martes, 30 de enero de 2018

Madera & Hueso — 67 — Ítalo


El gran Hanzel del Valle, el Sangre Pura que era hechicero, mi propio hermano, frente a mí. En el fin del mundo. Lo primero que se me vino a la cabeza fue aquel sueño que tuve al comienzo de todo; mi hermano con la cabeza de mi reina. Por un momento se sintió horriblemente real, y de verdad temí que la hubiese matado. Fui incapaz de reaccionar, y terminó haciéndome un hechizo.
Sin tocarme, me elevó en el aire, de alguna manera. El agarre era tan profundo que llegué a pensar que estaba realmente a punto de extinguir mi alma. Gracias a los dioses abrió su mano, y aquella magia desapareció en un abrir y cerrar de ojos. Caí sobre mis ropas, abrí la boca y tomé una bocanada de aire enorme. Parpadeé varias veces antes de entender que mi hermano había desenfundado su revólver.
Estiré la mano hasta las túnicas que había dejado caer y pensé en mi pergamino de transportación, buscando hacerlo funcionar mientras miraba a mi hermano. Creí que la bala iba a llegar antes; había escuchado más de una vez que los muertos en la cabeza jamás escuchaban cuando llegaba la bala. Estaba convencido de esto, pero aun así me aferré a las túnicas. Los ojos de mi hermano parecían mostrar una suerte de arrepentimiento, aunque su sonrisa decía todo lo contrario.
Sí, esperaba ver salir el brillo del cañón, y así fue. Una luz cegadora me rodeó por completo. Y luego hubo oscuridad. Empecé a llevarme las manos a la cabeza, buscando sangre o lo que quedara de mí. Creí ver a Dalia, la espalda de Dalia, lo que tenía que significar que estaba muerto. Rogué por el perdón de los etéreos, pero entonces mis manos alcanzaron mi cara y mis preocupaciones se disiparon. Sentí que me desvanecía, y caí al piso. Una punta golpeó mi cabeza y lo último que sentí fue dolor.

◘◘◘◘◘

—Los muertos no sienten dolor, pero los vivos sí, ¿captás? —me dijo Hanzel mientras trataba de parar mis lágrimas.
—No es justo. ¿Por qué él? ¿No podían elegir a otra persona y listo? ¿Tan malvados son los que viven sobre nuestras cabezas?
—No podían… y vaya que lo son. Y pueden serlo gracias a nosotros, que los adoramos. Pero no debes preocuparte por el abuelo. De alguna manera está bien, como te acabo de decir. Al menos no está llorando, eso seguro. —Rió—. Supongo que todo se trata de saber aceptar ciertas cosas. Déjame decirte que esta es una de esas. Cada vez que temas estar muerto, recorda el dolor. Ellos no lo sienten.
—¿Y se supone que es nuestro destino?
—¿Cuántos años tenes? —me preguntó.
—Once —dije, y finalmente enjuagué mis lágrimas.
—Sí, Ítalo. Es el destino de todos. Es otra de las cosas que debemos aceptar, y mientras más joven lo aceptes mejor. Luego le vas a perder el miedo.
Las palabras de Hanzel dolían tanto como la muerte de nuestro abuelo.
—¿Vos no le temes a la muerte? —pregunté con un hilo de voz.
—Mucho menos que antes —dijo—. Solo es un cambio de estado. ¿Recordas cuándo fuimos al norte y nos bañamos en esos lagos? —Asentí—. No es diferente a zambullirse en un lago. Cuesta meterse, porque estamos bien afuera, viviendo. Pero después de tomar valor y meterse todo está bien, ¿no? Un cambio de estado, nada más. Ah, y no olvides lo del dolor. Ellos no sienten dolor.
—No, no sienten dolor —asentí repitiendo las palabras—. De repente no suena tan mal —comenté con la cabeza baja, y Hanzel rió.
—Aprendés rápido, chico.

