viernes, 1 de junio de 2018

Madera & Hueso — 70 — Li

Luego de despertar, hablamos apenas lo suficiente para aprender algo sobre el pasado de Ítalo. Y por supuesto, para dar el pequeño detalle de mí nombre. El secreto era una sola silaba de dos letras, pero aun así parecía importante. Había estado solo mucho tiempo. Mi único acompañante había sido Malo pero, curiosamente, nunca me había preguntado mi nombre.
Aldara me estrechó la mano, mientras que Ítalo pareció simplemente aceptarlo en silencio. Luego de todo lo vivido, otro nombre no tenía importancia. En lo personal, Li no era un nombre que me agradase.
Cregh volvió a unírsenos luego de un tiempo, ahora un tanto más calmado, y nos mostró de dónde venían los latidos. Más allá de Verin, en una cadena montañosa cerca de lo que sería el final del continente. Allí es donde se encontraría el Deus.
Yo no era el tipo de personas que sentía nostalgia. Al contrario, no me había asentado porque ningún lugar se sentía como un hogar. Pero en ese momento de verdad deseaba estar de vuelta en el este. En el oeste no pertenecíamos. Ahí éramos indeseados. Mientras más nos adentrábamos, más difícil se hacía llegar al final de cada día.
Desganado, desenfundé mi revolver pequeño y me puse a contar las balas. Las ordené en el suelo, separadas según el tamaño. Podía ver al resto del grupo por mi periferia; Ítalo y Aldara conversaban juntos, y Cregh estaba quieto, paralizado. Solo faltaba Dalia, aunque juraba en cualquier momento iba a aparecerse detrás mío con su voz aguda. Pasé al barril del revolver grande. Recé por que las balas bastaran.
Cuando era pequeño mis tíos me contaban la historia de una princesa que vivía solitaria en la luna; cuando estaba totalmente a oscuras ella bajaba a caminar por sobre un lago. Yo no creía en lo que no podía ver, pero esa historia siempre me gustó más que todo aquello de los etéreos.
Había empezado a llover. Un viento helado me hizo cerrarme más el abrigo, y Malo se me acurrucó entre los pies. Había pasado más de un mes desde mi accidente en Havenstad, pero encontraba que los huesos aún me dolían cuando hacia frio. Probablemente seguirían así por un largo tiempo.
—Aun no veo como esto pueda salir bien —dijo Cregh.
—Bueno, es eso o acomodarnos con el resto de la humanidad en la bodega de Azus —dije, tratando de alivianar la situación. Cregh sonrió por medio segundo, y quedamos solo con el ruido del viento y los latidos—. Pero creo que no podremos movernos hasta que podamos ver bien el lugar. Deberíamos tratar de comer antes de partir, por poco que sea —agregué, en parte para estar lo mejor que pudiéramos, y en parte para retrasar lo inevitable. No parecía estaba solo en ese deseo; Ítalo suspiró con un cierto alivio, y se giró hacia nosotros.
—Voy a tratar de buscar algo, pero no prometo nada. ¿Me acompañás, Cregh?
Sin decir nada, el mago lo siguió, y ambos desaparecieron entre las penumbras con solo una pequeña llama para iluminarse. Yo por mi parte volví a la entrada de la cueva a sentarme. Las manos me temblaban y el corazón me latía con fuerza. Con el anillo estábamos a solo un paso, a un pensamiento de enfrentar lo que había allá esperando. Era tan fácil que si me ponía el anillo hasta podría ir por accidente.
Nunca pensé mucho en la muerte, a pesar de rozar con ella en más de una ocasión. Siempre algo me salvaba, y podía superar el susto. A veces ya podía reírme al día siguiente y seguir andando ante las quejas de Malo. En cierta forma, pensé que caminaríamos de un lado a otro por siempre, sin un final claro a la vista.
Pero ahora no me podía sentir tan optimista. No solo porque Dalia también murió, sino porque, ¿que quedaba por hacer?
No lo sabía. Malo se me unió, sentándose a centímetros de mí.
—Sabés, podes volver si querés —dije—. No tenés que hacer esto.
Malo solo maulló insultos en respuesta.
—Tenés razón, tenés razón —reí—. Cómo voy a decir eso después de hacerte caminar por dos continentes…
Aldara se sentó en frente mío, calentándose las manos entre las piernas, y me miró durante unos segundos, como sin saber que decir. Afuera el viento parecía calmarse.
—¿Nervioso? —dijo Aldara, luego de unos momentos. Malo maulló como si le hubieran hecho a él la pregunta. Aldara rio y le extendió los brazos, y Malo salto a su regazo.
—Sí, supongo —dije— ¿Y vos?
—También —respondió, rascándole la panza a Malo. Ese gato siempre hablaba de lo mucho que detestaba a cualquier criatura que no fuera él, pero en cuanto alguien lo acariciaba se volvía manso y no tardaba en exigir más. Era mejor de esa forma, en todo caso. Según él, el resto de la especie era tan agresiva como decían los libros. Solo era cosa de perderse en los bosques del norte para comprobarlo, y si tenías suerte y un arma de fuego, quizás salieras con tu vida.
Ítalo y Cregh volvieron luego de unos minutos, cuando ya había amanecido un poco. Solo traían lo que parecían moros verdes, y nos dieron un puñado a cada uno. Con eso, era fácil ver porque los bichos de este continente nos guardaban tanto rencor. Una vez oí a un tipo en un bar diciendo que deberían dejar de venderles comida a los bichos, a ver qué hacían sin los humanos que tanto detestaban.
—¿Saben? Ayer vi a Malo tratando de cazar un ave —dije, antes de echarme a la boca la mitad de mi porción—. Si hubiéramos tenido más tiempo, podríamos haber buscado unos huevos para el desayuno.
Ítalo sonrió, mirando las moras que le quedaban, y se echó unas pocas a la boca.
—Quizás para la tarde, antes de emprender el viaje a casa.
Terminamos nuestro desayuno, y salimos de la cueva con nuestras cosas para ver nuestro destino. A pesar de las espesas nubes, el lugar que nos había señalado Cregh, un bosque frondoso entre las montañas, estaba completamente despejado, dejando entrar la luz casi como si hubiera sido marcado para nosotros. Era hora de partir.
—¿Quien tiene el anillo? ¿Ítalo? —preguntó Cregh.
—Yo. Yo los llevo —dije, colocándome el anillo.
—¿Seguro? —dijo el mago—. ¿Sabés cómo usarlo?
—Ayer estuve practicando. Confía en mí.

Aldara puso su mano en mi hombro, seguido de Cregh con algo de desconfianza, y de Malo que se me apego a los pies. Ítalo se aferró de Aldara, y espero a que estuviera listo para movernos. Respiré hondo, y apunte más allá del bosque, tan lejos como pude. Me imaginé caminando toda esa distancia en un segundo, y nos transportamos. Esperábamos encontrar lo peor del otro lado, pero creo que ninguno esperó un aterrizaje tan violento.

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