran humanos. El Del Valle, mi… primer ancestro, era un general en esas campañas. El libro lo llama el Cazador. —Ítalo hizo una pausa. Todos permanecimos callados, en entendimiento. El arquero bajó la mirada al libro—. Y ahí menciona al Deus. Dice que cruzó el mar junto a los pueblos de todos los bichos… no sé qué tanto sea una metáfora… Y que aplastaron la ola que eran los humanos. Debería seguir traduciendo.
—Por favor, Ítalo —dije.
—No te distraigas mucho —dijo Lang—. Aceleremos un poco el paso para poder hacer campamento más adelante, y entonces vas a poder leer con tiempo.
El arquero asintió, y cerró el tomo. Los cinco —seis con Malo— avanzamos, y el valle empezó a mostrar elevaciones de nuevo; aparecieron rocas puntiagudas que alcanzaban nuestra altura. Nuestros estómagos rugían, pero podíamos ignorarlos. Podíamos concentrarnos en avanzar. Pensaba en los cinco, como los habíamos visto en Aqlatan. En ese cuervo enorme; en cómo nos había aplastado contra el suelo, nos había reducido, y había quemado Laertes sin que pudiéramos hacer nada. Se había reído sobre como tenía control sobre nuestra vida o muerte. Pensé en aquel pistolero, que parecía humano. Él había saltado en medio del festival de Craster, y barrido a la gente que estaba intentando disfrutar; había llenado las calles de cuerpos y había intentado llevarse a Aldara. Pensé en aquel mago negro destrozando Havenstad. Pensé en la nereida, esa mujer humana, quemándonos vivos en Aqlatan. Y en Aqlatan los había acompañado un cuervo pequeño.
Y ahora estábamos a unos días. A un poco más caminata para llegar al centro de todo eso. Podíamos ignorar el llamado del hambre.
Cayó la noche, e hicimos campamento en una colina. Las rocas ahora aparecían por todos lados, y nos cubrían desde todas las direcciones. Cregh mostró que para comer habría frutas de nuevo, sin mucho entusiasmo. Esa noche no había luna, y las sombras eran de un negro pesado. Mientras masticaba la comida, pensé que había muchos sonidos esa noche.
—Quizá sea un oso —bromeó Lang, escuchando también, y me hizo agua la boca—. Sería bueno cazar un poco, aunque ahora es muy tarde. ¿No, Cazador?
De alguna forma, su tono parecía enojado. Miró hacía Ítalo. El arquero se apoyó contra una piedra y retomó su relato.
—Claro, Lang. Podemos cazar algo mañana, bueno, puedo hacerlo yo. Con esa pierna tuya… En fin… El Thi-yit continúa diciendo que los humanos estaban condenados; que los ejércitos de Alles no iban a ser nada contra las fuerzas del Oeste, así que tuvieron que usar el engaño. Esta parte es algo difícil de leer; la palabra más cercana es “engaño.” Pero los ejércitos de Alles se dividieron en un grupo de cinco, y este grupo de personas pudieron engañar al Deus y convencerlo de que debían encontrarse en el oeste, en su ciudad.
—Vaya —murmuré—. Un grupo de cinco, eh…
Malo maulló algo, que casi pareció una protesta.
—Perdón, Malo —dijo Ítalo con una sonrisa— Pero no, no dice que el grupo fuera de seis.
—Seguí, Cazador —dijo Lang. Cregh solo escuchaba atentamente.
—Estos cinco eran… Eh… —Ítalo se aclaró la garganta—. El Cazador, citado con nombre como Ansala Del Valle. Luego menciona a un Pistolero, un Hechicero, un Caballero y una Nereida. Al parecer ellos emboscaron al Deus, y cortaron su piel con “una espada bendecida contra la naturaleza…”
—¿Eh? —Levanté la cabeza—. ¿Qué quiere decir eso?
—No tengo ni puta idea —suspiro Ítalo—. El relato se pone raro en esta parte. Empieza a hablar de corrientes, lo que podríamos llamar con nuestras palabras como flujos positivos y negativos… A hablar de cómo el “mismísimo orden de las cosas” sufrió un corte en esa tarde…
—Sí, escuchamos algo sobre eso —dijo Cregh—. En la capilla de Aqlatan. Los del Oeste piensan que Deus es Destino, Vida y Muerte todos en uno… La “espada contra la naturaleza” debe referirse a una espada contra él.
