martes, 12 de septiembre de 2017

Madera & Hueso — 66 — Hanzel


No era la primera noche en la que no podía dormir a causa de aquella sensación en el estómago. Habían pasado un par de días desde mi última conversación con el Hechicero Karus, pero el eco de sus palabras seguía sonando en mi cabeza. Había dicho que solo faltaba una oración para el punto final. No pensaba en nada preciso, pero a la vez en todo. Habían pasado muchos años; dos siglos para que las cosas se pusieran en su lugar.
Miré por la ventana, tratando de conciliar el sueño. Las cosas seguían su curso. La ciudad seguía igual de oscura que siempre. Tenía que acostumbrarme a la oscuridad, pues de ahora en más habría oscuridad en todo el mundo.
Estiré la mano hasta la mesa de luz y prendí un cigarrillo. Quizás la sensación en el estómago se daba porque estaba fumando bastante menos, prácticamente nada. Sentía que esas cosas que solían ser parte de mí se volvían muy pequeñas.
Realmente estaba pasando; la oscuridad iba a volver.
Moría de ganas de ver a Veringrad cubierta de oscuridad. A todo Alles.
Una oración antes del punto final.
Me acosté justo después de terminar el cigarrillo y dormir fue mucho más fácil. Tuve un sueño apagado y sin nada que destacar, pero desperté inquieto. Estiré una mano hacia los cigarrillos y otra hacia el armario. Dudé un segundo y me decidí por el armario. Tomé la bolsa y la abrí para comprobar si seguían ahí. La ansiedad me llevó a sacarlos y contarlos uno por uno por séptima vez en dos días. Ahí estaban los amuletos Djucu. Rojos, con detalles en forma de flama; hermosos. Suspiré hondo y traté de relajarme. Era difícil distenderse cuando los días estaban contados para todos. No dejaba de repetirme que esa era la última oración. Una historia que se había prolongado por dos siglos estaba en sus últimas palabras.
Me puse otro cigarro en la boca mientras me vestía. Decidí ir a buscar mi uniforme del koyeg antes de desayunar. Llegué hasta el estudio, dándole una buena calada al cigarro. Pero al abrir la puerta me encontré con una figura blanca frente a mí. Un humano se paraba frente a mí, dentro de mi casa. En una mirada rápida vi como todo mi escritorio estaba revuelto.
Fui muy iluso. Quizá no quise verlo, pero las pruebas estaban desde el primer momento. Los rasgos de su cara, el arco. Tenía que ser él. Ítalo.
Estiré mi mano para hacer volar su capucha y terminar con la cuestión.
Cuánto había cambiado su cara; ahora tenía barba y llevaba una insignia de nuestra familia en su ojo. La misma que solíamos llevar en cada batalla que peleábamos por Alles: la corona de la gloria.
Su respiración se había detenido y su cuerpo se había paralizado. Qué poco podía hacer Ítalo contra nuestro poderío. Seguía siendo poco más que un chiquillo herido.
—Ítalo, pasó un buen rato —dije, y pude sentir como su sangre se helaba. Una combinación de sentimientos me inundó al volver a hablar la lengua del Este. Primero sonreí levemente, pero luego los recuerdos malos fueron más, los mismos que me habían traído hasta ahí.
—¿Ella está muerta? ¿El sueño que tuve…? —inquirió, con la mirada en alto. Su pregunta me descolocó, sumado a la seguridad de sus palabras.  No tardé demasiado en recordar quién era ella, pero estaba más que sorprendido de que le hubiera contado sobre nuestra relación. Ella era tan pura en comparación con la ciudad y el continente que la rodeaban.
—Vas a tener que vivir para saber eso, hermano.
—Acaso… ¿acaso te atreviste a matarla? —dijo, mirando el revólver que yo llevaba en la cintura—. Ahora no me sorprendería nada de vos, Hanzel. —Mi hermano sacudía la cabeza, sin sacar la mirada del arma. Guardé silencio, tratando de concentrarme en la oscuridad que estaba por venir para calmar mí ansía de violencia—. ¿Cómo? ¿Cómo y por qué? —preguntó, llevándose una mano a la cabeza. Su voz comenzaba a flaquear, dándome a entender que, si ella había hablado, le había contado realmente poco—. ¿Cómo te transformaste en esto? Un puto… iluminado.
