martes, 12 de septiembre de 2017

Madera & Hueso — 65 — Ítalo


CAPITULO VII
VERIN


Ponerlo en palabras no era posible. Simplemente no se podía.
Debía haberse evitado; no había duda de eso. Lo segundo que sentí fue Dalia había muerto por mis propias manos. Quizá fue que no había podido sacarme de la cabeza la forma en que habían cambiado los ojos de Aldara, y el hecho de que ahora no atrevía a mirarla directamente… Quizá había pasado demasiado tiempo recreando en mi mente las escenas que traducía del Thi-yit. Abrir las tierras del Deus, que nadie había pisado en dos siglos, se había sentido tan bien… Probablemente nos creí invencibles por un momento, e ignoré por completo el que la luna hubiese abandonado el cielo la noche anterior.
No me atrevía a levantar la cabeza; pesaba el doble que el resto de mi cuerpo. Pude escuchar como llegaban los pasos de los otros, y entonces se hacían más lentos. Sin darme cuenta ya estaba de rodillas. Dolorido por no poder hacer nada al respecto, sentía con fuerza que eso estaba mal. Demasiado mal. Y volteé la cabeza para ver al resto. Cregh intentó acercarse, pero comprendió que ya no había ninguna chance. No era como la última vez; la espada no iba a poder curar eso. Su rostro se quebró en una mueca de mil sensaciones juntas; Lang bajó su cabeza y la clavó en el piso. Y Aldara… solo miraba. Sus ojos parecían haberse vuelto el doble de grandes. No estaban vidriosos, pero brillaban al reflejar a la luna de la misma forma en que lo hacía el cuerpo empapado de Dalia. No parecía que Aldara estuviera más viva que ella.
Fueron minutos largos, pesados como horas, de eterno silencio. Al final intenté abrir la boca, pero sentí cómo mi rostro se contraía. Solo pude evitar las lágrimas porque ya no lograban venir desde que la sombra existía. No solo habían matado a uno de nosotros; habían matado a nuestra guía.
Sentí un escalofrío detrás de los ojos al pensar cuan vasto era el Oeste y cuan solos estábamos ahora.
No debería hablar acerca de lo que yo sentía cuando prácticamente podía escuchar los latidos de mis compañeros, golpeando contra sus costillas. Era terrible. Simplemente… no podía imaginar un escenario peor.
El coagular de la sangre dio paso a las primeras palabras de la noche. Y también al odio, que empezó a opacar a la desesperación. Jamás había tenido tantas ganar de matar como cuando Aldara pronunció aquellas palabras.
—Hay... Hay que enterrarla —dijo, tratando de no susurrar.
Los otros abrieron los ojos como platos, cruzando miradas.
—Yo... Yo me encargo —dije, sin despegar las rodillas ni las manos del suelo—. Voy a hacerlo.
Di el primer paso y sentí que ahora, además de mi cabeza, todo mi cuerpo pesaba. Al segundo paso pesaba cinco veces más. Detuve la marcha y me miré las manos.
—Dalia...
Tenía ganas de derrumbarme en el piso. Moría de ganas de tirarme en el piso y enterrar la cara, y no moverme más. Pero seguí caminando… con pasos lentos. Muy lentos. Requería energía de la piedra para poder hacerlo. Mi cuerpo era metal. Aun así, de alguna manera podía sentir la mirada del resto en mi espalda; no podía caer. Caer significaba rendirse, y por más cómodo que pudiera parecer morir, sabía que no sería un final en calma y sin culpas. Solo tenía que levantar la cabeza, y mirar al Oeste, para saber que rendirse en ese lugar salvaje iba a significar sufrir un final salvaje.
Al final llegué hasta Dalia. Acaricié su mejilla y le limpié el rostro. Le acomodé el pelo, que ahora hacía juego con su sangre. Al lado de su oreja había una pequeña pluma negra, resplandeciente. Estaba tan frustrado… Tenía que dispersar mi mente para poder encargarme de Dalia y dejar de pensar en su venganza. ¿Cómo pudo ser tan idiota? ¿Por qué tuvo que dejar su espada mágica? Sacudí la cabeza, aislando las ganas de que la siguiente garganta en sangre que viera fuera la del culpable, y dirigí mi atención a sus ojos. Estaban abiertos, inyectados en sangre. Parecían perlas de cristal. Parecían vivos y estaban mirando en una dirección específica.