—Dioses —tragó Lang. Su frente estaba húmeda. Seguí su mirada, y miré hacia el cielo negro, vacío de estrellas. Parecía inmenso, devorador. Traté de imaginarme a una sola criatura abarcando todo eso, y sentí que mi estómago se tornaba del revés.
—Quizá era un arma bendecida por humanos, ya que parecen creer que ellos sirven a lo opuesto del Deus —continuó Cregh.
—Mmm —dijo Ítalo—. Bueno, en fin, estos soldados de Alles derribaron al Deus sobre… por lo que pude entender, hay una cadena de montañas, o una cordillera, alrededor de la ciudad de Verin… y los humanos pudieron derribar al Deus sobre la cima de una de estas montañas.
Ítalo se recostó contra su piedra, cerrando los ojos.
—Eso es todo lo que leí hasta hoy. Las escrituras no entran en detalle acerca de este momento, además de mencionar que el caballero tenía esa espada brillante.
Asentí, abstraída, aunque él no podía verme con los ojos cerrados. Lang agitó una mano por el aire.
—Está bien, pero que pena. Menos cuento para esta noche. Cuanto antes durmamos y sigamos adelante, antes vamos a poder terminar con todo. —El pistolero miró hacia mí, y su rostro en la noche parecía una roca inmovible—. No va a importar si esos versos nos dicen cómo superar a los cinco, Dalia… nos vamos a encontrar al dios antes.
Lo miré en silencio. Ítalo también había abierto los ojos, pero no decía nada.
Cregh se centró en su fuego, en su palma que generaba una llamarada de luz, y pronto la llamarada se apagó, y estuvimos entre la noche. Aunque los ruidos permanecieron sin cesar.

Frente a mí se encontraba Wendagon, en la oscuridad.
Su cabeza pelada reflejaba la luz que venía del centro de la sala, entre él y yo, desde una bola de cristal.
Miré hacía la esfera, y supe que era Destino.
Miré hacía Wendagon. El viejo estudiaba la bola con cuidado. Entendí que no podía verme. Miré hacía el objeto, hacía su interior, y vi eso que Wendagon había visto hacía tantos días, hacía tantos kilómetros. Vi al Deus, lo vi como una energía latente, lo vi como una posibilidad tornándose en realidad, lo vi como a una promesa concretándose. Vi su despertar como una sensación, como el sol pasando por mi ventana, entre las paredes de madera de mi hogar, por la mañana.
Miré hacía la bola de cristal, y supe que estaba viendo ese momento, el día cuando Wendagon había sentido ese nacimiento y había decidido llamarnos. Ahora era el momento de que yo lo viera. Sabía por qué. Había tenido ese mismo sueño, o variaciones de ese sueño, desde hacía semanas. Su despertar —esa luz—, era cada vez más grande. Y yo estaba cada vez más cerca. La presión aplastaba a todas las demás cosas; no podía ver a mi mamá, no podía ver al Este.
Me levanté con un sobresalto. Mi corazón latía con fuerza. No conseguía calmar mi respiración. Sentí el brazo de Aldara, y escuché su voz preguntando si me sentía mal. Me di vuelta, y vi esos ojos suyos, que ya no parecían los mismos. Habían perdido su color en Aqlatan. Los habían perdido por mí, al haber temido perderme a mí. Le di la única respuesta que podía darle, y negué con la cabeza, sonriendo. Ella sonrió a su vez.
Ese día Ítalo decidió tratar de cazar algo para todos, y cuando me levante él estaba corriendo entre las piedras, con Malo a su lado. Entre el pasto correteaba una lagartija; o lo que parecía una lagartija, al menos, con una cabeza gris y un caparazón por sobre todo su cuerpo.
La alimaña zigzagueaba por el campo, cruzando entre las piedras enormes. Ítalo corrió sin separar los ojos del suelo, y cuando una roca se puso en su camino, saltó y la cruzo por encima, superando toda su altura sin problemas. Malo maulló en desafío, sin quedarse atrás, y se lanzó por abajo para emboscar al animal; pero cuando se encontraron en el otro lado, el humano y el quitnar se golpearon el uno con el otro, y descubrieron que el animal ya no estaba ahí. No había más lagartijas… u osos… alrededor.