Quizás Ítalo se negaba a creerlo.
Su vista ahora se clavaba en mis ojos, esperando una respuesta sincera. No sabía si era su inocencia, o su falta de experiencia, pero todavía no había entendido que estaba a punto de morir en esa misma habitación.
Aislé mi mente, sumergiéndome en las enseñanzas del Deus.

36.Los cinco mueren,
Sucede antes del Juicio,
No queda ni un alma impura,
Y el pueblo del Oeste goza.

Frente a mí no había hermandad, no había cariño. No había piedad o misericordia.
Frente a mí no había un parentesco. No era un espejo ni una familia.
Una sombra del Este, vestida en las prendas de nuestra iglesia, acechaba la capital. El Cazador de Alles corrompía el aire que respirábamos. No era fratricidio, era el destino; sus propios dioses lo habían elegido.
—Pensé que ibas estar acá, de este lado, entendiendo cuán importante es que la oscuridad envuelva lo que una vez fue nuestro. Déjame mostrarte qué me enseñaron estas tierras —sentencié.
Moví las manos con los gestos y los versos adecuados. Di un paso adelante y moví dos dedos a la altura de su cuello mientras un aura negra. Se corrió hacia atrás, pero ya era demasiado tarde. Sus ojos se abrieron y su cuerpo se paralizó. Levanté mi mano, levantándolo en el aire y haciendo que su túnica se le cayera. No podía hacer ningún sonido, pero apreciaba a simple vista que estaba intentando gritar. Su rostro tomó un color rojo con rapidez, y este empezó a tomar tintes azules segundos más tarde.
—Tengo entendido que les robaste un Thi-yit a mi gente. Espero que hayas disfrutado leer, porque fue la última vez que vas a hacerlo. —Saqué mi revólver, dejando que Ítalo cayera al piso. Dibujando una sonrisa, recordé cuánto odiaba mis armas de fuego— Saludá al imbécil de Wendagon.
Cerré mi ojo izquierdo y apunté. Él estiró su mano hasta las prendas que había dejado caer y se desvaneció. La bala salió de todas maneras, dándole solo a la pared. Bajé la cabeza y grité. Fuerte.
—Los pergaminos… los pergaminos.
El inútil no puede hacer magia pero yo era todavía más inútil al olvidar que en la familia usaban esos putos pergaminos de transportación. Deus... Deus. 
Me acerqué hasta mi escritorio, donde noté que Ítalo se había llevado mi pergamino negro y el libro de hechizos Robler. Fui hasta el armario, donde corroboré que también se había llevado mis dos túnicas. Al menos el uniforme del koyeg seguía ahí.
—Qué bella es la familia.
Vestí el uniforme, no desayuné más que un vaso de agua y partí para el trabajo. Hoy sí que iba a estar motivado en mi discurso, iba a asegurarme de que para graduarse tuvieran que ganar la guerra en lugar del Deus. Los cinco mueren antes del juicio. No queda ni un alma impura. El pueblo goza.
Salí de casa y me dirigí al koyeg. Pensaba que, como siempre que algo salía el mal, el maldito Hechicero iba a venir a hacerme reclamos, con ese tono de soberbia absoluta. Como si le debiera favores. Siempre se olvidaba que yo era quién lo había devuelto de la tumba, bicho maldito. Él era quien había fracasado en Havenstad por intentar someter al grupo de mi hermano cuando estaba ocupando la mitad de su magia en mantener vivo al Pistolero.
No podía entender el que mi hermano menor estuviese defendiendo Alles; parecía algún tipo de broma pesada. ¡Un mujeriego inútil que usaba un arco! Me reí solo mientras caminaba hacía la línea rápida que llevaba al koyeg. Desde que había cedido el anillo a Karus no podía enterarme de las novedades de mi familia. Ella me contaba que Ítalo nunca traía novedades que no fueran más rorintios para gastar. Tampoco recibía noticias de mis padres; sólo eran una pareja que envejecía feliz, aunque dieran vueltas en la cama preguntándose donde estaría el hijo que los había abandonado dejando poco más que unas palabras en un papel. 