En ese instante pude imaginar una situación peor. Podía haberse tratado de otra noche sin luna, y los ojos de Dalia podrían haber estado cerrados, abrazando una muerte infinitamente dolorosa. Pero no era así; la habíamos encontrado bajo un manto hermoso de luz blanca, y con su última voluntad teníamos un camino marcado. Cerré los párpados para que Dalia pudiera entender que aceptábamos continuar.
Acerqué su cuerpo a mí, y pegué mi frente con la suya. Cerré mis ojos y suspiré una última vez. Me giré hacia la izquierda, hacia el Oeste. Teníamos que encontrar un claro donde enterrarla. Pasó el anillo al mago para movernos y aparecimos fuera del bosquecillo que se formaba al pie de la montaña. Encontramos una llanura con una piedra triangular muy grande, y pareció el lugar adecuado. No dejé de sostener a Dalia mientras Cregh, Lang e incluso Malo cavaban la tierra.
Los miré unos instantes, pero entonces me fijé en Aldara. Parecía perdida en la llanura; adonde había estado mirando Dalia. En aquel brillo que cubría el horizonte. En ese instante de verdad quise saber que había adentro de la Nereida. La distancia me impedía distinguir sus ojos, pero ahora parecía estar en calma y esa calma me desesperaba. Pero sabía que había mostrado su peor forma hacía unas pocas horas, en Aqlatan, y si no lo hubiera hecho todos hubiéramos muerto. Ella no debía saber cuál Aldara debía ser ahora. Su única certeza era una gran angustia, que no paraba de crecer, y un odio que no se quedaba atrás.
Lang me tocó el brazo para indicarme que la tumba rudimentaria estaba lista. Casi había olvidado que tenía a Dalia en brazos. Con tanto cuidado como nunca en la vida, le apoyé la nuca en su nueva y última cama. Le acomodé los brazos sobre el vientre y estiré sus piernas. Lang se acercó a ella, y note que todavía estaba sosteniendo la espada larga que Dalia había encontrado. Lang le levantó los dedos con cierto esfuerzo y la tomó y guardó. Entonces comencé a enterrarla, y el resto se sumó pronto. Sin darnos cuenta acaba de pasar la última vez que íbamos a ver el rostro de Dalia.
Recité un poema típico para los difuntos, inventado de mis ancestros.
Nuestras miradas volvieron a encontrarse luego de un pequeño silencio. No había duda de que todos esperábamos que Dalia se levantara como siempre, se sumara a nosotros y pudiéramos seguir nuestro camino. Todos contentos y felices como en un cuento.
Pero ninguno pudo sostener la mirada por más de un instante. No podía (no podría) deshacerme de ese sabor amargo detrás de la lengua, de que todo eso podía haberse evitado si le hubiera hecho caso a la luna. Las dudas que nos rodeaban hacían que mover la lengua fuera todo un desafío. Podía ver como no era el único que abría la boca con timidez para cerrarla de inmediato.
Esa vez fue Lang quien rompió el silencio.
—Y ahora... ¿qué? —dijo, desatándose la garganta. La pregunta de Lang era ambigua: ¿Qué hacíamos entonces? ¿Nos dábamos por muertos? ¿Nos rendíamos? ¿Servíamos al Deus? Pero parecía que no, no era eso, de verdad quería saber por dónde seguía nuestro camino.
—Nos queda una sola dirección —respondí.
—El Oeste —susurró Cregh.
—Y más puntualmente Verin —completé. Aldara se giró en esa dirección, por donde brillaba el horizonte.
—Deberíamos empezar a caminar hacia esa luz.
—¿Qué es? —acotó Cregh—. No entiendo porque está ahí flotando. El paisaje parece desaparecer cuando empieza la luz.
—Empecemos a movernos —dijo Lang—. No quiero recordarles que ahora saben dónde estamos gracias al anillo.
—¿Qué? —Miré al pistolero—. ¿Nos están siguiendo?
—No hay nada en el mundo que pueda rastrear la magia de este anillo, Lang —dijo Cregh.