Pronto retomamos la marcha, y los seis continuamos hasta subir la colina sobre donde estábamos; llegamos hasta su otro lado, y en el horizonte pudimos ver una gran montaña en el horizonte.
—Es esa —dijo Cregh—. Esa tiene que ser la montaña del Deus, ¿no?
—Supongo que es normal que aparezca antes que la ciudad —dije—, porque estamos atravesando el oeste, no siguiendo los caminos. Y el Deus siempre se encontró siguiendo al oeste.
—Escuchen, quizá sea mejor que se los diga ahora, pero quizá no sea fácil entrar. —murmuró Ítalo.
—¿Eh? —dijo Lang, dejando de caminar.
—Estuve leyendo un poco más, y las escrituras pasan a hablar sobre esa montaña —dijo Ítalo—. Dicen que cuando Deus cayó, la tierra lo abrazó, y lo tomó para… nutrirlo, alimentarlo hasta que su cuerpo se recuperara, y pudiera despertar de nuevo.
Ante esto me sobresalté, y me froté los brazos mientras pensaba en mi sueño, y en el cosquilleo que sentía por toda mi piel. Miré a la montaña, terriblemente cerca, y el cosquilleo pareció crecer en intensidad.
—Dicen que la montaña lo rodeó para protegerlo, y cerró a todo el monte, solo para él —continuó el arquero—; pues ahora esa montaña y todo el alrededor eran Tierras Sagradas. Cerradas para que nadie interrumpa el sueño.
—Ah, vamos —chistó Cregh—. A la mierda. Ya vinimos hasta acá… Vamos a poder pasar por esa montaña como pasamos por todo.
—Sí. Sé que va a ser así —dijo Ítalo. Y a Lang se le escapó una risotada sarcástica.
—Por cierto, Ítalo —empezó a decir—. ¿Y qué pasaba con los cinco soldados? ¿Qué les pasaba luego de que hacían caer al Deus?
El arquero lo miró con gravedad.
—Voy a tratar de revisarlo luego.

Continuamos nuestra caminata a través de los prados rocosos, que se hacían más ásperos a medida que nos acercábamos a la cadena de montañas. La vegetación también crecía junto con lo montés, y podíamos ver arbustos y pequeños arboles brotando desde todas partes. Toda tenía los colores oscuros de la maleza del Oeste. No volvimos a ver ningún animalito cascarudo.
Se respiraba una gran paz, aunque no podía calmarme. No podía dejar de pensar en la montaña, o más allá. Pensaba que justo por el otro lado estaba Verin, la gran capital de todo ese continente, donde querrían nuestras cabezas por aquellos a quienes habíamos matado. Palpé mi cuello. Y los bichos cumplían sus amenazas.
Estaba atardeciendo cuando llegamos al pie de la montaña. La elevación gigante subía hasta donde podíamos verla. Era aún más grande que Aqlatan.
—Dioses, podría tomarnos un día solo subirla —dijo Cregh.
Pero no necesitaba decir que quizá no tendríamos la oportunidad. A los pocos metros comenzaban las Tierras Sagradas, y podíamos ver a la pared de enredaderas que se elevaba sobre todo y bloqueaba el camino. Todo lo que podíamos ver de la montaña se veía cubierto por esta capa negra.
Subimos por entre las piedras, y alcanzamos el espinal. La enredadera se extendía en ambas direcciones, cubriendo el cielo rojo.
—Bueno —dijo Lang—. Ya usa el anillo, mago.
—Hace rato que estoy tratando —respondido este. Levantó el brazo, mostrando que tenía el anillo puesto—. No lo entiendo; no reacciona. Este anillo no es como la magia común; casi ni siquiera es magia, así que debería funcionar aunque hubiera un bloqueo. Pero es como si no hubiera nada del otro lado.
Ítalo gruñó algo, y avanzó hasta estar junto a la pared de plantas. Estiró su mano, e hizo aparecer a un relámpago que golpeo contra las plantas e iluminó al cielo. Pero no ocurrió nada. Las plantas no se cortaron. El trueno dejó un residuo en el aire, como cuando puede olerse la lluvia, aunque no había muchas nubes en el cielo.