Esperé la línea principal junto a más gente de Verin. El carruaje llegó en unos segundos y arribó a la parada final en unos minutos. La entrada estaba a dos cuadras. Recibí algunos saludos de colegas y me encontré con algunos alumnos esperándome en la puerta. Los hice pasar al aula y todos se sentaron en sus lugares habituales.
—Bueno, perdón por la tardanza. Hubo unos inconvenientes pequeños y otros no tan pequeños. —Estiré mi cuello, luego los brazos y volví a mirar a mis alumnos—. Saben, no soy de permitirme influenciar por la nostalgia… pero tomémonos un segundo, ¿bien? Hace dos años no éramos más que extraños, y hoy todos están listos para defender lo que está aula representa. Seleccioné a cada uno, y los instruí bajo mi tutela. Ustedes dieron su voto de confianza a un humano, a un extraño mago del Este, y quiero agradecerles que lo hayan hecho. Ustedes nueve seguro tienen muy en mente que van a recibir su diploma en las próximas setenta y dos horas. Se formaron a lo largo del tiempo que pasaron en el koyeg, y cierran su ciclo aceptándome como su maestro. No me guardé ni un solo secreto; les enseñé todo, absolutamente todo lo que sé. Y también fui más lejos de lo que se me permitía... Deben recordar la magia del Este de las que les hablé —dije, mientras veía como sus ojos se iluminaban más y más—. Ni siquiera mis colegas están al tanto de esto. Ellos no conocen la magia de los Robler, pero ustedes sí. Ahora mismo estarán recordando alguno de los nombres que les enseñé. Estarán recordando que los instruí en la lengua del Este para que pudieran leerlos. Conocen todo, y solo falta un detallito. Los colgantes Djucu que les permiten utilizar el arte alternativo. Quiero decirles con una gran sonrisa que ya los tengo. Es todo lo que necesitan para poder desarrollar este estilo de magia. Y así van a estar completos. Y así… van a convertirse en la élite del ejército del Deus. —Tan rápido como terminé la oración, explotó una horda de aplausos y gritos—. Calma, calma, que todavía no terminé. Quiero que me escuchen bien. Esta va a ser su última tarea. Y no quiero que solo piensen en su graduación; esto es por el mundo entero. Prepárense. Les advierto que se preparen.
Mientras hablaba me relamía, imaginándome el desastre que mi pequeño ejército podía llegar a causar. Nueve lobos sedientos de sangre. La cacería terminó, hermano.
—El grupo del Este encargado de matar al Deus está en Verin ahora mismo —dije. Se produjo un silencio sepulcral—. Y ustedes van a poder tener el agrado de exhibir sus cuerpos en la plaza principal. —Los gritos volvieron, y ahora muchos ya estaban parados y se dirigían a la puerta—. ¡Vuelvan! ¡Sentados! Todavía no saben qué es lo que buscan. —Los alumnos apenas se detuvieron; uno de los gurag con la mano en el picaporte, pero volvieron a sus asientos entre murmullos—. Uno del grupo, el Cazador, robó el libro de hechizos de mi casa. Quiero que sus cuerpos estén en la plaza para el día de la graduación, junto con el libro. El grupo consta de un quitnar y cinco humanos, posiblemente infiltrados como iluminados. Solo uno de ellos es mago, pero es muy bueno con las transportaciones instantáneas. El resto no posee talentos, pero una de las mujeres es una habilidosa nereida. El Cazador, el que se llevó el libro, tiene una anyma en su ojo derecho que es más que distinguible. Pueden estar en cualquier lado, bajo esas capuchas blancas. Quiero que vayan, los encuentren y los maten. A todos y cada uno. Buena cacería.
Los estudiantes se levantaron de sus asientos con rapidez y se dirigieron hacia la puerta. Si la graduación era el jueves, todavía les quedaban tres días, y la terminación de la caza prácticamente coincidiría con el despertar del Deus; siempre y cuando los cálculos de Karus no fueran erróneos. Suspiré y miré el aula vacía.