◘◘◘◘◘

A decir verdad, había tenido mejores despertares, pero me alegré de verlos a todos ahí.
O a casi todos. Desperté pensando que todo había sido un chiste de mal gusto y que Dalia iba a salir detrás de un arbusto… pero eso no iba a pasar, y se notaba en la cara del resto. Todos esperaban a que despertara con la mirada pérdida en algún lado y la cabeza baja. Ya tenían encima las túnicas que había traído.
No pude evitar sentir un enorme placer al poder ver a mi alrededor y no estar envuelto en oscuridad. Aun así, se respiraba un aire raro; húmedo y compacto. El día se estaba llenando de nubes, que parecían ser las mismas de Aqlatan. No estaba seguro de si quería que lloviera.
Al ponerme de pie noté que el sol ya no se encontraba muy lejos del horizonte. Habían pasado unas cuantas horas desde que había llegado ahí. Gracias a los dioses, ya no me sentía cansado; ese sueño se había sentido bastante rejuvenecedor.
—Al fin —comentó Cregh, mirando a la nada.
—Pasaste seis horas desmayado. Bienvenido al mundo real —dijo el Pistolero, acercándose—. ¿Qué pasó ahí dentro? —Levanté la vista, buscando a Aldara.
—Bueno, no sé ni siquiera por dónde empezar —dije. Pensé por un momento, pero todos los detalles invadían mis pensamientos a la vez—. Hanzel. Hanzel es su aliado.
—¿Hanzel? —inquirió Lang.
—Hanzel del Valle. Mi hermano. Es un hechicero poderoso, pero… no es solo eso. Conoce alguna manera de manipular a la gente, por así decirlo. Sus artes casi me matan. —Ni siquiera toleraba recordar la sensación—. Él sólo necesita levantar sus dedos para manejar los cuerpos de los otros a gusto.
—¿Cómo a una marioneta? —dijo Cregh, que ahora también se había acercado.
—Sí —no había pensado en esa comparación—. Pero infinitamente más doloroso… es algo oscuro. Realmente sentía que estaba manipulando mi alma. No quieren vivirlo, confíen en mí. Es muy bueno con la magia… tal vez el mejor.
—Todos dicen eso —bufó Cregh.
—Dentro de su ciudad todo permanece cubierto por una oscuridad extraña. Podía ver el sol saliendo, pero en las calles era de noche. Y viajé en una especie de carreta sin caballos. No encontré muchos humanos. Estas túnicas las tomé prestadas de mi hermano.
—Veo que se tomaron en serio lo que dicen en sus plegarias —dijo Lang.
—¿Las de la oscuridad? Sí… pero no es que solo es un poco —aclaré—. Es incómodo; apenas podés ver que hay más allá de tus manos. Es cómo atravesar un bosque con los ojos cerrados. Simplemente se siente... erróneo. Cómo si realmente no fuéramos bienvenidos en este lugar.
Cregh soltó una risotada.
—Es verdad, no había notado cuanta hospitalidad recibimos desde que llegamos al Oeste.
—No me refiero a la gente, me refiero a la ciudad. Como un algo, un ente. Como si estuviera viva y los humanos no fuéramos bienvenidos.
—Eso no significa nada, de todas maneras —dijo Lang, en un tono más que seco.
—No, claro que no —dijo el mago—. Detenernos por eso, ahora, no tendría ni una pizca de sentido.
—Sólo digo que mantengamos los ojos abiertos. Todavía siento como si me hubieran cortado un brazo por lo de Dalia. —Tan pronto mencioné a Dalia, una porción de lo que Hanzel parecía haber manipulado se revolvió. Me giré hacía nuestro otro miembro—. ¿Aldara?
—Vamos —contestó inmediatamente.
Estábamos en la arboleda al pie de la montaña, junto a donde había muerto Dalia, y había un pequeño rio donde habían podido limpiar sus cabezas. La mía todavía daba vueltas, pero por más que quería seguir durmiendo no había ni segundo que perder. Lo que debíamos hacer no era claro, pero la respuesta siempre era seguir al sol por donde se escondía. Le devolví el anillo a Cregh y empezamos a caminar hasta aquella muralla enorme que se encontraba envuelta en esa oscuridad extraña.
—No hay guardias en la puerta. Podríamos transportarnos hasta allá, pero la oscuridad va a cegarlos. Cierren un ojo hasta que lleguemos, o vamos a estar ciegos por más de quince minutos —dije, y todos me hicieron caso.
La muralla era inmensa, pero teníamos por bastante caminata hasta llegar al foco de luz que marcaba la entrada a Verin.
Noté mi hambre luego de cinco minutos. Dioses, podía comer cualquier cosa, pero se me antojaba una de esas tiritas de pescado de Varoa. Detestaba el hecho de que no podíamos hablar la lengua del Oeste sin levantar sospechas y ni siquiera podamos conseguir las cosas más básicas. Pensé en lo poco heroica que sonaría la historia de nuestro grupo, sobreviviendo a base de apostar que cada hierba no fuera venenosa y desayunando brebajes. No recordaba ni una hierba que hubiera sido aceptable para nuestro paladar en el Oeste. Quizás las primeras que había conseguí cerca del puerto… pero no entendía la razón de que no podamos encontrar un puto tomate.
Escuché que alguien aceleraba el paso y me giré.
—Ítalo, ¿qué era ese libro que trajiste con vos? —Era Cregh. Llevé mis manos a mi bolso para notar que estaba ahí—. Lo hojeé mientras dormías.
—No sé. Es de mi hermano.
—Es bastante curioso, sabes, no podía entender lo que leía, pero vi una figura muy parecida a…
—Malo, sí —dije, sacando el libro y pasando unas páginas.
—¿Sera una enciclopedia? No vi que la figura apareciera de nuevo.
—Parecería una; cada palabra con su descripción… aunque no entiendo adónde entran a jugar estas figuras —dije.
—Parece… un baile —dijo el mago. Avancé hasta el final—. Ahí está el dibujo de Malo en su otra forma. ¿Qué animal es el que está dibujado al lado?
—Jamás vi algo así. —Seguí hojeando el libro; yo podía leer un poco—. Las descripciones son de unas pocas palabras, seguidas de un nombre. A partir de esta página la mayoría de los nombres son... Robler.
—¿Esa familia de Havenstad?
—Sí. Son hechiceros por naturaleza. No entiendo que es esto.
—¿Magia? —propuso Cregh.
—¿Alguna vez usaste palabras para utilizar hechizos?
—Eh… —Cregh no hizo más que mirar su mano, y prendió una pequeña llama azul entre sus dedos—. No. Nunca había escuchado de eso.
—Palabras —La palabra rebotó en mi cabeza un par de veces—. Si es magia, ¿por qué aparece Malo?
—No tengo idea.
La caminata se hizo eterna con las tripas rugiendo, pero no era nada que la oscuridad de Verin no solucionara al cerrar mi estómago por un buen rato. Ya estábamos dentro.
—¿Qué demonios es este lugar...? —susurró Cregh.
—Escuchen, nuestra lengua desaparece mientras estemos acá. Abran el ojo cerrado —dije. Abrieron los ojos, más acostumbrados a la oscuridad.
—Pero… ¡no hay nada acá dentro! Es solo… vacío.
—Silencio, Cregh —dijo Aldara, volviendo a hablar con ese tono sin emoción.
Empezamos a caminar en fila, con Aldara adelante. Íbamos en dirección oeste, y caminamos hasta que apareció un fuerte olor. Lang se detuvo.
—Escuchen, necesito carne. Ese es el olor de un restaurante. No tienen que robar si no quieren; yo voy a hacer todo el trabajo. Pero voy a necesitar a Cregh.
—¿Yo? —dijo el mago.
—Tranquilo, tenés que hacer lo que sabés mejor: quemar un edificio.
Seguimos el olor hasta un gran edificio de madera. Había muchos bichos comiendo adentro. El plan era incendiar el lugar y robar los platos mientras todos salían corriendo. Mientras Cregh, Lang y Malo entraban, Aldara y yo esperamos entre los edificios de al lado. Miré hacía la Nereida.
—¿Estás bien? —pregunté, mientras ponía una mano en su hombro. Puso su mano sobre la mía, pero solo la tomó y la sacó.
—No… No sé —susurró. Me acerqué para abrazarla, pero me rechazo como novia celosa.
—Aldara, estamos a solo un paso de completar el viaje. Necesitamos estar unidos. No creas que sos la única lastimada. —Ella insistió en bajar la cabeza, y noté que ahora estaba saliendo humo del restaurante. Ya había bichos huyendo del lugar.
Pronto aparecieron Cregh y Lang con una pila de platos. Retorcí los pies mientras se acercaban; había sido una mala idea. Llamábamos demasiado la atención.
Nos escondimos entre los edificios y empezamos a comer. El fuego crecía alrededor del edificio.
—No se preocupen, nos aseguramos de que salieran todos —dijo Lang, mientras masticaba.
Eso no me gustaba. Con el estómago lleno, me puse de pie y salí a dar una vuelta para vigilar. Ya no había nadie en la calle, y solo se escuchaba el fuego. Ese silencio hizo que me diera cuenta más rápido.
Escuché un susurro a mis espaldas, juntos con unos pasos lentos; casi imperceptibles. Tomé mi pergamino púrpura, que negaba magia, y lo abrí lentamente mientras me giraba.
Un lagarto y un búho caminaban hacia mí, ambos con esas togas azules que había visto en casa de mi hermano.
Ille —dijo el lagarto, señalándome a mí y a mi ojo—. Ille —repitió.
Saqué uno de los sellos del pergamino y me lo pegué en el antebrazo derecho. Instintivamente llevé mi otra mano atrás de la cabeza, buscando flechas; pero solo encontré aire. Mierda; las estaba guardando Cregh.
El lagarto ya tenía una llama en su mano derecha. El fuego creció hasta volverse una pelota y empezó a dirigirse hacia mí. El búho corrió hasta ponerse al lado de la pelota y aleteó sus alas. Entendí que eso también era un hechizo, y apareció una ráfaga de viento que me estampó contra la pared justo cuando la pelota de fuego caía sobre mí cara. En ese punto, era inútil tratar de esquivarla. Cubrí mi cara con el brazo que había cubierto con el pergamino… y pude absorber la magia. Apenas sentí calor sobre mí.
El pajarraco seguía agitando sus alas, pero mi sello absorbía sus ventiscas sin problemas. El lagarto se rodeó a sí mismo de una estela blanca; estaba loco si pretendía confundirme con transportaciones. Ya sentía como la piedra había cargado mi cuerpo de energía, haciendo a mis movimientos más rápidos y fuertes.
Giré a mí espalda en un movimiento para ver cómo el lagarto se aparecía. Lo golpeé en la cara antes de que pudiera entender qué estaba pasando.
Mientras el lagarto caía, di dos pasos hacia el búho y desenfundé la daga de mi cintura. Tomándola como un arpón, apunté a sus alas. El ave lanzó un chillido insoportable. Dio un paso atrás e intento repetir su hechizo, pero era demasiado tarde. Salté sobre su cuello, tumbándolo fácilmente con todo el peso de mi cuerpo. Clavó su mirada en mis ojos, pero solo encontró una muesca grotesca. Este hijo del rayo no perdonaría. No en Verin.
No sabía con exactitud cuánta energía del trueno era necesaria para matar a alguien, y nunca lo había logrado. Quizá matar nunca había sido mi intención… esa sería la primera vez sin arco.
Puse su mano sobre su pecho y dejé que la descarga fluyera, sabiendo que esta vez no habría límites. Sabiendo que ese bicho tenía que morir. Su cuerpo empezó a vibrar. Un grito ahogado salió de su boca, y dejó de vibrar pocos segundos después. Su toga azul estaba chamuscaba, y la escena se estaba rodeando con un repulsivo olor a carne. Pude sentir cada pieza de mi energía cuando se desprendía de mí para atacar su cuerpo. Era energía que perdía y no recuperaba.
De inmediato, empecé a cargar más para usar en el lagarto, que seguía en mis espaldas. Clavé mis ojos en su rostro y sentí como mi mueca se acentuaba.
Él levantó la mano al cielo cómo sosteniendo un revolver… y una luz blanca salió disparada sobre los edificios, donde se extendió y se quedó flotando. La ciudad se iluminó. Estaba llamando la atención hacia la calle.
Quería hacer algo al respecto, pero no pude acercarme. El lagarto creó otra pelota de fuego, pero esta se hizo tan ancha como la calle. La masa de fuego empezó a avanzar hacia mí. Esperé otra transportación que jamás paso; en su lugar, el centro de la pared se extendió en una llamarada. Salté hacia un costado para evitarla, y de nuevo al centro para evitar otra. Cada disparo bajaba el volumen de la gran esfera.
Entonces esta se abrió, derramándose sobre el suelo y llenándolo de un fuego tan espeso que parecía lava. No podía acercarme. El lagarto volvió a disparar un brazo de fuego contra mí; sin poder moverme, opté por cubrirme. El pergamino resistió el impacto, pero expiró. No tenía más chances. No tenía la velocidad para pegarme otra hoja antes de que atacara…
Pero el lagarto no pudo hacer nada cuando Malo entró en la escena, corriendo en su forma canina. El fuego no afectó en nada al quitnar, que pasó el piso de fuego y saltó sobre el cuello del lagarto.
El hechizo en el piso no tardo en debilitarse y desaparecer. Corrí hasta Malo, que se encontraba encima de aquel tipo. Tomé la daga y la enterré en el entrecejo del de toga azul. Un segundo después, un último espasmo terminó su vida.
Limpié la daga y acaricié a Malo. Pude ver a los otros acercándose a la escena. Pero el tiempo apremiaba; aquella la luz blanca todavía brillaba en el cielo. Eso nunca podía ser bueno. La luz parecía gravitar hacía la entrada de la ciudad, hacia ese orbe. También lo había notado con el fuego del incendio; esa cosa parecía absorber la luz. Era casi seguro que causaba la oscuridad que nos rodeaba.
—Este no es un lugar para pelear —dijo Lang, mirando los cuerpos que había dejado—. Al menos no para humanos.
—Y esa cosa que está brillando en el cielo no me gusta nada. —dijo Cregh.
—Es una señal para alguien, sin ninguna duda —sentenció Aldara.
—Sí, son ellos… Los cinco del Oeste. Ya saben que estamos acá —murmuro el Pistolero.
—Diría de mover los pies, y rápido —dije, dándole la espalda a los cuerpos.
Agachando las cabezas, nos alejamos. Ante la ausencia de la vista, los oídos ganaban protagonismo; pude oír que un par de pies no me seguían. Miré hacia atrás.
—Vamos, Aldara —dijo Lang.
—No —dijo la Nereida, con una voz capaz de doblar el acero—. Quiero pelear.
Pude escuchar el chasquido de las manos de Lang chocando contra su cara.
—Aldara, vamos —repitió Lang con voz mucho más severa.
—Esa luz —gritó Aldara, y señaló al cielo— va a traer a esos cinco del Oeste. Los culpables de la muerte de Dalia.
Recordar su nombre llenó a mi cuerpo de sudor frío.
—Es demencial —dijo Lang—. Ni siquiera podemos ver. Que la ira no te cegué.
—El fuego de Cregh puede iluminarnos —dijo Aldara—. No posterguemos más esto. Es el momento.
—Ni siquiera tenés agua como para pelear. Te pido que reacciones.
—Eso no es cierto —dijo Aldara, casi en susurro.
—Aldara... Rompiste tus cantimploras y acá no hay agua —quise explicarle. Tomé su mano para llevarla hacia adelante, pero Cregh me paró.
—El río —dijo—. ¿No es cierto?
—Sí. No sé —dijo Aldara—. Pero sería una cantidad increíble de agua. Pude escuchar agua corriendo. —Se giró para mirarme a los ojos. Pude ver cierto reflejo en sus dientes. Estaba sonriendo. En ese momento pude recordar el puente de piedra y al río.