Noté que Lang y Aldara se habían sentado en unas piedras, apoyando sus cabezas en los brazos. Al mismo tiempo, Cregh lanzaba una ola de fuego contra las espinas, sin lograr nada.
Miraba de izquierda a derecha, tratando de que se me ocurriera algo. No podía pensar que habíamos llegado ahí para nada. No podía dejar que ese pensamiento entrara en mi cabeza.
Había una luz blanca alrededor de Cregh, pero se fue a los pocos momentos; un hechizo de transportación también había fallado. Ítalo lanzó una flecha, y empezó a buscar en su carcaj por otra. Al verlo, perdí la respiración, y corrí hasta él y le bajé el brazo. No podíamos empezar a hacer cosas así; a delatar que estábamos desesperados. Pero él me miro sin más ideas.
—Dalia, ¿cómo conseguiste tu espada? —escuché a Lang de pronto.
—¿Eh? —me giré hacía él, angustiada. El pistolero parecía una silueta contra el atardecer—. ¿Por qué? ¿Mi espada? ¿Pensas que va a poder hacer algo contra las plantas?
—No veo que la luz pasé entre los tallos —dijo Aldara—. Y no parece que nadie los haya manipulado antes, tampoco. No creo que ni esos otros cinco hayan podido pasar.
—Quizá sí —me respondió Lang—. Quizá los pueda romper, ¿no?
—¿Pensás que es la espada brillante de la leyenda? —me reí.
—Quizá. ¿Cómo la conseguiste?
—Fue… Fue hace diecinueve años, nos llegó el día que nací. —Me senté en el suelo, haciendo memoria. Pensé en mi papá, sentado junto a mí, contándomelo todo, y dejé que las palabras salieran solas—. Era de noche y llovía, pero papá no había cerrado el negocio, porque en ese entonces todo iba bien y era seguro, y… entonces entró un bicho… un bicho entró pidiendo ayuda, desangrándose. —Hablaba sin parar, sin pensar en cómo sabía eso. Las palabras parecían salir desde mi interior, y no de mi cabeza—. No era humano, pero estaba sangrando, y eso era todo lo que importaba. Papá lo ayudó, y… y en agradecimiento el bicho le dio la espada, y ese día nací así que papá supo que esa espada iba a ser para mí…
Me quedé mirando al suelo, perdida en mí misma.
—Supo que iba a cortar para mí.
—Bueno —bufó Lang—. Un bicho… quizá no sea la espada brillante, está bien. Pero aun así podés probar si corta a las plantas, ¿no? ¿Por qué no?
—¿Por qué no, Dalia? —dijo Aldara, alentándome. Sostuve su mirada durante unos momentos, y suspiré.
Me levanté con esfuerzo, y caminé hasta la enredadera. Ítalo tenía un en las manos, y lo usaba contra las plantas una y otra vez. Yo tomé la espada de mi cinturón, y me sumé junto a él, pero tampoco pude abrir un camino. La vegetación se agitaba bajo el peso de nuestros golpes, pero era como cuando mi espada no tenía filo, antes de que empezase a sanarme; parecía un pedazo de piedra inútil, y las capas de espinas no se quebraban.
Podíamos ver desde nuestra posición que rodear la montaña desde afuera no iba a traer ningún resultado; empecé a pensar que podía intentar pasar entre los tallos, si no quedaba ninguna otra opción, mientras mi espada me curara, y tratar de encontrar un camino desde adentro.
Entonces miré a Ítalo. Su rostro estaba agitado, y su pelo resplandecía por el sudor. Me di cuenta de que yo también estaba así. El hormigueo se sentía más fuerte que nunca. Esas plantas no eran normales. Esa montaña parecía vibrar bajo mis pies descalzos. Ítalo me miró a los ojos, respirando por la boca, y entonces dio un paso atrás. Dejó caer sus cuchillos sobre la hierba.
—Ansala Del Valle pisó estas tierras hace doscientos años —dijo—. Y ahora yo sigo sus pasos; llegué al mismo lugar al que él llego. No puede cerrarse ante mí.
Avanzó despacio hacía las plantas, mirándolas fijo. Vi que tensó los hombros, y supe que él también estaba sintiendo el hormigueo. Entonces bajó sus manos sobre las plantas, y las cerró bajo dos espinas.