—¿Entonces sugerís que el cuervo estaba adentro de las Tierras Sagradas antes que nosotros? —El pistolero también debía haber visto la pluma negra.
Cregh negó con la cabeza.
—El lugar era impenetrable. No hay manera. Aun así, no pudo haber ocurrido debido al anillo.
—Pues yo creo que deberíamos deshacernos de él —dijo Lang.
—¿Estás loco? La única razón por la que no estoy vengando a Dalia ahora mismo es porque la magia de estos putos anillos es imposible de rastrear.
—Entonces… —Lang levantó una ceja—. ¿Nos estaban siguiendo y nadie lo notó?
No pude evitar girar la cabeza para asegurarme que no hubiese nadie atrás de nosotros.
—Si hubieran estado tras nosotros nos hubieran matado a todos. Y ya saben que tenemos uno de sus anillos, así que tuvieron tiempo de sobra si es que pueden rastrearlo. No veo por qué esperarían un día para matarnos y solo a… Dalia —dije. Lang no parecía convencido.
—Bien podrían ser precavidos. O nos respetan; saben que ahora podemos igualarlos.
—No suena tan descabellado, cierto —dijo Cregh—. Pero, ¿saben? Somos un objetivo más fácil acá, quietos al pie de la montaña.
—Bien…Vamos —dije.
Empezamos a caminar con ritmo lento, siguiendo aquel reflejo en el cielo. Pensé que no podía encontrarse a más de veinte minutos, pero la caminata se prolongó el doble de ese tiempo, y la luz seguía lejos. Me daba la sensación de que se movía con el horizonte, pero me guardé el comentario y pensé sobre el hecho de que íbamos a necesitar más capas blancas para poder entrar en la ciudad. Aunque era posible que ni siquiera eso fuera suficiente; aquel gurag nos había dicho que ser humano era un crimen mortal, y lo habíamos comprobado en Aqlatan.
—Cregh, dame el anillo —dije al fin—. Ustedes no tienen una túnica de los iluminados. Mientras ustedes llegan hasta la ciudad, voy a buscar túnicas para ustedes. —Cregh me pasó el anillo.
—Tengo que la corazonada de que no hay humanos en Verin. Pero solo es una corazonada —dijo Lang.
—No sos el único —asentí—. Tengo el mismo presentimiento. Por lo menos van a poder descartar el problema del anillo. Si realmente pueden rastrear esto, voy a tener una mejor oportunidad si me encuentro solo en medio de una ciudad.
Cregh suspiró, llevándose las manos a la cara.
—No entienden que su rastro no puede seguirse, ¿no? Solo preocupate por lo que pueda haber dentro… si se supone que esa luz es Verin.
—Van a haber humanos dentro. Y esa luz es Verin, estoy segura.
Todos nos giramos hacía Aldara. Ella se encogió de hombros y bajó aún más la mirada.
—Deben faltar menos de dos de horas para el primer rayo de sol —dije, aunque las noches ahí parecían eternas—. Cuando consiga las túnicas voy a poder volver hasta ustedes con esto. —Saqué mi pergamino verde y se lo entregué a Cregh, junto con mi arco y carcaj—. Voy a volver, no se preocupen. Pero traten de encontrar un lugar donde dormir; nada nos garantiza que no vaya a ser el último descanso antes de toparnos con el Deus.
Calcé el anillo en mi mano izquierda, en mi dedo anular, y miré hacía la luz. Al siguiente parpadeo me encontraba bajo ella. Pero más allá del cielo que parecía ser, me veía rodeado por una oscuridad absoluta. El pasto ya no reflejaba la luna. Traté de avanzar en la oscuridad y me golpeé la cara con algo.
—Mierda, ¿qué es esto?
Al tantear con las manos noté que era un paredón. Mirarlo no era diferente a cerrar los ojos. Junté un poco de energía en mi mano izquierda, y de ella floreció la versión diminuta de un rayo. Se movía inestable y confuso, pero era más que útil como iluminación. El paredón se extendía hasta donde llegaba mi luz. Mire al foco de luz sobre mi cabeza, como un faro, y camine hacia ella hacia la izquierda del paredón. Fueron unos cinco minutos y solo cuando estuve bajo ella pude ver una entrada.
—¿Qué ser vivo querría entrar a esta cosa de noche? Seguro que no necesitan guardias.
