lunes, 4 de junio de 2018

Madera & Hueso — 72 — Hanzel


Suspiré y dejé que mi cara se empapara del agua que caía del cielo. Karus había empezado a caminar de un lado a otro, impaciente. El anillo había dejado de funcionar.
Frente a nosotros se expandía un bosque surgido del mismo aire. Era denso y de origen divino, creado por el mismísimo Deus.
—Esto es malo —sentenció el Hechicero.
—Este lugar... es como las Tierras Sagradas —dijo Heir, el Caballero.
—¿Qué tan malo es eso? —quise saber, mirando al Hechicero.
Karus no respondió de inmediato. Bajó la mirada al piso lleno de barro y hacia adelante. Hacia el bosque, hacia el oeste.
—Si es como las Tierras Sagradas e inhibe la magia… puede que vayamos perder la ventaja sobre ellos —dijo, dejándonos helados a los cinco.
Karus no quiso perder ni un segundo más y nos indicó que teníamos seguir las palpitaciones de la tierra. Dentro del bosque avistamos un rio, y solo quedaba seguir su corriente hasta la fuente.
Un silencio sepulcral se introdujo entre los elegidos. Nuestro último recluta, aquel cuervo pequeño llamado Heir, se limitaba a avanzar detrás de su hermano huginn, Krieg. Isaac, el Pistolero, apenas si tenía consciencia. Mientras avanzábamos por el bosque algo detrás de mis ojos empezó a palpitar. Me sentía tan muerto como nuestra Nereida: el alcohol de Althea todavía daba vueltas dentro de mí y no había podido dormir ni un poco. El dolor se expandió hasta llegar a mis oídos. Mis pasos eran torpes y lentos, como mi capacidad de entender lo que estaba pasando.
Cuando dejé de perderme en mis pensamientos noté que Karus había decidido romper el silencio. Hablando lentamente, empezó a explicar su suposición; propuso que el bosque era una especie de caparazón para el Deus. Las palpitaciones indicaban que estaba por levantarse, pero si necesitaba que la tierra lo protegiera de esa manera es que todavía era vulnerable.
El hechicero paró un segundo la caminata, se sacó el casco y tomó un respiro.
—No puedo creer lo herido que resulto… doscientos años atrás —dijo—. Todo debería ser oscuridad para esta altura.
Nunca había escuchado al Hechicero mostrando tanta inquietud respecto a su dios, pero agradecí que hubiese abandonado su tono arrogante. De hecho, su voz parecía confundida.
—Él ya despertó, pero aún no se recuperó. Con esto me refiero a que sus habilidades aun no le llegan con plenitud. Su tierra no lo termina de reconocer, su conexión aún no está completa.
Karus creía que el Deus debería encontrarse al final del rio, en el lago donde desembocase. Aunque hubiese pasado tantos años, el deus todavía podía sentir cuáles eran sus tierras y debía haber avanzado hacia agua que pudiera reanimarlo. Entonces fue cuando su corazón empezó a emparejarse con las tierras.
Continuamos avanzando a través de las ramas que habían nacido ese mismo día; bajo la lluvia que apenas se filtraba entre las hojas. Mi cabeza no dejaba de arderme, y el cuervo mayor pareció notarlo.
—Te ves mal, humano —dijo Krieg.
—¿Alguna solución, grandote? —solté, sin ánimos de ser amable.
El huginn desenvaino y empezó a cortar las ramas por sobre su cabeza; su brazo era tan largo que podía alcanzarlas sin esfuerzo. Hizo aparecer un pequeño claro y me indicó que me acercara. La lluvia había conseguido espacio para caer libremente, y pude llenarme las manos en unos segundos.
No esperaba que una bocanada de agua pudiese aliviar tanto. Fui cordial y agradecí al cuervo, intentando mejorar el tono con el que le había hablado. Krieg bufó satisfecho.
Me había puesto a pensar en el tacto casi helado de los labios de Althea cuando los charcos sobre los que pisábamos se volvieron sólidos. Congelados alrededor de nuestros pies. Un perro enorme surgió desde los arboles; el quitnar de mi hermano. No podía huir; no había llegado a sacar mi revólver cuando el animal saltó encima de mí.
El quitnar abrió sus fauces alrededor de mi brazo, pero Isaac disparó sobre la bestia. Él siempre había sido el pistolero más rápido. El animal gimió y huyó entre las hierbas, perdiéndose. Habíamos conseguido derramar la primera sangre.