Pero no brotó nada de sangre. Sus puños se cerraron con fuerza. Un rumor sacudió a toda la montaña. Las raíces se sacudieron, y toda la figura de la montaña se removió. Lang y Aldara se levantaron de inmediato, y se acercaron a mí y a Cregh. Ítalo parecía sobrecogido. El hormigueo era más fuerte que nunca.
El mago miró a Ítalo de arriba abajo, y del arquero a las plantas, intentando entender. Las plantas continuaron removiéndose, y se agitaban en todas las direcciones.
—¿Es por qué sos un Del Valle? —preguntó Cregh en voz baja.
—No… No se… —murmuró Aldara, que se acercó a Ítalo. Los temblores continuaban. Aldara miraba derecho. Movió sus manos hacía las enredaderas, pero justo antes se detuvo, temerosa.
Entonces yo me moví a su lado, y cerré mis manos sobre una rama. La marea de espinas se sacudió de nuevo. Aldara me sonrió, y apoyó sus manos a su vez. Cregh se sumó, y Lang hizo lo mismo.
Ninguna espina dolía. Toda la montaña parecía moverse, pero la enredadera no hacía ruido. O quizá el rumor que sentía ofuscaba todos los otros sonidos.
La pared de ramales empezó a abrirse, despacio, desde el centro entre nosotros. Ninguno de los cinco corrió las manos, y entonces la vibración sobre nuestra piel se detuvo. El rumor calló. Hubo silencio por un instante, y entonces sonó un crujido enorme, recorriendo todo el aire, cuando cientos de ramas se doblaron para abrir un camino; se torcían, se quebraban hacía los lados y nos abrían un paso, una puerta.
La enredadera estaba abierta ante nosotros, e Ítalo dio un paso dentro de la montaña. Yo lo seguí atrás; luego Cregh, y luego Aldara. Entonces noté que Lang estaba mirando hacia atrás.
Su gato nos contemplaba desde la entrada en silencio, con calma. Él no había hecho más que esperar con paciencia desde que habíamos alcanzado la montaña.
El pistolero extendió su mano hacía su gato que no era un gato, y este permaneció en su posición por unos momentos. El pistolero no dijo nada, no movió su mano, y el gato al final saltó hacia él. Todos entramos.
Las puertas no se cerraron detrás de nosotros, de cualquier manera. Las plantas de espinas se inclinaron hacía el suelo, mostrando sus troncos y despejando nuestro camino, y eso fue todo. El movimiento de las ramas separándose se oyó como un eco que recorría la montaña hasta su otro extremo. Seguimos adelante en las Tierras Sagradas, cuesta arriba. La tierra olía a polvo y humedad, después de haber pasado tanto tiempo sellada del aire puro.
Las raíces dentro continuaban creando un techo, pero evitaban estorbar el suelo. El camino que mostraban no era recto, siguiendo las irregularidades de la montaña, que se hacía cada vez más erguida. No había una ruta definida y limpia, y teníamos que luchar con el terreno tanto como nos era posible para avanzar; el camino se elevaba de repente, y muchas veces teníamos que usar la maleza como apoyo para subir a rocas altas. Una vez incluso necesitamos subirnos a la espalda de Malo, como canino, para poder saltar sobre un barranco.
El recorrido era silencioso y sereno. No había viento, y el cosquilleo había desaparecido; ahora estábamos solos con la dureza franca de la piedra. Mientras continuábamos subiendo la montaña el tiempo empezó a desaparecer; perdí la escala de todo, y olvidé esas cuestiones. Por encima, los últimos trazos rojos en el cielo desaparecieron, y las estrellas empezaron a salir.
La imagen de lo que nos esperaba más adelante no lograba abandonar mi cabeza. Pensé en el Deus durmiendo en esa misma montaña, y pensé en mis sueños sobre un despertar. En ese momento estábamos gateando sobre una pendiente especialmente resbalosa. Los cinco avanzábamos con las manos y los pies, muy despacio. Malo se adelantaba de a saltos y revisaba lo que había más adelante, como había hecho en todo el recorrido. Ya había salido la luna, y esa noche era un faro inmenso y azul.
El gato llegó a la cima de la inclinación y agazapó la cabeza. Dejó escapar un maullido agudo. No se dio vuelta hacía nosotros, y saltó adelante. No tardamos en alcanzarlo y compartir su vista: la enredadera de ramas se abría de nuevo en esa altura de la montaña, creando un claro. Era un ancho terreno de tierra. Podía divisar un objeto a la distancia, acostado contra un árbol; las ramas en las alturas hacían un agujero sobre él, lanzando un rayo de luz. Me acerqué despacio, abstraída.