No entendía como una ciudad podía ser tan oscura. No podía ver más de unos pocos metros alrededor, y con mi mano brillando era un objetivo más que fácil. Dioses, no había manera de que hubiera tan poca luz; quiero decir, la luna estaba encima de mi cabeza. Me pegué a una pared que decidí pensar como segura y esperé a que mis ojos pudieran acostumbrarse. Mientras estaba agazapado recordé algunos “preceptos” que se decían del Oeste. Seguro que no eran más que rumores, leyendas contadas de boca en boca. Historias distorsionadas o inventadas; pero otras, por qué no, podían ser verdaderas. Y la oscuridad parecía ser un tema recurrente, junto con su Deus relacionado con la misma.
De repente noté como la luz de mi mano se corrompía en dirección del aquel orbe blanco. El rayo se distorsionaba y tendía a inclinarse hacia aquel foco. Era una locura, pero no me sorprendió la idea de que aquel farol estuviese absorbiendo la luz de la luna. No tenía ni la más mínima idea de cómo podía ser posible, pero cada vez que la miraba parecía estar comprobando mi teoría. Supongo que la oscuridad era así de importante para ellos.
Unos quince minutos después mis ojos se acostumbraron a la oscuridad y pude ver qué pasaba a mí alrededor. Había algunos reflejos vagando por la noche, aunque eran mínimos.
Caminé con mi capa de impunidad, adentrándome en la ciudad. El cielo estrellado me permitía percibir mínimamente la forma de los edificios a pesar de su negrura. Eran muy altos en comparación a las calles angostas. Aumenté un par de veces la iluminación de mi mano para poder observar mejor algunos de esos callejones refinados, buscando algún humano durmiendo, borracho o despechado.
Era algo irónico que, si la oscuridad era sagrada, en el momento más oscuro del día no hubiese nadie en las calles. No era la primera vez, en todas las ciudades del Oeste, que la noche era el momento más seguro del día.
Bajo mis pies me pareció encontrar una señal en las calles. No podía descifrarla, pero junto a ella había dos barras de metal que se adentraban en la ciudad, gemelas. No veía que me llevasen a ningún lado en especial. Pensé que ni siquiera sabía qué estaba buscando, sin darle más vueltas. Pero sí, sabia, tenía que encontrar tres víctimas y robar sus prendas, pero… ¿y luego?  Era todo bastante difícil, partiendo del punto de que no podíamos comunicarnos; apenas podíamos interpretar, leer, o escribir algo del idioma del Oeste. Y sin Dalia… eso se sentía como estar desnudo. Se suponía que el Deus ya estaba despierto, es decir que ya debíamos haberlo cazado para esas alturas. Aunque no había despertado del todo, o de lo contrario todo su pueblo se hubiese levantado a las armas por su gracia.
Continúe siguiendo las barras de metal justo al final de las veredas, y una luz apareció de repente. Me pegué a la puerta de un edificio y miré. Lo que parecía ser una carreta de metal que recorría esas líneas de metal, venía andando hacía mí, despacio, hasta que se detuvo en la esquina frente a mí. Se abrió una gran puerta en su derecha, y no volvió a moverse. El vehículo solo estaba ahí, esperando algo. Me mantuve al margen y observé alrededor; entonces miré al cielo y sentí un escalofrío peor que al encontrar a Dalia.
Ya había amanecido; el sol comenzaba a trepar por el horizonte. Por el amor de los dioses, el cielo era celeste pero la oscuridad de Verin seguía igual. Había un poco menos de penumbra, aunque seguía siendo imposible ver a más de diez metros a la redonda.
Entonces la calle empezó a despegar los sonidos que parecía guardar, y fue como una orquesta. Voces, cuchicheos y pasos, todo al mismo tiempo en una mezcla armoniosa, torpe pero segura. Entonces los sonidos se mostraron y vi por fin personas en la ciudad.
La primera persona que apareció se acercó al vehículo; uno de esos lagartos que eran muchos mayores a los que se veían por Veringrad. Cuando se metió adentro la porción de metal no pareció sentir su peso. Entonces se acercó una pareja de búhos desde calle abajo, que imitaron la acción. Tres parpadeos después, apareció un cuervo con una toga elegante y uno de esos seres redondos y peludos, y todos entraron en aquella carreta.