Los dos cuervos se libraron del hielo en sus pies sin esfuerzo mientras que Isaac y yo, los humanos, peleamos un poco más para salir. Karus era el último, teniendo que esforzarse para mover ese cuerpo que no era suyo. Ahora era claro que la magia no funcionaba en ese bosque. El agua congelada tenía que haber sucedido por otros medios; la Nereida del Este. Ya no había dudas de que finalmente nos habíamos cruzado. Estos pensamientos cruzaban mi mente cuando sonaron explosiones desde adelante; era el retumbar de revólveres, y fue seguido por el zumbido de disparos en nuestra dirección.
Todo el mundo se cubrió detrás de un árbol, pero Karus no podía moverse; Isaac tuvo que empezar a devolver el fuego, aunque las balas no hacían más que perderse entre las hojas. No había nadie a la vista, por lo que era imposible precisar nada. Mi mano buscó mi arma y no encontró nada ahí. Ese maldito perro…
Se hizo una tregua mientras los cargadores volvían a llenarse. Mis palpitaciones se habían sincronizado con los latidos del suelo, siguiendo su ritmo frenético que nos mantenía a todos alerta. De pronto, el grito de Karus se alzó por sobre el resto de los sonidos, incluso por sobre los latidos: “¡Sigan avanzando!” Una orden en el idioma del Oeste, manteniendo la información entre nosotros.
Isaac continuó disparando; su puntería parecía intencional, concreta a pesar de lo frondoso del bosque. Un grito femenino entró en escena. Sonreí mientras observaba que nuestro hechicero ya era libre y se movía hacia adelante por sobre el hielo inestable. Los cuervos avanzaban con cautela, protegiendo a nuestra mejor carta, el pistolero, el único que podía atacar a distancia en ese bosque sagrado.
Una flecha cruzó el aire y aterrizó en el hombro de Isaac. Mi primera reacción fue una mueca; el silbido de un arquero… mi hermano seguía con vida. Mi segunda reacción fue estirar mi mano y tomar a Isaac, quitándolo del camino. Luego de este instante siguió una oleada de balas, y los cuervos no pudieron evitar recibir parte de ella.
Isaac se quedó mirándome. Saqué la flecha de su hombro y la rompí. Desde que había renacido mi compañero ya no parecía preocuparse por su vida.
Noté que Heir seguía de pie, a pesar de ser el más pequeño de los cuervos. Debía portar armadura. Krieg, nuestro Cazador, estaba sangrando por el costado del pico; su punta estaba arruinada. Si había roto el pico de un huginn la bala debía tener más impacto que las que habían dado a Heir; ese pistolero estaba disparando a dos calibres. Hasta que siguiera en pie no podíamos hacer demasiado.
—¡Su pistolero! —grité—. ¡Mátenlo!
Los cuervos no se giraron a verme, como si no me hubieran escuchado, pero sus cuerpos se pusieron en guardia. Se hizo un silencio perfecto entre los latidos del bosque… y sonó el pequeño chasquido de un revolver sin balas. Ese era el momento para atacar.
Nos lanzamos hacía adelante, pasamos la hilera de árboles frente a nosotros e intenté registrar todo el escenario frente a mí de un solo vistazo. Primero busqué a mi hermano, pero no estaba ahí. Mi golpe de vista solo me mostró a un humano recargando su revólver frente a un horizonte de vegetación.
Krieg fue el más rápido y saltó hacia el pistolero como el Cazador descrito en las escrituras. Pero el quitnar mostró sus fauces, apareciendo entre la maleza. Heir empezó a avanzar y Isaac salió de cubierto para apuntar al perro… En ese momento, a lo distancia, noté que el verde que nos rodeaba tenía una mota negra. El rostro de su nereida. En ese bosque hechizado, sentí una enorme impotencia al no poder hacer nada más que observar. La lluvia que se filtraba entre los árboles se detuvo en el aire, se juntó en un solo círculo y tomó la forma de una lanza. Su punta cruzó el aire con puntería infernal, aplastando el brazo de Isaac y derribándolo.