El resto del grupo terminó de subir, y permanecieron ahí. Solo Lang se adelantó, despreocupado, detrás de mí.
Contra el árbol se encontraba una armadura. Su metal ya era gris y oxidado por el paso de los años, pero la luna pegaba en él y lo hacía resplandecer, brillar como si fuera refulgente. Desde el casco se asomaba una calavera silenciosa. Reconocí la forma de un humano. El caballero se encontraba recostado contra el árbol, con una rodilla levantada como si estuviera recuperando sus energías. Estaba extendiendo un brazo, sosteniendo una espada en él. Yacía contra una punta del claro, discreto. Malo maulló contra la noche.
No podía separar mis ojos de la espada. Era cristalina, tan alta como todo el caballero, y el cadáver tenía que extender todo su brazo para poder aferrar el mango. La hoja le devolvía una mirada de sus huesos, tan brillante como la armadura. Pero sin el óxido y vejez de esta. De alguna manera, parecía brillar con su propia luz, más allá de la luna.
Ítalo dio unos pasos hacía nosotros, alcanzando a Lang. Sentía que ya sabía lo que estaba viniendo. Empezó a crecer una nueva presión en mí, pero esa vez no venía de la montaña; no.
—La espada brillante —dijo entonces el arquero.
—Se quedó doscientos años en este lugar… —masculló Lang, lanzando un escupitajo.
—Sí. Y ni siquiera está oxidada —murmuré, dirigida a nadie en particular.
—Tiene que ser esa. Tómala, Dalia —dijo Ítalo—. Este soldado tiene que ser el Caballero que cortó al Deus. Él que lo hizo con esa espada hecha para poder herirlo…
—Sí —dije—. Entiendo.
Moví mi mano, despacio, hacía el mango de la espada. De repente me sentía cien veces más pesada. De pronto podía sentir una brisa contra mi pelo, tan pequeña que no me había fijado en ella, pero ahora parecía un vendaval cortando por mi piel. Entendí que esa presión no venía de mí. Era como cuando me había desviado del camino del rio, en Lignus, hacía tanto tiempo, y había encontrado esa palabra mágica bajo la corriente. Casi podía sentir a Destino junto a mí, obrando, tomando mi mano y moviéndola conmigo.
Miré hacía las cuencas del cráneo podrido, y no vi a una figura sombría, sino a un compañero que me estaba pasando su tarea. Matar al Deus. Para eso había recorrido todo ese camino y llegado hasta ese lugar. Sostuve el mango por encima de la mano del caballero, y tiré con fuerza. La espada se negó a salir. Su guardián la había guardado por mucho tiempo. Tiré con más fuerza, y por fin el agarre cedió. La mano del muerto no se quebró, sino que solo dio una mota de espacio para la hoja. Incliné la espada plateada hacía mí, dejando que el filo reflejara mi cara. Me vi sonriendo.
Moví mi mano hasta el espacio en mi cinturón donde descansaba mi espada negra. La saqué, la aprecié una última vez, y la llevé hacía el puño anhelante del caballero. Ocupé ese espacio vacío y concreté el intercambio.
—El viejo tiene un agarre fuerte —dijo Lang—. Me temo que no vaya a ser muy útil tratar de sacarle esa armadura.
—Dejala. Llevan ahí doscientos años —dijo Ítalo—; ya deben ser una parte más de ese árbol.
—Dalia, ¿estás segura de que es una buena idea? Tu otra espada curaba tu cuerpo… —dijo Cregh.
—Está bien, Cregh. Esto es lo que quiere Destino —dije—. Si sigo sus indicaciones no me puedo equivocar. Estoy segura de eso… Tengo que dar una parte de mí para poder continuar.
Guardé la espada brillante en mi cinturón mientras reemprendíamos la marcha. Nos unimos al resto. Ahora el camino hacía una bajada. Cregh empezó a sugerir que quizá debíamos montar campamento, antes de que la noche se hiciera más oscura, y por un momento no pude evitar pensar en la enciclopedia de mamá. Me la había dado cuando estaba dejando casa, pero luego se había consumido en el fuego de Aqlatan. Había perdido el recuerdo de mamá, y ahora estaba dejando atrás el recuerdo de papá. La espada. Pensé en eso, y vi la luz de la bola de cristal de Destino.