Lang rompió con el círculo que habíamos formado, caminando en medio de todos, poniéndose frente a mí.
—Esto no es buena idea.
—No se trata de que sea buena idea —dije—. Esta madrugada perdimos nuestra brújula. Corremos contra reloj. Corremos contra nuestra propia muerte y la muerte de todo lo que creemos correcto. Está ciudad oscura y hostil no nos deja muchas chances, Lang.
—Esto es... un suicidio.
—Creo que Wendagon lo sabía desde un principio. Este es el final. No veo que otra cosa podemos hacer —dijo Cregh.
Lang parecía frustrado. Seguí explicándole.
—Lang, pensá en lo que tuvimos que hacer para conseguir comida acá. Escapar tampoco nos garantiza una noche más.
Contaba con poder ver la luna de nuevo, con vivir un día más. Mientras tanto, la bengala comenzaba a mostrar signos de debilidad y se extinguía lentamente.
—Llévanos hasta el río —me dijo Lang, al fin—. Necesitamos estar en un lugar más seguro para evaluar mejor.
Nos dirigimos hacia el norte, donde Aldara aseguraba que se encontraría el río. La ciudad de Verin parecía un laberinto en la oscuridad. Unos pocos momentos después nos hicimos camino hasta el río. Parecía un lugar más seguro, siempre que pudieras controlar el agua. Lang empezó a hablar:
—Tiene que haber otro plan. Y quiero que abran sus cabezas. Podría ser la última vez que podamos hacerlo.
—Bueno, solo es cuestión de tiempo para que nos encuentren —dije—. Si bien la luz se apagó, estamos en una zona que podrían estar patrullando.
—Las opciones, entonces, son dos —dijo Cregh—. Pelear, acá y ahora. ¿O...?
—Crear una situación más favorable —dijo Lang.
—No podemos encontrar al deus por nuestra cuenta —dije—. Desgraciadamente Dalia no está acá. No es buena idea dejar la ciudad. Esta es su capital, es seguro que esos cinco estén por acá… es nuestra mejor opción.
—O sea que tenemos que esperar y escondernos —agrego el mago—. ¿Dónde?
—Podríamos entrar en casa de alguien y ocupar su hogar —dije—. Manchar nuestras manos no debería ser un problema a esta altura. No tan cerca del final.
—Parece un buen trato —asintió el pistolero.
—¿Y luego qué? Solo significaría perder tiempo —se negó Aldara—. Este es el momento de pelear —intervino Aldara—. Pelear y ganar es el siguiente paso.
—Aldara, tranquilizate —dijo Cregh.
Me tomé la cara, pensando en que realmente habíamos jugado mal nuestras cartas. Habíamos perdido el perfil bajo. Tal vez Lang no lo había terminado de entender, pero yo creía que Aldara tenía razón. Era el momento.
—No quiero que mi opinión sea la que determine todo —empecé a decir—. Pero creo que…
—Ítalo, ya siento magia cerca —interrumpió Cregh—. Vamos a tener que pelear.
—Genial. Un plan brillante —bufó Lang.
—Voy a iluminar el camino. Confía en mí, Lang —dijo Cregh mientras tocaba su hombro—. Y Aldara… quiero que te calmes.
—No sé si debería —dijo ella.
—Pues la magia está cerca.
Lang saco su revólver y contó las balas.
—Exijo hacer de esto algo más sensato. No voy a dejar que regalemos nuestras vidas. No mientras pueda usar esto —dijo, tocando su sien con la punta de uno de sus revólveres.
—¿O sea...?
—Qué tengo un plan, Cregh. No creo que los que vengan sean los cinco. Ya vieron esas túnicas azules… quizá sean guardias. Lo que trato de decir es que tenemos que prepararnos para muchos, más de cinco. Para empezar, no tenemos que separarnos del río donde Aldara tiene ventaja. Hay que tomar a los primeros que vengan por sorpresa. La bengala significa auxilio y los que vengan van a venir rápido. No van a tener tiempo de organizarse. Van a venir de lugares diferentes, a tiempos distintos. Necesitamos una carnada que los guie hasta a este mismo lugar, donde podemos darles una muerte más sencilla.
—Brillante —dijo Cregh, honestamente.
—¿No era que no querías pelear? —sonreí.
—Sigo pensando que debe haber una alternativa mejor. Pero jamás había escuchado a Aldara así. No voy a poder hacerla cambiar de opinión…
—Yo voy a ser la carnada —dije, antes de que pudiera seguir—. Soy el más rápido.
Ninguno se quejó. Era un plan primitivo, pero podía funcionar. Con los últimos detalles, pedí el arco y las flechas a Cregh y me dirigí una calle atrás. La oscuridad y la repentina soledad lo hicieron parecer una caminata hacía la eternidad… Y vaya que había chances de que así fuera.
Apoyé mi espalda contra una pared y esperé a escuchar algo. Parecía simple, pero el tiempo pasaba y apenas podía mantenerme quieto. Me aventuré y me acerqué a donde había sido lanzada la bengala. De pronto, Verin parecía un pueblo fantasma. Quise ir hasta los cuerpos, y no me fue mal. Escuché a dos personas hablando. Preparé una flecha y me asomé para poder efectuar el disparo.
Estaban hablando en su idioma, y revisaban los cuerpos. Si bien no podía distinguir su especie, los noté por su contorno azul. Tras un parpadeo, el silbido de la flecha rompió con el armonioso silencio y la cabeza del de la derecha fue atravesada limpiamente. Decidí apegarme al plan y dejar que el otro me viera; en cuanto solté la flecha ya empecé a solicitar fuerzas de la piedra. Me di vuelta y me puse en movimiento, escuchando los pasos acelerados tras mis pies. Aceleré aún más, pidiendo prestada energía, y llegué al final del camino antes de lo que pensaba. Fui más rápido de lo que pensaba y no podía frenar, y me vi obligado a saltar una pequeña pared de piedra y caer en el río.
Zambullirme en esa masa líquida y oscura fue un error. No podía distinguir qué era arriba y qué era abajo. La corriente era muy fuerte y me alejaba. Saqué la cabeza del agua, y vi como una llamarada iluminaba la escena. Acto siguiente, una de las togas azules cayó en el río. Ni siquiera había tenido chance de gritar; por lo pronto, el plan había sido un éxito.
Una vez que la luz de la llamarada desapareció, estar dentro del río comenzó a darme ansiedad y empecé a intentar escalar por mis propios medios. La piedra era lisa y trepar era imposible. Podía sentir como la fuerza del agua me alejaba más y más. Grité, levanté los brazos y preparé un pequeño trueno en mi mano para que me sacaran.
De pronto, el agua empezó a subir lentamente. Ya no sentía la corriente, solo una pequeña presión que me llevaba hasta el nivel del suelo. El agua me alzó y me dejó sobre tierra firme con gentileza, a unos metros de donde estaba Aldara. Su capacidad para manejar el agua a voluntad nunca terminaba de sorprenderme.
—Gracias, querida —le dije—. Y buen tiro, Cregh.
—Gracias, pero no era ninguno de los cinco —dijo el mago.
—Esperaba que fuera el cuervo… —masculló Lang.
—O la puta de la Nereida —dijo Cregh.
—¿Quiénes son estos tipos con túnicas? —preguntó Lang—. ¿Creen que sean guardias?
—Lo dudo —dije—. En casa de Hanzel había una toga idéntica. Hanzel no se metería en algo como la guardia.
—Bueno, estamos en el Oeste, podría pasar cualquier cosa —dijo Cregh.
—Si son guardias y esta es la capital, esto podría ser eterno —comentó Lang.
—No, no son guardias —insistí—. Mi hermano nunca estaría metido en esto —dije, en un tono que no podría repetir si no tuviese a mi hermano en mi cabeza. Nos envolvió un pequeño silencio incómodo.
Justo debajo de mi nuez había empezado a crecer algo adentro de mí. No había estado ahí el día anterior, pero ahora era latente. No lo reconocía bien, pero los causantes eran Dalia y Hanzel. Todavía no olvidaba la sensación de suciedad cuándo había tocado su sangre. El peso de la culpa, las ganas de volver el tiempo atrás. La incapacidad humana de entender todo lo que nos rodea. Dalia había muerto durante nuestro sueño.
Y Hanzel había decidido volver a mi vida en el momento más crítico en doscientos años. Con una casa en la capital de la oscuridad. Viviendo en el continente del oeste. Pensar en él se volvía una ironía y quería romper a reír a carcajadas. Había vivido toda mi vida en su sombra. La sombra del noble perfecto. De sangre pura y aun así lograba ser un hechicero. El primogénito de nuestro padre, Adán.
Si bien no rompí a reír, una pequeña sonrisa se formó en mi rostro. Pero no era nada placentera.
Sentía que había aceptado ese segundo lugar. No era mejor que Hanzel en nada. Su figura me aterraba y me hacía correr. Competir contra él significaba el fracaso. Por eso había vivido la mayor parte de mi adolescencia lejos de él y su fama, en Craster. con Marco.
De pronto las decisiones a lo largo de mi vida veían su motivación real. Quería estar lejos de él. Me había vuelto un experto en todo lo que no tenía su huella. Él jamás había tocado un arco o una flecha. Jamás hubiera pagado por estar con una mujer. Jamás tendría tiempo para el alcohol, pues vivía entre sus competiciones de tiro y exhibiciones de magos. Si un del Valle tuviera que salvar el mundo, sería él.
Y ahora… estaba del otro bando. Si era un humano en la capital tenía que ser un iluminado. Sí estaba teniendo algo que ver con los cinco que nos perseguían, podría tener que enfrentarlo. Podría tener que matarlo.
Y no tenía la menor de cómo hacerlo.
La luz qué invocó Cregh me cegó por unos momentos; nos estaba iluminando. Escuché el cañón de Lang disparándose y sentí una mano en mi hombro empujándome para atrás. El peligro había vuelto a empezar.
—¿Unos diablos? —dijo Lang.
Refregué mis ojos y vi a los bichos de Laertes. Habían sido derribados por el pistolero, y sus rostros de roca eran muy visibles bajo la luz de Cregh. Pero estaban muertos, y la piel de roca se degradó y el diablo mostró su forma original. Reconocí las ropas azules y los rostros de lagarto y de búho; eran los bichos que había asesinado cerca del restaurante. Estaban usando los cadáveres para crear soldados nuevos.
Reparaba en eso cuando dos diablos más aparecieron sobre nosotros. Apuntaron a Aldara desde los techos, también usando túnicas azules. Debían ser los que habíamos acabado con nuestro plan… Ella reaccionó mucho más rápido de lo que esperaba y rodeó nuestra esfera de luz con una de agua. En un parpadeo, el agua se congeló y recibió a los diablos sin problemas.
Los diablos no parecían entender de qué se trataban esos poderes, y golpeaban contra el hielo sin parar. Sin darles siquiera una chance, la izquierda del escudo se deformo, desprendiéndose y tomando forma de lanzas. Los seres fueron apuñalados por las dagas de hielo. Apenas chillaron por un instante, y se dedicaron a descansar en paz de una vez.
Aldara entendió que el peligro había terminado, por lo que el escudo se partió en pequeños pedazos de hielo que reflejaron la luz de Cregh.
—¿Acaso es el cuervo de Laertes? —pregunté.
—Ese cuervo no podía usar magia, por eso usaba polvos para reemplazarla —dijo Cregh—. Estos bichos de túnicas azules parecen ser magos.
—¡Muéstrense, cobardes! —gritó Lang, furioso.
Notaba que estaba un paso atrás de los demás. Mis pensamientos me habían consumido y gasté mi tiempo al ver a Verin iluminada. Un escalofrío me recorrió todo el cuerpo al notar que no era tan diferente a Veringrad. No era la primera vez que notaba que podíamos no ser tan diferentes. Pero debíamos matarnos para la diversión de los dioses; así estaba escrito.
Mis distracciones me constaron caras. Simultáneamente, desde los techos, aparecieron más hechiceros con sus togas azules. Llegué a contar cinco.
Estaban por hacer un hechizo, pero Malo pasó a su forma canina, contra la que no serviría la magia. Entonces se detuvieron y uno desenvainó una espada. Cayó sobre nuestras cabezas, pero Malo lanzó su cuerpo contra él, estampándolo sobre la pared.
La calle bajo nuestros pies se alejó, mientras un viento mágico nos despegaba del suelo con la fuerza de un huracán. El mago de la espada ahora se levantaba del suelo, y lanzó su espada, que tomó la fuerza del viento para convertirse en un proyectil. La piedra en mi pecho me daba la velocidad del rayo y me permitió evadirla por apenas el grosor de un pelo.
Sin chance de reaccionar, otro mago se metió en el hechizo de viento e invocó fuego dentro del huracán. Ya tenía listo mi pergamino violeta en el brazo izquierdo, pero Aldara movió una pared de agua contra nosotros, cubriéndonos. El agua y el fuego chocaron, evaporándose y llenando el campo de batalla de vapor.
Cuando el humo se disipó, Malo se lanzó contra los siete magos en un pestañeo. Iba a por el que había conjurado el viento mágico. El hechicero de toga azul formó una luz roja en su mano; nunca había visto algo parecido. Lang no corrió riesgos y disparó tres veces. Así fue que se dejó otro muerto. Los otros seis dieron un paso atrás.
Cregh lanzó fuego hacía adelante, con ningún fin más que cubrir a Malo. Aldara ya había tomado más agua del río, formando lanzas de hielo, lista para atravesar cualquier cosa. Di un paso atrás, mientras preparaba mi arco y las flechas para disparar. Me fijé en un mago que conjuraba un hechizo de transportación.
Me di vuelta, esperando que estuviera en mi espalda; pero esta vez no fue así. Apareció atrás de Cregh. Dejé que mi flecha volara sin rumbo y salté hacia el bicho, enfocando la energía de la piedra en mis manos. Diablos, el olor a sangre… era como en Laertes. Ahora les estábamos llevando el aroma a ellos.
Dejé salir tanta energía que no podía moverme. No tuve tiempo para voltearme cuando una fuerza enorme salió del piso, haciendo vibrar la calle entera. Una grieta dividió el piso en dos, y hasta los edificios empezaron a danzar. Caí en el primer sacudón y desde el piso vi a Cregh y Aldara caer hacía el río. Solo Malo seguía de pie. El resto de los magos se encontraban levitando. El pistolero hizo un tiro asombroso y puso fin a los días de uno de ellos, pero el terremoto venía de alguien más.
Intenté pararme a pesar del hechizo. Los edificios se tambaleaban ebrios y amenazaban con desplomarse encima de nosotros. Malo distraía y recibía los ataques de los magos mientras buscábamos la manera de escapar. Tomé el pergamino verde, pegué una hoja en mi brazo derecho y lo lancé lo más lejos que pude.
—¡Lang! ¡Mi mano! —grité, con todas mis fuerzas.
Me arrastré hasta él y estiré mi mano como nunca lo había hecho. El edificio ya estaba a punto de aplastarnos, y la grieta parecía querer llevarnos a conocer algún dios que habíamos olvidado venerar. Un parpadeo después estábamos a salvo. El pergamino había rodado calle abajo, y nos dejó veinte metros al oeste. Allí la tierra permanecía quieta.
Noté que Aldara y Cregh estaban volviendo a la superficie. Metros adelante, Malo peleaba valientemente con los dos magos que quedaban.
—Vamos —le dije a Lang, y volvimos a ponernos de pie.