El resto se movió como el rayo. Heir sacó al quitnar encima de Krieg, y este empezó a ponerse de pie. Antes de que el humano pudiese cargar sus armas Krieg lo pateó en el estómago, dándonos valiosos segundos. Pero no duraron. Otro miembro del Este salió de su escondite: un hombre moreno que apuñaló a nuestro Cazador con una espada enorme. Heir se abalanzó sobre este humano, pero al mismo tiempo una flecha voló en su dirección. Heir se cubrió con un ala, pero llegó otra flecha y otra más. Su avance estaba detenido. Ítalo se dejó ver en el campo de batalla, mostrándose por fin, corriendo hasta Heir. Su brazo izquierdo pareció resplandecer, y el cuervo salió despedido por los aires.
—¿Qué carajo fue eso? —dije.
Por primera vez en mi vida me sentí intimidado por lo que mi hermano menor pudiera hacerme. Perdí el hilo de la batalla. Ese brillo no había sido magia... Ítalo no tenía la sangre de un mago.
Tanteé mi cadera para buscar el revólver, olvidando que lo había perdido. Y no podía usar mi magia o al arte alternativo. Toda la escena pareció desvanecerse cuando Ítalo empezó a avanzar hacia mi dirección, y no podía ver nada más que a él. En ese momento las palabras de nuestro hechicero resonaron en mí. Sigan avanzando. Entendí a que se había referido Karus con que no debíamos perder nuestra ventaja; nosotros sabíamos adónde avanzar. Y cuando llegáramos estaríamos fuera del bosque y sus limitaciones (Ítalo, Cazador, se encontraba a dos metros de mí; su paso firme quebraba las ramas frente a él). Supe que había algo esperándonos más adelante. No sabía si iba a ser el despertar del Deus, pero algo iba a inclinar el terreno para nosotros.
Mientras evitaba el primer golpe de mi hermano noté que ni siquiera habían pasado dos minutos antes de que todo se convirtiese en un desastre. Deseé haber abrazado a Althea un poco más antes de partir.
Ítalo se había vuelto mucho más rápido. Verlo de semejante forma me era doloroso; él siempre había sido una variable pequeña, alguien predecible. Alguien destinado a una vida tan mediocre que cualquiera la hubiera podido presagiar. No se suponía que los oráculos más importantes realmente profetizaran sobre él.
No iba a darle el gusto de ponerme una mano encima. Observé sus golpes mientras esperaba que apareciera aquel brillo una vez más, pero no sucedía nada. Me negaba a considerar que Ítalo se estuviera regulando, conteniendo contra mí. Bajó sus manos para sacar una daga dorada atada a la altura de sus tobillos. Ese segundo me permitió patearlo en el hombro y tumbarlo. Tenía que recordar a Karus: el bosque no era el lugar para pelear, había que seguir hacia el río.
—¡El terreno es desfavorable! —grité, con todo el aire que tenía en el pecho—. ¡Hay que salir ahora!
Ítalo estaba de pie en un instante y ahora podía ver pequeños destellos en su mano libre. Pero apareció un disparo desde mi derecha, que rozó la cabeza de Ítalo. Mi hermano retrocedió y volvió sobre sus pasos para buscar refugio. Había sido tan cerca; si la bala había fallado fue solo por los dioses a los que Ítalo rezase. Ya no era un mocoso idiota, el Ítalo que dejé en Alles tantos años atrás.
Isaac había decido hacer caso a la retirada, sosteniendo ambos revólveres a pesar de la sangre corriendo por su brazo izquierdo. Krieg avanzaba detrás de él. Heir se encontraba abatido, con aquel humano hundiendo su espada en una de sus alas. Ese no podía ser otro que el Hechicero del Este. La noción de nuestro Caballero derrotado hizo que dejara a un lado todo cálculo de ventajas o desventajas, y mi objetivo no fue otro que solo moverme hacia adelante. 
Me junté con el resto justo cuando empezaron a abrir fuego contra nosotros. Choque miradas con Krieg, que asintió como para hacerme entender algo. Quizá quería que dejásemos atrás al Caballero. Sus ojos reflejaban un remolino de sentimientos. El Hechicero negro no me había hablado mucho de Krieg… nuestro Cazador parecía seguirlas escrituras al pie de la letra; incluso les había perdonado la vida a los del Este. El mismo grupo que nos estaba persiguiendo ahora.