Noté que se me había acabado el cigarro y comencé a liarme otro. Seguí mirando el aula vacía y recordé cuán importante habían sido estos dos años, cuán profunda se había vuelto nuestra relación. Les había enseñado todo lo que podía enseñarles. No podía esperar a verlos detrás del dios, usando togas azules. Me pregunté quién iba a ser el que iba a traerme el cadáver de mi hermano. Sin duda Azkar, el único cuervo del grupo, tenía un gran potencial. Tampoco dudaba que Ventus, el más alto de los dos gurag, pudiese matar a los cinco si se mantenía sobrio. Pero quién sabía; cualquiera de los nueve podía cumplir la misión.
Salí al patio y me senté en la fuente para fumar el cigarro. Parecía un día tranquilo; era mediodía y no había nada para hacer. Había tenido el presentimiento de que Karus iba a tratar de contactarme desde el encuentro familiar de la mañana. Mientras estaba sentado en la fuente traté de estirar el cigarro lo más posible, pues ese era el último.
Cuando el sol se paró justo por encima de mi cabeza decidí ir a la terraza de la torre numero dos para ver si mi corazonada era cierta. Me ponía de mal humor pensar que iba a tener que discutir de nuevo con el gran Hechicero supremo, pero aun así me tomé la molestia de transportarme hasta allá. Creé una pequeña chispa blanca y me encontré en la azotea de la torre, donde Karus esperaba, mirando al vacío.
—¿Ya estabas esperando? Parece que solo venís cuando hago algo mal —dije.
—Esta vez son buenas noticias —respondió él, sin mirarme—. Nuestro Caballero asesinó al suyo por la madrugada. Los números corren a nuestro favor, Hanzel.
—¿Su Caballero está muerto? ¿Y la mató ese cuervo? Admito que estoy más que impresionado.
—Las profecías no mentían. Vamos a ganar —dijo, ignorándome.
—Hablando de profecías… parece que mi hermano está teniendo algún tipo de inquietud lectora. Hoy me robó el libro de hechizos.
—¿Ese incapaz ya llego hasta la ciudad? —dijo Karus—. ¿Y entró en tu casa? Nunca dejan de sorprenderme.
—Sí, sí, pero no subas el tono. Ya están muertos. Mis alumnos están a su caza —dije, con una sonrisa en mi rostro. Karus se giró hacia mí.
—¿Por qué harías eso? —preguntó, muy alterado—. Deberíamos mantener el orden con que las cosas fueron profetizadas.
—¿Qué? —exclamé, levantando mi voz al punto en que creí que todo Verin podría escucharme—. Bueno, claro, sigamos el orden del Thi-yit pero matemos a nuestra Nereida porque odiamos a los humanos. ¿Matamos a los nuestros y querés dejar vivo a los cuatro que les quedan? Es hora de actuar.
—No vuelvas a mencionar lo de la Nereida. Pensé que habíamos estado de acuerdo.
—Bueno, mentí. No te das una idea de lo estúpido que me parece matar a uno de nuestros elegidos.
—Perdió su anillo. Ahora ellos pueden transportarse a donde sea. No era más que una traidora —dijo.
—¿Tengo que recordarte que el Deus está en su etapa más vulnerable ahora mismo? Si el incapaz de mi hermano llega a matarlo en esta etapa porque querés apegarte a las reglas… juró que vas a tener la muerte más dolorosa y lenta que recibió alguien —juré, apuntándolo con el dedo índice.
—Me gustaría ver cómo logra matarme un del Valle.
—Por lo pronto, un del Valle te revivió. Y mientras mantengas esa lengua tan suelta, un del Valle te va a devolver a dónde estabas.
Karus soltó una risa ronca.
—No voy a ponerme a discutir cuando estamos tan cerca de lograr lo que queremos. Falsea tu sonrisa por una semana más. Todo va a hacerse oscuridad.
—Siempre tan sensato, Karus.
—Vamos a buscar a los cuatro restantes. Y los vamos a eliminar. No suena tan mal.
—Y el dios va a despertar —dije.
—No suena mal —repitió, en voz más baja.


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