◘◘◘◘◘

Un búho de toga azul yacía exhausto, aun tosiendo el agua que llenaba sus pulmones.
Aldara aflojó su cuerpo, dejando caer sus manos y deteniendo el agua. Luego de que exhalase, comenzó a caminar hacía el búho, lentamente. Lang alcanzó a Aldara y la tomó por el hombro. La nereida volteó y el pistolero la contempló por largos segundos.
—Aldara —dijo Lang, jadeando—. Es suficiente.
—¿Suficiente qué? —respondió ella, en un tono tan frío como el hielo con el que había atravesado a un gurag. Luego de que hubiésemos alcanzado a Malo y detenido el hechizo del terremoto, la batalla no había durado mucho más—. ¿Suficiente qué, Lang? —repitió Aldara.
—Yo me encargo del último —suspiró el pistolero.
—Dalia no fue suficiente para ellos. No conocen límites. —El tono de Aldara no cambiaba.
—Pero yo sí, y elijo la vida de Cregh a la sed de venganza.
Aldara se giró, incrédula, para encontrarse con un Cregh paralizado. Había caído bajo un hechizo. No sabíamos cómo sanarlo.
La nereida desvió su mirada, logrando contacto visual conmigo. Me acerqué sin sacarle los ojos de encima en ningún momento. Sus ojos relampagueaban y brillaban en la oscuridad tanto como mis rayos. Pero al final, su mirada bajó y dio un paso al costado. Lang no tardó en ponerse en camino y apurar su paso hasta el enemigo caído.
Hasta ese momento, las flamas que Cregh conjuraba para nosotros seguían brillando, y eran nuestra única forma de ver. Pero la luz de Cregh empezó a desmantelarse, y no fue más que un fino grano tragado por la oscuridad de Verin. Las tinieblas nos rodearon otra vez y nuestras siluetas se hicieron uno con el negro. Solo nos acompañaba el ruido de río corriendo.
El pistolero quería ocuparse del último hechicero que quedaba, pero no eso no significaba matarlo. Con las llamas apagándose, apuró su paso y no perdió el tiempo, subiendo al búho moribundo en el lomo de Malo. Iluminé la nueva escena con mi mano, cargada de energía del rayo.
—¿El anillo? —inquirió Lang.
—Ya lo tengo de vuelta —contesté, habiéndolo recuperado de Cregh.
—Hay que irnos de acá —dijo el Pistolero—. Todo este asunto era demasiado arriesgado y lo sabía. —Aldara se limitó a mantenerse en la misma posición; cabeza gacha y boca cerrada.
—¿A dónde? —pregunté—. No hay lugares seguros.
—Fuera de esta ciudad.
—No estoy seguro de cuan buena idea sea eso —dije.
—Es la única opción que nos mantiene con vida —dijo Lang—. Ya, Ítalo. Cada segundo es valioso.
Dejé ir la luz de mi mano, y les pedí que se arrimaran para que pudiésemos viajar.
Y de nuevo, en un instante, el anillo nos llevó a los cinco —con el búho— hasta los pies de la cadena montañosa que rodeaba a la capital del Oeste.
A pesar de haber aparecido bajo la sombra de unos árboles, la luz del día nos encegueció. La vista de todos se normalizó luego de un buen rato.
Inmediatamente, la Nereida nos dio la espalda. Parecía buscar distraerse con la flora del lugar. Fui tras ella, pero la mano de Lang tomo la mía.
—Necesito el anillo —dijo—. Por si este bicho intenta transportarse a algún lado.
—Sí —dije, tardando unos segundos en reaccionar—. Seguro.
—¿Se supone que solo con pensar en el lugar esta cosa me lleva hasta ahí? ¿Así de simple? —preguntó, y volví a asentir.
Él también movió la cabeza, asintiendo lentamente.
—¿Pensás que Cregh está muerto? —dijo y mi mirada se corrió—. ¿Un solo hechizo basta para matarnos? ¿Es tan fácil?
—No sería más fácil que un balazo en la cabeza —respondí.
—No, no lo sería. Lo mejor que puedo hacer es hablar con ese búho para que cure a Cregh —dijo Lang, pensando en voz alta. Luego volvió a mirarme—. Hablá con Aldara. Tuve miedo que se convirtiera en la misma de Aqlatan ahí adentro.
—¿Miedo? —dije, sorprendido. ¿Eso hubiera sido algo tan terrible? —. Lang, tu pulso no puede flaquear ahora… ahora no.
—Es que... Sentí exactamente lo que dijiste —suspiró—. Cuando dijiste que la ciudad parecía viva y nosotros nos reímos. Era así. No éramos bienvenidos. El mismo suelo que pisábamos parecía querer tragarnos por el hecho de ser humanos. Ya sé que en este punto no hay vuelta atrás. Dudar y tomar una mala decisión ahora va a guiarnos directo a la derrota. Y la derrota va a significar nuestra muerte y la de todo lo que está detrás de nosotros. —Lang señaló hacía su espalda, en dirección al este.
—Ya sé —dije—. Todavía estoy estupefacto por lo de Dalia. Y sin ella… no sé si tenemos chances reales de sobrevivir. —Ya no podía sostener la mirada de Lang.
—Necesitamos a Aldara integra —El pistolero cambió el tema, y mientras habló sus palabras volvieron a ganar seguridad—. No podemos dejarnos llevar por las ganas de venganza. Nuestra misión es parar al Deus. —Asentí una última vez.
Me disponía a encarar a Aldara cuando otro pensamiento cruzó por mi cabeza.
—¿Cuántos magos fueron ahí dentro?
—Los conté. Nueve.
Desde el accidente con los cuervos cuando llegamos al oeste y, más puntualmente, después de aquel oportuno cruce con esos bandidos que no creían en el Deus, había puesto en duda cuán lejos debíamos llegar. Luego, en Aqlatan, la situación que habíamos vivido y la mirada de Lang antes de que degollase a esos dos iluminados me habían hecho entender que no se trataba de un límite. No se trataba de mi gusto, ni de la historia de los bichos, ni de sus creencias. Había obstáculos; eran obstáculos tan grandes que forzaban nuestros límites, pero nosotros habíamos sido los elegidos para superarlos. Entendí que había tantas escrituras, oráculos y fuerzas trabajando de ambos lados para que se llegase a un desenlace, que mancharse las manos con sangre inocente no debía ser algo de mayor relevancia.
Sin embargo, entonces perdimos a Dalia. Fue como si todo a nuestro alrededor se desmoronase para disolverse en la vastedad del Oeste. Todos los ideales y profecías puestas sobre nosotros, los cinco de Alles, habían perdido su esencia. Esa noche nuestro instinto de supervivencia había sido apagado. Aparecieron la rabia y la desesperanza. El odio y la muerte. Sangre aliada en nuestras manos. Después de eso, no sabía cómo sacarme el sabor de metal oxidado de la lengua. No sé qué nos hizo seguir adelante esa madrugada. Habíamos perdido nuestra guía, nuestra brújula.
Y sin brújula y despechados volvimos a pisar las ciudades del Oeste. Para causar más caos. Una fórmula que se repetía en ambos bandos. En cada ciudad donde pisaban las personas de las escrituras, corría la sangre.
Recordé que uno siempre trataba de justificar sus actos. A cualquier precio. Nadie era el malo de su propia historia.
Abracé a Aldara por la espalda. No había ternura, ni mucho menos sensualidad. Solo apoyé mi cabeza en su espalda, tratando de buscar algún rastro de esa nena de prendas sucias que había llegado a Veringrad. Trataba de arrastrarla afuera, de rescatarla de ella misma.
Cuando se giró, noté que la tormenta que habitaba sus ojos estaba en su peor momento.
—Correte —dijo, en un tono menos áspero que antes, pero no movió un pelo para hacer algo al respecto. Solo volvió a girar su mirada hacía la flora.
Jamás me había considerado alguien con el tacto suficiente para elegir las palabras justas o para percibir qué pasaba dentro de la cabeza de los demás. Pero esa vez no había otra manera. Esperé que las palabras fluyeran en el tiempo adecuado. Imaginé a Aldara sentándose en el suelo, arrancando pedazos de pasto mientras me escuchaba hasta terminar dejando de querer destruir. No era así de fácil. Tampoco tenía las historias o las ideas necesarias para hacerle comprender lo que quería transmitirle. A pesar de todo esto, sentía que podía entender lo que había en su pecho.
Me desprendí de ella, dejando solo mi mano derecha sobre su hombro. Entonces hablé.
—Aldara. Hasta el día de hoy todavía no tuvimos tiempo de compartir nada fuera de este contexto. —Ella dio medio paso hacia adelante; me dio a entender que eso se iba a tratar de un monólogo—. Apenas tuve tiempo de mirarte a los ojos cuando llegaste en Veringrad. Apenas tuve tiempo de preguntarte sobre vos durante esas caminatas eternas al Oeste. Apenas entendía que había aceptado perder mi vida codo a codo con ustedes. Tal vez en el principio no entendía que nosotros éramos algo más que cinco personas elegidas al azar. —Tomé aire. Empecé a hablar desde mi pecho—. Ni siquiera tuve la decencia de tratar las heridas de tu pierna como dije que iba a hacer. Pero ahora creo que tenés heridas más profundas que aquellas.
La nereida pareció parar las orejas al escuchar eso último.
—Al principio… tampoco me había imaginado la vastedad que iba a tener este asunto —proseguí—. Desde leer sobre el fundador de mi familia hasta encontrarme con mi hermano. De Este a Oeste sobre un hilo del cual se balancea todo. Pero algo me dice que no te interesa demasiado. No sé cómo fue tu vida, pero creo que tu percepción del Este éramos nosotros cinco, Malo y Wendagon. Tal vez estás pensando que si todo se hunde en la oscuridad todo va a dejar de doler. Que, de alguna, la muerte del Este significa curar tus heridas. No sé, no tengo idea de cómo ayudarte. Mi idea no es endulzarte y decir que todo va a estar bien; quiero saber qué está pasando y que podamos ser un grupo de nuevo. Porque la oscuridad no va a ser nada. No vamos a poder rogar para que la gente el Oeste nos tenga misericordia. Si no gritamos todos al unísono, no vamos a ser más que carne para gusanos.
Aldara permaneció en la misma posición, con la mirada clavada en el hueco de un árbol. Mientras tanto, los gritos del búho y Lang llenaban parte del silencio de la tarde.
—Voy a esperar acá todo el tiempo que sea necesario, Aldara —le aseguré, al mismo tiempo que me acomodaba en el pasto. Ella no se inmutó en absoluto. Pasó un minuto. Un minuto más. Entonces giró su cara para mirarme.
—Háblame sobre el dolor, Ítalo —pidió.