Habíamos sido demasiado confiados. Porque todo parecía ir de acuerdo al plan del Deus. Porque las supersticiones y los augurios estaban de nuestro lado. El Deus era perfecto; la negligencia había sido solamente nuestra. Y eso quizá iba a evitar que nuestro dios respirase otra vez.
Corrí hacia el rio a toda velocidad. Isaac había cortado partes de sus prendas para cubrir su herida, y nos dio la espalda. Le solté un grito, pero pareció no escuchar. Isaac empezó a recargar sus armas. El movimiento de las balas pareció cubrir mis oídos. Los tambores se llenaron con la rapidez de años de práctica y luego giraron para meterse en su lugar.
—Isaac, ¿qué carajo estás haciendo? —dije.
—No puedo correr más. Si me sigo moviendo me voy a desangrar.
—Pero tenemos que salir del bosque. ¡Más adelante está el Deus!
—Yo no tengo un adelante. Hasta acá llegué.
Su voz era tan metálica y fría que no pude responder nada más. Isaac levantó sus armas y se dispuso a esperar a lo que viniera desde el Este. Supuse que ya había dado su alma por la misión; solo estaba terminando de pagar la cuota que faltaba.
Krieg siguió hacia adelante sin más. Lo seguí sin pensar; le di la espalda a Isaac Robler, mi más viejo amigo, y no fui capaz de girarme para verlo una última vez. No podía enfrentármelo, temiendo que él sí se hubiese girado, dedicándome un último gesto de humanidad.
Los latidos del Deus parecían haberse acelerado, incrementando el frenesí de la situación. Alcancé al huginn unos metros más adelante. A pesar de su gran plumaje, se podía ver sangre negra saliendo por un hueco en su pecho. Ni siquiera recordaba cuando le habían dado ese disparo.
—Apenas puedo respirar —jadeó, mientras avanzábamos. Había escondido bien su miedo, pero pude escuchar que su voz fue ambigua. Mascullé un insulto.
El final del bosque debía estar cada vez más cerca, pero pasaron diez minutos y solo aparecían árboles. Esa no dirección no podía serla correcta. No había habido más disparos, pero los del Este debían estar sobre nuestros talones. Por un segundo creí que había escuchado la armadura de Karus, pero solo fue mi imaginación.
—¿Hasta dónde tenemos que llegar? —preguntó Krieg, limpiando la sangre en su rostro.
—Hay que seguir el río —dije.
—¿Para qué? ¿Si el Deus despertó por qué carajo no nos está ayudando? —exclamó, ansioso.
—Creo que no despertó. De lo contrario, lo sabríamos.
—Entonces, ¿qué buscamos?
—El final de este caparazón de plantas.
El huginn bufó. Estaba seguro de que lamentaba haber perdonado a los del Este ahora. Seguí caminando, pero noté que Krieg se había detenido y estaba escuchando con atención. Luego empezó a revolver entre sus prendas y sacó unas hojas curativas.
—Eso no va a funcionar acá —dije—. Hay que seguir caminando.
—Los del Este no están detrás de nosotros. Necesito parar un minuto, sabés —imploró. Se desplomó sobre las hojas.
Decidí tomar la oportunidad de respirar hondo y espabilarme. Tanteé mis bolsillos y encontré un cigarro por esas coincidencias de la vida. Intenté encender una llama con las manos antes de recordar que no era posible. El huginn lo notó y se rió. Volvió a buscar en sus prendas y sacó unos fósforos.
—Estos todavía funcionan acá, ¿eh? —dijo, ofreciéndome su ala.
—Con un poco de suerte sí —tomé los fósforos—. Son de menta... ¿fumas?
—Nunca fumé, ¿sabés? Solo espero que el humo no salga por los agujeros de mi pecho.
Quise mantener ese cigarrillo vivo por el mayor tiempo posible y disfruté cuando el humo quemó mi garganta. Le pasé el cigarro al cuervo, que sintió su olor y lo miró extrañado.
—Me hubiera gustado conocer estos antes, humano —dijo, tras saborearlo por primera vez.
—Esto no es el final, huginn —dije. Krieg rió y siguió fumando.
—Nos perdimos. Es como si este bosque hubiese destruido los puntos cardinales, ¿sabés?
—No creo, lo confuso son estos latidos tan intensos —respondí, antes de entender que Krieg había hecho una especie de metáfora.