Entonces, al fin, desde la izquierda apareció un Iluminado. Suspiré, y agradecí que Aldara hubiese tenido razón. Había humanos. Iba desperezándose, sin algún tipo de problema. Al menos bostezar no era un delito en el Oeste. Esperé a que estuviese a dos pasos de meterse en esa chatarra antes de acercarme, tratando de parecer tan Iluminado como se me permitiera. El vehículo emitía una luz por delante, y mi vista consiguió el lujo de poder diferenciar colores; pero no era nada demasiado nítido. Al entrar en el aparato noté que estaban todos sentados. Había un asiento al lado del humano; lo consideré, pero reconocí cuan estúpido sería sentarme al lado de mi víctima.  Elegí un lugar entre el cuervo y la pareja de búhos. Observé la forma en que estaban sentados e imité su postura, manteniendo la cabeza tan baja como podía. Lo último que quería era que alguien intentase hablarme.
Entonces entraron un gurag y una especie que jamás había visto. Su rostro era tan humano que asustaba, pero me recordaba a un ave y parecía hecho de roca, o cubierto por un caparazón. El resto de su piel también me hacía pensar en escamas o piedra, y sus ojos eran oscuros y fríos. Parecía alguien que mataría con frialdad, a diferencia de los cuervos que parecían disfrutarlo.
Por último, subió otra de las bolas de pelo y el vehículo empezó a vibrar. En cuestión de segundos estábamos moviéndonos por las calles de Verin a toda velocidad. No quería levantar la cabeza, pero necesitaba ver qué pasaba a mí alrededor. La máquina paraba y los bichos subían y bajaban. Por suerte, el humano seguía ahí. El pedazo de metal volvía a arrancar.
Sentía la velocidad en la planta de mis pies. Sentía la adrenalina en forma de cosquillas. Era extraña la forma en que el vehículo no temblaba. Contraje los dedos de pies y manos para apaciguar la sensación. Al resto de los que estaban a bordo no parecía importarles demasiado. Solo era un novato. Pegué el oído a la pareja de búhos que tenía a mi izquierda, intentando rescatar palabras; al menos lo básico. Reconocía palabras que no iban a servirme poco y nada, agotando mis energías mentales. El búho que parecía macho reía y movía su cabeza mientras volvía a retomar la conversación.
El vehículo paró tres veces más y se llenó de gente. Ver la túnica blanca en la oscuridad y con tantas personas era un desafío más que digno. Un cuervo enorme se interponía entre mis ojos y el iluminado. Dioses, ni siquiera sabía pedir permiso. Tenía que simular algún tipo de dolor en el cuello para mover la cabeza e intentar ver si el humano seguía ahí. Al final encontré un pequeño hueco entre las piernas del cuervo que me dejaba ver el final de la túnica del humano. Clavé mi mirada en el pedazo de tela y no hice más que respirar y parpadear. Entonces sentí como mi cuello se inclinaba hacia la derecha y encontraba un lugar demasiado cómodo. Parpadeaba por demasiado tiempo, y los sonidos se apagaban poco a poco. Me sentía tan cómodo que mi cuerpo parecía desvanecerse. Entonces recordé al búho asintiendo, y abrí los ojos.
La túnica ya no estaba ahí, pero la puerta seguía abierta. Corrí al cuervo del mi camino y pasé por la puerta justo antes de que se cerrara. Volví a buscar a la túnica blanca. Levanté la cabeza y pude ver que el sol ya había salido. Estaba ahí, como un círculo blanco. La manta de oscuridad que nos cubría permitía poder mirar al sol sin enceguecerse.
Entonces bostecé, y fue ahí cuando noté que no había dormido en toda la noche. La adrenalina por la muerte de la madrugada empezaba a desaparecer. Quería terminar con eso rápido para poder dormir al menos una vez antes de encontrar al deus.
No fue difícil dar con el humano. El blanco reflejaba mucha más luz que el resto de los colores que abundaban en la ciudad. La sombra de lo edificios ahora era mucho más baja ya que se limitaban a los dos o tres pisos de altura, mientras que por la entrada eran enormes. Más adelante parecían volver a subir; hacía el norte se distinguían torres triangulares altísimas que parecían intentar llegar al sol. Un vago reflejo de luz contra las moradas cerca de mí me daba la pista de que ese pretendía ser un sector más alto.