◘◘◘◘◘

—¿Era realmente necesario venir? Quiero decir, hasta tu sangre es mejor que la mía. Ítalo, hijo de Adán. ¿Qué más necesitas? ¿Qué buscas en Craster? —Marco me hablaba en un tono que nunca había escuchado salir de su boca.
—Sí, era realmente necesario —dije, en algo que apenas era más que un susurro—.  Y no busco nada en particular…
—¿Necesario? —Marco gritó por encima de mi frase—. Desde que te viniste a vivir acá, en todos estos años, jamás diste una respuesta que pareciera verdad. Ni papá ni mamá te creen.
—Tus padres… vos… son mi familia. Quería pasar tiempo lejos de Veringrad y de eso…
—¿Otra vez con esa mierda? —Marco gritó aún más, interrumpiéndome de nuevo—. Te conozco lo suficiente como para darme cuenta que estas mintiendo. Conozco cada uno de tus hábitos, cada cosa que te hace reír, pero acerca de lo que pasa por tu cabeza cuando te quedas callado no tengo ni una sola pista. Sólo puedo mirarte a los ojos y adivinar. ¡Ese es mi mejor intento, adivinar! —Intenté decir algo, pero las palabras no salían de mi boca. Solo podía mirarlo, en un silencio que rebalsaba de ironía, dándole la razón.
—Sabes que detesto hablar de relaciones amorosas con la gente. —Ahora Marco bajó el sonido de su voz—. Simplemente lo detesto, pero había venido a hablarte sobre Helen. —Mi primo se quedó callado, esperando una respuesta que nunca llegaba. Tomó aire y volvió a subir su tono—. Y sabes muy bien que puedo hablar tres horas seguidas con cualquier señora mayor que se me cruce en el mercado, pero ni siquiera puedo susurrar el nombre de Helen con otra persona.
—Hablemos de Helen —balbuceé.
—Ahora no se trata de ella —dijo, llevando una mano sobre su rostro—. Quiero saber por qué viniste acá en primer lugar. Siento que solo viniste para recordarme que soy el último eslabón de la familia. Alguien que está destinado a obedecer las palabras de la casa matriz.
 No podía reaccionar a lo que me decía Marco. La sombra me envolvía y era imposible susurrar una sola palabra. Tenía la boca abierta, pero mi lengua estaba paralizada por el fuerte nudo en mi garganta. Las lágrimas de Marco empezaron a resbalar por sus mejillas, volviendo a la escena más incómoda. Él era la persona más cercana a mí en el mundo entero. Y se estaba desmoronando frente a mí, mientras yo seguía sentado del otro lado de la mesa redonda.
Podía ahorrarle tanto dolor haciéndole entender que nada de eso era así. Que yo sentía las mismas cosas. Pero esa noche no hablé.
La voz agitada de Marco no paró en ningún momento. Mi boca seguía abierta, dando la falsa impresión de que en cualquier momento iba a comenzar a explicar todo. Pero solo la cerré cuando su rostro se enrojeció, haciendo que las venas que se marcaban en su cara pareciesen aún más grotescas.
Me dijo que no entendía cómo estaba siendo tan egoísta.
Cesó con sus lágrimas diciendo que tal vez yo era así y no debía haber esperado otra cosa.
Siguió sufriendo por Helen mucho tiempo después. Y por mí.
Compartiendo un dolor parecido, del que yo no era capaz de hablar.