Me refregué la cabeza. Esos eran pensamientos extraños. No tenía por qué preocuparme. Nunca había parecido que yo iba a remontar a nada, una chica pobre en una ciudad delegada… Pero Destino había querido que yo, entre todos los soldados del reino entrenados, llegara hasta ese lugar.
Dejamos el claro del caballero, y avanzamos un poco más hasta encontrar otro lugar bueno. Pronto dejamos todas nuestras cosas en el suelo, nos recostamos en un círculo, y Cregh hizo aparecer una flama. La luz temblorosa flotó en la oscuridad, entre la tierra húmeda. Y se hizo más oscura, y más oscura. Mientras que yo me hundía en el sueño.

◘◘◘◘◘

Cuando Aldara tomó mi hombro para despertarme, salté hacía adelante con un grito. Ella no retrocedió, sino que me ofreció un poco de agua, servicial.
Su mirada lo decía todo. Debía verme horrible, y estaba transpirando por toda la frente. Ese sueño había sido peor que todos los demás. Habían estado haciéndose peores, y ese había sido el más intenso, pero no podía permitirme creerlo… Esa carne sin piel, esos huesos de madera… Esperaba que fuera un mensaje, un símbolo, como los sueños de los días anteriores… Porque si de verdad había visto al deus… Sonreí a Aldara una vez más, y le dije que me encontraba bien.
Frente a mí se encontraban los tres hombres de nuestro grupo, levantados. Ya habían desarmado el campamento, pero me habían esperado con paciencia.
—Queríamos dejarte soñar con calma —explicó Cregh. Sus palabras eran lentas… salían con esfuerzo. Era visible que se hallaba tenso—. Pero entonces empezaste a verte algo mal. Ahí fue cuando Aldara insistió en despertarte…
—Es posible que veamos al Deus hoy, Dalia —dijo Ítalo, sin dar más rodeos—. ¿Con qué soñaste?
—Pues… —empecé a decir. Lang, Aldara e incluso Malo también me miraban con atención. Tomé otro sorbo de la cantimplora. En realidad, no tenía caso ocultar nada—. Puede que hayamos llegado muy tarde. Que ya haya despertado. Que ya no se encuentre en esta montaña.
—¿Eh? —balbuceó Cregh.
—Dalia, ¿de qué estás hablando? Las enredaderas seguían cerradas cuando llegamos —dijo Lang.
—¿Qué fue lo que viste? —preguntó Ítalo—. ¿Viste al Deus?
—Sí —dije—. No sé. No sé lo que vi.  —Me tomé la cabeza, abrumada. El resto me dejó respirar. Era claro que querían saber más; no tenía caso lanzarme preguntas. Traté de recordar las imágenes durante un momento, y entonces hablé—. Vi un lago. Creo que era un lago, al menos… Estaba al pie de una montaña. Pero no creo que fuera esta… del otro lado de esta montaña solo debería estar Verin.
—Ahí… ¿ahí viste al Deus? —preguntó Aldara, que se había a mi lado. Asentí.
—Pero, ¿por qué? ¿El Deus? ¿Qué estaría haciendo en un lago? —dijo Lang.
—Creo que estaba… refrescándose, despertándose, reanimándose. Terminando de despertar —murmuré—. Todo el sueño estaba nublado, no, nublado no… poblado de esa sensación que había en la entrada. Ese rumor, pero mucho más grande. Creo que eso es la presencia del Deus. Yo creo que es eso. Pero ahora era inmenso; me asfixiaba. Quizá solo era por ser un sueño, pero…
—Estás segura, ¿no, Dalia? —dijo Ítalo.
—Entonces eso significa que, ¿qué…? ¿El Deus ya no está acá? —dijo Cregh.
—Me parece que ya lo entendimos, Cregh —lanzó el pistolero, irritado.
—Bueno… bueno —empezó a murmurar Ítalo, mientras yo me levantaba. Me acerque al resto, e Ítalo levanto la mirada. Parecía taciturno—. Está bien. Es solo un poco más. No contaba con matarlo mientras dormía, de todas maneras, no realmente.