—Quiero saber algo —dijo, cambiando de tema—. Quiero saber cuál Testamento hablaba de esto. Porque el que conozco nunca lo mencionaba, ¿sabés?
—¿Qué el Deus iba a envolverse en esta mierda de bosque cuando despertara? —suspiré—. No, no estaba escrito en ningún lado.
—Me preguntó si hice lo correcto cuando tuve a esos cinco frente a mí por primera vez.
Creí entender que las dudas empezaban a acecharlo.
—Quizá —dije—. Pero fuiste fiel; se suponía que los cinco eran necesarios para que el Deus despertara.
—Me pregunto si realmente era así.
—Immo —asentí, pero lo miré a los ojos con seriedad—. Qué tu consciencia permanezca en paz, Krieg.
—Al menos hoy despertará —dijo—. El resto va a ser oscuridad.
—Y seguimos vivos para escoltar su retorno a sus tierras.
El cuervo acabó el cigarro, tosió y se incorporó. Su sangrado parecía haberse detenido. Krieg se veía entero. Reanudamos la marcha, apuntando hacia nuestra derecha. El huginn estaba convencido que los latidos venían en esa dirección. A esa altura eran como explosiones en el piso, así que yo era incapaz de percibir ninguna sutileza.
—Con esas hojas de Valma puedo curarte un poco cuándo salgamos de acá —dije.
—Se supone que son mejores que las corrientes. Heir solo me dio tres de las suyas, pero debería ser suficiente, ¿sabés?
Con el pasar de los minutos mi cabeza empezó a tambalear; trastabillaba con ramas que no llegaba a ver. Noté que apenas pardeaba, y cuándo lo hacía cerraba los ojos por varios segundos. Muy despacio, pero más con cada paso, me convencía a mí mismo de que necesitaba dormir un rato. Solo necesitaba quince minutos, no más que eso. Suspiré y paré la marcha. Krieg mantenía buen ritmo a pesar de que su respiración sonaba dolorosa. Él también estaba abstraído; no se dio cuenta que había parado. Siempre me había sorprendido la habilidad de la mente para convencerse a sí misma cuando necesitaba descanso: En ese punto ya me parecía lógico que los del Este no nos iban a encontrar, así que podíamos dormirnos por un par horas.
Sacudí la cabeza para sacarme esas ideas, pero eran como garrapatas aferradas a mi cerebro. Al menos agradecía a mi cansancio por mantener a mis pensamientos alejados de todo lo que había perdido… mis alumnos, Isaac… Incluso uno de los cuervos había caído ya.
Le pedí a Krieg que parara, pero este no pareció escuchar. Volví a suspirar y sentí el tope de mi cansancio. Era como si sintiera toda la extensión del bosque en mí, haciendo que mis pensamientos se disipasen, se perdiesen. La ausencia de mi magia, que me dejaba indefenso; la monotonía del verde de las hojas y el marrón de los troncos me estaban haciendo perder la sensatez.
En esa pelota gris de sensaciones me encontré pensando de nuevo en Althea. Podía recordar cada beso, cada encuentro con esos labios que por poco llegaban a ser cálidos pero no lo eran. Sí, esa era la única forma en que podía describirla. A esa mujer de piel seca y labios húmedos.
Empecé a pensar que tenía que hacer algo para cambiar la situación. La inercia no iba a ganar la guerra. Fue como despertar de un sueño. Pensar en Althea me había ayudado a centrarme; ella era mi ángel guardián.
Encontré nuevas energías de alguna manera; quizás de los latidos de la tierra, rápidos y fuertes. Me refregué los ojos con fuerza para aclarar mi vista, troté hasta el Huginn y lo tomé por el hombro. Este tardó en reaccionar; y mientras se demoraba en girarse a verme noté que el aire había cambiado.
—Me estoy desangrando —dijo al fin—. No es que me falte ímpetu, Hanzel.
—No te estoy acusando de nada. Es que había parado la marcha un segundo, y no me escuchaste —dije. El cuervo movió la cabeza en una suerte de asentimiento débil.
—¿Cuánto falta? —preguntó.
—Creí que estábamos siguiendo tu oído.
—Ya no estoy seguro ni de mi nombre, ¿sabés?
—No estamos lejos —dije, tratando de sonar conciliador. Por un segundo pensé en papá cuando calmaba a Ítalo—… No estamos lejos.


No hay comentarios :

Publicar un comentario