◘◘◘◘◘

Aldara clavó sus ojos en los míos, buscando una respuesta. Pero yo no la miraba. Todavía me recorrían algunos escalofríos, mientras mis ideas se acomodaban. Sabía que antes no había podido decir ni una palabra. No quería imaginar la mirada de Aldara clavada en mí, como la de Marco.
Sin embargo, la sombra se había quedado en Havenstad. Desconocí la soltura con la que mi lengua empezó a modular palabras. También desconocí la pequeña sonrisa que se me formó al hablar del dolor. Porque esa era la primera vez que podía abordar el tema. Y las palabras que habían rebotado en mi cabeza tantas veces ahora tenían lugar fuera de mi interior.
—Una parte del dolor viene del reflejo propio. Por buscar respuestas mirándose en el espejo y aferrándose al pasado —empecé, levantando la cabeza, encajando su mirada con la mía—. Aferrándose a algo que fue mejor. A días más brillantes y sonrisas más anchas. Simplemente viene de desconocer al presente y al futuro como legítimos. De querer escapar del tiempo. De querer manejarlo, tal vez, y distorsionarlo a gusto. Pero sabemos muy bien que eso no está en nuestras manos. El tiempo pasa en este presente que no aceptamos, se acumula y se transforma en rutina. Y de repente parece implacable. Enorme. Gigante. Algo dentro de nosotros nos convence de que es así de imbatible y que es un problema sin solución. Hay momentos que nos dan un respiro, pero solo son temporales. Eventualmente estos ventanales se cierran para dejarnos cara a cara con el presente. Tal vez otros ventanales surgen en la oscuridad, pero sin importar cuánto nos adentremos en ellos, escapando, todavía vamos a seguir escuchando un zumbido que nos recuerda la realidad. Y en esos mismos ventanales que alumbran nuestros días, somos conscientes de que estamos escapando, y aparece una voz interna haciendo reproches a uno mismo. Y parece reafirmarnos que no podemos hacer nada acerca del hoy. No sé cuánto tiempo puede pasar uno así —reconocí. Entonces empecé a hablar más rápido—. Yo encontré muchos de esos ventanales que nos proveen de luz y tranquilidad. Y me adentré tanto que logré creer que todo se iba a arreglar. Aunque estuviera esa esencia que me aseguraba que no. Una esencia que no hacía más que crecer con el tiempo. Y volverse más oscura y espesa.
Eso último salió de mí en una ráfaga. Lentamente, llené mis pulmones de aire.
Miré a Aldara y vi cómo sus ojos se empezaban a aflojar. Entendí que ella quería y necesitaba zambullirse dentro de ese mar de palabras que nunca habían podido salir de su pecho.
—Creo que uno determina cuánto sufre, en realidad, en cierto punto. Desde el día en que mi padre me dejó a un lado para enseñarle a disparar a mi hermano, algo nació dentro de mí. Solía recordar el sonido de los disparos todos los días. Pero no le di más importancia. Entendí que Hanzel era más importante que yo. Era un del Valle con habilidades excepcionales para la magia, la reliquia más preciada de la generación. Y elegí vivir detrás de su enorme sombra.
Invité a que ella dijera algo, pero negó rápidamente con su cabeza. Sin quitarle los ojos de encima, seguí hablando.
—Me quedé callado y miré. Jamás hablé. No disfrutaba mi tiempo en familia, y sin darme cuenta me había ido de casa. Estaba en uno de los ventanales y traté de convencerme de que era realmente la salida. Viví en Craster por mucho tiempo, lejos de lo que me lastimaba. En ese momento me parecía la única salida. Nada lograba distraerme de esa sombra. Se sentía como caminar en un pantano, donde cada paso que daba parecía un error. Entonces, mi propio dolor repercutía en la gente que me rodeaba. Y seguía sin salida. Encontraba ventanales… donde me distraía y reía. Reía como nunca sabiendo que esas risas estaban contadas. Sin embargo, no hacía más que alimentar la rutina que me dolía, ignorándola. Miraba hacia atrás y cuestionaba mis propias decisiones. Buscaba respuestas mirándome al espejo. Repasando una y otra vez las cosas que pasaban. Y volvía a caer en los errores de antes. El dolor es un ciclo que se alimenta.
Recordaba bien cada sensación que le describía a Aldara. Pero la sombra ahora parecía lejana, aunque el sabor metálico detrás de la lengua seguía siendo tan familiar como siempre.
El dolor nunca dejaba de hacer crecer nuevos brotes, supuse.
Aldara abrió la boca para intentar decir algo. Alenté a que forzara sus palabras. Sentía un alivio hablando de heridas que parecían curadas, pero no quería tocar lo de Dalia o lo de Hanzel estando en el Oeste.
Mientras Aldara hesitaba, tuve un momento para sentir el viento en mi espalda y sentir el olor a tormenta que había. La nereida movía la cabeza de lado a lado, respiraba rápidamente y parecía estar buscando una salida en la vegetación. Si iba a hablar, daba la sensación de que estaba por parir incubado por mucho tiempo. Lang y Malo seguían trabajando en el búho, y sus gritos hacían eco por el aire. Faltaba tiempo para que el sol se escondiera. Quedaba mucho por hacer.
—Te lastima más cuando te das cuenta que pudiste haber escapado más fácilmente con otras decisiones —empecé a balbucear, a repetir mis ideas para darle tiempo a Aldara—. Pudiste haberte ahorrado tanto dolor. Uno se acostumbra al miedo y a las heridas que lleva. Pero se puede superar encontrando las motivaciones…
—Maté a mi prometido —dijo Aldara, interrumpiéndome. Asintió levemente con la cabeza. 
No había terminado de procesar lo que había dicho. Estiré mis manos hasta sus hombros y la invité a que se sentará en el pasto. Mis ojos estaban grandes como platos y balbuceé cuatro palabras antes de poder decirle algo. Ahora ella tenía su mirada clavada en el piso. Levanté su rostro e insistí con que siguiera.
—Maté a mi prometido —repitió—. Tuve que escapar y dejar a mis hermanos con la puta de mi madre. —La lengua de Aldara empezó a trastabillar, y empecé a sentir su respiración más cargada—. Jamás tuve el valor para enfrentarme a él, ni a mi madre. En el fondo creía que un día ella dejaría el alcohol. Que él iba a amarme.
Arrastré mi mano hasta la suya, y ella la tomó con un extraño cariño. Pareció encontrar cierta familiaridad en mi piel, por la manera en que ella la acariciaba. Daba vueltas en círculo con la yema del pulgar, dando la impresión de estar teniendo un talismán en su poder. Abstraída en sus propios pensamientos, sentía que estaba rezando. Cómo desesperada, tratando de bendecirse con las caricias.
Desconocía a quién se le debía rezar y que ofrendas se debían llevar a cabo en estas circunstancias. Pensé también que los Dioses se veían pequeños frente al Oeste. Tal vez ellos no tenían poder en estas tierras.
—Intentaba que ella no se enojara. Siempre pensé que ella tomaba para matar algo adentro que la llenaba de ira. Ni siquiera sé si era ira —dijo, casi sin poder contener las lágrimas—. Su rostro… sentía que a veces disfrutaba todo lo que pasaba. Tampoco sentía empatía por su dolor. Era demasiado cínica —soltó un último suspiro. Respiró hondo y rompió a llorar.
Era un sollozo pesado, pero silencioso. Lloraba penas acumuladas por mucho tiempo y las lágrimas parecían hechas de miel.
—Ya tenía los ahorros para irme con mis hermanos y escapar. Me convencía a mí misma de que cincuenta rorintios no era suficiente. Los días se volvían eternos. Sentía que el sol iba a quedarse por siempre en el cielo. Perdí la percepción del tiempo. Creí que él iba a quererme. Estaba perfumada y arreglada cada mañana, intentando que ablandara su corazón. Que viera algo en mí que no pudiese ver en otro lado. Que me deseara y me sacara de ahí. Aunque cada día él me demostrara lo contrario, seguía creyendo que lo iba a hacer. Estaba convencida de eso porque papá lo había elegido para mí. ¿Su última voluntad fue meterme en un infierno? —Aldara hablaba en una voz titubeante, todavía llorando—. Anhelaba despertar con el sol en la cara, a su lado, sonriendo. Que me contemplara mientras durmiera y que me esperara con té… té de menta —su voz se deshizo en un hilo, antes de dejar el sollozo silencioso por uno mucho más fuerte. Inclinó su cuerpo hasta encontrar su frente con mi hombro.
Froté su espalda, tratando de no hacerla sentir tan sola. No sabía si la tormenta se detendría, pero intuía haber ayudado. Ella podría llorar todo lo que quisiese de ahora en más. Y las lágrimas de Aldara inspiraban todo menos debilidad.
Pensé cuan parecido habría sido el viaje de Ansala del Valle. ¿Habría tenido su propia Nereida impulsiva? ¿Cuán lejos habían llegado por el Este?
Imaginaba que el derroche de sangre inocente era algo que se obviaba en las historias que se pasaban de generación en generación. Mi propio ancestro podría haber desenfundado su espada sin pensarlo dos veces contra la gente del Oeste. O quizás él siempre evitaba que su grupo descargara su ira en la gente inocente. O tal vez simplemente pasó como en las escrituras. Pero mirando a las montañas que rodeaban Verin, la pregunta que siguió rebotando en mi cabeza, mientras Aldara secaba sus lágrimas, fue otra.
Mirando el domo de oscuridad que absorbía la capital, me pregunté cómo se supone que habían puesto a dormir al dueño de todo esto.
—Hace no demasiado tiempo —dije, mientras ayudaba a la nereida a pararse—, tal vez desde Havenstad, que veo a todo este dolor como una guía. Siendo los elegidos podemos darnos el gusto de pensar eso, supongo. Cada cosa que pasó en nuestra vida, sin importar lo malo que haya sido para nosotros, no fue más que una brújula para llegar acá. No digo que haya sido la mejor brújula, pero estamos en Verin. Vivos. No sé si me explico.
—Sí… entiendo —dijo Aldara, haciendo flotar en el aire sus últimas lágrimas y convirtiéndolas en vapor—. Me hace sentir como un títere.
—Sí —dije, asintiendo enérgicamente—, pienso lo mismo. Sin embargo, creo que hay una razón por la que una piedra mágica se insertó en mi pecho y no me mató. Hubo una razón para encontrarnos con el gurag en el teatro. Lo mismo con el oráculo. No estoy seguro, pero después de lo de anoche, creo que era lo único que me mantenía parado. Qué, al menos desde los cielos, teníamos compañía. Si me pongo a unir casualidades a lo largo de mi vida, siento como si todo de alguna manera hubiese sido modificado para que yo llegase acá.
—No sé cuán cómoda me siento pensando eso —dijo, y se volteó para clavar la mirada en el árbol de nuevo. Justo antes de lo que hiciera había podido ver sus ojos, verificando que la tormenta estaba apaciguándose.
—Si hay algo en lo que todavía creas, Aldara, te lo ruego, hacelo por eso.
Aldara se limitó a decir que iba a dar un pequeño paseo. Le advertí que tuviera cuidado; no consideraba que estar afuera de la ciudad fuese seguro. Si bien había cierta vegetación para ocultarnos, sentía que ellos estaban justo detrás de nuestros talones.
No quise voltear para sumarme al trabajo sucio del que se estaba encargando Lang. No me apetecía ver sangre ni ningún tipo de fluido de búho por un rato.
Me puse cómodo en el pasto, sólo mirando las plantas creciendo en primavera. Los chillidos que provenían del interrogatorio que ejercía el pistolero ya habían dejado de molestarme. Mi cabeza estaba en silencio.
Todo desapareció ante la luz del sol que se filtraba por las hojas.