—Está bien, sí —repitió Lang—. Sigamos de una vez. —Y empecé a caminar con él, a dar los primeros pasos, pero Aldara nos paró.
—Esperen —dijo—. ¿No podemos hablar de lo que vamos a hacer? Es que…Lo que pasó en Aqlatan…
—Dioses, ¿podes dejar de pensar en eso? —se quejó Lang. Entonces le puse una mano frente al pecho, callándolo.
—Aldara, ¿qué pasa?
—No, yo digo… —Aldara se llevó las manos al pecho, nerviosa, y luego a la cintura, guardando la cantimplora que me había prestado con torpeza—. ¿Vamos a seguir así?
—¿Así cómo? —saltó Lang—. Dioses, gente, ¡Dalia acaba de decir que el Deus está despierto! ¡Un dios! ¡Y ya está caminando! ¿Es que no entienden…?
—Estoy hablando de todos los que maté, todos esos bichos —dijo Aldara entonces—. ¿Vamos a seguir así, haciendo cualquier cosa que necesitemos? Y ahora, que hay que hacer lo más importante de todo…
Lang miró a Ítalo, en confidencia. Dos personas con miradas comunes.
—Tenemos un trabajo que hacer —dijo Ítalo con calma. Malo lanzo un maullido, como aprobando sus palabras. Aldara solo bajo su cabeza.
—Aldara, ¿qué podríamos haber hecho? ¿Dispararte? —dijo Cregh—. No había nada que hacerle, no eras vos… dejá de lastimarte por eso. Pero vos… —el mago se giró hacía Lang—. No me gusta esa mirada, Lang. Vos no podés decir que tenes magia… bueno, nada parecido… corriendo por tu cuerpo. Espero que no intentes nada así. Recuerdo bien que tenías a esa Nereida y elegiste no hacerle nada.
—Sí, pero fue un momento de debilidad —replicó el pistolero, agrio—. No voy a cometer el mismo error.
El mago no respondió nada. Me di cuenta de que Aldara me estaba mirando, como pidiendo una respuesta de mi parte. Pero no podía. Yo había comunicado el sueño, nada más… Destino me lo había mostrado para que fuéramos hacia allá. Así es como eran las cosas. Aldara suspiró.
—Vamos a estar bien. Ahora tengo la espada que puede cortar al Deus —dije.
Me di vuelta y empecé a caminar, dejando a Lang atrás. El resto se puso en marcha unos momentos después. Los pasos de los seis resonaron sobre la tierra.
Alcanzamos la cima de la montaña a las dos o tres horas de marcha. Los ramales eran más abundantes ahí, así como la maleza; en esa área el pasto había crecido, cubriendo todo el suelo. El centro era ocupado por un gran cráter. La tierra se hundía en una maraña de raíces desgarradas.
El lugar estaba vacío. No me había equivocado. El Deus había abandonado su cama.
¿De verdad se había levantado durante la noche anterior? ¿Acaso nosotros le habíamos abierto las puertas?
Pero no. Algo me decía que no había sido así. Pensé en ese sueño que había tenido la noche antes de la montaña. Ver a Wendagon en aquel día, en el principio. Creí entender el significado de que apareciese aquel día. Las enredaderas podrían evitar que todo lo demás entrara, y seguían cerradas entonces, pero no era una prisión para él. No buscaban contenerlo. Él era capaz de salir.
Bajamos la montaña durante todo el resto del día. Las horas pronto dejaron de tener sentido, justo como en el día anterior, entre todos los saltos y descensos; el aferrarse a las rocas, el aferrarse los unos a los otros. Pronto la luna estaba radiante entre las estrellas, pero no podía faltarnos demasiado para llegar abajo. Decidimos montar campamento, y nos acostamos en las Tierras Sagradas una vez más.
Esa noche Cregh estaba demasiado frustrado; no estaba de humor para encender una flama. Nos llegaba suficiente luz a través del techo de ramales negros; plantas sombrías. Todo en el oeste parecía estar cargado de un color oscuro. Aun así, la luna seguía igual que siempre, brillando igual a como lo hacía en casa, donde podía mirarla con mamá y con papá. Resplandeciendo junto con mi espada. Brillaba con una fuerza que enceguecía. Pronto bostecé y me dormí.


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