La capa blanca giró a la izquierda y lo seguí a doce pasos. Había demasiada gente para asaltarlo en la calle. Caminó por unos buenos quince minutos, y mi mirada cansada ya empezaba a engañarme. Los parpadeos se me hacían cada vez más largos, y la persecución empezaba a perder sentido. Ningún lugar parecía el indicado y ningún cuándo el acertado. Llegamos hasta un río que parecía dividir la ciudad. Un puente de piedra te permitía cruzar al otro extremo, donde las sombras de las torres altas hacían a todo aún más oscuro. No me daba buena espina. Pero allí se dirigía aquel Iluminado.
Se alejó y desapareció en la oscuridad. Lo dejé ir; ahora estaba mirando otra cosa. Fue entonces cuando comprendí que realmente había fuerzas que trabajaban para nosotros. Había un símbolo tan familiar que parecía una broma de mal gusto: Frente a mis ojos estaba impreso el símbolo de las botellas de Vera en el diseño de un vitro en una puerta.
Era bastante difícil imaginar cómo las botellas con las que me había amigado tanto se arrastraban hasta la ciudad de Verin. ¡Verin! Dioses. Pero podía jurar por ellos que eso no era una coincidencia. Oh, claro que no lo era. Nadie sabía dónde se fabricaba el Vera, pero casualmente la distribuía la familia de los Robler. La familia con raíces del Oeste en su castillo. La conexión era clara; debían estar vinculados con el Oeste.
Sabía que tenía que hacer: entrar. Algo me decía que en esa casa habría una túnica, o más. El Vera era de los humanos. La capital estaba vastamente poblada y no iba a ser fácil desaparecer manteniendo el perfil bajo. La oscuridad ayudaba, claro, pero mi manto blanco era un signo de admiración sobre mi cabeza. No había manera; tenía que usar el anillo.
Volví al centro de la calle y encaré la puerta con el símbolo de Vera. Me mezclé con la multitud que paseaba, convirtiéndome en uno más, y miré hacia la puerta y más allá. El aterrizaje volvió a ser un éxito.
La casa era otra oscuridad impenetrable. Adelante, a unos metros salía una luz debajo de una puerta. Volví a concentrarme para lograr un rayito en mi mano izquierda, y pude iluminarme hasta la puerta. Respiré hondo y la abrí. No había nadie dentro.
Era una habitación grande que daba a un patio.  Había un escritorio ocupando toda la pared, que tenía una ventana larga y angosta. Había una pequeña raíz que emitía luz. Me acerqué al escritorio, ya que vi el símbolo de nuevo en un libro. Había un par de pergaminos desplegados, negros, pero no recordaba cual era la función de ese color. Quizá servirían para después. Pensándolo bien, todo podía servir. Seguí mirando que había en el escritorio y tomé el libro con el símbolo de Vera en su portada. Podía ver que estaba escrito en lengua bicho, pero era más moderna que el Thi-yit. Era legible, pero no entendía a qué iba el libro. Listaba palabras extrañas y mostraba a una figura moviéndose. Pasé algunas páginas y me detuve al ver que una de las figuras era Malo. Bueno, al menos uno de su especie. Decía “Kav-Quitnar-Jennar.”¿Acaso sería una enciclopedia? No lo creía, pero me lo guardé también.
Seguí revolviendo las cosas, pero casi todo estaba en otros idiomas. Esperaba encontrar alguna hoja de Valma que Cregh pudiera usar para curación o alguna cantimplora para Aldara. Encontré un hueco en la pared que funcionaba como armario. En él colgaban dos túnicas blancas y una túnica azul.
Tomé las blancas. Consideré que había sido una buena búsqueda, y esperé encontrar alguna botella de Vera dando vueltas. Y luego una cama donde descansar. Me giré para encararme hacía la puerta cuando vi que el picaporte se movía.
Entró un iluminado con un cigarrillo en mano. Sentí el olor de su tabaco mentolado. Noté las cicatrices en sus manos. Su cara no había cambiado en absoluto. Era él. Levantó una mano y una ráfaga de viento me sacó la capucha.




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