El pequeño descanso no fue tan pequeño. Me desperté agitado ante la profundidad con la que había caído dormido. A mi derecha, a unos cuantos metros, Lang posaba con sus manos en la cintura, mirando al búho del Oeste. Malo estaba a su lado, lamiéndose las patas, haciéndose pasar por un gato ordinario. No había gritos. Imaginé que el búho se había resignado.
Del otro lado, detrás de mí, sentí que llamaban mi nombre.
—¡Ítalo! —me saludaron.
—¡Cregh! —exclamé, dejando salir un gran suspiro. El mago había sonado con el tono más casual que alguien podía tener después de volver de la supuesta muerte—. Por los dioses, creí que no ibas a volver de ese estado.
—Sí, ya hablé con Lang —dijo, riendo—. Me sorprende cuán poco saben de magia; es un hechizo básico. De uso exclusivo para bromas en los días de la universidad. De un momento a otro aparecías acostado sin prendas arriba del escritorio del profesor.
—Dioses, pero estuviste paralizado por… mucho tiempo.
—Si… —Cregh perdió un poco de su sonrisa—. Se sintió raro ser golpeado por algo tan común en el Oeste. Pero jamás había escuchado que alguien pudiese paralizarte por casi dos horas.
—¿Pasaron casi dos horas? —pregunté, escéptico.
—Según Lang, sí —aseguró, levantando la cabeza en dirección al pistolero.
—Parece mucho tiempo para un hechizo.
—Totalmente. Y, es más, con este tipo de hechizos el cuerpo genera una resistencia natural. Pierden efectividad en tiempo y profundidad. En los últimos años de mis estudios solo duraban minutos, y la víctima generalmente podía hablar y entender lo que pasaba. Esta parálisis duró demasiado, y fue completa. Si me hubieran asesinado, no me hubiera enterado. No sé si era magia normal.
—Estoy seguro que eso no era la guardia de su capital —aseguré —. Era algo para nosotros.
—Eran magos peligrosos… y Aldara mató a varios sin esforzarse demasiado. —Ahora todo rastro de sonrisa en su cara había desaparecido.
Nos quedamos en silencio por un segundo, hasta que Cregh pareció recordar algo.
—Ítalo, ¿podes pasarme el libro que le robaste a tu hermano? —Cregh trataba de parecer menos ansioso de lo que estaba. Llevé mi mano al bolso y noté que había terminado en un río durante la batalla.
—Oh, mierda —dije —. Está empapado.
—Sos muy inteligente, tirándote en un río con libros legendarios. —Cregh se llevó una palma a su rostro.
—Callate. Todavía está legible —afirmé, y comencé a buscar un claro.
—Imaginó que vas a dejarlo un rato al sol—dijo el hechicero.
—¿Qué pasa con el libro, de todas formas?
—Los dibujos eran interesantes, como mínimo. Pensé que podría ser alguna mierda supersticiosa. Aunque empecé a sentir que no era coincidencia. No sólo esto, sino todo… —Entonces decidí interrumpirlo.
—Somos los cinco con los que los oráculos soñaron por siglos; hay pocas casualidades en todo este viaje.
—Sí, algo así —asintió—. El libro no es otra coincidencia. Quiero saber qué nos espera en sus páginas.
Encontramos un pequeño claro entre la flora occidental, no muy lejos de donde estaba Lang. Dejamos el libro, que llevaba el símbolo de la bebida Vera en su tapa, a secarse al sol. Mientras esperábamos, noté cómo las luces resplandecían en el colgante rojo que llevaba Cregh. Nunca me había quedado claro cómo lo había conseguido.
Esperamos en silencio hasta que llegó el pistolero con la mirada perdida. Llevó sus manos detrás de la nunca y tomó aire.
—Esa cosa no quiere largar nada —dijo, soltando el aire—. Ya lo intenté todo.
—¿Entiende nuestra lengua? —pregunté.
—Sí, definitivamente entiende. De hecho, habló algunas palabras.
—¿Y qué dijo? —preguntó Cregh.
—Nada —dijo Lang, desviando la mirada—… Nada importante.
—Necesitamos algo; cualquier dato —dije.
—No hay manera. Es la cuarta vez que se desmaya por el dolor y sigue sin abrir la boca. —Lang escupió al suelo.
—Podríamos dejar que despierte y se transporte a su guarida —propuso Cregh—. Podría seguir su rastro y transportarnos con el anillo.
—Eso solo es meterse en la boca del lobo —dijo Lang.
—Creo que es una buena idea —susurré—. De alguna manera retorcida.
—Podemos tomarlos por sorpresa y matarlos. O espiarlos y sacar información. —Cregh intentaba darle forma a la idea antes de Lang hablase.
—Cregh, ni siquiera entendemos bien el idioma —rió Lang. Se veía cansado, pero estaba en todos los detalles. Entonces se me ocurrió otra cosa.
—Deberíamos terminar con su dolor; tenerlo ahí es un riesgo.
—Ahora me encargo. —El pistolero levantó su mano, cómo disculpándose por haber dejado viva a una criatura del Oeste por tanto tiempo.
De pronto, un haz de luz nació cerca de nosotros y se proyectó en el cielo con forma de esfera. Otra señal de luz había sido encendida.
Corrimos hasta donde se encontraba el búho y, sin pensarlo dos veces, el pistolero desenfundó. Me apuré para tomarle la mano. Le dije que era un desperdicio de balas para un bicho que ya tenía un pie en el otro mundo.
Dando tres pasos adelante, me encontré con los restos del mago del oeste. Al ver su cara me pregunté cómo es que Lang no tenía los nudillos destrozados. La sangre se coagulaba en cada poro de su pellejo. Pellejo… ya no había plumas en su rostro. El ojo izquierdo estaba salido de su cuenca y ya parecía no ser útil. Sus alas habían sido rotas en batalla. Había recibido una golpiza brutal y no había podido defenderse; sentía que el interrogatorio se había convertido en un desahogo para Lang. Por la manera en que el pico estaba torcido y cortado me garanticé que los primeros cuarenta y cinco minutos sólo habían sido para que Lang se sintiera un poco mejor. Y no lo culpaba en absoluto; yo hubiera hecho exactamente lo mismo.
Pero la escena grotesca me dio una sensación diferente. No era necesariamente mala o importante, pero ver al búho no parecía desahogarme.
El sabor metálico en mi lengua dijo presente de inmediato. Empecé a cargar energía en mi brazo para darle fin a su sufrimiento. Para terminar con su dolor. Sentía un poco de empatía; lo percibía como estar matando a un inocente o a un civil. Alguien que había quedado en el medio de todo ese asunto. Pensé de nuevo en la estela de sangre que habíamos dejado, nosotros y ellos.
Llevaba quince segundos cargando la energía de la piedra cuando Aldara llegó al lugar, poniéndose a la derecha de Cregh. Ahora todos estaban mirando.
Eso no se establecía en ninguna escritura. Matar. Se designaban cinco elegidos de Alles y cinco del Oeste. Pero no estaba escrito que no podíamos sentarnos a aclarar las diferencias y llegar a un acuerdo. Sin embargo, solo pensábamos en la guerra. Eso es lo que hacía el cerebro humano. Y el de ellos había hecho lo mismo. No éramos tan diferentes, a final de cuentas. Mientras pasaban treinta segundos, me convencí de que todo se había resuelto mal por dos siglos enteros. Cada decisión había sido tomada mirando desde el ángulo equivocado. No duró demasiado. Tan pronto volvió Dalia a mi cabeza, entendí que ningún miembro de mi grupo iba a poder perdonar al cuervo que lo había hecho. No iba a negociarse nada; ese cuervo iba a ser ejecutado. Y a su vez, su grupo no iba a soportar ese accionar. Era un ciclo de odio que no íbamos a romper en ese momento.
Llevando un minuto de carga en la mano izquierda, decidí que ya era suficiente para matar al mago. No lo sabía a ciencia cierta, por lo que era un buen momento para corroborar la letalidad de mi piedra.
Con los sentimientos de empatía desvaneciéndose, toqué al mago en el pecho.
Su cuerpo empezó a agitarse de pies a cabeza. Un pequeño grito ahogado marcó el fin de sus días.
Cregh miraba hacia el cielo.
—Otra señal de luz… —dijo.
—Sí, necesitamos movernos ya —dijo Lang.
—¿Por qué? —pregunté—. La burbuja de Verin absorbe toda su luz. Además, estamos a una buena distancia de la ciudad.
—Imagino que sos consciente de que tienen anillos que los transportan a cualquier lugar con solo desearlo —dijo Lang.
—No hablo de distancias; la señal es un mensaje y creo que nadie lo va a recibir.
Pero Cregh ya se había decidido a sacarnos de ahí. El hechicero se puso a mí lado y llamó al resto con un gesto. Malo fue el último en acercarse y, como siempre, el anillo fue impecable.
Nos había movido hacia el pie de otra de las pequeñas montañas que rodeaban la capital. En esa área particular había mucha más vegetación y el sol parecía ir a acompañarnos por un buen rato.
Todo el grupo se dispersó rápidamente en todas las direcciones. A excepción de Cregh, que llevó su mano a mi hombro.
—No te vayas a ningún lado; el libro es prioridad —dijo, formando una gran sonrisa en su rostro. Me quedé congelado, mirando a Aldara sentada en una piedra, jugando con un charco de agua.
—Sí… —dije, soltando un suspiro.
—No me digas que vas a enojarte por lo de recién —dijo Cregh, poniéndose frente a mí para tapar mi visión.
—No, no es eso —negué—. Es que nos sentí sin rumbo de repente. Y estamos corriendo contrarreloj.
—Es así; no hay otra cosa que hacer más que esperar.
—Eso es lo que digo. Quizás no estemos forzando las cosas lo suficiente para que pasen.
—No —dijo Cregh, soltando una pequeña risa—, ¿por qué decís eso? Ahora sonas como Aldara, pidiendo acción.
—¿Aldara? —pregunté, confundido.
—¿Usar la piedra te produce algo... raro? —dijo Cregh, llevándose la mano al mentón, buscando la palabra justa—. ¿Cómo ansiedad?
—¿Qué? No, no. Creo que sólo dije en voz alta lo primero que se cruzó por la mente —me disculpé.
Cregh se limitó a mirarme fijo y encogerse de hombros. Buscó uno de los rayos de sol que se filtraban por la montaña y se sentó en el pasto, con el libro frente a él. El aire se había vuelto más cargado y fresco, presagiando la tormenta que se venía en el horizonte, desde el Este. Las nubes nos venían pisando los talones desde Aqlatan. Llevaban impregnado un gris demasiado oscuro en sus curvas esponjosas. No hacía falta concentrarse para escuchar los rayos rugiendo en la lejanía.
Temía que las nubes taparan la luna esa noche.
El libro carecía de sentido, según Cregh. Primero recorrimos sus hojas, enfocándonos en los dibujos ahora distorsionados por el agua. Una figura humana, ya sea de cuerpo completo o de alguna parte en especial, acompañaba cada hoja escrita en Lengua Alta. Era algo antiguo que solo había aprendido gracias a la posición de mi familia y la educación que podía obtener.
El mago, impaciente, me quitaba el libro de mis manos y ojeaba cada centímetro. Se tomaba la cabeza, abría la boca para decir algo y la volvía a cerrar. En la quinta vez que repitió el proceso terminó formulando su pregunta.
—¿Alguna idea? Pensé que iba a ser más fácil.
—La verdad que no —dije—. Parece una guía de baile para una especie de ritual.
—¡Mirá esa página! —Cregh la señaló enérgicamente ni bien terminé de voltearla—. Está llena de texto. ¿Qué dice?
Pasé una hoja más para encontrarme con que eran las últimas del libro. Esa sección era una especie de introducción, o al menos eso fue lo primero que se me vino a la cabeza después de leer los primeros párrafos. Estaban escritos en Lengua Alta, al igual que el resto del contenido. Presentaba al libro como una investigación sobre algo llamado el “arte alternativo”.
La sección definía a ese arte: empezaba haciendo hincapié en la idea de que no éramos sus dueños. Debíamos tomar elementos de otro plano, llamado Limbo, y ponerlos a nuestra disposición. Excluía también la posibilidad de crear; los humanos no éramos capaces de tal cosa. Se basaba en el ejemplo de la magia, dónde el usuario solo transformaba las energías que ya estaban ahí. No usaba algún nombre para referirse a aquel arte pero era fácil hacerse una imagen. Además, no era la primera vez que leía sobre la idea de que los humanos no eran autores propios, sino más bien sutiles ladrones de ideas divinas.
Continuaba diciendo que había otras fuentes de energía que no solían hacerse conocer; fuentes provenientes debajo de nuestros pies. Y, otra vez, los humanos no eran sus legítimos dueños. Esta energía, este arte alternativo en sí, venía de seres llamados los Dioses Humildes. Se suponía que habitaban miles de kilómetros bajo tierra; vivían entre fuegos eternos ardiendo con un calor miles de veces mayor al de cualquier flama que pudiésemos ver en la superficie. Se suponía que, a pesar de la distancia, escuchaban nuestras plegarias. No sólo las escuchaban, las esperaban con ansias para seguir a aquellos que los venerasen. Imaginé que los escritores buscaban usar muchos recursos literarios para enfundar a ese arte en un manto de misterio y espiritualidad.
Paré al llegar a la última página, incapaz de traducir o poner en contexto las primeras oraciones. Parecía importante, de alguna manera… Mencionaba “Djucu” varias veces. ¿Acaso ahí estaba la respuesta? Había estado leyendo en voz alta hasta entonces. Al levantar la vista me encontré con que el mago estaba prácticamente encima de mí, con los ojos como platos.
Estiró las manos varias veces, exigiendo que siguiera.
—Ya sé que debo estar en la mejor parte, pero no entiendo esto —dije, riendo.
—¿Cómo qué no? —preguntó Cregh, indignado, cambiando su actitud de niño ansioso a una expresión severa.
—¿Yo era el que tenía problemas con las ansias? —Respondí con una pregunta, pero Cregh mantuvo esa expresión por un rato. Luego sacudió la cabeza y tomó distancia. No habló más, dándome lugar para que me concentrase en el libro.
Desconocía la mayoría de las palabras de esa página. Sólo podía traducir algunas pocas oraciones que no guiaban a mucho. Entendía muchas palabras sueltas, pero el sentido de la oración escapaba a mis conocimientos. Era como si la página tuviera menos Lengua Alta que las otras; casi todas las oraciones se veían interrumpida por un término que no podía reconocer. Hasta que, con el último párrafo, volvía a ser legible. El libro cerraba hablando de los límites de ese arte, y me daba la sensación de que todavía no sabíamos a qué iba el libro.
—Aclara que los límites de este arte están delimitados por la voluntad de los Humildes y no mucho más —dije.
—Mierda… Nunca fumé cigarros, pero creo que este sería el momento ideal —dijo el mago, adoptando ahora una expresión cercana a la angustia.
—No deberías intentar cosas raras ahora, podrías ofender a los Humildes —bromeé.
—¿Y eso qué carajo importa?
—Los límites de este arte están ligados a su voluntad y dice, textualmente, que en caso de ofenderlos podrían negarte sus poderes.
—¿Y cómo se supone que ofendemos a un Dios Humilde? —bufó Cregh, decidiendo seguirme la corriente.
—No sé, no da detalle alguno… esperá. Quizá el punto del libro en sí es enseñarnos a ofender a los humildes—dije, casi gritando por mi revelación y clavando la mirada en Cregh. Una sonrisa apareció en su rostro, y noté cuán estúpido era lo que había dicho—. Guau, juro que la idea sonaba mejor dentro de mí cabeza. —Ambos reímos, desgarrando de a poco la densidad del ambiente que se había formado desde que habíamos abierto el libro.
Cerré el libro y se lo extendí con la idea de que buscara el dibujo que más le llamara la atención. El mago recorrió las páginas con mucha más atención que antes, a pesar de no entender una sola palabra. Yo me mantenía un poco escéptico respecto al poder del libro. La exageración en los detalles históricos me había dado la sensación de que todo era muy poco fidedigno. Mientras Cregh volteaba las hojas, más me convencía de que era falso.
Me señaló con el dedo a una de las figuras que mostraban manos moviéndose. En la parte superior decía J'va-Gangshi. La palabra era casi idéntica al nombre de la ciudad-puerto del Oeste, pero desconocía qué podía significar. Ni siquiera parecía una palabra de la Lengua Alta; se asemejaba más a las lenguas de los bichos. La mayoría de los títulos resaltados daban la impresión de venir de tierras diferentes a las nuestras.
Cregh empezó a agitar las manos según los dibujos. Las secuencias no parecían difíciles de seguir, pero no lograba conseguir nada. Le sugerí que se pusiera de pie y que lo imaginara como a un ritual lo más formal posible. Gruñó y se puso de pie, repitiendo el proceso solo para llegar al mismo resultado de antes.
La temperatura había bajado todavía más; el viento se había vuelto más violento. Me pregunté si no seria que la tormenta estaba por alcanzarnos. Iba a ser mejor que yo ayudase para acelerar los hallazgos. Memoricé las tres figuras de las manos y me puse de pie. Quizás Cregh no era el elegido para el arte alternativo. Después de todo, la obra aclaraba la importancia de la voluntad de los Humildes. Además, yo había encontrado el libro. Sin perder más tiempo, comencé a agitar las manos según los tres pasos que se indicaban… aunque no logré mejores resultados.
Entendí que faltaba algo. El movimiento de las manos parecía algo demasiado genérico. Miré a Cregh y creí que él también había entendido lo impráctico de poder estar lavando las vajillas e invocar al poder del inframundo por accidente. Una idea tomó fuerza en ese momento, haciéndose casi obvia. Acompañé cada movimiento de manos con una sílaba de la palabra titular. Estaba seguro que iba a funcionar. Un silencio absoluto me demostró lo contrario.
A pesar de mi fracaso, los ojos de Cregh se encendieron.
—Interesante —dijo—. La magia normal no usa palabras, pero quizá…
Parándose derecho, intentó realizar el conjuro usando mi nuevo método. Acompañó los movimientos de manos con las silabas, al igual que yo… e, inmediatamente, una luz amarilla rodeó su mano izquierda.
No lograba entender que es lo que Cregh había hecho de forma diferente, pero habíamos venerado a los humildes y ellos correspondían compartiendo su poder. Cregh frunció el ceño, intentando comprender la energía en su puño. Su mano se sentía pesada, dijo. No cargada de poder, sino que como si estuviera hecha de acero. No podía abrir su puño. Pasado un minuto, la luz se evaporó, dejando libres los dedos del mago. Podían ser llamados Humildes, pero tranquilamente podían ser los Tacaños con la duración de sus bendiciones.
Cregh volvió a tomar la iniciativa, repitió el conjuro y consiguió resultados otra vez. Eligió un árbol que estaba a unos pocos pasos para probar su teoría. Golpeó al tronco con su mano bendecida, y la fuerza fue tal que sacudió cada hoja. Sin embargo, una vez más, no habíamos terminado de festejar esas habilidades antes de que se desvanecieran.
—No estabas equivocado —afirmé, mientras me sentaba en el piso—. Encontrar el libro no fue una coincidencia.
—Sentí una corazonada muy fuerte, estaba demasiado seguro —dijo Cregh. Su tono era bastante más serio de lo que acostumbraba.
—Yo también percibí algo así con otras que pasaron en el viaje; es algo que me hace sentir menos solo.
—¿Solo?
—Sí —aseguré, volcando mi cabeza hacia atrás, contemplando el cielo gris—. Me siento bastante menos solo cuándo noto señales de ese tipo.
—¿Consideras que son señales? —volvió a inquirir Cregh.
—No, pero no son casualidades. Hasta ahora no se me ocurrió alguna otra palabra.
—Parece que hoy no van verse las estrellas—dijo Cregh, despreocupado, sumándose a la contemplación de las nubes.
—Y dudo que eso sea una casualidad.
Los últimos rayos de sol pintaban al oeste de tintes naranjas, pero las nubes no tardaron en envolvernos. La temperatura bajó todavía más. La oscuridad se empezó a agudizar.
Revolviendo las hojas del libro, Cregh se lamentó pensando cuántos hechizos se habían perdido por mi chapuzón. Le dije que si no quería perder más hojas que nos encontrará algún tipo de refugio para la lluvia.
Sin esperar respuesta alguna, empecé a recorrer el lugar tras algo para cenar esa noche. La tierra del Oeste nunca mejoraba en cuanto a la fertilidad de sus frutos salvajes. Solo había frutas diminutas y plantas cuyo verde profundo nunca cambiaba. Me limité a buscar una buena cantidad de frutas y no pensar por un rato. Sabía que el robo al restaurante de la capital iba ser nuestra última cena significativa.
Al volver, encontré a los chicos en una pequeña cueva al pie de la montaña. Cregh practicaba movimientos de manos, sin percatarse de mi presencia, con Malo observando. Aldara estaba sentada adentro. Solo la pude ver por la manera en que sus ojos reflejaban la poca luz que había.
—Esas hierbas se ven deliciosas —dijo Lang, con una gran sonrisa en su rostro. Era poco característico de él, pero el hambre hacía esas cosas.
—No se ilusionen mucho, no parece que vayan a ser más placenteras que comer tierra. Con un poco de suerte nos van a mantener con vida un buen rato más.
El flujo de la conversación se extinguió enseguida y comimos en silencio, apenas coordinando algún vago contacto visual. Confundí las expresiones que vi con miedo, pero entendí que mis compañeros estaban totalmente agotados. Yo era el único que había dormido algo desde la madrugada pasada. Luego de comer aquella cena poco placentera pero abundante, la lluvia comenzó a caer con elegancia. Actuando como un potente somnífero, el resto no tardó en dormirse. Incluso Lang, de quien había esperado que se mantuviera en guardia para siempre. El cansancio había sido tal que ni siquiera habíamos prendido una fogata.
Sin sueño, me acerqué afuera para mirar la lluvia de cerca. Pasó un rato y el caudal no hizo más que aumentar. Aunque todavía era una lluvia tranquila, y estaba sola; los rayos parecían lejanos, visibles en la dirección de Aqlatan.
Malo notó que yo no estaba dormido y se acomodó a mi lado a contemplar la noche. Aunque no tenía manera de hablar con él, sentí que tenía compañía en esa noche sin luna.
Las horas se habían apreciado de manera distinta. Todavía no era medianoche; en menos de un día todo había tomado el camino menos esperado. No era posible procesar una muerte en veinticuatro horas, y creo que todos éramos conscientes de eso. Era imposible no lamentarse, no pensar en lo que podría haber pasado. Era imposible no querer volver el tiempo atrás y arreglar todo. Si uno de nosotros hubiera tenido insomnio, Dalia estaría viva. Si uno se hubiera levantado a mear, Dalia estaría viva. No era difícil, era tan simple como estar despierto. Esa idea agobiaba la mente, haciéndote sentir pequeño, impotente, sin escapatoria. Sin embargo, notaba que estábamos mirando en otra dirección. Antes podíamos tener nuestra visión puesta en Alles, pero eso había cambiado. Pensé en las palabras de Lang: La derrota va a significar nuestra muerte y la de todo lo que está detrás de nosotros.
El Este estaba en nuestras espaldas; estábamos defendiendo todo lo que habíamos dejado atrás.  El cuerpo de Dalia no era una carga, sino una razón para seguir mirando hacia adelante. Hacia la única dirección que importaba: el Oeste.
El tiempo se distorsionó, pareciendo volar mientras miraba las gotas cayendo. Creía que ya había pasado la medianoche y Malo se había acurrucado y dormido contra mi pierna. Gentilmente, dejé que mis sentidos se apaguen lentamente, mezclándose con el ruido de la lluvia.

El reposo se volvió tan profundo que cuando desperté estaba seguro de que estaba siendo resucitados de entre los muertos. El extraño sueño de un corazón latiendo despacio me había tenido como hipnotizado. Amanecí ante los dulces ojos de Aldara, abiertos de par en par en una expresión extraña. Estaba sacudiéndome el brazo para que me despertara. El resto estaba alrededor, guardando una expresión idéntica en sus rostros.
Amagué a abrir la boca cuando sentí el primero latido, dando sentido a todo. Pum... Pum... Primero imaginé que podía ser algo como el hechizo que nos habían lanzado en el río de Verin, pero no tardé en darme cuenta que no era así. Estaban latiendo. Las tierras de Verin estaban latiendo.



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